A lo lejos: Una novela que reivindica al western

Una reseña sobre A lo lejos, la novela finalista en 2018 del Pulitzer y PEN/Faulkner, del argentino Hernán Díaz

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Por Josué Tello Torres

Era inútil hablar de la desaparición de los caballos
porque Dios no permitiría tal cosa.
Comarc McCathy en Todos los hermosos caballos.

“Debo confesar que esto es lo más cercano que he estado, en todo el proceso de escritura del libro, a un caballo real”, le platica Hernán Díaz al periodista Óscar López mientras caminan por un pasillo y le señala con el brazo extendido a los equinos que se encuentran en los establos de la escuela de equitación Hipica Via Dufresne, al límite del Parque Natural de la Sierra de Collserola en Barcelona. Ambos sonríen y regresan a la seriedad y cadencia de las palabras a una velocidad similar con la que Díaz introduce su mano en el bolsillo para continuar hablando de A lo lejos.

Hérnan Díaz nació en Argentina en 1973, de madre psicoanalista y padre cineasta. La pareja tuvo una librería de nombre Las palabras y las cosas, como el libro de Michel Foucault que aborda los orígenes de las ciencias humanas, y era un sitio especializado en psicoanálisis y marxismo. “Después del golpe de Estado, evidentemente no resultó ser el mejor lugar en el que seguir”, recuerda Díaz en una entrevista. Cuando su familia se vio obligada a emigrar y establecerse en Estocolmo, Hernán tenía dos años. En la ciudad escandinava paso parte de su infancia hasta su regresó a Buenos Aires nueve años después y, tras licenciarse, decidió viajar a Londres y Nueva York: lugar en la que radica desde hace dos décadas. Ciudad a la que Håkan, el personaje principal de A lo lejos, quiere llegar para reencontrarse con su hermano Linus.

Håkan Söderströn nació en Suecia, en una granja cerca del lago Tystnaden. Su familia: un hermano, una madre y un padre comenzaron a aislarse y no porque quisieran: la gente que conocían abandonó sus casas. “Vivían como náufragos”, se lee en A lo lejos, hasta que una yegua quedó preñada. El dueño de la granja, para quien trabajaban los Söderströn, nunca supo que el animal tuvo dos crías. Erik, el padre de Håkan, vendió a uno de los potros de manera clandestina en un poblado lejano. “En dos días partiremos a América”, dijo Erik para referirse al viaje de sus hijos, para los únicos pasajes que alcanzaron con el dinero. Gotemburgo y Portsmounth fueron las primeras y únicas ciudades que Håkan y Linus conocieron juntos: se extraviaron y la novela se hizo vertiginosa.

¿Nujårk?
—¿Nueva York? ¡No! Nueva York no —dijo el marinero—. Buenos Aires.

Su paso por Sudamérica fue efímero. Pronto, Håkan (que fonéticamente se aproxima a jocan), embarcó hacia Amérika para llegar a California y unirse, porque no tenía otra opción, ni dinero y la necesidad por llegar al otro extremo de Estados Unidos para reencontrarse con Linus, a una expedición minera para con el tiempo convertirse en: Håkan “el Halcón”. Håkan el bueno. Håkan el feo. Håkan el malo. Håkan el mata leones. Håkan el monstruo. Håkan el asesino de mujeres y niños. Håkan el que huye. Håkan el que regresa. Håkan el que dispara. Håkan al que disparan. Håkan el que se esconde bajo tierra. Håkan el que come tierra. Håkan que va a contracorriente. Håkan: el mito y la leyenda.

Comarc McCarthy escribió que las cicatrices tienen el extraño poder de recordarnos que nuestro pasado es real, y las marcas de Håkan nos hacen recordar lo cruel que es el ser humano. Håkan: no sabe leer, no sabe el idioma, huye de tramperos y gangsters, del engaño y la traición: nunca logra adaptarse a esa tierra de las naciones indias. “La soledad de Håkan, lo único provisto de profundidad en aquel mundo plano y aplanador”, se lee en una de sus páginas. Era un intruso noble que creció sin la noción del tiempo en aquel espacio de caballos lerdos y armas oxidadas.

A lo lejos es un novela de contrastes: por momentos no sucede nada y el lector queda expuesto a la develación de lo que rodea a sus personajes, imágenes que evocan las mejores páginas de Todos los hermosos caballos; o capítulos entrañables y desoladores, como cuando Díaz narra la limpieza de colon de Pingo: caballo que ingirió “una cantidad exorbitante de arena” y que Håkan tuvo que intervenir: “El chillido de Pingo se prolongó cuanto le permitieron sus pulmones. Y, luego, volvió a chillar. Una y otra vez. Håkan se abrazó al cuello de su caballo mientras el horizonte le succionaba los ojos delirantes. Pingo siguió chillando, con las venas y los tendones protuberantes en la garganta. Håkan lo agarró con fuerza y se echó a llorar. […] Una vez que Pingo estuvo inconsciente, Håkan le seccionó la cava y la carótida, enrolló el toldo y partió.”

Ese capítulo, el noveno, es apabullante.

A lo lejos se encuentra entre las obras que marcan hitos porque rompen cánones. No es solamente un libro de Viejo Oeste. No solamente es un libro.

Existen obras “nacionales”: “La gran novela mexicana”, “La gran novela de la Argentina”, “La gran novela en el habla hispana”… y otras que no conocen de identidad ni la necesitan porque son novelas a secas. Novelas que marcan, que cruzan fronteras, que luchan por ver la luz de los lectores, como sucedió con A lo lejos. Su autor, Hernán Díaz: argentino que escribe en inglés y que fue rechazado por varias editoriales hasta que alguna editora o editor se arriesgó y decidió publicarlo. La historia ya la sabemos: finalista del Pulitzer y del PEN/Faulkner en 2018, Whiting Award y Prix Page America en 2019.

Al inicio de La balada de Buster Scruggs se lee que “aunque nadie la oyó, la canción del jinete solitario viajó lejos a través del aire fresco de la mañana.” Si la historia de Håkan o de Díaz fuera una canción, sin duda sería esa balada.

Páginas: 344
Traducción: Jon Bilbao
ISBN: 978-84-17553-52-4
Publicación: 2020
Editorial: Impedimenta

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