Las manos, de Carmen Maixé Altés

Un relato de Carmen Maixé Altés, Licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona

Un comentario

Los dedos, mimbres desordenados,

dibujan trazos desconocidos

gestos engarzados que sobrevuelan al peso del aire

rebotan sin llegar a decir,

y en contra nuestra, lo hacen sin más.

El cuerpo se revuelve en cruces de muecas secretas

con objeto propio

con mensajes ignorados

con el destino de no quedar rezagados del río de los otros.

.

La luz  da cuenta de la existencia, de una realidad, del estar, del ser, en fin…

Un pasillo oscuro entre columnas, las piernas de mi madre, el fogonazo de claridad nos inunda al pasar junto a la puerta de una habitación abierta. El faro que me descubrió el errar por el mundo, el mío, como un patito tras los pasos de ella; éste, seguramente, mucho más tranquilo tras la suya que lo guía como la cola de una estrella.

Las zambullidas en la claridad explosiva de la luz, me hace sentir como un bollo migado en leche con la lenta intermitencia del gesto al desayunar sin ningún apetito al comienzo del día. Blanda, sin consistencia, a punto siempre de derramarme, de desmoronarme, hundida en una fiebre acuosa. La luz recoge en cierto modo mis trocitos esturreados por doquier hasta que una mano me recoge para pasear. Un largo recorrido por la carretera que conduce paralela a la ría. El encontronazo con el universo explosiona a mí alrededor. Camino ciega mirando el suelo tratando de hallar un refugio o un asidero. La población humana a mi alrededor desaparece con frecuencia. Sin ir más lejos, al otro lado, mi hermano, cogido de la mano de mi madre, no da señales de vida. Finaliza el paseo con merendola sobre un banco de ladrillo del que queda, solo para mí, los azulejos dibujados sobre fondo amarillo, deslucidos y a punto de desaparecer de la glorieta a la que pertenecían. ¿Solo a mí me gustan los colorines? Si de mí dependiera no los habría dejado perder. Aquello era una ruina y ésta no había hecho más que empezar. Las fábricas lo iban invadiendo todo.

¡Cuánta luz y cuánta torpeza!

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El domingo, envuelto en la luz chillona del comedor rodeado de ventanas, se instala el cuartel general para vestir y acicalar a los niños que saldrán por la puerta, impolutos y arregladitos  para el paseo matinal. Me pierdo entre los montoncitos de ropa y zapatos, deambulo sin objetivo. Más tarde y para siempre, éste sería el sino vital y la actitud con la que recorrer la vida.

Una gran sala alargada y profunda con grandes ventanales que  dan a la calle peatonal más populosa de la ciudad. Un túnel verde manzana, una fila de señoras a un lado y a otro con una maquinaria proveniente de otra galaxia. Unas en el lavadero, otras con rulos y bigudíes de todos los tamaños ¡Miedo da verlas! y, frente a esta parada, los secadores enormes incrustados sobre la cabeza de aquellos rostros colorados a punto de ignición. Tras el susto inicial, la nave de los locos me descuelga por un túnel de tedio sin cuartel. Voy de la silla al balcón en un recorrido eterno y defraudado.

Por más gente que viera pasar por la calle, ello no me sacaba del hastío en un tiempo en los que la conciencia se iba instalando. Bien al contrario, me hice pipí  sentada sobre la rejilla de colores, todo muy Pop y antesala de los espantos. Costaba, entonces, comprender que algo tuviera sentido. Aquello no era un asiento, era un colador. Quedé al descubierto, en un grito líquido, el suelo se inundó bajo mi sillón. El diseño pues, actuó en mi contra, reñido como está con su función sin que nada se haya hecho para remediarlo. Así se sucedían las idas y venidas a la falda de mi madre sin ningún consuelo. El mundo no respondía a mis súplicas; era inamovible y yo en mis plegarias, también. Podían cambiar los colores del habitáculo, las luces del invierno o de la fulgurante primavera. Nunca encontré una mano para conducirme.

El tiempo imposible parado sobre mi cabeza, la luz amarilla de las bombillas en las clases de invierno no hacían más amigable las maderas que rodeaban las paredes y sus pupitres como un ataúd. Todo cogía el mismo ánimo opaco y espeso que  me resbalaba y ni las suelas de goma de mis zapatos lograban amortiguar. La angustia rebotaba en un escenario hecho para curtirla. A diario, a la salida y al final de todo aquello, el destino remataba su faena con un plantón que ni en “Esperando a Godot”. Los pies me colgaban del banco donde la portera guardaba sus labores en una lata de galletas. Me volvía a sentar tras oír, en su intento de ser amable, lo de siempre – “¿No te han venido a buscar todavía?” Mientras, el vestíbulo quedaba a oscuras y una luz, de tanto en tanto, se encendía en una pequeña sala contigua para recibir a los padres de alguna alumna.

En las manos las joyas tiemblan y el sonido de los tacones al caminar dan presencia de la ausencia. Impresionada por los gestos y sus repercusiones en la escena cotidiana. Yo no estaba. Un potente cuadro en el que no existo.

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Las manos no ven, trasforman, deforman la realidad que se está haciendo. No basta con tocar, hay que nombrar y cada una de las partes de este organismo quedará tocada por la palabra que imprime la realidad perdurable, redoblada con insistencia por los ritmos de su eco propagados por todo el universo social hasta acabar con la naturaleza convertida en cosa.

La probatura de un vestido que se está confeccionando sobre mi cuerpo afirma esa otra sensación de maniquí-objeto al que se trata de ajustar un modelo. Convertido en cosa, este cuerpo no tiene ideas, no tiene corazón. Esas manos me expulsan y me retienen bajo su voluntad. Las manos son la llave y la nave que transportaría el abrazo y la caricia, el don de pertenecer, de convocar la presencia y realizarla. La voz enuncia observaciones sobre un cuerpo de niña como si se tratara del de una mujer. Jugando con la negación ­–sobre lo que no hay porque aún no es o porque no habrá-  ensamblada a  la crítica, al reproche, al rechazo de un cuerpo que no se puede defender con el amor propio, con la imagen propia. Pues ese cuerpo no cuenta, es corregido en el disfraz de un vestido a la moda integrada ésta a los estándares que impone a una sociedad que hace como si nada, especialmente en lo que se refiere a las niñas y a las mujeres. Siempre hay algo que decir que aconsejar que imponer sobre un cuerpo femenino, mientras aparentamos poder decidir en cualquier instante.

Observada por su madre a una distancia corta pero febril ¿A qué juega la niña? ¿A que no juega? La mirada materna espía en vez de reconocer, de nombrar lo que ve, amorosa y ecuánime. Todo el ejército de normas sociales encaminado a esconder y luego condenar a la invisibilidad actos y motivos.

Las manos no ven, trasforman, deforman la realidad que se está haciendo.

No escaparás a esa mirada que ordena las cosas del mundo y de rebote el mío. No escaparás porque la trampa está echada. Si me escondo, lo sabe y esto se transmuta en la gran mentira que soy yo, con ello he de caminar y crecer: rabia y culpa. El error hecho carne, la palabra destruida. No queda más que perecer…

Una atención ensimismada, y cuando la dirige fuera de sí, anula y niega a quien dice, a quien hace, cualquier gesto es desvirtuado desembocando en una relación belicosa en la que el otro está para asegurar la presencia sobre las ruinas tras el incendio.

            Me rodea una cumbre que no alcanzo. Si tuviera la osadía nombraría las cruces hasta hacerlas desaparecer de mi mente y de los paisajes. A pesar de todo hablan a gritos, cantos redoblados a pesar de la miseria y de los noes. Como una balanza se eternizan en la memoria y dan lo mejor entre la hierba y los árboles frutales. ¿Dónde la amiga? ¿Dónde la amistad y los ruegos de conversaciones leves? Del vivir indolente y alegre a las rutinas absurdas del trabajo. ¿Cómo fraguar sentidos delicados y desposeídos de los quehaceres y deberes ajenos a nuestra alma, a nuestro cuerpo que no consigue dormir atrapado en sueños despiertos? Dame una razón para sobrevivir a la ventolera que se llevó amaneceres de mensajes escritos en luz a través de la piel. Sin entender una palabra sobrellevo la experiencia a través de siglos de incertidumbre sin poderte nombrar.

Me rodea una tela vasta y bella con perfume de melancólico desespero, por no rasgarla se me anuda al cuello, no adorna ni acaricia. Las maldades acurrucadas se ahogan en la soledad fresca y seca.

La fuente crece. Deja caer como una catarata vértigos cada vez desde mayor altura. Una burbuja de espuma me alcanza atrapándome en ella. Camino, salto, río, siempre con ella. Se vuelve tan fina y trasparente que no me percato hasta que mucho más tarde el humor abrió una grieta en ella.

Si junto a una mano hay una espera, surge una dulce ecuación desguarnecida del resultado que se le pide a toda fórmula matemática, el de la belleza. Corrieron el tiempo y sus días. Un contratiempo hizo surgir, como por arte de magia, los azares suficientes para obrar el desgaste de la pantalla que no dejaba de reflejar maleficios. Un dardo perdido dio en la diana. El chiste había prendido en esta situación obtusa que me hacía rebotar contra mí misma. Las sonrisas, las risas y las carcajadas, me devolvían por vez primera un pequeño sitio en la película. La alegría de participar aunque fuera mínima ­- pues no está una todo el tiempo para guasas- rompió la burbuja y muchas cosas más. Gané una distancia y  una perspectiva, paradoja ésta, que me acercó a los demás.

Carmen Maixé Altés. Licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona. Realicé estudios de Danza Clásica y Contemporánea en París. Escribo poesía y narrativa. Desarrollo el blog http://poesialdesnudo.blogspot.com. Participé en la antología de Poetas Anónimos de Cosmopoética en Córdoba, los años 2014 y 2015 y otros textos en Revistas Culturales en internet.

Foto de Música creado por wirestock – www.freepik.es

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