Desde el otro lado del agua, de Alicia Hernández

Alicia Hernández Sánchez cursa el 12º Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra.

Un comentario

Por Alicia Hernández Sánchez

— Los acolhuas solamente pueden presentir y predecir a su propia sangre— explicó el novio a la novia, deshaciéndole las trenzas como se desgrana el maíz—, eso dice el pueblo.

— ¿Por qué cuentas esto, ahora?

Máximo, sintiendo todavía el serpenteo aliviado que se le subió y le quedó adherido a la columna (nacido en el momento en el que les arrojaron cortinas de arroz a la salida de la iglesia), miró los ojos glaucos de su novia y suspiró.

—Bueno, al menos eso era lo que solía decir mi madre, antes de que el Alzheimer le diluyese la neurona. Antes de tanto zas, zas y tache.

            A ella le pareció de pésimo gusto que Máximo le contara esto en el balcón del hotel; considerando que no habían ni podido llegar a la cama cubierta de pétalos de rosas y estaban ya en la euforia del desabroche de cierres. Aunque sea nuestra luna de miel, será mejor ahora. Ella percibió que en el bamboleo de piernas de su marido había un achaque velado de nervios, una vulnerabilidad que no vio ni siquiera cuando él la recibió en el altar. Y era cierto. Máximo no quería dar explicaciones cuando llegara el siguiente —e inevitable— suceso. Así que Alhelí ignoró la comezón de su encaje y la longitud de sus moños de seda, se sentó en el barandal del balcón donde pegaba la brisa veraniega, y escuchó.

            La abuela era acolhua y, aunque decidió olvidar el náhuatl, las visiones que le heredaba su sangre nunca la abandonaron. La primera muerte contiene, como lágrima pulida, las siguientes, decían los ancestros. Vaticinio de canica masticada, que encapsulaba la tormenta. Cuando era niña, la abuela encontró a su padre enredado en las lianas de la laguna, dormido entre las raíces del mangle. Se acercó para intentar despertarlo. Lo sacudió. Atinó a pensar que ni él ni la chica que los observaba desde debajo del agua — flotando como un puñado de juncos desmayados—, deberían de tener los labios azules y sonrientes.

            La matrona Aguayo nunca olvidó aquella sonrisa de hoyuelos pizpiretos, que desencajaba tanto con los ojos lechosos de un ahogado. La buscó en cada servicio funerario durante las décadas siguientes, pero nunca la encontró. El viento de los años le erosionó las pinceladas del recuerdo.

            En ese entonces, ante la primera muerte, el pueblo estaba tan en shock como ella y el resto de sus hermanos. Llegó la sucesión de obituarios y el granizo de pésames, multiplicándose como ecos; o más bien como círculos concéntricos que crecían tras el lanzamiento de una piedrecita sobre el agua. Pero eran tiempos de revolución y había asuntos más urgentes que un padre de familia en bancarrota con ganas de nadar con los caimanes.

Alhelí no sabía entonces que su marido había sembrado —entre otras— la semilla maldita de la angustia aquel día.

Alhelí no sabía entonces que su marido había sembrado —entre otras— la semilla maldita de la angustia aquel día.

 Woman Underwater in Dress by Christopher Campbell. Descargada de Unsplash.

Era innegable, sin embargo. Había muchos taches en el árbol familiar. Que a la tía Atena le avisaron que se había muerto el prometido en altamar, zas. Tache. Que a las dos hermanas menores de la abuela se les había muerto el gato, cuchilla en vertical, zas y zas. Que el tío Odiseo —primogénito de los Aguayo—, reconoció en su recién nacido al guiño del que creía su mejor amigo, recarga, seguro, disparo y zas. Tache. Era una maldición.

            Los susurros en San Felipe ya se habían vuelto refrán cuando Máximo tuvo la clase de historia que le serviría de epifanía. En aquella clase, el maestro dibujó el árbol familiar de los reyes de Francia al momento de la inmolación de Jacques Molay. Miró al salón, dejó que sus alumnos procesaran las líneas que simbolizaban conexiones, los nombres que simbolizaban hombres, y tras un giro hábil del gis entre sus dedos, comenzó la masacre. Fue tachando los nombres uno tras otro, con algarabía. Explicó que en la época todos creyeron que la maldición Templaria los iba reclamando, devorando con gula insectívora. Fueron cayendo unos tras otros, como hojas del mismo árbol, y los que contemplaron la pira de Molay huyeron en marabunta de plaga, intentando esconderse bajo las piedras. Pero murieron de todos modos.

            El relato del novio se interrumpió por el canto de los grillos y el pinchazo de olor a sal del Caribe, que se confabularon para atacarlo. Esto, combinado con el olor a mujer de esposa —que le abrazaba en un consuelo que él no necesitaba—, lo desalentó. A esas alturas de su vida el refrán se había vuelto vaticinio en el pueblo, encogimiento de hombros de un hombre que había aprendido a coquetear entre coronas de flores funerarias. Máximo decidió entonces poner la tapa sobre la olla de agua hirviendo, en la esperanza de que esta nunca explotara; y agitó la mano en el aire. Le prometió a Alhelí que no era nada: Psicosis colectiva, mi cielo.

            Después la noche les borraría la noción del tiempo. Alhelí no sabía entonces que su marido había sembrado —entre otras— la semilla maldita de la angustia aquel día.

            Luego a la tía Perséfone se le enfermó el marido de sarampión y lo tuvo que enterrar tres días después. Elevador, décimo piso y brinco: Zas doble, adiós Héctor y Paris. Un par de primos lejanos perdieron el taxi del negocio familiar y empezaron una pelea de bar con cuchillos: zas triple, había una vieja tía demasiado cerca. Una sobrina de Máximo, Eurídice, confesó el embarazo adolescente con puños y ojos llenos de esperanza, pero aun así el novio huyó al monte, pies en polvorosa: frasquito de pastillas, sábanas, siesta y zas y medio. Era la maldición de Molay, aunque de francés sólo supieran el bonyur.

            Las flores más bellas necesitan sol y sombra y mucha agua. Después de tantos funerales, de mudarse dos veces para alejarse del núcleo pesado del problema —y sin éxito—, Alhelí ya había regado tanto esta semilla del miedo que solamente bastó una lágrima más para su descarrilamiento. Doce años después, cuando su hija Adara regresó llorando de la escuela, explicando entre mocos que Jorge había roto con ella, Alhelí sintió la flor de la angustia terminar de extender sus pétalos dentro de sus costillas. Fisura de taladro tamaño aguja en el corazón.

            Ay dios mío prométeme que no lo tiene en la sangreHija bendita, Anita preciosa, dime que no.Prométeme que la sangre no es más densa que el agua aunque las lágrimas sean heraldos de la primera. Hija preciosa, ¿eres como ellos? ¿eres como ellos? Quédate conmigo, quédate conmigo. Hija preciosa, dime que no, dime que no y amén. Así iba la letanía de Alhelí y la hija (tras encogimientos de hombros) creyó que así iba el nuevo Padre Nuestro de la fe a la que se unieron.

            Luego llegó la sucesión de terapias y círculos de auto-ayuda, la etapa rebelde de la moda de colores chillón y ojos sombreados. No obstante, Adara memorizó frases motivacionales con tal de tener contenta a su madre, perfeccionó la sonrisa nostálgica que anuncia “ya me estoy poniendo mejor”; hasta se aprendió rolas de rock cristiano. Se tapaba las muñecas con esponjosos suéteres de algodón y pulseras encadenadas, como si tuviese algo que esconder. Soportaba la ceja inquisitiva —e inquisidora— de su abuela, durante sus visitas dominicales a San Felipe, y las miradas sibilantes de todo un pueblo que susurraba la misma palabra: Aguayo. Labios azules, malos. No te pintes así, le decía su abuela, cada que la veía. Pero Adara había aprendido a ignorarlo, a acariciarle la cabeza y asentir sin escuchar.

            —  Pfft, mi madre es tan pesada— diría riendo al teléfono. 

            Jugó a las preguntas capciosas con cada psiquiatra y se escapó cuantas veces pudo a través de la ventana. Besó bocas que nunca supieron a premoniciones. La hija de Máximo y Alhelí escuchó a los silencios pasar durante la noche, sabiendo que tatuarse la sonrisa era el antídoto perfecto para el veneno de siempre. 

            Siguió el desfile de terapias y círculos de oración. Memorizó las respuestas sanas a las preguntas tristes y le dolieron las comisuras de la boca con tal de tener callada a su madre, de desviar la atención de su padre. Adara se tapaba el pecho con los brazos ante cada pregunta gentil, en una furia tan callada que era casi luto, sabiendo que no tenía nada que esconder. 

            — Pura ridiculez, la verdá. Sale un nuevo trastorno cada Corpus y San Juan. Antes una buena nalgada te acomodaba lo que tuvieras de llorón y ya, ¡zas

            Pie para la audiencia: proceden carcajadas mientras se pasan los largos tragos de cerveza. Ella se aseguraba de contar estos chistes durante sus fiestas, mientras estuviera en el rango de escucha de los Aguayo. El pecador nunca discute su trayecto al infierno a menos que el pecador en cuestión sea el tío Orfeo.

            Los chistes son señal de progreso, estatus optimista, se decía a sí misma.

            Hija preciosa, ¿eres como ellos? ¿eres como ellos? Quédate conmigo, quédate conmigo. Hija preciosa, dime que no, dime que no y amén. Cada cuenta del rosario de Alhelí era un funeral que había atendido, el deseo de que fuera el último. 

            Adara mintió y sonrió. Besó bocas y las dejó manchadas de azul para disgustar a su padre, aunque suavizara el insulto al árbol genealógico con darle un besito en la mejilla. Llegó tarde y abrazó a su madre tras haber bailado y brillado bajo las luces neón de la discoteca. Entre suspiros e hija bendita dime que nosse deslizaron los años.

Labios azules, malos. Labios no, decía su abuelita senil, su mente barrida por una marea sin piedad. Adara suponía que los labios de colores neón eran demasiado para las generaciones más viejas. 

            Sonrió y mintió. Sintió y fingió que no. ¿Es la sangre más densa que el agua aunque las lágrimas sean heraldos de la primera?  Adara realmente quería saber la respuesta a la incógnita perenne. ¿Seré como ustedes? ¿De dónde sale esta pregunta eterna de las densidades? 

            —  Pfft, mi madre es tan pesada— susurraría Adara al teléfono.

            La primera muerte contiene, como lágrima pulida, las siguientes. Vaticinio de canica masticada, que encapsula la tormenta.

            Una noche Adara se metió a una bañera, decidida por fin, preparada para preguntarle a su familia del otro lado si el agua en verdad era más densa que la sangre. La respuesta sólo la tenían ellos.

            La marca azulada del último beso nunca se borró de la boca del último novio de Adara.

            Cuando llegó la abuela a ver a la niña  —tras atravesar el laberinto de gardenias blancas—, esta finalmente entendió por qué los de la funeraria no le habían podido destensar la sonrisa. Cómo desencajaban esos hoyuelos preciosos con aquellos ojos acuosos, licuados, que había visto hace tanto.

Catarsis acolhua. Con la lucidez milagrosa que recuperó entonces, la abuela se aseguró de que jamás volviera a haber un zas. La primera muerte contenía todas las siguientes, pero también la última.

Alicia Hernández Sánchez (Ciudad de México, 1996) se licenció en Comunicación y Medios Digitales en el Tecnológico de Monterrey. Usa el pseudónimo Alicia Maya Mares. Actualmente cursa el 12º Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado en la sección Piensa Joven del Heraldo de México. Twitter: @AliciaSkeltar

Ilustración de Elisa Zetina (Xalapa, Veracruz, 1992). Creadora de contenido gráfico online y offline así como desarrolladora de proyectos creativos como: identidades corporativas, imágenes conceptuales para eventos, ilustración, entre otros

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