El ataque de Dios y el desbordamiento, por Adán Medellín

Fragmento de El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley, de Adán Medellín, (Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2019)

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Por Adán Medellín

¿Qué vio Héctor Viel Temperley aquel día en el jardín del Hospital Británico en un eucalipto envuelto en un grupo de mariposas aleteando? La experiencia de revelación del argentino es coherente con los episodios místicos personales a lo largo de su vida. El poeta llamó “el ataque, el golpe de Dios” a aquellos instantes abrumadores, casi violentos y chocantes por su sensación de compenetración con lo divino. El eucalipto donde vuelan las mariposas que desatan la visión de Hospital Británico no es el primer protagonista arbóreo en su poesía. Le contó a Sergio Bizzio en su única entrevista que la visión de un árbol de plátano, que aparecerá en Crawl, lo había llevado a las lágrimas. También está el comandante-árbol de su libro Plaza Batallón 40 (1971) que recibe la luz en actitud inmóvil o indefensa mientras respira un aire limpio, “lavado y vuelto a lavar”; un aire purificado y artificial, “blanco” y aséptico como el que debió respirar Viel en el Hospital Británico.

Árbol divino, que según Juan Eduardo Cirlot, representa “la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración” (s.v. ‘Árbol’). Árbol que conecta simbólicamente los tres planos de existencia (el inframundo, lo terrenal y lo celeste); árbol cubierto por una armadura de mariposas y atravesado por una espada de luz superior, cuyas ramas recrean en la mente una crucifixión luminosa, imagen obsesiva de aquel Plaza Batallón 40, en especial de otro poema del mismo volumen, “Buta Ranquil”, que versa sobre un hombre tendido y enfermo, “pudriéndose” con los brazos en cruz,[1] entregado a una suerte de auto-inmolación a la espera de la muerte.

La imagen obsesiva de un hombre crucificado en luz está en “Cataratas”, otro poema de Viel de Plaza Batallón 40: “Hace tiempo que Cristo/ está crucificado en luz/ y no en madera./ Y estar crucificado en luz/ y volar/ es una misma cosa” (vv. 1-6). La yuxtaposición de la luz, el vuelo y el hombre crucificado retorna en los elementos del eucalipto que el poeta vio al salir de su cirugía. ¿Qué vio Viel aquel día en el jardín del Hospital Británico? ¿Una proyección de sí mismo, el hombre crucificado en luz, en vuelo místico tras un éxtasis sufriente y doloroso? ¿Transformó aquella armadura de mariposas aleteando en un eucalipto en las esquirlas de su cráneo estallado en el quirófano que luego se proyectarían como signos en los fragmentos de su último poemario?

Atravesado por la luz, por los bisturíes y las lámparas del quirófano, Viel ve alumbrarse su poema. A la presencia de la naturaleza como motor de las visiones, se añade la función reveladora de la enfermedad, que retorna desde su poesía temprana. Recordemos al joven poeta tendiéndose sobre una roca, “convaleciente, solo, como muerto” de una fiebre, en “La tormenta” de El nadador, una reelaboración personal de la historia de Jacob y la roca de Bet-el,[2] con sus reminiscencias rituales al Antiguo Testamento. En una postal de entrega y sacrificio, la cabeza de Viel sobre la roca es puente de lo divino y lo terrestre, tocándose  en la existencia profana a través de un sueño o de una visión.

En “La tormenta”, como sucedería años más tarde en Hospital Británico, el poeta está dentro y fuera del mundo, inmerso en la naturaleza pero abstraído de ella; “muerto para las aves y las nubes”. Con el rostro cubierto bajo un pañuelo-sudario, símbolo de un anestésico que vela o borra las sensaciones del mundo exterior, inicia un pequeño pasaje visionario y se aventura más allá, a una zona luminosa, reveladora, que denomina claridad. “Esta claridad es la que es”, dirá su verso, recordando la fórmula empleada por el Dios del Antiguo Testamento para definirse ante la pregunta de Moisés sobre su nombre: “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14). Convaleciente entre el sueño y la vigilia, los ojos del poeta se abren a la claridad de Cristo, ese Rostro de Dios que refulgirá años después con una potencia solar, múltiple y amenazante en Hospital Británico.[3]

Para la académica argentina María Amelia Arancet, un elemento definitivo de la experiencia mística en la poesía es “la manifestación de un peculiar desborde: el yo, simultánea y paradójicamente, está centrado y del todo desalojado; este yo es sujeto y objeto de un exceso, un salirse de cauce, que en Héctor Viel Temperley está en el cuerpo” (2003: 3). En el caso de Hospital Británico, “el cuerpo enfermo, en su íntima batalla celular, es a la vez sujeto, objeto y territorio de un diálogo que no puede sino estallar y doler por lo excesivo, de allí las esquirlas que vuelan despedidas en el poemario final” (3).

Viel nunca negó la posibilidad de que lo consideraran un místico: “¿Un poeta religioso? No. De ninguna manera. Seré un místico, un poeta surrealista, cualquier cosa, pero no religioso” (Bizzio, s/p). Pero como ha precisado Gabriela Milone, lo de Temperley es una mística movida de lugar, una mística montada en imágenes (natatorias, militares, equinas, surrealistas) que se convierte en “una religiosidad de acción del cuerpo y de tensión de músculos” (Milone, 2003:23).  Una mística activa, ejercitada atléticamente en una serie de actos corporales –como talar, nadar o cavar– que lo conectan con lo divino.

La diferencia que introduce Viel Temperley en esta tradición [mística, con un referente como San Juan de la Cruz] es la completa asunción de lo corporal. Ya no hay motivos ideológicos o patológicos para rechazar el aquí y el ahora de la materia primera y más inmediata en nuestro conocimiento del mundo, por eso puede decir: “El sol entra con mi alma en mi cabeza (o mi cuerpo –con la Resurrección–) entra en mi alma”. La relación entre cuerpo y alma se presenta como mutua e indistinta; no importa quién penetre a quién (Arancet, 2003: 4).

La experiencia mística y reveladora está ahí, pero es vivida y expresada de modos que se separan del canon religioso. Misticismo de “experiencia personal”, que concibe soluciones poéticas a los contextos “profanos” en que se presenta la unión con lo divino. Ahora, en un acto aun más incisivo y sangriento, la revelación ha regresado al poeta tras su trepanación, los efectos anestésicos y el trauma de la cirugía, en un hospital en Buenos Aires.

Hospital Británico
Mes de Marzo de 1986

Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo a visitarme.
Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo.
Mi madre es la risa, la libertad, el verano.
A veinte cuadras de aquí yace muriéndose.
Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara –en Tu llanto– para comenzar todo de nuevo.

Semejante a una esquela mortuoria por la brevedad de su formato, el texto recién citado es el primer momento del poemario, su primera escritura, cinco líneas que fungirán como un esqueleto del cuerpo orgánico e intervenido del poema. Son el arranque de una revelación personal del éxtasis, que Viel se ocupó de distinguir de la segunda escritura de Hospital Británico, que consistirá en una versión alargada y completa “con esquirlas y Christus Pantokrator”, según la leyenda que él anotó. Primera redacción que relata un estado fluctuante entre la no-existencia, las funciones vitales adormecidas por el delirio revelado, la enfermedad y la anestesia; en un tiempo simultáneo a la muerte materna.

Así, el poema narra, en su versión inicial, una salida del mundo cotidiano, una comunión restaurada con lo divino que se liga con el duelo por la madre, un “cambio” de estado en el hijo y la posible resurrección maternal. Ella “visita” al poeta en una estancia borrosa y celestial, donde el Cielo, el hijo Viel y la madre muerta comulgan en una heterodoxa trinidad personal. Con un beso en “la paz” (¿paz de los difuntos, paz mística?) de su hijo Héctor, la madre se prepara para una resurrección.

Escritura iluminada y feliz por la comunión restaurada con lo divino, pero donde atraviesa la sombra de la muerte y el anhelo de resurrección. Escritura impaciente, necesaria y automática, aparecida tras una visión de la naturaleza donde toda la potencia de lo divino se transfigura en un árbol atravesado de luces, mariposas y evocaciones maternales. Escritura de revelación y éxtasis, que transforma al poeta trepanado en otro y postula el encuentro místico más íntimo y cercano durante los rigores quirúrgicos, mientras la obra personal reproduce, actualiza, sufre la experiencia de misticismo mediante una intervención manual sobre sus órganos textuales.


[1] La lucha entre el espíritu y la vida subyace en el simbolismo de la crucifixión. Se trata del hombre atravesado por los dos órdenes: el inferior y el superior, el terrenal y el trascendente. “El madero horizontal corresponde al principio pasivo, al mundo de la manifestación. El vertical, al principio activo, al mundo de la trascendencia y la evolución espiritual” (J. Cirlot, s.v. ‘Crucifixión’: 157).

[2] Según Génesis 28, huyendo de su hermano Esaú, molesto por el robo de la primogenitura, Jacob llega a Bet-el y pasa la noche en descampado. Toma una piedra y recuesta en ella su cabeza. Entonces, sueña con una escalera que sube hasta el cielo apoyada en la tierra, mira ángeles que suben y descienden por sus peldaños, y tiene la revelación de Jehová, su Dios, quien le anuncia su futuro como patriarca de Israel.

[3] Un último momento revelado, entre tantos, destaca en los reflejos poéticos anteriores a la gran visión de Viel. Unas palas que aparecerán cavando al poeta en su último libro ya están presentes en el poema “Enfermedad” de El nadador (1967): “Cuerpo en la costa, herrumbre/ cada vez más tirante./ Yo desnudo en el viento,/ yo, sin moverme, dejo/ que cave en mis entrañas/ una pala radiante” (vv. 22-27).

Páginas: 128 
Editorial: INBAL/El Tapiz del Unicornio
Publicación: 2019

Adán Medellín (Ciudad de México, 1982). Escritor y periodista, es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ha sido ganador de dos Premios Bellas Artes de Literatura en las categorías de Cuento (2017) y Ensayo Literario José Revueltas (2019). Ganó el Premio Nacional de Relato Sergio Pitol en 2007 y el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2019. Ha publicado los libros de cuentos Vértigos (2010), Tiempos de Furia (2013), El canto circular (INBA/Instituto Literario de Veracruz, 2013) –ganador del Concurso Nacional de Cuento “Sueño de Asterión”– y Blues vagabundo (Lectorum/INBA, 2018-Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2017); además del ensayo El cielo trepanado (El Tapiz del Unicornio/INBAL, 2019-Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2019). Tradujo en conjunto el poemario Nierika. Cantos de visión de la Contramontaña (Conaculta/UNAM, 2013) de Serge Pey. Su libro Acéldama (Universidad Autónoma de Sinaloa, 2020) obtuvo el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza 2019. Formó parte de la redacción de Playboy México durante doce años; ahora imparte talleres de narrativa, colabora en distintas publicaciones y acaba de fundar Cafebrería Ítaca en un pueblo mágico tamaulipeco.

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