Los gatos de Schrödinger, de Franco Félix

Lee las primeras páginas del libro que obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven, Frontera de Palabras/ Border of Words 2015

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Por Franco Félix

¿Puedes pensar en algo más perturbador que escuchar
tu nombre completo pronunciado en voz alta
y por ti mismo justo antes de ser asesinado?
Ese sonido tiene que ser, por lo menos en mi opinión,
el límite de la violencia.
Luis Panini


Donde los investigadores de la medicina del sueño buscan
explicaciones químicas, los psicoanalistas formulan
la hipótesis de hostilidad inconsciente que ignoramos como
mejor podemos durante nuestras vidas de vigilia
y que usa la noche como su coartada.

Darian Leader

CAJAS

A pesar del reflejo metálico de Ciudad Limítrofe, por las noches el desierto permanece oscuro y sigiloso, aislado, apartado de las continuas explosiones de ruido, las risas, el clamor, la violencia de las calles, su aparataje. Allá, en la capital, los gemidos del sexo se evaporan con la blanca e irreal mancha de humo de cigarrillo; se suspende en el aire el grito que antecede a la muerte, a la carne mutilada, se adhiere a las moléculas de oxígeno como una gelatina lóbrega que anuncia la extinción. Acá, en el baldío tenebroso, las pequeñas vibraciones de la arena se esparcen con el paso de un reptil que avanza en línea recta y que emite un golpecito, apenas sensible, al toparse con un objeto que obstaculiza su camino. La lagartija, con su eficaz sentido del olfato, percibe, en un instante, el sabor de la pared que interrumpe su desplazamiento: papel, tinta, sangre. Para descubrir la estructura, con la punta de su boca recorre la superficie, el vértice inferior que se forma entre el muro y el suelo. Es un cubo de cincuenta centímetros de altura enclavado en la tierra. El bicho alcanza el ángulo izquierdo y recupera su trayectoria. Desaparece para siempre, devorado por una alimaña más grande que la intercepta. Amanece.

La diminuta colisión entre el animal y el cubo origina un eco limitado y opaco, un sonido intermitente que se repite, ahora con mayor fuerza. Un murmullo en el volumen interior del hexaedro se extiende hacia las seis superficies imitando una voz, un balbuceo, una articulación moderada y luego un grito apagado. El gimoteo se convierte, entonces, en una serie de golpes que vienen desde el centro del cubo, cada vez más desesperados e incesantes, como si un huevo estuviera por expulsar su producto.

Luego, otra vez nada. Silencio.

Se advierte apenas la lenta partida del monstruo de Gila. Satisfecho y ampuloso, imprime un nuevo surco en la arena. Crepitan los huesos de la lagartija más chica que lleva en su mandíbula: el fino y ahogado golpeteo de su sangre en la gravilla.

El paralizado sosiego del desierto es desarmado por un tañido súbito, maquinal, espontáneo. Una fuerza deliberada que empuja desde el fondo del cubo. A continuación, por uno de los costados de la caja, aparece un serrucho. La hoja dentada entra y sale cobrando fuerza, desgarrando el material, expulsando pequeñas partículas de cartón que se mezclan en el suelo con la arena. Terminada la ventana circular, la herramienta vuelve a ocultarse. Por la abertura, asoma su cabeza un hombre con gafas oscuras y un hilo de sangre seca que recorre su rostro y lo divide en dos.

—¡Mierda! Seguimos en el desierto.

Es verdad, continúan en medio de la nada. A su alrededor, descansan otros cubos de cartón del mismo tamaño, el caparazón desvencijado de una vieja televisión, una llanta despostillada que exhibe su fibroso esqueleto metálico, basura y arbustos aplastados, secos. El hombre debe reconocer todos esos objetos y el mensaje que transmiten:

—No nos hemos movido una mierda, ni un centímetro. Otro día más, sin desplazamiento. Otra vez, clavados al miserable desierto desde quién sabe cuándo —el tipo considera que las cosas que se hallan junto a él (las otras cajas, el televisor, el neumático, la basura y los arbustos) se afilian a su persona y abandono.

“Seguimos en el desierto” había dicho, como si las piezas inertes fueran sus compañeros de viaje.

El cubo vecino se mueve apenas. Desde el fondo, alguien trata de decir algo pero el parloteo es inaudible. Ese “seguimos en el desierto” pierde su abstracción. Hay otros como él. Otros sujetos ocultos en las cajas contiguas que emergerán de ellas como polluelos confundidos en la inmensidad del planeta. El sujeto encerrado vuelve a intentarlo, pero su voz sigue contenida.

—No te escucho nada, Doc —dice estirando el cuello.

Doc, llamado así, quizás, por su profesión médica o porque ha alcanzado un alto grado académico en la universidad, está desesperado. Sabemos ahora que carece de la serenidad de los ingenieros, pues su agobio es intenso. Empuja las paredes internas de su cautiverio. Pobre Doc, atrapado, sin aire.

—Usa el maldito serrucho —grita nuestro adelantado. Eso hace. A tientas, en la oscuridad, localiza la herramienta y la encaja en la pared. Se toma un par de segundos e inicia la ventana con cuidado, procura mantener una circularidad. Es un poco más mesurado al cortar que el primero.

—Bien, bien. Esto es estupendo. Debes ver el lugar —mira alrededor—, es un asco —mete su cabeza en la caja y saca una mano, toca la arena, recoge un puñado y devuelve su brazo al interior. Saca de nuevo la cabeza y escupe la arena—. Me encantaría llegar de una buena vez. Si llegáramos, Doc, te invitaría un tarro de cerveza fría —saca una botella con agua y se enjuaga. Escupe en el suelo—. Mientras, debemos conformarnos con el agua.

La caja se mueve. Queda listo el agujero. No es perfecto pero sí bastante noble en su circunferencia. Una mano recorre el filo de la nueva ventana. Levanta la tapa hacia arriba. Vuelve al fondo y sale la cabeza del Doctor. También trae gafas. Los dos amigos se miran de frente. El recorte los protege del sol, les brinda un pequeño óvalo de sombra.

—Así que es cierto, Rábano. Estamos en el desierto todavía. Mira toda esta arena. ¿La has probado? —pregunta con un gesto de repulsión.

—Sí. Tiene el mismo sabor que antes. Temo lo peor. Seguimos en el mismo lugar. Quizá estamos avanzando en círculos —incrusta los dedos en el piso desértico y hace líneas al azar; una de ellas atraviesa la vieja vereda del reptil mutilado.

—Como tu médico de cabecera, debo decirte que es insano que sigas ingiriendo esto. No sabemos qué pueda pasarte. Podrías morir envenenado. Es una responsabilidad muy grande. De ahora en adelante queda estrictamente prohibido el consumo de arena.

—Toda esa gente de allá atrás… —gira la cabeza.

Es verdad, Rábano, si dejaras de comer tierra y papar moscas, te habrías dado cuenta de que las otras cajas detrás de ti se están agitando pausadamente como un nervio a punto de colapsar. Algo dentro de ellas respira impasible.

—Sí. Comieron sin parar —acomoda sus gafas.

—Es muy desagradable —saca la lengua y escupe.

—Es una conducta que comparten con los peores monstruos de este planeta. Algunas arañas, por ejemplo, se comen a sus madres cuando son crías. Imagínalas, Rábano, a las pequeñas desgraciadas montadas en la espalda de una tarántula a la que van deteriorando poco a poco. Ñam ñam
ñam —mastica.

—A su propia madre. Son asquerosas —se espanta arañas invisibles en el rostro.

—Ésos que están allá atrás son como las pequeñas arañas.

—Son asquerosos también —mira de nuevo hacia atrás.

—Se han comido a su madre. Debías verlos —mueve su dentadura como si comiera algo. Abre la boca y la cierra—. Pasaban horas recogiendo puñados de tierra que llevaban a su boca, así como tú. Algunos estallaron, echados de lado. Y sobre ellos crecieron gusanos —saca sus manos y mueve los dedos imitando el movimiento de los gusanos—. Un espectáculo muy repugnante.

—Qué impulsivos. Matricidas.

—Es nuestra madre, decían, podemos hacerlo. Es lo único que tenemos, su carne, la tierra amarilla —hace ademanes con el índice por encima de su cabeza.

—Con que sólo arena. Es una historia conmovedora —suspira.

—El canibalismo no era opción —se apodera del Doctor una estimulante nostalgia que modifica su tono de voz.

—A nadie le gusta la carne podrida. Ni siquiera a nosotros.

—Ni siquiera a nosotros, Rábano.

Doctor y Rábano están suponiendo. La historia de las tres cajas detrás de ellos es desconocida. Sumidos en el delirio y el sopor, sospechan sobre el origen y las causas de los cubos que respiran como bestias en plena hibernación. Desconocen su contenido. No saben, tampoco, cuánto tiempo llevan atrapados en ese lugar. No tienen la más remota idea de quiénes son, ni por qué han adoptado las urnas como su hogar, el nido de pájaro que los protege de la violenta exterioridad. Un buen día, despertaron casi al mismo tiempo y se asomaron por la parte superior de los cubos. Se presentaron así: —Yo me llamo Rábano. Yo me llamo Doctor Existencialista. No sé qué hago aquí. Yo tampoco. No tengo opinión —ninguno de los dos podía descifrar la fuente omnipotente que los había colocado en ese punto de la Tierra. Habían intentado salir antes como el primer pez del agua, acomodando la planta de sus pies sobre el suelo, pero un profundo terror se apoderó de ellos. Una fuerza intrínseca, arrojada desde sus vientres, los cimbró y regresaron al volumen vacío de sus cajas. El vértigo los hizo vomitar. Pero debían abandonar el misterio, cruzar el horror y explorar. Lo intentaron. La palma de la mano sobre la arena, por diez segundos. Luego veinte, treinta. Doctor y Rábano, con el paso de los días, se aventuraron un poco más. Habían logrado arrastrarse un par de metros en la arena, ver la punta de sus pies. Doctor, convencido de los infundios, animaba a Rábano a dejar el miedo y enfrentar el mundo. Rábano era, y es todavía, mucho más joven que Doc y, como un niño atraído por las cosas en el amanecer de su vida, probó la tierra. Los dos hacían breves exploraciones, no más allá de los diez metros a la redonda. Seguían siendo muy cobardes para continuar con el examen del terreno. Doctor recolectaba pequeñas cosas encontradas alrededor y anotaba en su libreta. —Soy muy cercano a Darwin —decía al registrar sus piedras. Clasificaba las pequeñas pistas del pasado, imaginando que algún día encontraría la respuesta, la gran respuesta, sobre su propia existencia.

Por su parte, Rábano lamía todo a su paso. Metía en su boca cualquier elemento hallado, como si el sabor y la textura de los objetos pudieran abastecer información con sus moléculas. Sacaba su lengua y recorría con el órgano las circunferencias de los objetos más grandes, como la llanta o el
televisor estropeado. Doctor había inventado la historia de las arañas para evitar que Rábano siguiera abultando su etapa oral. El Doctor Existencialista pensaba que su joven amigo sólo maduraría con los mitos. Iba improvisando la narración conforme el chico preguntaba.

—¿Seguirán vivos? —pregunta Rábano con los ojos bien abiertos.

—Sí. Eso parece. Aunque tendría que revisarlos.

—No tocaré a ninguno de ellos. Tendrás que hacerlo tú, Doc.

Páginas: 93
Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro/Conaculta
ISBN: 978-607-745-238-6
Publicación: 2015

Franco Félix (Hermosillo, Sonora, 1981) es escritor y editor. Obtuvo la beca Edmundo Valadés de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes en 2009 por la revista Shandy, la beca Jóvenes Creadores en la categoría de novela (2011-2012) y la beca de Residencias Artísticas México-Argentina 2014, las tres del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Ha publicado, entre otros, los libros Kafka en traje de baño (2015), Los gatos de Schrödinger (2015) y Mil monos muertos (2017). Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Ilustración de Elisa Zetina (Xalapa, Veracruz, 1992). Creadora de contenido gráfico online y offline así como desarrolladora de proyectos creativos como: identidades corporativas, imágenes conceptuales para eventos, ilustración, entre otros.

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