Cuish

Un relato de César Rito Salinas (Tehuantepec, Oaxaca, 1964)

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Por César Rito Salinas

Yo hubiera querido poner en mis tarjetas de visita:

Fernando Benítez: lector de novelas.

Entre ver y sentir hay un abismo. Torpor, colibrí, corazón. Un abismo lleno de mensajes. Negro, amarillo, indio. Las fronteras se multiplican, nunca se borran. Entre sentir y comer hay algo indigesto, putrefacto. El lector forma una ecuación con el texto donde resulta derrotado. El autor será el primer lector, jugará en dos bandos. Entre sentir y resentir cabalga la noche. Carretera Cristóbal Colón. Velocidad mínima de desplazamiento, a la entrada de la ciudad. Carro, casa, destino. Entre sentir y sentir hay pensamientos. Océano abisal/azul. Hay que comer palabras. Pétalo, flor, calabaza. Hay que comerse las palabras. Abejas. Palabras torbellino. Para que dentro de tu pecho crezcan y cuadren, como en la política. Palabras contemplación. Hay que dormir con el perro. ¿Cómo se duerme la gente con el perro? Entre sentir y sentir hay un imposible. Un salto al vacío. Tengo un auto que se cree perro, anda enamorado de los árboles. Le digo a mi amada, tenemos un auto enamorado de los perros, se embarra con los árboles. Ella ríe. Rojo, sangre, verde. Un punto, mi ojo, una línea de luz, el año pasado me diagnosticaron cataratas maduras en el ojo izquierdo. Lo putrefacto está en el vacío, escribo. En el jardín la escuadra de la banqueta permite la belleza de las rosas, el mundo se hace a un centímetro de la tierra. Toda elevación causa ingreso, debo cobrar: mi religión no permite regalar el trabajo. Escuadra, marro, cincel. Las flores construyen paisajes (todo esto lo escribo mañana. Hoy se cierran mis ojos). “La nada no es más que algo”. El perro ladra en la noche. ¿Acaso seré yo quien se aleja? La mejor posición para mirar el mundo está tras la ventanilla del camión, cuando las cosas se alejan y se acercan.

Las casas y los árboles tienen geometrías que explicar, alvéolos. ¿Ya puse la palabra colindancias? Escribo una noche de octubre, encuadre, registro. Licor de león, bebida del recién casado para que cumpla. Siete Palos. Tuétano de res con jugo de limón (con estos ripios perderé el almuerzo). Para sacar el olor del cacho quemado, para cantar bastante en las noches, para meter la lengua y sanar ámpulas. Tarántulas. Tumba, roza, quema. Luego vendrá el diluvio, repetición tras repetición. Siete Palos (para que nadie te cuente cuentos mientras bebes mezcales). Siete Palos. Habrá que alzar la cabeza, echar el trago gordo. Para cubrir distancias, Siete Palos. Pelos quemados, lengua larga, noche de amores sin final. Será necesario escribir para perder la memoria, alcanzar el olvido.

En la adolescencia me propuse escribir hasta los 50, para luego retirarme a una playa solitaria (este año cumplo 56, nunca llegué a cumplir los 50).

Tengo en la cabeza la playa, mi espalda tiene la marca de la palmera donde cada tarde me recargo a mirar el mar que renueva sus escamas. Mis pulmones llenos de salitre y tabaco. Tengo en la yema de los dedos el olor del mar, el tabaco, la mujer.

Estos son mis recuerdos mientras escribo esta noche, “ganarás el mar con el sudor de tus ojos”. Escribo después de los 50, levanto mi canto a la necedad, aunque no tenga una playa, un cocotero inclinado que le cuenta sus secretos al mar.

Ni mujer. Lengua larga. El mar, su arena blanca, la brisa que lame mi piel, la espuma que como un sueño moja mis pies.

Para escapar de sus pensamientos imaginó la copa de mezcal, las notas del cuerpo transparente, oloroso de aceites vegetales, un Cuish -pequeño agave de los olvidados-, pero el expendio de mezcales quedaba bastante lejos, hasta Díaz Ordaz, junto al Periférico.  

Pon tu santo de cabeza, las chicas ruegan por un buen amor. En las calles de la ciudad claman al cielo por ayuda, “pon tu santo de cabeza”. Piden que trabajen a su favor las potestades, piden amor (nunca pidas, resultan detestables los hombres que piden). Son tiempos duros, el amor huye por las calles. Los hombres claman por amores y cantinas. Una buena mujer que los atienda. Su clamor sólo recibe miradas de perros y ratas que huyen del calor de los bares, las alcantarillas. El Diablo mira la escena, mueve la cola con ánimo de roquero. A su lado Dios bosteza, convencido de que la mejor suerte de la Creación la traen los gatos.

Dos

                 aludir el momento con ánimo que te lleva a mover las manos en la libreta, el lápiz; este dar rumbo a los garabatos que entre líneas azules se resisten a morir. Desde el ánimo, el buen ánimo, la buena manera, la disposición de manchar tus manos de tinta y hollín; este rasgar la libreta hasta escuchar el gemido largo que busca tu nuca, entre los cabellos y las orejas, mientras el lápiz avanza en el papel y va descubriendo rostros, territorios, mientras llega el olor fijo de la leña que arde en el bracero humedecido, cojo, tuerto, golpeado por la última lluvia hasta no poder más sostenerse en pie, fiel a la desmemoria del fuego.

El día amaneció con penas, suficiente como para alcanzar un mezcal.

Elaborar una lista larga de sustantivos implicaría que se tuviera el control de la escritura, que controlaras el resultado de la narración. Sí y no, siempre te molestó hacer pasteles; lo detestas.

Tener el control de la escritura resulta falso, un mal principio. Anticipar eso sería renunciar a la narración. Perderías lo más importante de lo narrado, algo vivo que anda y toca, contagia de vida lo muerto y huye, se escapa, impredecible (las palabras vuelan sobre el lomo de las palabras, así siempre), el duende que electriza, que se mueve travieso entre las letras y la yema de tus dedos. Tener el control será poseer una esperanza falsa; otra más, que ya son demasiadas para llevar la cuenta de los cientos de libretas que comenzaste y dejaste abandonadas sin motivo, porque si, porque se te antojaba tirar el trabajo, la ilusión.

Un mezcal para las penas, ¡por el amor de Dios!

La forma estaría en sentarse a la máquina y permitir a las palabras una velocidad de salida, así, que trabaje contra la resistencia de las teclas que se dejan llegar como algo que sucede entre pendientes. Sacar con buena velocidad una serie de letras que hagan palabras que formen párrafos, que digan algo; pero la cosa no termina así, con el control de la salida de las palabras contenidas entre tu espalda y tu pecho, tu persona; pero no funciona así, bien lo sabes, tu persona nunca funciona como puente de la voz que emerge y atraviesa el espacio entre la nada y los ojos, que se manifiesta; no, no es así, terminas inconforme con prestar tu cuerpo para esparcir el olvido.

Sería como repetirse, volver a lo ya leído, el acervo, tu acervo, no, no es así, en la cabeza tengo un toro negro frente a mi rostro, que me mira. Puedes huir o enfrentarlo o hacerlo tu amigo. Hay tres caminos.  Por eso te digo, nada funciona para escribir lo que tienes que escribir, aquello que te pide hacerlo, darle salida.

Dejar la escritura, así como llega mientras subes el volumen de la radio y dejas la libreta y el lápiz o la máquina, el trasto de las palabras, y esperas que finalmente hierva el café en la lumbre, sí, eso podría ser, esperar a la fiera esquiva que llega con cuerpo de oveja u oveja que se transforma en león, en tigre o en las dos cosas, ambas a un solo tiempo, juntas, que saltan para morderte la yugular. Un mezcal, carajo, sería bueno.

Tres

___ Tenemos tanto que hablar –dijo la mujer mientras movía la cuchara en la taza de café.

___ Si, tanto –dijo el hombre-, y tenemos tiempo. El hombre, ensombrecido por la resaca vio el instante en que el globo de neón con figura de Kitty se escapó de las manos del vendedor y subió hasta perderse en el cielo azul del mediodía, en el atrio de la catedral de Oaxaca. Había regresado de un largo viaje a CDMX, afuera había sol, pero pronto llegaría la lluvia, así lo anunciaban las nubes lejanas sobre el cerro de San Felipe. La pareja se había citado el sábado para tomar café, acordar el fin de semana juntos. Levantó los ojos al cielo, las nubes oscuras de la tormenta habían llegado ya, se cernían sobre ellos como una amenaza, pero él sabía que tenía tiempo todavía.

César Rito Salinas (Tehuantepec, Oaxaca, 1964) Es ganador del Primer Concurso del Festival Poesía en Voz Alta, Casa del Lago, UNAM, y participó en el Festival Internacional de Poesía. En 2016 publicó el libro Atzompa, (Editorial Pinos Salados, Mexicali, Baja California). Vive en Oaxaca.

Foto de Fondo creado por whatwolf – www.freepik.es

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