La novela de las diez

Un cuento de Mariana Rosas Giacomán (Ciudad de México, 1998)

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Por Marina Rosas Giacomán

Por primera vez en sus cinco años de vida adulta, Mitsuko no se fijó en el rostro del conductor tras subirse al taxi. Tampoco revisó que las placas del automóvil concordaran con las que indicaba la pantalla de su celular en la aplicación, ni se fijó que la ruta por la que el coche conducía fuera una que ella conociera. No se dio cuenta de que esa tarde anocheció más temprano de lo normal—a las 6:01 p.m—ni de que caminaron junto a su ventana tres hombres encapuchados que bajo otras circunstancias le hubieran parecido sospechosos, y la hubieran hecho apretar los puños esperando que no golpearan el cristal para asaltarla. 

Llevaba sobre las medias la mochila de tela desgarrada que siempre cargaba a la universidad, y dentro de ella una bufanda enorme de los Dolphins que cómo estorbaba. La bufanda de Emiliano que se enredaba entre los cuadernos y ensayos y que era la única excusa restante para verlo. Si Mitsuko se olvidó durante un trayecto de media hora de cada una de sus fobias urbanas fue porque estaba demasiado ocupada en contener un llanto que si salía iba a sonar como el de la protagonista de la novela de las diez. Ella no veía la novela, no sabía ni el título, pero siempre la ponía de fondo en la televisión mientras terminaba de escribir sus ensayos. Y cada noche, sin excepción, terminaba levantándose de la cama para bajar el volumen durante la escena de llanto del capítulo en turno. ¿Por qué sufrirá tanto?, se preguntaba al mirar a la actriz —¿Angelique Boyer? ¿Bárbara Mori?— que sin dejar de ser hermosa sollozaba arrodillándose y maldiciendo al cielo. 

Mitsuko era ahora una de esas actrices (sin la belleza inalterable, pensaba) porque llevaba días llorando como en una novela: seria, casi enojada, con la mirada un poco perdida e interrumpiendo para hacerlo alguna de sus actividades cotidianas como desayunar o bañarse. Lloraba tanto que le gustaba imaginarse en la mesa junto a su cama un montón de frasquitos con todas sus lágrimas. Tres, diez, hasta veinte frasquitos. Al quinto día, el llanto comenzó a volverse un problema, era difícil de predecir e imposible de controlar de la misma forma que lo eran las visiones de Emiliano. 

Emiliano se había ido. Así, de la nada, como la canción de la chica de humo, le dijo Mitsuko a sus amigas. Se había ido incluso cuando seguía estando con ella. Incluso cuando estaba en todas partes, como en las fiestas de cualquier conocido que tuviera en común con Mitsuko, bailando solo al fondo del lugar mientras el resto de los asistentes cantaba a gritos las últimas canciones. Aún se le podía encontrar a las horas de siempre— porque era muy puntual, más que Kant, solía decir—caminando hacia el parque donde trotaba o en el cafetería donde le daba tutorías de matemáticas a preparatorianos desesperados. Aún enviaba mensajes para Mitsuko (¿de qué es tu examen? ¿cómo te fue hoy?) que a ella le entristecían por ser de una amabilidad casi impersonal. Pero se había ido, porque ella supo que no volvería a ser el mismo de los recuerdos. 

Faltaban tan solo cinco minutos para llegar cuando el llanto salió en una especie de jadeo que pudo ser confundido con una risa reprimida, y salió en el momento más absurdo: cuando el conductor del auto cambió la estación de radio a una donde sonaba sí, sí, sí ,sí, sí, sí, sí ven claridad, llega ya, trágate la oscuridad, llega ya. El taxista volteó por el retrovisor y al ver a su pasajera escondiendo el rostro entre las mangas le ofreció un pañuelo en dudosas condiciones. Este es el punto más bajo de mi vida, pensó Mitsuko tratando de reírse, estoy llorando en un taxi con una canción de Menudo. Ella no se lo había dicho a Emiliano jamás, pero su recuerdo favorito con él no era la primera cita, ni la del primer beso o la primera noche juntos. Su recuerdo favorito era el de una fiesta navideña a la que ambos fueron sin estar muy seguros de por qué se les había invitado. Los dos iban vestidos más formales de lo que la ocasión ameritaba, y Mitsuko recordó haber volteado los ojos al ver a Emiliano llegar. Hiciera lo que hiciera, siempre se veía forzada a encontrarse en las reuniones con el primo alto y ruidoso de su mejor amiga. No quería saludarlo ni hablar con él, le parecía que algo en la forma en la que él platicaba con ella era condescendiente. Pero tras intentar evitarlo toda la noche, se acercó a saludarla con una sonrisa que la desconcertó. ¿No quieres bailar? le preguntó extendiéndole la mano. Mitsuko vio a Emiliano bailar Claridad— con su traje y una cuba— y supo que quería encontrarse con él todas las noches de fiesta el resto del año, o quizás de su vida.

Emiliano bailaba la coreografía de los ochenta salpicando a los amigos que le rodeaban de Coca con ron. Bailaba arrítmico, con los ojos cerrados. Cuando dieron las dos de la mañana y Mitsuko tuvo que irse, Emiliano la acompañó afuera del edificio a esperar al hermano mayor que pasaría por ella. Las casas de la colonia habían apagado sus luces de Navidad, pero a lo lejos brillaba el árbol de colores de un departamento que había dejado abiertas sus persianas. Ambos compartieron un cigarro en silencio y cuando el auto del hermano de Mitsuko se detuvo, ella observó el reflejo de ambos en la ventana. Mientras miraba el reflejo, a través de él Emiliano la miraba. Mitsuko se enamoró del reflejo, o más bien de un espejismo, pensó después. Antes de bajarse del taxi y pagarle al conductor con una vergonzosa morralla, Mitsuko pensó que mientras tuviera ese recuerdo lo tendría todo. 

A lo lejos parpadeaba una luz en el estacionamiento del cine en el que se encontrarían; no por ser el lugar de la primera cita, sino por ser el punto medio entre la casa de cada uno. Emiliano la esperaba fumando en la oscuridad con su abrigo negro y su metro ochenta y cinco, y al verlo Mitsuko quiso abrir más los ojos como si de esa forma pudiera guardar mejor esa última imagen dentro de su cabeza. Al recordar que él solía quejarse de su impuntualidad bajó con prisa del auto. Su mochila cayó abierta sobre la banqueta y Mitsuko se apuró en recoger la bufanda de Emiliano sin que este la viera a la distancia, y cuando se dirigió hacia su silueta lo hizo conteniendo la respiración como si estuviera a punto de aventarse al agua. 

Por primera vez en sus seis años de vida adulta, a Emiliano se le hizo tarde para un compromiso. Ese día todo le había salido mal, desde el instante en la mañana en que abrió los ojos hasta el momento de subir al único vagón del metro en el que no sería sofocado por oficinistas y raperos callejeros improvisando batallas. Unas horas habían bastado para ser rechazado de un posible empleo, para perder todos los autobuses que podía perder y para recibir malas noticias sobre la salud de su abuelo más querido. Lo ideal hubiera sido seguir el consejo de su madre: encerrarse hasta dejar de sentir la amenaza de la mala suerte. Sin embargo no podía fallarle a Mitsuko otra vez.

Emiliano hubiera preferido decirle que se quedara con la bufanda a tener que verla llorar. Sabía que si veía los ojos rasgados de Mitsuko enrojecidos por las lágrimas él se moriría de la culpa e intentaría consolarla sabiendo que no podría hacer lo que ella necesitaba que hiciera: quedarse. Era por eso que fantaseaba con desaparecer y no tener que volver a encontrársela, solo quedarse con el recuerdo de los días en los que fueron felices y en un futuro enterarse de lo bien que a ella le estaba yendo. Pero aquella era una fantasía egoísta y lo sabía. Vio la silueta pequeña de Mitsuko acercarse y se apresuró a saludarla, tratando de construir preguntas en su mente para que el silencio que les esperara fuera menos incómodo. 

¿Te acuerdas de la fiesta de Lorena? ¿la de Navidad del año pasado? preguntó Mitsuko cuando las palabras se le habían terminado a ambos. Como el taxi traía la canción de Claridad me acordé de ti bailándola y de que te sabías la coreografía porque de niño te la habían enseñado tus primos. 

¿Apoco? preguntó Emiliano riéndose por primera vez en la noche. 

Fue en la noche en la que fumamos afuera y nos quedamos platicando viendo el árbol de Navidad de un departamento. Mitsuko hizo una pausa, ¿no te acuerdas?

Emiliano se quedó en silencio por un momento. No me acuerdo de nada de esa vez, contestó. Estaba pedísimo, creo que hasta al día siguiente desperté borracho

Le extrañó el desconcierto de Mitsuko al escuchar su respuesta. Quiso preguntarle si estaba bien pero no lo hizo. Mejor no digo nada, pensó, y antes de despedirse ambos se miraron en silencio. Quizás aún había mucho que decir o quizás no quedaba nada, era lo mismo. Ambos intentaron hallar una frase que sonara bien para despedirse, como de final de película de Woody Allen, pensó Emiliano, pero no se dijeron nada más que un cuídate que hubieran dicho a cualquier desconocido. 

Emiliano prefirió regresar a su casa caminando antes que sentir de nuevo el calor de la multitud en el metro. Llevaba la bufanda –cómo estorba, pensó- en el hombro y recordó la Navidad en la que su abuelo se la regaló. Solo por eso la había pedido de regreso, porque había sido un regalo de la primera Navidad de la que se acordaba. De nuevo se sintió egoísta, sabía que era lo único suyo que Mitsuko tenía y pedírselo de regreso tan rápido y con tanta formalidad como lo había hecho solo acentuaba la despedida y cortaba las posibilidades de volver a verse. Emiliano no pudo evitar preguntarse si su abuelo estaría en la siguiente cena de Navidad, pero antes de pensar en la respuesta intentó recordarse a sí mismo bailando como Mitsuko había descrito. Odiaba verse bailar en los videos, su estatura siempre lo hacía ver torpe y ligeramente más lento que los demás. De esa fiesta, como le había dicho a ella, no recordaba más que destellos. Había sido de los primeros en llegar y desde las nueve de la noche ya veía las paredes de la casa de su amigo girar lentamente a contrarreloj. Se avergonzó, ni siquiera recordaba haber estado con Mitsuko aquella vez. Solo tenía una imagen suya, la de cuando se despidió de él con un beso en la mejilla y se subió al auto de su hermano. Llevaba un vestido negro de mangas largas y él pensó que nunca había visto a alguien parecida a ella. Cuando llegó a su casa después de esa fiesta lo primero que hizo, además de percatarse de que su cama se movería toda la noche como consecuencia de la cantidad de alcohol que había tomado, fue buscar en internet el significado del nombre de Mitsuko. Era niña de luz. Esta vez al llegar a casa encendió un cigarro, desde que empezó a vivir solo podía darse el lujo de fumar en la cama. Pensó en Mitsuko y en su abuelo y decidió cerrar los ojos para dejar de hacerlo. El cigarro encendido estaba peligrosamente cerca de las sábanas, pero a Emiliano no parecía importarle.

Mitsuko llegó a una esquina lo suficientemente lejana al punto desde el que Emiliano se había marchado y volvió a sentir la amenaza del llanto de protagonista de telenovela. Le ardía la garganta y sentía lágrimas tibias acumularse tras sus párpados, pero no las sacó por el miedo a ser una chica que llora en la calle e inspira miradas de pobrecita. Ante la visión del primer taxi vacío, levantó la mano delgada. Le habló por teléfono a su mejor amiga para sentirse más segura dentro del auto de asientos tapizados con una tela de satín rosa que le recordaba a estar dentro de un bar de mala muerte. Ya no le daba pena que el taxista la escuchara llorar, al contrario, eso probablemente haría que deseara enterarse del chisme y bajara el volumen de la cumbia estridente que emitían las bocinas. Jessica compartía apellido con Emiliano pero no sentía ninguna pena para repetirle a Mitsuko que era un pendejo, un baboso, neandertal, pelmazo esperpento. Esta vez no lo hizo, solo escuchó a Mitsuko en un silencio tan profundo que evidenció lo obvio: ese había sido realmente el final. Me gustaba tanto y lo quería tanto, le dijo Mitsu a su mejor amiga, que llegué a cuestionarme si de verdad había querido a alguien antes que a él.  

Después de un trayecto que se sintió aún más largo que el de partida, el taxi se detuvo frente al edificio de Mitsuko. Ninguno de los departamentos tenía la luz encendida, ni siquiera brillaban los árboles de Navidad que Mitsuko había visto comprar a algunos de sus vecinos durante días anteriores. No podía dejar de pensar en lo mucho que quería una señal, que se encendiera un destello en una ventana si Emiliano la extrañaba. Quería saberlo todo, escurrirse en su cabeza y repasar cada uno de sus recuerdos juntos. ¿Alguna vez mientras bailaba solo al final de la fiesta deseaba que cambiaran de canción porque la que estaba le recordaba a ella? ¿Se había fijado en el reflejo de ambos mientras platicaban? Mitsuko se bajó del taxi pensando en ello, y cuando metió la mano a su mochila de tela se dio cuenta que no había nada ahí más que su revoltijo de papeles de siempre. No estaba la cartera, tampoco en el bolsillo de su abrigo o bajo la tela rosa del auto destartalado. El conductor la miraba impaciente mientras ella revisaba nuevamente cada compartimiento de su mochila. Pensó, como lo dramática que le gustaba ser, que si su vida fuera una telenovela aquel sería el momento en el que el mundo se detiene para permitirle cantar que todo se derrumbó dentro de mí dentro de mí. Se había sentido de la misma manera algunos meses atrás cuando mandó a uno de sus amigos a preguntarle a Emiliano si estaba interesado en ella y él contesto que no, para nada. Ahora había perdido un billete de quinientos, una tarjeta de crédito, una de débito y el boleto de metro de su único viaje a Japón. También la foto del concurso de teatro de la preparatoria donde ella y Jessica habían interpretado a Lady Macbeth y olvidado sus líneas pero reído mucho después. Hasta unos días antes, Mitsuko le hubiera marcado por teléfono a Emiliano para que fuera al rescate, pero ahora la simple idea le avergonzaba. De todas formas, Jessica ya iba en camino.

Y todo por recoger su bufanda que parece franela para limpiar coches, dijo Jessica después de pagar los setenta pesos y despedirse de su mejor amiga. Quedaron en verse al día siguiente, cuando Mitsuko hubiera escuchado Todo se derrumbó las veces suficientes. Emiliano dormía del otro lado de la ciudad y, como si tuviera que hacerlo con cuidado para no despertarlo, Mitsuko decidió permitirse regresar a su lugar favorito por última vez: el recuerdo. Después de la fiesta en la que bailó con él le dolió el estómago por varios días. Y en cada uno de ellos repetía la imagen en su mente, una y otra vez, haciendo que el nudo en su estómago se apretara hasta estremecerla. Pero el recuerdo ya no valía nada, se dijo Mitsuko al entrar a su departamento oscuro. Por suerte, pensó, llegó a tiempo para ver la novela de las diez.

Mariana Rosas Giacomán (Ciudad de México, 1998). Ha publicado cuentos en revistas digitales como “El conejo y el funeral” en El Cenicero de Ideas, “La grieta” en Cuadrivio, “La luz del escenario” en Digo.palabra.txt, ”Los Relámpagos” en Letralia y “Los Perros de Cerroblanco” en La Experiencia de la Libertad.

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