La épica del fracaso, por Mateo Peraza Villamil

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Por Mateo Peraza Villamil:

Cuando Filio me invitó a este evento pensé en rechazarlo, en huir. Atravesado por los prejuicios que definen el modelo de la relaciones artísticas —no alabar a quien conoces,  no decir que es bueno porque pierdes objetividad— me cuestioné cómo, sin caer en lo cursi o en lo adulador, podía presentar al primer hijo impreso de uno de mis mejores amigos. Un bebé que no nació prematuro sino con barba, extremidades de gigante y la mirada limpia de un niño malicioso. Un mutante con una trampa oculta: todo lo que viene en este libro ya había sido publicado. Se trata de una síntesis de su trayectoria.

Por lo tanto, en vez  de hablar sobre las virtudes de Mediocre y la misteriosa y delgada línea entre la ficción y la vida de Filio con un  revisionismo crítico y estúpido, me decidí por contarles sucesos de baja categoría. Como que al comienzo, cuando lo conocí en un taller, le tuve una envidia punzante y me pareció un pretencioso de primera; creí todo de él: que era académico, que estudiaba una maestría, que era abstemio y por las noches leía cuentos de Cortázar bajo la luz de un candil extinto. Todo menos que se tratara de alguien que le rendía una especie de culto estético a lo mediocre, como el título del libro.

Joaquín Filio y su madre, Filia Herrera. Foto: Verónica Rodríguez.

Desde entonces, en el taller Hipogeo, sello de esta colección, Filo ya preconizaba el discurso radical en favor del cuento fantástico vestido con el hábito entrañable del boom y centralmente de Cortázar: la idea de romper los límites de la realidad, la estética de lo cursi; textos que sintetizan la tristeza y la ingenuidad, el amor y lo patético en un lenguaje alejado del ensayo pero habitante de un país fértil que comparte patria con la poesía. Escribe, desde que lo conozco, del mismo modo en columnas, en cuentos, en textos para presentaciones o en apuntes de servilletas. Franqueando los límites de la realidad, intercambiando los elementos reales por metáforas. Y lo que hizo fue definir, a grandes rasgos, un estilo cuyo origen adjudicaría a escritoras como Samantha Schweblin, Andrés Neuman, Mariana Enriquez, Laia Jufresa; y más lejos a Arreola, Dávila, Levrero, Cortázar, Rulfo, etcétera.

No obstante, dado el título de la obra, me gustaría hablar sobre por qué nos fascinan tanto los personajes fracasados. Los perdedores a contracorriente al estilo del Quijote o el Lazarillo de Tormes, por irme muy lejos en la tradición. ¿Nos reflejamos en ellos? ¿Nos liberamos a través de ellos? ¿El fracaso en la literatura es acaso el paralelismo más cercano a nuestras vidas?

En el libro Obra Negra, Edmundo Ruiz Parra propone el término “la épica del esfuerzo”para definir las motivaciones que permitieron la subsistencia de los primeros habitantes del municipio de Ecatepec. En el caso del Joaquín propongo “la épica del fracaso”; no por señalar que lo domine una insistencia contumaz por lanzarse al abismo o un automatismo suicida, sino por la idea de utilizar el fracaso como un planteamiento simbólico en la ficción, volverlo un rescate para nosotros, lectores, de los argumentos literarios que apuestan, entre comillas, por los grandes temas, casi siempre los que terminan siendo los más triviales.

Para esto recordemos que el fracaso es la contrapropuesta al modelo de éxito que imponen los estatutos cívicos. Fracasado es el que no trepa en la pirámide social. El que no tiene hijos e ingreso. Quien no persigue destruir a los otros. El que no contribuye al bienestar económico nacional. El que opta por el arte en vez de un trabajo estable, inscrito en una nómina y con semanas preestablecidas de vacaciones.

“El fracaso, como la tristeza, es un lenguaje universal”.

Entre los personajes del libro encontramos a Esther, por ejemplo, invisible ante una sociedad que no la necesita ni la recuerda; el narrador del Guardadito, quien asume una futura explotación a cargo de su  familia, un grupo de clasemedieros utilitarios y miserables que conforman una gran alegoría sobre el capitalismo; un burócrata con  las alas amputadas o quien, como el autor,  a los 26 años y en la marginalidad prefiere escribir cuentos fantásticos —o, en sus palabras, en este “lento, extraño, amor incandescente”— mientras trabaja en una tienda de ropa punk,  antes de abordar los caminos que le garantizarían  la solvencia económica y carencias emocionales.

El fracaso es un prejuicio y en la literatura los personajes que fracasan, o quienes aparentemente no contribuyen al bien común, reflejan nuestra realidad como sujetos físicos, distantes de una trama o de un argumento literario que guíe nuestras vidas cotidianas. El fracaso, como la tristeza, es un lenguaje universal.

Y ahí un tema que me parece crucial: quién es Filio como persona y quién es Filio en su obra. Son dos entes indivisibles en su escritura. La encarnación literaria del Filio que conocemos, el que está aquí sentado (barbado, de mirada triste, con un tatuaje de El  principito en el brazo derecho —algo que lo define más de lo que podríamos pensar a nivel simbólico, ideológico y personal—), es la del personaje marginal que aparenta no saber nada pero simultáneamente posee un inverosímil acervo de lecturas y una capacidad de análisis propia de ciertos personajes de ficción —pienso en los personajes de César Aira, de Roberto  Bolaño,  otra vez  Levrero, Salinger, Alejandro Zambra, Lucía Berlín, Houellebecq—.

Porque tal vez Filio no concluyó la licenciatura, pero no podrías cuestionar que tenga una maestría, y es un tipo a quien la condición anti-académica, anti-promesa, de segundo lugar, el traje de precarizado laboral no le desagrada sino que lo obliga a sonreír cuando se ve frente al espejo del baño. Le da fuerzas para escribir. “¿La huella de mi paso por el mundo?

Perdona: pero creo que te has equivocado de ascensor”, versa uno de los poemas más superfluos y hermoso que he leído y el cual le calza perfecto. Como epígrafe de esta obra, lo resume todo.

En ese sentido, Filio forma parte de una tradición. Los escritores que dentro del fracaso.

(Un fracaso que por supuesto no implica la infelicidad) han visto un estallido de luz en medio de una penumbra insondable e impenetrable, donde despunta la idea clara, irrefutable, más allá de todo cuestionamiento: qué distinto sería hoy el canon si se pudieran contar más historias como estas. Sin un género específico. Sin un fin renovador.  Con una escritura que refleje lo poco que somos y lo mucho que sentimos inmersos en la inamovible y preciosa cotidianeidad. Una cotidianeidad envuelta, además, en la muerte de seres queridos, en romantizar la crueldad del ser humano o en alejarnos de la niñez mientras vemos el fracaso de nuestros padres desde el espejo retrovisor. 

Recuerden: somos una generación plagada de nostalgia revolucionaria. Vivimos bajo la consigna, la historia, de un fracaso rotundo, y no por ello menos hermoso. De hecho, el autor lo aborda en el cuento “Un corazón para papá”.

“Sabes qué es lo mejor para agarrar aire para escribir: que te lleve la verga, caerte, moldear la sensación que tienes cuando estás en una caída libre sin saber si abajo habrá una mano que te levante o un abismo”, romantizó Filio una noche, poco antes de que nos detuviera la policía y nos arrestaran, sobre cómo encuentra  la motivación para escribir un texto.

He leído a todos los cuentistas de mi generación que radican en Mérida. Y  sé, sin duda, que uno de los más maduros en lo que concierne al género está aquí sentado. Otros, por hacer un breve repaso, han optado por una apuesta efímera donde la vida se vuelve una caricatura que escriben por el divertimento pueril de ser vistos como mártires modernos, cuando me parece claro que no conocen ni de cerca el dolor o la profundidad del aburrimiento. Otros escritores actuales me recuerdan a Filio hace unos años, aferrados como él a una voz propia que todavía se encuentra a gatas y pronto, esperemos, se levantará.

Cuando superé la envidia, cuando lo felicité mordiéndome el labio por primera vez, olvidé las decenas de veces que recalcó el mal manejo de gerundios en mis textos, mis diálogos sacados de Anagrama o mis cuentos en primera persona sobre chilenos que sobrevivieron a la dictadura cuando por entonces yo confundía a Pinochet con Videla, y viceversa; nos volvimos amigos entrañables en un mundillo fundamentalmente opaco donde esa clase de relaciones prácticamente no existen.

Entonces me fue imposible no ver a Filio como un maestro del cuento, práctico pero principalmente teórico, razón por la que acudo sistemáticamente a él por recomendaciones o para robarme sus libros cuando se queda dormido. Es difícil y a la vez sano decir que le debo una parte medular de mi formación como lector y escritor. Ese Filio que de pronto dice: Hey, güey, topas el cuento de La tres orillas de Guimaraes Rosa; Chaco, de Liliana Colanzi; Revolución, de Slawomir Mrozek; o el que, cigarro y cerveza en mano, diserta sobre las derivas de la narrativa estadounidense a partir de Jack London, con quien, quizá sin saberlo, comparte características en su visión de la escritura desde la vida, la vida como el fundamento de un yo al  que desgarra lo que describe, lo que recuerda, lo que necesita recordar para conjurarlo.

Asistentes a la presentación. Foto: Verónica Rodríguez.

“Dejar de existir pasó de una idea lacerante a una escapatoria racional del asunto; el hecho de que se haya abandonado a la inevitable separación no fue, de ninguna manera, una salida fácil”, escribió en el cuento Esther, una chica que abandona una metáfora y que al existir desaparece para siempre. ¿Somos, en ocasiones, invisibles de forma consciente?, me cuestiono.

Para terminar les pregunto: ¿Qué estamos haciendo para romper los límites de la realidad, de lo establecido? A los escritores les ha dado por reposar sobre estructuras construidas y sin embargo en ruinas, o por volver su vida un delirio literario sin ninguna trascendencia. Lo que puedo decir es que hemos fracasado. Pero que en el fracaso hay una formación, un proceso que puede derivar en la grandeza, y es precisamente esa apuesta la que cabalgamos. Como bien escribió Billy McGregor: “Porque lo único que importa, a estas alturas del Everest, es no caer de rodillas”.

Mateo Peraza Villamil: (Mérida, Yucatán, 1995). Ha publicado narrativa y textos periodísticos en medios impresos y digitales, como en Tierra Adentro, Punto de Partida, Efecto Antabus y Revista Marabunta. Becario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) de Yucatán en la categoría de Jóvenes Creadores para el periodo 2017-2018.

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