Donde nos esperan

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Por Diego Duran.

 “A mi marido se lo llevó un muerto”.

La esposa del desaparecido gritaba que un cadáver surgió del patio de la vivienda.

En la noche del 2 de noviembre, el matrimonio de la calle No.4, recibió con pánico a sus difuntos tras escuchar el crujido de los vidrios rotos.  “Lo que entró a mi casa apestaba a podrido”, declaró Catarina. “Eso no tenía ojos y las piernas estaban  deformes; eran los restos de una persona. A mi marido se lo llevó un muerto”.

Según el peritaje, Dimas “N” (de 45 años) fue arrastrado desde su colchón a la ventana. En los cristales, identificaron un tipo sanguíneo: A-B, el cual corresponde a la víctima; sin embargo, el forense determinó que los residuos de piel se encontraban en descomposición hace una semana. Las autoridades… 

Viviana interrumpe su lectura y se despide del autor de la nota roja. Fingir interés en el periodismo amarillista es como le agradece al reportero por el diario gratis. La mujer lo necesita para completar su ofrenda.

Sobre la mesa hay cientos de recortes amontonados, son rostros ausentes en el papel cenizo, y ella conoce a cada uno. Contempla a aquellos errantes. Los acomoda en una hilera, les da un espacio donde puede hallarlos. Con fotografías, llena rápidamente el lugar vacío.

Una mirada la aferra, le recuerda que los desaparecidos deambulan entre el luto y la desesperación. En esos ojos, reencuentra la dicha de ver crecer a alguien; la condena de perseguir los vestigios de un fantasma. Los pétalos amarillos en el suelo aún dibujan las pisadas de su hijo hacia la puerta.

Él tenía imágenes de gente que cargaba una pregunta sobre la cabeza: ¿Le has visto? Eso molestaba a su madre, pero ella lo permitió porque el chico escribía una calaverita literaria del asunto. Antes de enviar su trabajo al periódico, metió los volantes en una bolsa negra. “Me desharé de ellos, mamá”, dijo. Al salir, pisó las flores de cempasúchil dedicadas a su abuela.

Cuando anocheció, la mujer corría en las aceras, gritaba el nombre del joven. Los vecinos daban paraderos diferentes. El único rastro subyacía tras las catrinas de azúcar y aserrín. En los callejones había láminas con caras bamboleantes, formaban un camino interminable, como la senda de la que ninguno volvió. 

Los altares gigantescos la guiaron a tres zonas: su casa, la notaría y el domicilio de una celebridad. Aquel personaje saltó a la fama por traicionar a sus propios hermanos durante el novenario de su madre. Viviana tensó la mandíbula mientras se alejaba de ese último lugar. Lo aborrecía.

Esperó al día siguiente para regresar. Pegaba la fotografía de su hijo en cada esquina. Palideció tras acariciar el cartoncillo, pasaba los dedos por esas facciones reminiscentes del retrato, las mismas que la trajeron a una tierra donde el odio la abrumaba. 

— ¡Aquí no está, ni pases! —le advirtió una señora desde el pórtico de la vivienda— ¿Por qué no te vas a joder por allá? —Señaló un edificio—. Vieja irresponsable.

Cuando vio llegar a Viviana a la recepción, el notario bromeaba con alguien en su escritorio. Las carcajadas terminaron y el burócrata se escondió en su oficina. A través de la mica en la puerta, ella distinguió a las dos siluetas. Antes de irse, restregó en el plástico la imagen de su muchacho. Regresó a casa, y en el zaguán sus pies se paralizaron. Empezó a llorar.

La rechazaron como hace años, después del funeral de su madre. Las discusiones vergonzosas respecto a la herencia trascendieron a la prensa. Lo peor: el oportunista que se ganó el favor del notario. Desde ese entonces ambos se acuartelaron ahí, bajo decenas de testigos sin voz capturados en carteles.

En la noche, mientras la mujer se lamentaba en la reja de su hogar, un codo sin piel surgió del terreno frente a la notaría, le siguió un rostro de cuencas vacías. La quijada pendía sobre el cuello con cortadas diagonales, parecían branquias, y la boca era un túnel hacia la carne viva. Los brazos, las piernas y el torso se ensamblaban en el aire.

El funcionario terminó su trabajo más tarde por dos escrituras de su interés. El fulgor de las ofrendas cubría la calle por la que el hombre caminaba a su auto. Apenas introdujo la llave, recibió un golpe en la cabeza. Desde el suelo, vio a un cadáver blandir su propia mandíbula como un mazo; cada colisión le trituraba el cráneo.

El martilleo era implacable. La sangre saltaba de los dientes que le machacaban su nariz a los volantes de gente que nadie ha encontrado. Otra vez los gestos indescifrables presenciaban historias que nunca podrían contar.

Opinión/ Trino Camín / Cianuro

Firmado con tinta roja

Aunque se ignora dónde está el notario, las evidencias apuntan a un asesinato. Los mechones de cabello en la acera de su despacho dan a qué pensar, eso y los siguientes señalamientos a su trabajo: se adjudica las propiedades en conflicto por herencias y pasa el día con un vecino en lugar de atender a los demás. ¡De miedo!

Resulta más aterrador lo que algunos narraron, dicen que un joven (extraviado media semana atrás) merodeaba en las instalaciones momentos antes del crimen. Lo escalofriante es que las autoridades, a falta de un culpable, podrían perseguir a una víctima de la reciente ola de violencia. ¿Qué culpa tiene el niño, oigan? ¿Hay mayor tortura que la incertidumbre de saber si un familiar aún vive o ya ha muerto? No le quiten vidas a la muerte. A ver si llegamos al día de los fieles difuntos…

Las lágrimas de la mujer mancharon el periódico. Con los volantes en las manos, corrió de su sala hasta donde vieron a su hijo. Cerca de las oficinas, en la propiedad que detestaba, la señora que la había ofendido ayudaba al amigo del funcionario a matar dos chivos. Así se solía despedir a los difuntos. Un sacrificio por cada muerto.    

Viviana fingió ignorar el rito funerario y al hombre que le dedicó una mirada lastimera. El edificio estaba acordonado, el resplandor amarillo resaltaba entre las veladoras de los altares para el licenciado. Nadie atendió a las súplicas de la madre. La policía la obligó a responder cuestiones sobre un posible homicidio.

El destello de las cámaras, los rosarios, las calaveras, el canto del curandero que le pedía al muerto no molestar a los vivos, el círculo hecho de piedras: símbolo de la nueva condición del fallecido, eran los incontables tributos que honraban a los difuntos. Para los sin lugar como el chico, solo queda la indiferencia del pueblo.

Dentro de aquella granja demencial, las personas huían de la mujer. Ella se dirigió a su hogar, estrujaba tan fuerte los carteles que sus dedos palidecieron. La rabia escapó de sus ojos, aumentó por el oficial que la seguía. No durmió esa noche, vigilaba el paso lacerante de la madrugada.

Aunque no escuchó la marcha enloquecida alrededor de la ofrenda del funcionario, las piernas fracturadas saltaban entre las velas. Un brazo ondulaba en el aire, se le caían pedazos de piel podrida cada que arrojaba flores de cempasúchil en llamas a los ventanales de la notaría.

El fuego se propagaba por los carteles de desaparecidos y los documentos en el escritorio. El edificio ardía. En la calle, ese infierno iluminaba las cuencas de un cráneo sin boca, cuyos jadeos desgarraban la oscuridad. Los ojos de las catrinas se tiñeron de naranja, pero en un santiamén, el flash blanquecino de una cámara instantánea fulguró en ellos.

Al amanecer, un hombre vestido de negro fue a la casa de Viviana. En el momento en que ella abrió la puerta, se encontró con una fotografía y el periódico local. Se acercó para leer mejor la portada del diario. Primer lugar del certamen de calaveritas literarias: Donde nos esperan 

La Muerte me pregunta con prudencia:

“¿dónde recibirás a tus difuntos?”

Le respondí que en mi herencia,

donde se labran conflictos eternos.

Le conté que es un buen lugar,

que no quería andar sin hogar,

como aquellos desaparecidos

a los que pocos quieren buscar.

Contestó: “la desaparición es un umbral,

y sé que allí, al final,

a ellos los vas a encontrar”.

Reconocía la calaverita de su muchacho, repetía el título en voz alta, una y otra vez como quien invoca a un espíritu. Encima de los resultados del concurso, leyó: Queman la notaría; faltan las escrituras de dos condominios. Ni siquiera terminó la nota, la distrajo la fotografía en el suelo.

El incendio abarcaba la parte izquierda de la toma. El humo marcaba los relieves de una horda cerca del fuego, muchos de ellos tenían la caja torácica expuesta, los demás extendían los huesos de la mano hacia el protagonista de la acción: una figura a contraluz con la complexión del hijo de Viviana.

En la imagen, el joven encorvado descendía a un hoyo frente a las oficinas. Le colgaba un brazo hasta la rodilla. Su rostro parecía incompleto, como si solo tuviera cabello y nariz. Detrás de él, aparecían cientos de personas paradas que ella conocía por sus rostros en las láminas pegadas en los postes.

Observaba minuciosamente el escenario. En la parte inferior, había a un par de chivos desollados. Su respiración se agitaba, pero en un instante logró calmarse. Con parsimonia guardó la fotografía en el periódico mientras abandonaba su casa. Se unió a las peregrinaciones hacia el cementerio. 

Aprovechó la confusión para ocultarse en los escombros de la notaria. Las sombras bailaban por la luz de las veladoras, los niños corrían disfrazados de la muerte, los adultos cargaban partes de la ofrenda, pronto recibirían a sus difuntos. Esperó a que pasara el desfile.

La fiesta inició en el panteón. El pueblo charlaba con sus muertos cuando una mano despellejada emergió del círculo empedrado. Las piernas fofas escalaban hacia la superficie ante ella. Ahogó el llanto, había encontrado a su hijo y el profanador que desterraba a un mundo al que no pertenecía.

El cadáver siguió a las caras excluidas de los altares, lo guiaron a la casa de Viviana. Forzó la puerta, una vez dentro, buscó la cama. Palpaba el bulto en el colchón, alzó la mandíbula y estrelló el primer golpe contra el buró. No había nadie a quien asesinar.

Ella permanecía en silencio, con expresión mortecina mientras el muerto regresaba a ese hoyo del que salió. Segundos después ascendía el compañero del notario. Sacudía el polvo de su ropa para entrar a su condominio. Un lugar de odio.

La mujer se asomó al agujero, besó el cráneo con cuencas vacías que la recibió, se revistió con la piel de su hijo, el pellejo consumido formaba faldones como un cuerpo enclenque envuelto en una gabardina. Corrió del patio a la casa, con los brazos del cadáver rompió la ventana. Los dedos ennegrecidos se desgarraron en el acto.

Nos acercamos, la observamos empuñar una quijada, pero se detuvo, distinguió el retrato de su mamá clavado sobre la cama. Aun así, no tuvo piedad. Arrastró a su hermano encima de los vidrios quebrados y lo arrojó a la fosa en la que yacía el cuerpo del notario.Iba molerlo a golpes, pero ustedes llegaron entre el humo del sendero naranja a detenerla: estiraron sus manos muertas para llevarse al hombre a ningún lugar, donde estamos los desaparecidos. Lo último que Viviana vio fue a su difunta madre hundir bajo la tierra a su ajusticiado; sus antebrazos quedaron a medio enterrar y la grava le asfixiaba los gritos en la garganta. Una luz blanca nos deslumbró, apareció el periodista de negro, sonreía sin labios y tomaba fotografías pese a no tener ojos.

Semblanza: Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura Comunicación y Periodismo en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM), colaboró en Diario Milenio y Tierra Adentro con crónica, traducción y entrevista.

Foto de Patrón creado por freepik – www.freepik.es

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