La noche de los hombres

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Por Isaac Gasca

23:10

Luego de maravillarme con el exquisito lienzo Martirio de San Sebastián, de Giovanni Antonio Bazzi, concluí que mi cuerpo es susceptible a la unión con otro varón. En veintidós años de vida es la primera vez que pienso en eso y la idea no me repugna, incluso me fascina. 

Siento crecer una hoguera dentro de mí, un deseo impostergable de ser penetrado por un hombre hábil que hunda su puñal de fuego en el fondo de mi cuerpo. Quiero sentarme sobre su miembro duro, sentir el calor de su piel y oler su aliento mientras lame mi nuca. Quiero que estruje mi espalda con sus manos y acaricie mi pelvis con sus dedos. Quiero revolcarme bajo su sexo como un animal frenético. Tal como en la pintura de Il Sodoma, quiero que me someta desde todos los ángulos con una lluvia de su potente flecha erecta. 

23:20

Justo ahora tomo mi bufanda, abotono mi saco y salgo de mi departamento para buscar lo anhelado. Estoy nervioso. Una sensación extraña me electriza. Será mi primer encuentro con un hombre. ¿Qué sentiré? Cruzo la avenida Garza Sada envuelto en la bruma de mis pensamientos orgiásticos. A esta hora la ciudad luce vacía de todo prejuicio. Me dirijo a un bar de música alegre. Los sitios de ambiente gay en Monterrey me atraen por su exquisito mobiliario, su buen gusto en los decorados y la presencia constante de la pintura de San Sebastián en reproducciones de tamaño natural. Los espejos, el terciopelo de las paredes, los candelabros y las alfombras otorgan un aspecto imperial que jamás pasa de moda. Las mujeres caminan a mi lado. Me miran. Sonríen. En una noche distinta las hubiera cortejado con arrogancia hasta llevarlas a mi departamento. Pero hoy no. Hoy la meta soy yo. 

Llego al bar La Sultana del Norte, en el corazón de barrio antiguo. Al girar en la esquina inmediatamente distingo dos bellas siluetas empeñadas en ocultarse. Intercambian caricias de madrugada, en plena vía pública. Hoy se celebra el onomástico de San Sebastián. Por lo tanto, sombras de todas las edades se empeñan en tocarse, en fundirse en un abrazo lúbrico que los unifique con la madrugada. New York City Boys, el himno se escucha a todo volumen. Una silueta me sigue en la penumbra. Escucho sus pasos uniformes, como una lluvia de flechas que me hieren por la espalda. Lo espero. Me alcanza. Estruja su miembro contra mis nalgas. Me deleito con su perfume. Nervios. Entro al bar sudando de fiebre y deseo. Cuando estoy a punto de pagar mi perseguidor cubre el importe de mi entrada y sin esperar un segundo besa mis labios que lo reciben sin protesta. No lo cuestiono. Mete su lengua húmeda en mi boca y su saliva tibia derriba las últimas trabas. Entro junto a él con la soltura de una mujer enamorada. Camino lento, con elegancia. “¡Qué simpático eres!”, “¿Cómo te llamas?”, “Sebastián, ¿Y tú?”. Sonrió ante la obviedad. Bebo. Me seduce. Acaricia mi cuello. Su cuerpo esbelto es una herramienta de seducción. El hombre utiliza la misma estrategia sugestiva que yo empleo para seducir a las féminas: una fuerte presencia preparada para saltar como un tigre en la maleza. Bailo con mi pretendiente sin intercambiar palabra. Es bello. Es idéntico a mí.

00:15

Bebemos ajenjo, un licor fuerte. Me siento avergonzado sin saber por qué, como si tuviera una mancha bajo la ropa y quisiera ocultarla a toda costa. Él me acaricia las nalgas frente a todos, se quita la camisa y frota su miembro tieso contra mis glúteos. Baila, le aplauden; besa, me derrito. Las luces multicolores del recinto golpean mi cara y la bruma etílica consigue marearme luego de seis tragos de hada verde. El seductor activó el enorme deseo que fustiga mi carne. Lo consiento con un beso profundo y me quito la camisa para unir nuestras pieles sudadas, nuestras bocas hambrientas, nuestras vergas hinchadas. Los demás gays estallan en aplausos. Subimos a una mesa para besarnos y acariciarnos frente al público eufórico. Empiezo un juego: muerdo sus labios, él muerde mi cuello. Las luces multicolores son el telón de fondo para esta noche inolvidable. “Te daré dinero si me acompañas”, “No soy lo que crees”, “¿Qué eres?”, “¡Un virgen! ¡Abre los ojos!”. Me besa.

Es un varón maduro que viste un elegante traje inglés. Por su reloj de oro y su teléfono celular intuyo su posición económica. Pero no se malinterprete. El dinero solo es un pretexto para convencerme que no lo haré porque me gusta. Es el placer de regalarme al mejor postor.

Hay muchos hombres en este lugar. Todos se comportan como magníficas sombras acostumbradas a su oscuridad. Hay delgados y gráciles como gacelas, otros enormes y musculosos con cara de tortuga. El mío es un rinoceronte de modales rudos que me derrite con su mirada. “¿Qué tienes aquí?”, dirijo mis manos a su entrepierna. “Adivina”, “Parece un cuerno de rinoceronte”. Reímos. “Deseo estar contigo”, “Llévame a tu coche”, susurro en su oído. “Vamos”, concluye. Yo le pido todo y él no me niega nada. No sabe negarme nada.

00:50

Mientras conduce por Avenida Constitución hacia San Pedro Garza García, acaricia mi entrepierna y se relame los labios. Es extraño. Algo debieron poner en mi bebida porque en verdad observo la figura de un rinoceronte al volante de este lujoso bólido. El rinoceronte me mira con sus inexpresivos ojos negros. Y yo exploto en carcajadas cuando estiro la mano para acariciar su extralargo cuerno que saca del pantalón para que se lo chupe. “Toma estos diez mil pesos”, “Ya te dije que no soy eso”, replico con la boca llena.

Llegamos a un hotel precioso, con pisos pulidos y muebles germanos. Los empleados (todos ellos con rostros zoomorfos: un pelícano, un roedor, un cocodrilo y hasta un león) nos facilitan todo tipo de comodidades. El rinoceronte es un cliente muy querido en este ostentoso nido de maricas, un socio VIP.

Una vez en nuestra habitación, la suite del décimo piso, el rinoceronte me arranca la ropa con violencia y a empellones me obliga a acostarme en la cama, boca abajo, con las piernas abiertas. No pasa un segundo cuando siento la energía de su cuerpo embestirme con potencia. “¡Ah! ¡Ah!”. Mis huesos crujen cuando entra su verga. “¡Me duele!”. El rinoceronte lo sabe. “Es normal, es tu primera vez”. Eso lo excita, lo enloquece. “¡Ah!”. Grito de dolor. Me disfruta. Se complace. En los espejos del techo atisbo el reflejo de nuestras posturas sexuales. Me siento hermoso, sagrado, como San Sebastián amarrado a un palo.

01:50

Entro al baño. Vomito. Tengo la piel rasguñada, mordida, profanada. El rinoceronte duerme una siesta después de su apabullante victoria. No sé qué hago aquí. Ni siquiera me gustan los hombres. Francamente siento repulsión por el cuerpo masculino. Tolero el mío porque lo uso. No hay nada más grotesco que una verga enhiesta. Me cortaría la mía, pero después no sabría qué hacer con mi vida, no tendría motivo para vivir. Frente al espejo mi silueta se desvanece. Ahora observo renacer al tigre que ruge en mi interior desde mi infancia. Cegado por la ira, lavo mi cuerpo en la regadera: rastros de sangre y mierda. El sudor del animal me repugna. Con mis garras de tigre calculo cuál será el precio de esta ofensa.

01:59

Bajo las sábanas el cuerpo del rinoceronte se desangra con prontitud. Un poco de presión de mis mandíbulas carnívoras y el cuerno viril, que con tanta insistencia me clavó, se rompe como un cristal. La venganza ocurrió rápido. Un hombre le chupaba el cuerno a un rinoceronte, pero el tigre recordó su naturaleza masculina y sin darle tiempo de nada arrancó de un mordisco la parte más sensible de cualquier macho. El rinoceronte perdió su pito ante el implacable fuego de mi furia.

02:05

El tigre baja las escaleras perturbado, pierde el equilibrio, resbala a cada paso. Mientras huye, piensa que después de todo no estuvo mal, que el rinoceronte no lo hacía nada mal. Incluso le cuesta trabajo admitir que le gustó. Los cabritos, osos y hienas que arrolla en su camino lo observan sin juzgarlo. Ese hotel, auténtico zoológico, ha sido escenario de muchas uniones desproporcionadas, como la del tigre y el rinoceronte, que terminan con la huida precipitada de los que aún no están convencidos. Al tigre le duele el ano. Siente un dolor punzante. Ruge. “¡Tengo sangre en el culo!”. Vuelve a rugir. En la puerta del hotel un hipopótamo le desea buenas noches. El tigre responde con un gruñido. Se aleja corriendo entre los carros sin saber qué rumbo tomar.

02:30

El tigre observa el cerro de la silla mientras intenta tranquilizarse. Ha caminado muchas calles intoxicado con una sustancia alucinógena que por momentos lo obliga a ver cosas. Los vidrios a veces le devuelven la imagen de un tigre, otras la de un hombre angustiado, a veces es un cuerpo de hombre con cabeza de tigre y otras una piel felina desgarrada, como el tapete de un cazador. Tiene sed. Pero no hay una sola fuente para beber. La sed le parte los labios. No hay manera de calmarla. El tigre presiente que esta pesadilla no terminará pronto. El tigre desfallece, le falta oxígeno, le duele el culo. El tigre agoniza. A esa altura de la noche su experiencia erótica parece una mentira, algo leído en un cuento grotesco. Pero es verdad. Ahí tiene la sangre en el pantalón para probarlo, y el olor a semen entre sus labios para recordarlo. “Pero le mordí la verga, le arranqué la verga” Ríe.

03:28

Encuentran al tigre tirado, como un despojo sin valor, bajo un puente de avenida Garza Sada. Un taxista estuvo a punto de pasarle encima, pero frenó a tiempo. La ambulancia conduce al felino hacia el hospital. Por el maltrecho estado de su orto, los facultativos no dudan que ese hombre fue víctima de una violación. La anestesia no es necesaria; el tigre se debate entre la vida y la muerte. En el ajenjo que bebió algún verdugo anónimo vertió una sustancia para alegrarle la noche. Pero no respetó los limites tolerados por el organismo y le provocó una congestión etílica tan grave que el tigre podría expirar.

Lo que nadie sospecha es que en el mismo hospital, en el quirófano de al lado, operan de emergencia a un rinoceronte castrado que ingresó diez minutos antes. Nadie sabe qué les ocurrió a estos hombres. Ni siquiera sospechan que las historias están relacionadas. Los cirujanos se preocupan por reparar el daño y coser las heridas. Pero si fueran lo suficientemente perspicaces podrían vincular, sin mucho esfuerzo, a las víctimas: a uno le falta el pito, al otro le sangra el ano. Es un rompecabezas de dos piezas que nadie construye.

El gerente del hotel no supo explicar a los policías quién, cómo y por qué realizó con el rinoceronte tamaña atrocidad. Ese hotel es frecuentado por figuras públicas y ejecutivos del más alto nivel, todos ellos acompañados de machos jóvenes, nunca hembras, que se entregan durante algunas horas a los retozos más silvestres. Por eso las cámaras de seguridad permanecen apagadas. Así garantizan la mayor discreción y el cliente puede disfrutar de su fornicación sin temor.

04:50

Cuando la policía interrogó a los trabajadores, todos coincidieron que el rinoceronte, respetado jurisprudente, llegó acompañado de un joven que se comportaba muy extraño. Indudablemente intoxicado por alguna droga, muy comunes en este tipo de situaciones. El joven era amable y se mostraba cariñoso con su maduro seductor. Luego de una hora de estancia donde solo ellos saben lo que ocurrió, el joven bajó las escaleras empujando a todos, desequilibrado, como en un vertiginoso descenso hacia los abismos de la locura. Arañó las paredes, vomitó los escalones y mostró una mancha de sangre en la parte trasera del pantalón. Los empleados lo dejaron ir porque el reglamento interno de esa cadena de hoteles estipula que bajo ningún motivo se debe retener a quien parezca que pueda provocar un escándalo. Ellos siguieron el protocolo y conservaron su empleo. Los perros policías no encontraron huellas dactilares que identificaran al agresor porque los trabajadores del hotel, en su afán por salvar la vida al rinoceronte, revolvieron todo. Las pistas de la escena del crimen se perdieron ante la intempestiva acción de quienes pretendían ayudar. Eso sí. Hallaron mucha sangre esparcida en la sábana. También hallaron otra mancha carmesí, más pequeña, un punto en el suelo que se confundía con raquíticos vestigios de excremento. Quizá el rinoceronte después de todo no era la víctima.

01:25

Un grito retumba en las paredes, una mancha ensucia la sábana y una flecha se encarna en lo más profundo de mi cuerpo. Ya está. Lo tengo adentro; como San Sebastián, gesticulo extasiado de placer cuando mi carne se abre ante el poder irreparable de su glande.

Isaac Gasca Mata (1990). Licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Es autor de los libros Ignacio Padilla; el discurso de los espejos (BUAP, 2016) y Tristes ratas solas en una ciudad amarga (UANL, 2019). Actualmente es docente de literatura en Baja California Sur.

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