El patio de los crisantemos

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Por César Rito Salinas.

Entonces el lanchero alzó una mano
en señal de reconocimiento,
y llamó a su lado
a los desertores.

Jesús Gardea, El mueble

Para Angélica

Siempre me preguntas en qué pienso, digo. Si, nomás pregunto para saber dónde anda tu cabeza, dice ella. Y ahí está la niebla, pasando el corredor y el patio de los tendederos. De una loma a otra loma la niebla, y en medio el pueblo con su calle sola arriba de la cañada. Para septiembre llegaron las aguas atrasadas, siempre hay aguas flojas; a inicios de octubre se dejó caer agua con viento frío, la enfermedad. En la tarde salgo con la libreta en mano, para coger un poquito de sol atravieso el patio, los tendederos cargados de ropa mojada, me recargo en el pilar y me pongo a escribir. Nomás escribo por pura sonsera. Ella atraviesa el patio, cambia la ropa de posición en el tendedero, pone de cabeza camisas y pantalones, o los endereza, busca un poquito de sol para que la ropa se alcance a secar, para que no agarre olor porque sería empezar otra vez, lavar la ropa que agarró olor. La ropa nunca se seca, hace falta aire y sol, sobra lluvia y niebla, frío. Hay gente que pone su tendedero en la cocina, pero la ropa agarra olor a humo y cuando alguien se la pone parece sucia, tiznada. La ropa mojada se apesta. A ella la puedo ver pasar y volver por los cachitos del sol que rebotan en el patio y sacan destellos de las piedras y los muros, las hojas de los árboles, mira el aire así como los señores que persiguen mariposas con una pequeña red al hombro, nomás que ella no lleva red atrapa mariposas sino el montón de ropa mojada que carga en el hombro, con las pinzas de la ropa entre sus manos. Rojas, azules, verdes, las pinzas. Pinzas que abren la boca como caimán que se recuesta en el playón a la espera de su alimento, llevan un aro de alambre dorado en medio y que muerden como talajes; en otro pueblo mi madre hacía lo mismo, la ropa al hombro, junto al tendedero, mirando el aire para adivinar el aguacero. Porque eso tiene la ropa mojada, es muy celosa, requiere de tantos cuidados. Ella cuelga la ropa, se lastima los dedos de tanto abrir el mecate trenzado, duro de sol y de jabón, busca la carita del sol que se cuela entre las nubes, que pasan bajito así como si se acercaran muy pegadito a la punta de las ramas, en el bosque.

Por allá sube un perro, ladra; otro se sienta a mis pies, aguarda que le alcancen unos rayitos de sol porque la noche ya viene, ya se siente, ¿en qué piensas?, dijo ella. Porque eso tiene ella, lleva las pinzas pero abre el mecate con los dedos. Pura enfermedad, dice y levanta su vista al cielo y resopla como si pretendiera espantar la lluvia con su aliento. Cuelga la ropa, la descuelga con las pinzas entre los dedos, pura enfermedad repite mientras las hojas de la libreta me deslumbran cuando pegan sobre el muro los últimos cachitos del sol, en la tarde.

Se escuchan rebuznos y cantos de pájaros, de vez en cuando pasa un camión, el chofer saluda con la mano en alto; esta gente ni iglesia tiene, nomás su edificio municipal pintado de amarillo y verde.

La lluvia no se quita.  

Quiero pero no puedo recordar cuándo llegué a este pueblo ni quién me trajo, para mí que la lluvia estaba enfrente y me entraron ganas de meterme en ella, atravesarla. Soy como la ropa húmeda que ella carga al hombro, quizá sólo busco un rayito de sol para calentar mis huesos, secarme el alma; a la pura vuelta y vuelta cazando un poquito de sol como los señores que corren tras las mariposas, con la pequeña red al hombro, mirando el aire, como sorprendidos. ¿En qué piensas?, dice ella. Y ya está a mi lado con la cara arriba, interrogando al cielo con tamaños ojotes, con la ropa mojada sobre el pecho, pantalones y camisas, playeras.

Arriba de nosotros el sol pelea a puño limpio con las nubes, la neblina, sabe que se lo van a derrotar pero se defiende porque para pelear tiene tiempo, todo el tiempo de la tarde para pelear y defenderse.

Me muevo un poquito porque los últimos rayos del sol pegan duro, queman la cara; desde el corredor puedo ver la niebla que se junta como gente mitotera, que se amontona y crece como un tumulto que viene al pueblo y entra por la calle larga, recién pavimentada.

Arriba de la loma, antes de la tienda de Don Cirino se alzan las milpas verdes, con elotes altos, con las caderas anchas, culones. En la tienda hay una escalera de concreto y una mesita para los borrachos, junto al barranco, una noche pude ver a unos hombres y una mujer beber cerveza, sus risas se desbarrancaban largo y regresaban a la loma con un eco, hechas carcajada. ¿En qué piensas?, dice ella y se aleja moviendo la ropa, cazando cachitos de sol mientras miro el cuaderno donde las letras negras en la página también giran y avanzan, tiemblan, buscan el modo de salir, dar la cara y agarrar un cachito de sol que las caliente. Siento al sol que golpea mi cara y me lastima pero es mayor la urgencia que cargo de mirar a estas letritas que corren en la página blanca de la libreta, empinando el lomito así para que les pegue un poquito de sol en el costado, porque las palabras tiritan como estrellas de tanto frío que hace ahí, en la punta de la pluma, en la tinta negra o en el mismito fondo de mi pecho que ordena mover mi mano, escribir, mientras la neblina avanza sobre el pueblo que duerme bajo láminas de zinc y entre muros de adobe.

Si no fuera por la camioneta roja que vuelve; a ver hasta dónde llego con estas letritas; enfrente, el sol tira sus mejores golpes, por un momento logra su objetivo de mantener a raya a la neblina; rebota contra la calle larga, humedecida, Kaba Teku, recién pavimentada.

El victorioso sol entra por los muros, el tendedero, corre sobre la ropa mojada mientras en la cañada las nubes, la neblina repone fuerzas, traicioneras se juntan y planean venganza. Corre el viento frío y el pleito del sol contra las nubes se arregla, gana la señora noche; la ropa no se va a secar nunca. En qué piensas?, dijo ella.

Entramos juntos en la casa, a preparar la cena.  

César Rito Salinas (Tehuantepec, Oaxaca, 1964) Es ganador del Primer Concurso del Festival Poesía en Voz Alta, Casa del Lago, UNAM, y participó en el Festival Internacional de Poesía. En 2016 publicó el libro Atzompa, (Editorial Pinos Salados, Mexicali, Baja California). Vive en Oaxaca.

Foto de Flor creado por freepik – www.freepik.es

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