Río pánuco y la ciénaga de la sierpe

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Mi padre era aficionado a dos tipos de anécdotas: las vividas y las leídas en diarios internacionales. Recuerdo muy bien esto, pues repetía de tanto en tanto que detestaba los géneros literarios que no se alimentaran de la verdad absoluta de los hechos.

En su fascinación por las historias del mundo, las grandes y pequeñas, fueron dos las que se quedaron especialmente en mi cabeza.

Los micos en el vientre

Un colega suyo, epidemiólogo de un hospital particular de Guadalajara, había viajado a Colombia para asistir a un congreso. Y como hacía siempre con los amigos que se iban de viaje, mi padre le encargó que le guardara un ejemplar al azar de un diario de la nación en turno. Como hacía siempre, también, él lo leería de pío a pao cuando se lo entregara. Incluyendo la sección de clasificados y los obituarios.

En aquel año (1954), Gabriel García Márquez escribía para El Heraldo de Bogotá, por recomendación de su amigo Álvaro Mutis. Y, durante un día cualquiera, la semana posterior a que terminara el Congreso Latinoamericano de Enfermedades Virales que se celebró en Bogotá, se publicó un reportaje titulado ‘’Marquesita de La Sierpe’’, que pasó desapercibido en un diario del país.

Ese mismo día, el Dr. Fernando Pacheco llegaba todavía furioso y contrariado al Aeropuerto de Techo (que pocos años después sería reemplazado por El Dorado). Tomó uno de los ejemplares de El Heraldo de Bogotá y lo guardó en su equipaje de mano.  

—¿Sabes por qué estaba furioso Pacheco? —me preguntó mi padre la primera vez que me contó la historia. Y yo, con la curiosidad a flor de piel, le dije que no.

—Porque la gente se les estaba muriendo de malaria y esos hijos de puta no harían nada. Literalmente, así me lo dijo Pacheco, ‘’estos hijos de puta no harán nada’’.

—¿Quiénes son los hijos de puta?

—Tú no digas eso, yo sí puedo decirlo, tú no. Los hijos de puta son el gobierno colombiano.

García Márquez hablaba en su reportaje de un hombre que era originario de La Sierpe, una región al sur del departamento de Bolívar, en la costa atlántica colombiana. Este hombre habría acudido al consultorio de un médico en Magangué, en busca de que le saque el mico que le estaba creciendo en el vientre. Esta afirmación había sorprendido mucho al médico, quien, tras preguntarle a los comerciantes del mercado de Magangué, supo más de La Sierpe, lugar que ellos conocían porque allí se cosechaban granos buenos y grandes de arroz. Resulta que en esa región se asociaban los síntomas de la malaria con una maldición en la que las personas se vengaban de sus enemigos provocándoles que les nazcan, reproduzcan y crezcan micos en el vientre. El Dr. Fernando nunca leyó este reportaje.

Las personas de agua

La otra historia tenía que ver más con sus engrandecidas hazañas juveniles.

—¿Te acuerdas de esa foto que vimos en la casa de Pino en Telchac? – me dijo, refiriéndose a otro de sus amigos de la juventud.

—Creo que sí, ¿donde estás abrazado con tus amigos?

—Esa. Ahí estamos Pacheco, Pino, Chavo, el tío Gerardo y yo.

—¿Chavo es del que se burlaban por ser camillero?

—Ese. La foto la tomamos cuando rompimos un record nadando veinte kilómetros de ida y vuelta desde la costa. Bueno, digo ‘’rompimos’’; pero, los últimos cinco kilómetros de regreso Pacheco tuvo que arrastrar a Chavo hasta la orilla. Se nos estaba ahogando. Ya sabes, es camillero.

Con el paso de los años, me fui convenciendo de que la historia era evidentemente exagerada. Sin embargo, en aquel tiempo, mi padre y sus amigos eran gente muy influyente en el Estado, de tal suerte que su historia había sido publicada en El Diario de Yucatán. Y no solo eso, salía en la portada. Al principio supe esto por mi padre; pero, meses después de que murió, en la bodega de su casa encontramos una absurda colección de ejemplares de diarios de distintas partes del mundo. Y en un rincón especial, aquel número en el que se hablaba de la hazaña; “Rompen record mundial las personas de agua del IMSS” decía el titular.

Me pareció irreal que se le prestara tanta atención a una historia semifantasiosa. Más todavía, cuando encontré en una de las últimas páginas de la sección de noticias nacionales, un reportaje de no más de quince líneas que hablaba sobre un posible rebrote de la fiebre amarilla en México, la cual representó un terrible problema epidémico en la Península de Yucatán durante el siglo XVII.

Las personas de tierra

—¿Qué le pasó? —me preguntó Victoria mientras se amarraba el cabello chino enmarañado.

—No sabría decirte. Primero se lo llevó la locura, luego la muerte.

—Debió de ser difícil pasar por ambas cosas —me dijo, mientras me acariciaba la mano.

—Fue impactante. No nos enteramos hasta un año después, más o menos.

—¿Cómo lo supieron?

—Leí su obituario en el periódico.

—Lo siento mucho, ¿quieres hablar sobre otra cosa? —dijo, mientras subía su mano por mi brazo, hasta tocarme la mejilla izquierda.

—Sí. Dijiste que querías preguntarme algo.

—Es sobre el río, no tiene mucha importancia, ¿seguro que quieres hablar de eso?

—Sí.

Victoria había crecido en la región sur de Tamaulipas, más cerca de Veracruz que de la frontera. Una zona cercana al río Pánuco y a la localidad de Miramar, que tiene playas casi inexploradas. Esta dicotomía de aguas le había llevado a desarrollar una particular forma de ver el mundo, la cual yo difícilmente podía comprender. De forma increíble, esto se le desbordaba hacía el cuerpo; pues, su piel blanca contrastaba con el rizo costeño de sus cabellos.

Ella me contó sobre sus días de preparatoria en los que pasaba los fines de semana en las partes más solitarias de la costa en Miramar. Y que, en ciertas zonas de transición, se hipnotizaba con la diferencia de colores entre el agua salada del golfo y el agua dulce del río Pánuco.

Es por lo anterior, que le entristecía profundamente algo que había ocurrido recientemente en esa parte del río. Las noticias señalaban siempre, durante los mismos meses de cada año, que aparecían cientos de peces muertos flotando en el río y de vez en cuando también en el mar. Al principio se le atribuyó popularmente al mal manejo de aguas residuales del sector industrial creciente en Tampico. Pero, esta hipótesis fue desestimada por el gobierno de Tamaulipas, quien, en una dudosa investigación, concluyó que la causa era el desborde del río durante la temporada de lluvias. Hecho que mantiene la misma demanda biológica de oxígeno en un volumen inferior de agua. Una absurda conclusión que cerró momentáneamente el caso.

—¿Qué opinas?

—Creo que tiene cierta lógica. Pero, es una estupidez.

—¿También crees que fue culpa de la industria?

—Estoy casi seguro de que sí.

La interconexión de las aguas

Un año después de contarle sobre mi padre a Victoria, viajé a la Ciudad de México para asistir al Congreso Iberoamericano de Cuencas. En dicho evento, se trataron muchos temas que hablaban sobre la importancia de las cuencas hidrológicas y los cuerpos de agua de Latinoamérica. La gran mayoría de los ponentes se enfocaron en el cambio climático y la peligrosidad de los megaproyectos que cortan la circulación normal de las aguas. Pero, alguien habló sobre otra cosa.

Un investigador colombiano, que trabajaba con ecotoxicología de los ríos mexicanos, expuso un trabajo en el que había encontrado niveles muy altos de mercurio en diversas muestras del río Pánuco y algunas de sus corrientes de origen, el río San Juan, el río Tula, la presa Zimapán y el río Moctezuma. El investigador fue bastante enérgico con lo importante que esto era; pues, en las comunidades rurales de Tampico, se habían estado presentando varios casos de envenenamiento. Un grave problema de salud pública que el gobierno había estado ignorando. Y que comparaba con un caso similar de los años sesenta, en el que durante una campaña de control biológico para erradicar al mosquito que transmite la fiebre amarilla, la Secretaría de Salud utilizó un químico experimental sobre los principales cuerpos de agua de los Estados que colindan con El Golfo de México, lo cual había ocasionado problemas de salud en las comunidades rurales. Otro hecho ignorado.

—Eso no es lo peor, parce. ¿Sabes cómo le llaman los muy hijueputas diarios locales a las personas envenenadas? – me dijo el ponente, cuando me acerqué a platicar con él al final del día.

—No, ¿cómo?

—Personas de agua, porque sudan y sudan por la fiebre. Hasta que se mueren.

—Envíame todo lo importante por correo, creo que un amigo nos puede ayudar a difundir la noticia.

Cuando tomé el celular para pasarle mis datos de contacto, leí accidentalmente la noticia que llenaría las primeras planas de los diarios y los programas de televisión durante los siguientes días.

—No jodas.

—¿Qué pasa?

—Se murió García Márquez.

Wilberth Jesús Peniche Jiménez. (Mérida, Yucatán, 1994). Biólogo que radica actualmente en el Departamento de Caldas, Colombia. Trabaja con bosques y cambio climático. Ha escrito artículos y reseñas literarias para medios digitales.

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