En la primera línea

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Por Iván Espadas Sosa

 

—¡Aquí lo tienes gordito!¡El regalo de cumpleaños, como lo prometí!—fue lo que Orestes escuchó mientras estiraba el brazo para recibir de uno de sus compañeros una servilleta arrugada en forma de bolita. La introdujo en el bolso interno de saco y se sirvió  de la cafetera que tenía al frente. El reloj en la pared señalaba a las ocho de la mañana. La perilla de una radio giraba, entre los dedos de joven que buscaba una sintonía de cumbias.  Los primeros rayos del sol entraban por las persianas, empujando por debajo de los escritorios las últimas sombras de la madrugada.

Orestes era un empleado con sobrepeso, tímido y con lentes de gruesos cristales. Caminó del coffe-break a su escritorio igual que los demás compañeros de oficina que regresaban a sus puestos con humeantes tazas entre las manos. Se sentó frente a su escritorio, dio su primer sorbo al café: sabía que éste sería diferente a los anteriores. Cerró los  ojos para disfrutar lo que prometía ser  el  único placer de las próximas ocho horas. Con su imaginación pudo ver, desde su mente, los rayos cafeína que recorrían la red del su sistema nervioso. Pensó de igual manera que sería un buen día para hablar con Marina y romper de un solo golpe con todos los deseos reprimidos durante años, ¿qué podía salir mal? Había analizado todas posibilidades con sus respectivos planes de reserva.

El momento idílico no tardó mucho. La alerta antisísmica sonó. Un lápiz rodó en el suelo. Después de un instante las miradas de los oficinistas subieron al techo.

Orestes vio salir del baño a Marina. La mujer se acomodaba la falda con las manos mojadas. Él la siguió observando, pensando en que la mujer de sus fantasías eróticas se veía más sensual con el rostro mostrando miedo. Todos se dirigieron de prisa al centro de la oficina. Mario, un sesentón extremadamente flaco dijo, apuntando al techo con algo de teatralidad dramática: “¡Vean!¡Las lámparas no se mueven!”

En aquel momento escucharon un fuerte zumbido desde el exterior, como si el viento se desgarrara en dos. La claridad del sol que entraba atreves de las persianas fue interrumpida por al menos media docena de sombras que pasaron muy rápido. Mario, asumiendo el liderazgo del grupo, tomó el control remoto de la tele y la encendió. En la pantalla vieron a la conductora de las noticias con los ojos inundados de lágrimas pero todo era silencio. Uno de los oficinistas gritó:

— ¡Por un demonio!¿Qué esperas? ¡Súbele el volumen!

Mario apuntó a la tele con el control a pescó el botón del volumen, pero sin éxito, en la pantalla la chica de las noticias ahora lloraba a todo pulmón. Todos se miraron a la cara asustados. Uno de los presentes trató de arrebatarle el control a Mario diciendo: “¡ya se te olvidó utilizar este aparato, así como vamos a saber que está sucediendo afuera!” Pero opuso resistencia apretando la mano: el control cayó al suelo rompiéndose. Durante el forcejeo la pantalla había quedado gris, sin señal. Todos voltearon al mismo tiempo hacia la radio pero ésta emitía sólo un sonido de “bip” cada determinado número de segundos. Sobre el receptor, desde años atrás, se encontraba la figura de un cerdito rosado de porcelana con una risa siniestra. En ese momento parecía que la figurilla de porcelana se reía de todos.

Mario, quien décadas atrás había visto morir su sueño de ser actor, pensó que nada mejor que un drama de la vida real para interpretar a su mejor personaje.

—Sigamos el protocolo— dijo.

Orestes se desabrochó el nudo de la corbata, dio unos pasos ligeros hasta su escritorio y tomó de éste una tortuga. Ésta era artesanía no más grande que un puño y tenía la peculiaridad de tener la cabeza móvil, muy sensible a cualquier movimiento: incluso la brisa del aire acondicionada la hacía mecerse todo el día. Los oficinistas movieron algunos escritorios y sillas, colocaron la tortuga en el suelo e hicieron un círculo alrededor de ella. Mario se inclinó, bajando la cabeza hasta estar frente a frente con la tortuga. En segundos se incorporó diciendo:

—Si es un temblor, ya ha pasado. La tierra no se está moviendo.

La desesperación y el miedo desaparecieron de los rostros. Marina se dirigió hacia la ventana, sus manos jalaron de las persianas y su mirada quedo fija al exterior mientras gritaba:

— ¡Alguien vea allá fuera! ¡Hay columnas de humo y las nubes están muy raras!¡Parecen manchas negras!

Un joven de nombre Rivelino, que minutos antes buscaba música en la radio, extrajo del interior de su saco un libro de pasta negra, alzó una de sus manos y cerró los ojos:

—¡Es el fin de los tiempos! ¡Juan lo menciona en el  libro del Apocalipsis!

Orestes se secaba el sudor del cuello y frente con un pañuelo. Mario sintió en ese momento que la luz de un reflector caía sobre él y dijo:“salgamos”. Orestes fue el primero en emprender la carrera hasta las escaleras, una mano en el pecho, la otra en los pasamanos, y el portafolio aprisionado bajo el brazo. Junto al resto de sus compañeros descendió los seis pisos del edificio mientras pensaba en la muerte escalón tras escalón. Recordó que estaba a tan solo un día de cumplir los cuarenta y cinco años: seguramente el pastel que comería en solitario tendría que esperar.

Todos llegaron al centro de reunión en el exterior del edificio: la calle y la ciudad misma parecía vacía. La alarma sísmica seguía con su alerta. Los oficinistas pudieron observar algunas columnas de humo muy angostas y tan altas que se perdían el cielo: Marina no había exagerado con las nubes de manchas negras. Rivelino, con el Nuevo Testamento en  mano, expresó:

— ¡Miren el sol!¡Tiene un aro de sangre que se mueve a su alrededor!¡Es el final!

Mario le apuntó amenazadoramente.

—¡Tú estás loco! ¡Sólo empeoras este momento! Tendrás que callarte: el sol es el mismo de todos los días

El joven contestó a gritos, dirigiéndose a todo el grupo

—Si es un temblor, ¿porque demonios no tiembla?

A todos les extrañó la extraña conversión de Rivelino ya que tenía la reputación de sinvergüenza. Incluso, lo más extraño era que hasta ese momento no había salido ninguna palabra de la boca don Delio, un ministro cristiano, quien nunca perdía la oportunidad de expresar citas bíblicas entre los oficinistas. Después de formular su pregunta el joven Rivelino corrió a una calle alterna perdiéndose de vista del grupo. Marina ya había recuperado la calma. Tomo su teléfono, marcó y se lo puso al oído. Minutos después fue bajando su mano muy lentamente.

—Supongo que, desde el principio, se dieron cuenta que no hay comunicación, no hay Internet: no hay nada.

En silencio todos movieron las cabezas con los teléfonos en las manos. De pronto, escucharon un rugido como si una montaña se partiera en dos o como si un edificio se hubiera desprendido de sus cimientos para caminar, los letreros de las calles empezaron a vibrar, algunas bombillas del alumbrado público explotaron. Una parvada de aves atravesó el cielo. Mario, quien en ese momento se había dado cuenta de lo difícil que era actuar en la vida real, dijo, apuntando hacia arriba: “¡miren!”

Los oficinistas vieron al menos una docena de aviones caza volando en formación: parecía el espectáculo de un desfile militar de no ser por que dos de las naves explotaron en el cielo ante sus ojos. Las sirenas antisísmicas callaron para darle paso a los altavoces.  Escucharon, por primera vez,la voz de alguien que no era uno de ellos.

—¡Nuestra nación ha sido invadida en una guerra no declarada!: el enemigo una potencia militar que ha destruido todas  las fuentes de comunicación civil.Por tratarse de una ciudad fronteriza nos encontramos en la primera línea de batalla…repetimos: hemos sido invadidos y nos encontramos en guerra, nuestras autoridades civiles han interrumpido las garantías individuales… manténganse en grupos en sus centros de reunión:muy pronto personal militar se contactara con ustedes. Manténgase pendientes y disponibles a reclutamientos…todo acto de insubordinación será considerado como alta traición, con castigo sumario.

Mario por primera vez perdió la calma

—¡Una guerra! ¡Quién putas madres nos ha invadido!

Las mujeres del grupo empezaron llorar. Orestes, que hasta ese momento no se había despegado de su portafolio, lo abrió y sustrajo  media docena de folletos para revisarlos mientras murmuraba:

—Manual para casos de temblor, manual para casos de maremotos, manual para  la epidemia bubónica, manual para caso de terrorismo ¡Pero, nada!¡Absolutamente nada para una invasión militar del vecino!

Orestes dejo caer al suelo los folletos. Tendría que buscar alguna ventaja que lo alejara de un eminente peligro de ser reclutado: no tardó en darse cuenta que tenía muchas: era miope como un topo, su sobrepeso era más que evidente y la báscula no se cansaba en advertirle de sus veinte, quizás treinta kilos de más. También estaba su edad: se encontraba a veinticuatro horas de cumplir cuarenta y cinco años. ¿Quién lo iba a reclutar cuando todos saben que la guerra era para los más jóvenes?

En ese momento Marina gritó en llanto, desesperada: “¡Y si nos lanzan una bomba atómica! ¡Dios mío! ¡Moriremos todos!” En ese momento el ministro don Delio se quitó la corbata y se empezó a deshacerse del saco. Todos creyeron que predicaría pero, en lugar de ello, gritó:

— ¡Vamos a morir!¡Forniquemos todos como animales!

Don Delio se abalanzó sobre Marina, intentándole bajar el escote del vestido. En ese momento Orestes se acercó a liberar a la chica del “santón” quien seguramente quería morir como nunca había vivido. El gordito alzó su pesado maletín lo para impactarlo en la cabeza del agresor, quien cayó al piso, inconsciente. Orestes y Marina se miraron como nunca antes lo habían hecho.

En ese instante escucharon fuertes detonaciones y disparos de metralletas que parecían venir de lejos y no pasó mucho tiempo antes de aparecerse una unidad militar con camiones de transporte de tropas y vehículos blindados.  En un segundo ya tenían delante de ellos, a un alto mando militar que no hizo pregunta si no que dio órdenes:

—La misma situación a hecho que seamos la zona cero del conflicto: pronto tendremos la honra de ser la primera línea de defensa.

Mario dijo en tono de reclamo:

—Un momento: nosotros no tenemos ningún entrenamiento militar, podemos auxiliar, pero no entiendo esto de estar en la primera línea.

Dos soldados se acercaron Mario y le dieron un fuerte golpe en el estómago con la culata de un fusil: el hombre se desvaneció, los militares lo alzaron, lo amarraron de un poste y aun no regresaba del letargo cuando un pelotón de fusilamiento se plantó delante de él. Seis balas se incrustaron en el pecho del actor, quien posiblemente representó así el mejor papel de toda su vida, al menos a lo que al final del acto se refiere.  En cuestión de segundos había desaparecido quien hasta el momento fue el hombre que había asumido el liderazgo.

El general dijo, mirando a los otrora oficinistas: “¿alguna pregunta más?”.Marina respondió, apuntando al que hasta hace unos minutos había sido su agresor “¡este hombre es una agitador!” Todos dieron su afirmación moviendo la cabeza. Un par de militares tomaron al hombre, este se resistió, tratando de aterrizar golpes y lanzando maldiciones. Lo introdujeron en una camioneta, de donde nunca más se le volvió a ver más.  Después de un breve silencio, el militar dijo, muy erguido y con las manos en la espalda:

—Las mujeres diríjanse a la unidad que se encuentran ahí. Ustedes servirán para labores de enfermería detrás de las trincheras que se están levantando. Los hombres serán sometidos un interrogatorio y a una valoración. De esto dependerá su presencia en la primera línea.

Llegó el turno de Orestes. Un militar lo observó por todos los ángulos y dijo:

— ¡Usted está gordo!

Orestes,que nunca antes había estado tan orgulloso de su obesidad, respondió:

— ¡Sí, señor! Debería estar en setenta pero tengo cien, y tal vez más.

El soldado ,tras un breve silencio ,afirmó:

—¡En la Primera Guerra Mundial los británicos gordos realizaron grandes proezas! ¡Sí! Una bazuca antitanques pesa treinta y cinco kilos: usted podrá alzarla sin problemas

Orestes se dijo a sí mismo que había perdido la primera batalla pero aún le quedaban cartas bajo la manga. El militar le preguntó:

—Y de la vista, ¿cómo está usted?

—Mal, muy mal: vea lo gruesos que son los cristales de mis lentes.

El soldado le preguntó:

—¿Usted puede distinguir a un elefante que cruza hasta la otra calle?

— Sí…un elefante, sí —contestó, balbuceando, Orestes.

—Yo no lo veo como francotirador sino más bien como unidad antitanques: a lo que usted le disparará son tan grandes como elefantes. La última pregunta:¿cuál es su edad? Porque no podemos reclutar a nadie con cuarenta y cinco años o mayor.

— ¡Tengo cuarenta y cinco! —dijo Orestes dijo, sin ocultar su emoción y mirando su reloj—. En menos de ocho horas cumpliré los cuarenta y cinco.

El militar le hizo un saludo marcial:

— ¡Felicidades soldado!¡Usted estará en la primera línea para evitar que entren los tanques enemigos !En menos de ocho horas estará probablemente bien muerto.

Minutos después de su reclutamiento Orestes se sentaba en la parte trasera de un vehículo para transporte de tropas. Sobre su camisa y corbata portaba una chamara verde olivo y en las manos un pesado lanzagranadas. Observó que el conductor del vehículo y era el joven encargado de las fotocopias,  Rivelino, el mismo que durante la crisis anunciaba el fin del mundo y que, seguramente, no avanzó mucho antes de serreclutado. Orestes se preguntó:“¿qué demonios puede saber Rivelino de transporte militar?”

La pregunta fue más que profética: el inexperto chofer tenía la capacidad de ver señales apocalípticas como al sol sangrar pero no se percató de una mina terrestre que el ejército había sembrado, en espera de las tropas enemigas. El vehículo voló por los aires, superando la altura de un edificio de tres pisos y regresó al suelo llantas a arriba. No hubieron explosión ni fuego: sólo un fuerte impacto. Muy cerca, el viento arrastró por los suelo una hoja en forma de tríptico que decía:“manual para temblores”

Orestes sintió que algo pesado sobre el pecho le impedía moverse. Enseguida pensó que era el lanzagranadas, abrió los ojos y se percató que era un pedazo de cañería. Había poca  luz: el sol  se colaba a través de una grietada pared que se parecía mucho a la de su oficina y muy pronto alcanzo ver entre los escombros que lo cubrían a un hombre con casco industrial y una manta que le tapaba casi toda la cara. Le decía:“soy rescatista, mantén la calma mientras llegamos a ti”.  pensó que su mente le había jugado una broma,  creando la alucinación de un mal momento para encubrir otro igual de atroz e intentó esperar su recate con cierta serenidad pero su paz fue interrumpida por el rugido de los tanques blindados y de bombas que caían de los aviones.

Orestes cerró sus ojos por unos minutos, sintiéndose atrapado en medio de dos pesadillas: los fue abriendo poco a poco y vio su rostro reflejado en un líquido negro. Escucho la voz de Rivelino diciéndole:“Escúchame bien gordito, tan solo es media pastilla en el  café…no más”.

 

Iván Espadas Sosa. Cacalchen Yucatán. Licenciado en educación. Libros publicados: hora cero. El nido del cuervo. Sin lugar en la tierra. En las antologías: Mérida palabras y miradas. Perversiones. Maestro de la escuela de escritores de Yucatán. Miembro del colectivo Atorrantes y del Centro yucateco de escritores.

Imagen de JM, en Flickr.

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