Las palabras son moluscos, de Mateo Peraza Villamil

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Por Mateo Peraza Villamil

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“A ver, a ver, qué leeré hoy”, se pregunta, déspota, el argentino Pedro Mairal, y yo veo desde mi butaca que ya había marcado las páginas con post-its. “Perdónenme un segundo, que tengo que sacar las gafas. Como saben, hace unos años que estoy fuera del club de los escritores jóvenes”.
Risas.
Oscuridad.
Mario Bellatin entra al foro acompañado de Mariana Enriquez.
“Buenas noches”, retoma Mairal, “qué bueno que han llegado pese al chubasco que ha caído hoy. Así dicen aquí en México, ¿no? Chubasco. Vayan pensando preguntas para cuando termine de leer”.
El Foro del Tejedor, en la Colonia Roma, tiene al menos cuarenta lugares y una lámpara que petrifica un pequeño entarimado donde Mairal se quita la chamarra, se acomoda en un taburete mullido y pone enfrente un aparador con su novela La Uruguaya. Bebe whisky, mueve el vaso formando torbellinos en el interior como hacen los empresarios o los asesinos. Al lado de mí está Mariana Enriquez, inmersa en un recodo oscuro, perdida en la lectura de Facebook o Twitter. Parece un personaje siniestro así, iluminada tenuemente por el resplandor del celular.
Marial lee fragmentos de Maniobras de Evasión, su nuevo libro, una compilación de artículos periodísticos y textos cortos que hizo la argentina Leila Guerriero. Entre estos lee un cuento titulado “Tocar a Jimena”, por el que, dice, le pagaron 500 dólares; también lee un capítulo de La Uruguaya, donde el protagonista habla sobre su hijo Maiko.
Comienza así:
“Mi hijo. Ese enano borracho. Porque era así a veces, como cuidar un enano borracho que se pone emocional, llora, no le entendés lo que te dice, lo tenés que estar atajando, lo tenés que levantar porque no quiere caminar, hace un desastre en el restorán, tira cosas, grita, se duerme en cualquier lado, lo llevás a casa, tratás de bañarlo, se cae, se hace un chichón, empuja muebles, se duerme, vomita a las cuatro de la mañana”.


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En sus novelas, Una noche con Sabrina Love, Salvatierra y La uruguaya, Pedro Mairal narra periplos donde los personajes persiguen algo: una mujer, una relación familiar perdida, la estabilidad emocional en la vida adulta, la autodestrucción. Casi siempre el asunto épico del viaje es adaptado a lo cotidiano con un lenguaje sin florituras ni excesos. “Se trata de una primera persona que siente, que le pica, que se incomoda, que tiene manías y rasgos propios”, dice sobre su propia obra.
“Yo tenía un amigo que se fue de migrante a Estados Unidos”, cuenta Mairal. “Ahí trabajaba en un restaurante y escribía pequeños textos en un blog, casi todos sobre los recesos que tenía en el restaurante. Vivía, además, en un lugar helado, y estaba enamorado de una muchacha. Había en lo que hacía imágenes hermosas y una cosa como muy eficiente en la manera de escribir. Cosas hermosas, como cuando salía a fumar con la muchacha a la trastienda y el vaho los envolvía. Yo le dije: Che, vuelve todo es una novela. Y lo hizo. Pero cuando la leí, donde antes decía luz opaca, puso, por ejemplo, luz mortecina. Se llenó de pretensiones literarias. Sin embargo me atrevo a jurar que mientras sus textos se mantuvieron en un blog, eran muy buenos. Algo así busco en mi literatura”.
Simplicidad.
Eficiencia.
“Hacer literatura de blog”, reitera Pedro Mairal.


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Sus argumentos.
En El año del destierro, una gran urbe se reduce a un poblado y la protagonista vive una caída libre hacia la barbarie.
En Salvatierra dos hermanos, distanciados, se reúnen para buscar la pieza faltante de una pintura realizada por su padre sordomudo. El padre, por décadas, se dedicó a pintar su vida en un rollo de tela que abarca kilómetros.
En La Uruguaya un hombre, cuarentón como Mairal, escritor como Mairal, viaja en barco a Uruguay para recoger divisas y tiene una experiencia sexual con una mujer más joven, mientras su matrimonio sufre deficiencias que parecen insalvables.


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Pedro Mairal habla también sobre traducciones, de cómo él trata de participar lo más que puede en las suyas. Menciona palabras mexicanas que le parecen extrañas. Alberca, chido, botepronto. El efecto que esto tiene en la percepción de los lectores latinoamericanos. Sostiene que Octavio Paz era un mal traductor, que mucha poesía traducida en México, cuyas versiones originales llegaron a su oficina en Coyoacán y luego siguieron su paso a las librerías argentinas, no las podía leer. Recita de memoria un haiku de Bashô traducido por él, que originalmente era así:
Un viejo estanque:
salta una rana,
ruido de agua.
Luego, tras la mano milagrosa del Premio Nobel, quedó así:
Un viejo estanque:
salta una rana
chapaleteo.
“¿Qué es chapaleteo?”, pregunta riendo Pedro Mairal. “¿Qué es?”


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En 1998, con poco más de veinte años, ganó el primer Premio Clarín de novela. El jurado era de ensueño: Roa Bastos, Cabrera Infante, Bioy Casares. Ese primer golpe—como ha dicho en al menos dos entrevistas —lo perturbó, y dejó de escribir varios años. La novela con la que se llevó el premio, Una noche con Sabrina love, trata de un chico de provincia que gana una noche de sexo con la actriz porno más famosa de Buenos Aires. El resto de la novela se construye a partir de los personajes (vendedores de comida, padrotes, un albañil hundido con una damajuana en una montaña de grava, la propia Sabrina Love) que el chico se encuentra durante su viaje a la capital. En el año 2000, la novela llegó al cine de la mano del director Alejandro Agresti.
En YouTube hay una entrevista en la que Mairal aparece sentado en un falso tabledance, poco después de recibir el premio, y un tipo con barba socrática le pregunta casi con pena: “Querido Pedro, ¿cuál es el secreto para hacer una buena escena de sexo?” Y él dice: “El deseo, che. Quitarle el objeto del deseo al personaje”.
Sin embargo, Mairal terminó con el bloqueo creativo que le produjo ser un escritor premiado por tres leyendas de las letras latinoamericanas, y ahora, a sus 48 años, ha publicado más de una docena de libros, entre estos un poemario titulado Pornosonetos, cuya primera versión firmó bajo el seudónimo de Ramón Paz. “Fue por pudor”, dice en otra entrevista. Aunque quizá le sobran ofrecimientos editoriales, se ha mantenido fiel a Emecé Editores.


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Durante la ronda de preguntas, Mariana Enriquez, escritora argentina, despega la vista del celular:
“Mira, Pedro, mi única duda: ¿tú eres o no Lucas Pereyra, el protagonista de La Uruguaya?”
Él responde que Pedro Mairal solo representa el 53% de sus personajes, o quizá un poco más. Dice que se trata una pregunta frecuente en sus presentaciones, es decir, si él vivió esas experiencias. Cuenta que una vez tuvo que organizar unas “carnes” para explicarle a su familia que él no es el tipo de las novelas.
“Mi abuela, luego de leer la novela, con la comida en la boca, me decía: Este no es Pedro, este no es Pedro, este no es Pedro”.
Pedro Mairal argumenta que lo autoficcional es un recurso. Propone, por lo tanto, que se acaben las presentaciones con el autor en “físico”, porque “así se mantiene la esencia de la novela” y la gente “puede creer lo que quiera, las mentiras que quiera”.


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Sobre el proceso de escritura, Mairal se ve como un biólogo.
“Las palabras son moluscos. Levanto las palabras como moluscos. Estas Palabras tienen pequeñas vellosidades con las que se unen a otras palabras: las oraciones”.


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Tras el final, la firma de libros, el comentario de una chica guatemalteca que le revela la existencia de un club de fans en Centroamérica, Mairal, Enriquez y Bellatin se reúnen en la puerta, y luego en las sillas de un bar aledaño. Pienso en interrumpir y hacer una pregunta
intempestiva y estúpida del tipo:
¿Cuál es el futuro de la literatura?
No obstante, me acerco subrepticiamente para escuchar declaraciones importantes y observar, en su ambiente natural, a algunos de los especímenes más selectos de la fauna literaria latinoamericana.
Mairal, por lo que se entiende, habla de caricaturas, caricaturas que ven sus hijos, o del clima. La banalidad enriquecedora de sus argumentos. Es una conversación indescifrable. Luego se termina una copa y dice:
“Uf, qué buena está. Voy por otra”.
Y nada más.

Mateo Peraza Villamil: (Mérida, Yucatán, 1995). Ha publicado narrativa y textos periodísticos en medios impresos y digitales, como en Memorias de NómadaEfecto AntabusRevista Marabunta. Becario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) de Yucatán en la categoría de Jóvenes Creadores para el periodo 2017-2018.

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