Acancherismos

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Por Mateo Peraza Villamil & Josué Tello Torres.

En el año 2016, a las 6: 35 de la tarde, Josué Tello subió un archivo PDF a un grupo de Facebook. Era un libro de crónicas que en esa versión se titulaba Veracruz se escribe con Z, y que él mismo, vía e-mail, obtuvo gracias a su autora, la escritora veracruzana Fernanda Melchor.

Entonces asistíamos a un taller de narrativa que organizó Joaquín Filio, al que Josué llegó invitado por el escritor Jesús Koyoc.

Cuando subió el libro —porque le tocó hacer una recomendación esa semana—, sin saberlo, Tello marcó un punto infranqueable en mi vida como lector y en mi ejercicio de escritura. Lo ha hecho en varias ocasiones, pues por él llegué a McCarthy, Jorge Nores, Lydiette Carrión, Luna Miguel, Carlos Manuel Álvarez, Anfibia, Steinbeck, El Estornudo y un etcétera larguísimo que atraviesa décadas de historia, géneros, revistas de primera y de tercera categoría, y que intentaremos abordar a lo largo de este ejercicio a cuatro manos con la menor pretensión posible. 

“Hola, Fernanda, buenas noches, voy a un taller y me gustaría comprar tu libro para enseñarselo a unos amigos”, supongo que escribió, “¿podrías decirme dónde conseguirlo?”

La autora de Temporada de huracanes, ganadora de dos primeros internacionales y quien entonces había publicado la novela Falsa Liebre y crónicas en periódicos mexicanos y españoles, agradeció el interés; le dijo que su libro ya no sería reeditado por “cuestiones de la editorial” y le adjuntó un documento que terminó siendo para mí una lectura fundacional sobre la crónica y el periodismo narrativo en México. Una enseñanza sobre cómo el valor de las notas no muere con la temporalidad siempre que exista alguien en la disposición de narrar el tema desde otro ángulo. De revivirlas.

Así, como una nigromante, como una Bruja Chica, Fernanda Melchor resucitó una nota roja, que imagino parca, en una novela de 200 folios cuya originalidad revitalizó la literatura mexicana de los últimos diez años.

Antes no pasaba de ser una anécdota. Hoy hablamos del hecho como una leyenda o como si fuera uno de nuestros momentos más importantes como lectores.

Fernanda Melchor donó su libro a la colectividad, a un grupo de muchachos desconocidos, más bien enemistados, que se reunían para criticar sus propios textos y hablar frenéticamente de literatura.

Y donde Tello, como siempre, estuvo presente a la distancia. 

En esa época yo cargaba Llamadas telefónicas y la Ley de Herodes bajo el brazo, como biblias o papiros que cifraban mi destino. Tras manotazos, gritos de mesa a mesa y días de incertidumbre en el interior del closet, no me avergüenza reconocerlo. ¿Qué libros llevaba Tello bajo el brazo? ¿Cuáles eran los imprescindibles escalones en los que se erguía para sentirse  poderoso y luchar por lo que hoy hacemos? Quisiera saberlo.

Aquella vez, un viernes, un sábado quizá, discutimos el libro a la distancia, como actualmente discutimos cualquier lectura que propone. Siempre a la distancia porque Tello vive lejos, lejos aunque su presencia nos ronda como el fantasma erudito de una biblioteca, un fantasma que amablemente nos acosa. Nos pide guardar silencio. Nos obliga a leer.

Ese, creo, es el objeto de esta columna: materializar nuestras llamadas telefónicas en torno a la literatura con un diálogo nutritivo y referencial. A cuatro manos, como los monstruos que somos.

***

Dos acontecimientos cambiaron mi vida en 2016.  

El primero fue la lectura de un relato en Revista Clarimonda: El ovni, la playa y los muertos contaba el avistamiento de luces que salían de alguna playa de Veracruz, sucesos que sorprendieron e inquietaron a los habitantes de Boca del Río. Eran los comienzos de la oleada ovni en México, decía una de las líneas del cuento. Aquel relato estaba divido en tres partes y era una extraña combinación de narrador que por momentos se convertía en personaje, donde los diálogos colocaban al lector en los noventas y en una ciudad que vislumbraba lo que, con el paso de los años, se convertiría en el Veracruz de fosas clandestinas y asediado por el crimen organizado y gobiernos corruptos. Inició como relato de genero fantástico y terminó como crónica en la que se exponía el contrabando de drogas. Qué carajo me voló la cabeza, dije. El texto estaba firmado por Fernanda Melchor y pertenecía a Aquí no es Miami.

Días más tarde, Antonio Ortuño, como parte de las entrevistas que ofreció en aquel tiempo por su último libro publicado, mencionó el nombre de Fernanda Melchor: Una autora prometedora, que tiene cualidades para estar entre las más importantes de la generación. Sentencia que leí como presagio y lejos de la condena.  ¿Quién es Fernanda Melchor? Me pregunté. El relato me había dejado vacío y con la inquietud de saber qué otros textos se encontraban en ese libro extraño. Consulté Porrúa, Gandhi, El Sótano, Amazon… Nada. Qué libro exitoso, dije ante el asombro de su inexistencia en librerías. No quedaba de otra más que preguntar a la escritora por tuiter si tenía algún ejemplar que pudiera venderme. Compárteme tu correo, contestó. Minutos más tarde llegó su mail:

Querido Josué,

Pues como te decía está agotada la edición y la editorial no quiere sacar más, y desgraciadamente yo tampoco tengo ya ejemplares para enviar, pero si no te ofende, te mando una versión del libro en pdf para que no te quedes sin ganas de leerlo. Gracias por preguntar y saludos! 

Pd. Mi novela Falsa liebre sí se consigue en librerías 😉

Durante horas me dispuse a leer y disfrutar de cada una de las crónicas que se encontraban en aquel pdf que tenía la escala de grises y la de colores en la parte superior, así como las líneas de rebases que protegen la caja de texto de las páginas para el momento de su impresión.

La sensación que tuve después de la lectura de cada uno de los textos fue como la de aquel infante que descubre al mundo con todos los sentidos sin saber exactamente sus funciones.

No me gustan las obras de Zambra, dije frente a los jóvenes que conocí un par de horas atrás, sus expresiones fueron de asombro seguida de un desagrado. En efecto, en aquella mesa del bar uno de los jóvenes estaba escribiendo una tesis sobre Zambra y recién habían leído Bonsái y La vida privada de los árboles, me hicieron saber después. Si en ese momento, con la sentencia al aire —misma que mantengo pese al paso de los años— Jesús Koyoc no hubiera intervenido, la imprudencia hubiera marcado otra línea de esta historia: no seríamos amigos. Es repetitivo en sus temas y eso es tedioso, dijo Koyoc, pero sintáctica y semánticamente —no recuerdo muy bien que términos académicos usó para dialogar con ellos y convencerlos de que también tenían la razón; aunque ambos me parecen palabras de su vocabulario. Jesús fue el traductor y mediador. Marian, Hugo, Kinto, Filio y Mateo puedo decir, con el paso de los años, fueron el segundo acontecimiento que marcó mi vida aquel 2016.

Me invitaron al laboratorio —así lo denominó Filio, porque no era un taller, sino un espacio para que experimentáramos con la escritura y lecturas. O eso decían que era la intención—, y tocó el turno de que llevara texto propio y también lectura sugerida. Días antes del laboratorio, compartí en el grupo de Facebook el pdf de Aquí no es Miami, pero, sabiendo que en las sesiones anteriores no todos leían los textos sugeridos con anticipación, llegué con varios juegos de copias de Veracruz se escribe con Z. En aquella sesión solicité que primero habláramos de aquel texto y libro de Melchor. Para mi buena suerte, la conversación se prolongó todo lo que duró el laboratorio: ¿Aquí no es Miami?, ¿son crónicas?, ¿relatos?, ¿cuentos? También hay ensayo, dijo alguien. Se parece a los libros de Onetti, se oyó. Más bien hay similitud a los textos de Levrero, refutaron. Si dices que es como Levrero entonces tendríamos que catalogarla como kafkiana. Emuló a Nelly Campobello en El corrido del quemado, mantuvieron la discusión. La escena era parecida a la película de Stanley Kubrick, del libro 2001: Una odisea espacial: Melchor era aquella piedra llegada de quién sabe dónde, sobra decir qué personajes de la película éramos nosotros.

Después de varias traducciones, premios internaciones y la publicación de Temporada de huracanes, novela que seguramente se encuentra entre las más importantes de la literatura latinoamericana de las primeras dos décadas del siglo, los chicos de aquel laboratorio recordamos a Fernanda Melchor con nostalgia y admiración. O quizás no sea así para todos, pero para unos cuantos sí lo fue. Lo es.

Este espacio, no tiene mayor pretensión que la de ser un intercambio de lecturas, como ya lo ha mencionado Mateo, ese joven no mayor a un metro con sesenta centímetros, cuya peculiaridad es su cabello largo, rubio y lacio que nunca ha cortado por razones intimas que no vale la pena mencionar, ese joven que conocí aquel año en el laboratorio mientras guardaba dentro de su mochila 2666, llevándolo a todas partes como una suerte de mantra y que en una ocasión estuvo a punto de arrojar cuando se enfrascó de manera acalorada contra quien dijo que Roberto Bolaño era una mal cuentista. Han pasado sobre nosotros muchas lecturas desde aquel recuerdo.  

Mateo, no sé qué libros cargaba bajo el brazo en aquel entonces, o quizás ahora no lo pueda recordar porque así es la memoria; pero puedo decirte que hace unos meses, mientras regresaba a casa, después de un viaje a Panabá, leí una crónica que seguramente vamos a querer emular: Imagina que tu nombre es Said, de María Fernanda. Sí, pero su apellido no es Melchor sino Ampuero.

¿Comenzamos?

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