Robo de libros & Libros con plástico

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Por Iván Farías.

 

Robo de Libros*

Roberto Bolaño aceptaba que un tiempo fue un ladrón de libros. Así que cuando llegaban muchachos en grupos grandes con pinta de poetas infrarrealistas nos poníamos en guardia y los cuidábamos. Entre nosotros les decíamos los bolañitos. Eran grupos de entre cuatro o seis chavos que entraban a ver las novedades y que muchas veces acababan metiéndose un libro entre las mochilas o en las chamarras. Lo hacían por diversión, por sentir el vértigo del robo.

Yo también robé libros en mi juventud, en los supermercados y en la Gandhi vieja de Miguel Ángel de Quevedo. Uno es tan idiota a esa edad que cree que está boicoteando al sistema o perpetrando una osada aventura. Tenía una chamarra larga de cazador con varias bolsas por dentro y por fuera que me servían para meter todo tipo de libros ahí. Nunca robé para vender, sino para leerlos. Era un tipo bastante solitario al cual se le habían acabado muy pronto los títulos que estaban en la biblioteca paterna y en la del municipio. Así que, cuando viajaba a Ciudad de México, iba a Coyoacán y en las aglomeraciones que había sacaba todos los libros de Anagrama que quería leer, cuando esa editorial presentaba autores transgresores.

En la librería en la que trabajo los robos son muy espaciados, principalmente porque no hay aglomeraciones de gente como en otras cadenas. Así que como empleado puedes estar más atento a lo que sucede. Alguna vez captaron en cámara a un chavito de no más de 16 años robando libros en otra sucursal. Ese mismo sujeto fue a la nuestra, lo supimos porque el encargado de las cámaras nos avisó, así que nos pidieron que lo invitáramos a irse. La gente de seguridad no había llegado a esa hora, así que la responsabilidad recaía en los libreros. Democráticamente decidimos por un disparejo quién lo haría. Ganó/ perdió el que era nuestro jefe y este, temeroso de enfrentarse a un adolescente de no más de 1.70 metros de alto, cuando él era un toro de 1.80, lo pospuso lo más posible. El ladrón enrojeció de pena cuando oyó que lo teníamos identificado y que la patrulla venía en camino, lo cual era falso. El chico pegó un brinco y salió corriendo.

Los ladrones de libros jóvenes sufren de una enfermedad mental que se cura con el tiempo, un mal que se va cuando comienzan a ganar dinero para pagarlos. Por lo regular tienen la idea de que es algo heroico; como si robar libros fuera algo romántico, algo deseable. Robo cultura, aunque sea un robo igual que meterte al Oxxo y sacar cervezas. Alguna vez una afamada escritora llegó a una librería y se llevó un par ejemplares de los suyos diciéndonos que se los cobráramos a su editorial. Con mucha pena, su casa editora nos reintegró el dinero de lo sustraído.

Pero esos robos son menores comparados con los que hacen los criminales profesionales. ¿Nunca te has preguntado cómo se surten algunos los libreros callejeros que venden libros nuevos o ciertos grupos de reventa de libros en internet? Pues del robo a librerías.

En alguna ocasión llegó un tipo de más de cincuenta años y comenzó a pedir títulos muy específicos, cosas de Atalanta, Siruela, Anagrama y luego, personalmente, comenzó a hurgar en los libreros revolviéndolo todo. A los pocos días esos libros que había pedido ya no estaban. Por casualidades, descubrimos que los estaba vendiendo en un grupo de Facebook especializado.

Regresó al poco tiempo, pero esta vez decidimos seguirlo. Incluso se indignó y nos dijo que lo tratábamos como un ladrón. Su forma de operar era llegar, preguntar por los libros, revolver los estantes para que no nos diéramos cuenta que un cómplice lo seguía, robando mientras nosotros nos centrábamos en él. Al final, se les prohibió la entrada a él y a su cómplice.

Otros son más bruscos. Un par de sujetos mal encarados, vestidos como señores, es decir camisa a rayas, mocasines y pantalones planchados, entraban a la librería y mientras uno de ellos preguntaba por algunos títulos, su cómplice iba a las mesas a meterse bajo la chamarra los libros que podía, sin distinción de autores o temas. Cuando los sorprendimos, uno de ellos me empujó y me dijo que «No la hiciera de pedo», el otro blandió una navaja. Se fueron caminando, ante la sorpresa de todos nosotros. No pasaban de las diez de la mañana.

Pero bueno, sin duda, el robo más increíble que puede atestiguar fue el de una señora que entró con una carriola, una de esas mujeres que puedes considerar adineradas y con la vida resuelta. De alguna forma, entre la ropa de embarazada y la carriola se robó doce piezas de más de dos kilos de peso cada una de Toda Mafalda. Lo hizo en nuestras narices, es decir, frente a nosotros se llevó más de 26 kilos de papel sin que nos diéramos cuenta. Hasta le aplaudí.

Iván Farías

 

Libros con plástico

Una de las cosas que más sorprenden a los clientes del extranjero es que los libros en México están cubiertos de plástico. Todos coinciden, alemanes, norteamericanos, brasileños, argentinos, chilenos, que es lo más absurdo que hay. No pueden interactuar con el libro, no pueden saber qué es lo que contiene, no pueden enamorarse de él.

Yo estoy totalmente de acuerdo con eso. Pero la regla en cualquier librería mexicana es que los libros deben de ir cerrados. Kilos de plásticos se desperdician por esta razón. La gente llega, observa el título y se acerca a ti para pedirte permiso para abrirlo. Uno como librero accede. El posible lector lo revisa y al poco tiempo lo compra o lo deja en alguna mesa.

La relación entre un mexicano y el libro es muy diferente a la del resto del mundo. Nosotros los vemos como un lujo, no como un bien. Para nosotros significa un estatus, así que cuando se compra uno se siguen las mismas reglas que se aplican para un refrigerador o un televisor: ven si está cerrado, que tenga buen empaque, si va a tener una utilidad. La mayoría de los lectores desprecian los libros abiertos porque creen que están usados.

Esta conducta llega al grado de que un cliente toma un libro, te pide que lo abras, lo revisa y te dice: me da otro que esté cerrado. Lo cual es una estupidez porque él mismo fue quien lo abrió. En realidad no están comprando una historia, un ensayo, lo que compran es un bien mueble, de la misma forma que lo harían con tostador o un extractor de jugos.

El lector mexicano no desea conocimiento, sino estatus. Alguna vez llegó un gringo, exsoldado, que vivía de su jubilación en una playa del sur de nuestro país. El tipo compraba novelas policiacas en las ediciones más baratas que encontraba porque quería que le alcanzara para más. Donde vivía no existían librerías, era necesario prevenirse. Por el contrario, varios políticos y abogados, compran la colección de Gredos porque los coloca en otro nivel. Un día vino una pareja que compró todos los tomos de Grandes Pensadores de dicha editorial. La chica se oponía a la compra porque las portadas eran en color azul.

—Mire —me dijo—, mi marido lee, pero yo soy decoradora, así que los necesito en verde.

Una maestra del Estado de México mandaba a sus alumnos a la librería con la intención, supongo, de que se acercaran a la lectura. Su deseo era bueno, pero no funcionaba. De esas decenas de estudiantes que llegaban, eso sí, muy limpios y bañados, como si fueran a una fiesta, ninguno compró un libro. Es más, ni siquiera hacían el esfuerzo de intentar leer uno. Pero eso sí, los autorretratos y las fotos posadas junto a los libreros o simulando leer menudeaban. Llegó un momento en que me negué a sacar más fotos, porque te pedían de favor que lo hicieras, para que posaran como esos comerciales de «Lee 20 minutos al día».

Alguna vez hicimos el experimento de dejar los libros abiertos. Fue un completo fracaso. Aparecían rotos, deshojados, con marcas de tinta en las hojas, llenos de comida. Era como darle libertad a un alcohólico y que acabara en un charco de whisky.

La gente en México compra libros no por el gusto de leer, sino porque tienen una utilidad. No es extraño que la sección que más se mueve es la de superación personal, porque son libros cuya finalidad es ayudarte a lograr algo. Alguna vez una señora me dijo que ella no leía novelas «Porque no enseñaban nada». En otra ocasión, un hombre me inquirió por un libro firmado por su autor:

—Este libro, además de la firma, ¿tiene algún mensaje positivo?

—No sé —le dije con sinceridad—. No sé si tenga o no un mensaje positivo. Lo tendrá que leer y usted decidir.

—No, no voy a gastar dinero en algo que no me va a servir —reviró.

Por eso en México los libros seguirán teniendo plástico.

 

 

*Robo de libros & Libros con plástico son textos que forman parte de Crónicas desde el piso de ventas, publicado por Editorial Paraíso Perdido, al cual les agradecemos la confianza para compartirles a nuestros lectores este adelanto editorial.

 

Iván Farías, Ciudad de México, 1976. Narrador y crítico de cine. Ha publicado dos libros de cuentos y dos de ensayo. Con Entropía se hizo acreedor al Premio Beatriz Espejo de Cuento en el 2003 y fue considerado por el periódico Reforma como uno de los mejores de ese año. Ha sido antologado en El cuerpo remendadoLados B y Bella y Brutal Urbe. Ha publicado cuentos y artículos en diferentes revistas y periódicos de circulación nacional como ReformaLa JornadaComplotReplicanteGóticaGeneración y Playboy. Es articulista de La Jornada de Oriente y crítico de cine para Playboy.com.mx. Su libro más reciente es «Crónicas desde el piso de ventas»

 

Ilustración: Galia Gálvez Álvarez (Tuxtla Gutiérrez, 1994) estudió Artes Visuales en la Universidad Autónoma de Yucatán, y el diplomado Psicoterapia y Arte en el centro Serendipity. Actualmente trabaja en ilustración y diseño gráfico.

 

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