Estampas guadalupanas

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Por Jesús M. Koyoc Kú.

 

—¡Qué bonito día!

—¡Qué bonito día!

—¡Nos tocó para correr!

—¡Nos tocó para correr!

—¡No hace frío ni calor!

—¡No hace frío ni calor!

—¡Bajo la mirada del Señor!

—¡Bajo la mirada del Señor!

Los ciclistas hacen un breve silencio y el presbítero les avienta agua bendita, algunos rezan, seguramente dando las gracias o reafirmando la promesa que hicieron antes de salir de sus lugares de origen. Siguen cantando y dan rienda suelta a la emoción de haber llegado al Santuario de la Virgen de Guadalupe más importante en el sureste de este pedazo de tierra, en el barrio de San Cristóbal en la ciudad de Mérida, Yucatán. El coro de ciclistas se aleja poco a poco del ligar donde han sido bendecidos, mientras la voz cantante parece irlos arreando de a poco. Con ellos se aleja también el canto que ha sido su amuleto durante las últimas horas para internarse en un bosque de peregrinos y peregrinas que están desperdigados por el suelo del barrio de San Cristóbal.

—Imagínate qué cansados deben estar—dice G—para dormir en el suelo y con este frío.

Y además del frío, la música que suena por todas partes: de adentro de la iglesia, los coros propios de la misa que se canta este 11 de diciembre, cada hora, desde las 3 de la tarde y hasta la una de la mañana; más allá, una banda toca cumbia que,  milagrosamente, quizá gracias a la virgen morena, no se confunde con la música sacra; más allá, una banda dominguera toca las mañanitas a la virgen, una de muchas. ¿Lo común? Las bicicletas como cadáveres cansados, las imágenes de la virgen y los peregrinos y peregrinas que se encuentran en todos los rincones del barrio.

Recuerdo momentos específicos de aquellas noches: recuerdo la segunda o tercera vez, cuando todo se hizo de manera más improvisada. Recuerdo en la cama de la camioneta del vecino de la esquina, a las nueve de la noche, enchamarrados por el aire frío que cortaba el camino que los vehículos andaban para llevarnos a Leona Vicario. Recuerdo la llegada al pueblo, tarde. La iglesia y los adultos entrando hasta el altar, haciendo una oración y una promesa frente a la Virgen. El silencio de los murmullos que solo Dios escucha –o no. Recuerdo el altar —¿Qué no estoy yo aquí que soy tu madre?–, listo para la misa de las doce, la misa que no íbamos a escuchar porque quizá estaríamos aún en camino a Cancún. Vamos a ir con una camioneta adelante y otra atrás: ahorita vamos a ir hasta la salida del pueblo y ahí vamos a empezar a correr: vamos a calentar un poco, dice mi papá en ese momento, y nos enseña un poco cómo hacerlo. Cuando se cansen, levantan la mano para que hagamos el relevo. Lo siguiente que recuerdo es a uno de mis vecinos levantando la mano en la profundidad de la noche, en algún kilómetro de la carretera libre que une Cancún con Leona Vicario, pidiendo un relevo, mientras con la otra sostiene la antorcha: el vecino de enfrente, que en ese momento tiene 16 o 17 años, baja de la cama de la camioneta y se pone unos patines: así ha de llevar el fuego de la Virgen por un buen rato.

Con tanta pinche vuelta ya no sé ni en dónde quedamos, dice G cuando estaciona el coche a varias cuadras de la iglesia de san Cristóbal, en la ciudad maya de Jo’, también conocida como Mérida, Yucatán. Caminamos sobre la calle 67 en dirección hacia la 50 y le digo que estamos cerca de la central de abastos, muy cerca del hospital al que llaman Centro Materno, que es prácticamente la antesala al Santuario de la Virgen de Guadalupe. Hace bastante fresco y tanto G como yo traemos puestos nuestros abrigos para combatir este particular frío tropical. En el camino hacia la iglesia encontramos muchos altares a la Virgen afuera de las casas, algunas aún con los rastros del último rosario a la Reina de México, otras más aún con gente rezando o comiendo después del rezo. También vemos a personas que caminan a sus coches con sus playeras o sudaderas con motivos guadalupanos, otras más cargando imágenes que han comprado y bendecido unos momentos antes: migran, migran poco a poco llevando el peso de la madre sobre los hombros. Pero lo que más abunda es aquello que hemos ido a ver: los hombres y las mujeres que permanecen junto a sus bicicletas que han andado cientos de kilómetros, quizá miles, y que tienen como parada obligatoria la iglesia de San Cristóbal. La central de abastos es un punto de encuentro para estas personas, que apiñan sus bicicletas en enjambres estáticos que cuidan unos de otros, y luego tienden sábanas o colchas sobre el piso afuera de los locales cobijados por la calle 67. Estos hombres y estas mujeres llevan sobre los ojos el calor de varios días y las promesas a cuestas y no pueden más que descansar como ángeles del Señor: platican fuman escuchan música comen toman agua hablan por teléfono miran mil yardas a la distancia simplemente duermen. Un operativo grande de policía ha sido desplegado: en cada esquina hay un elemento estatal o municipal y a lo largo del camino hay varios más –dicen– agilizando el tráfico. O haciendo algo.

—¡Dale la mano, dale la mano! ¡Así, tiene que ser así!

Mi papá le grita desde la camioneta al vecino que trae nuestra antorcha vieja y pesada. Estamos en 2002 o 2003, en Cancún, muy cerca del 43º Batallón de infantería, sobre la avenida José López Portillo. El vecino corre al otro lado de la avenida y se encuentra con la otra caravana de peregrinos: le da la mano como le grita mi papá, quizá cruzan algunas palabras (Dios y la Virgen te bendigan, o bien que la Morenita te cuide, o bien, Buen camino hermano, o bien, cualquier otra cosa para desearse lo mejor: es el saludo del corredor) y finalmente intercambian la antorcha: nos dan una más pequeña, mucho más ligera. El vecino cruza la avenida de vuelta y se para delante de las dos camionetas que han salido de la región 94 para peregrinar hasta Leona Vicario y hacer la vuelta: no se puede ir muy lejos: no sé si decir que unos diez o doce niños van con unos nueve o diez adultos o si los adultos vienen con nosotros: todos somos vecinos y el viaje ha sido medianamente improvisado –como el del año anterior, y, uno nunca sabe, como el del año siguiente. Ya son pasadas las once y aun nos faltan unos kilómetros para llegar a la cuadra, al final de la última novena a la Emperatriz de América. El vecino reemprende la marcha y las camionetas se vuelven a encender. El encuentro, el saludo del corredor, no ha durado más que unos pocos segundos pero a nosotros, estoy casi seguro, nos ha parecido una eternidad: es quizá, esa misma eternidad del rito. Y así, con esa misma rapidez, el camino se reemprende: en ese momento no lo sabemos, pero ya nos espera un plato caliente de pozole.

El camino se vuelve más espeso conforme G y yo avanzamos hacia el centro del mundo –guadalupano. Se escuchan sirenas y se ven luces de todos colores –y también gente de todos los estados del sureste. ¿Cómo sabes a dónde van o de donde vienen?, me pregunta G. Mira sus playeras, le digo, y señalo con la cabeza las espaldas de las personas: Ciudad del Carmen—Chetumal 2018. Promesa a la Virgen Tizimín—Cancún. Temax—Playa del Carmen. Huhí—Mérida. Todas ellas con motivos guadalupanos: ya se la imagen del ayate o una antorcha –todos ellos y todas ellas tienen el encargo de cuidar el fuego –de llevar el fuego de la palabra. Es como la décima vez que salgo yo, dice William Miguel, hemos ido a muchas partes, pero siempre que regresamos tenemos que pasar a esta iglesia, me dice, reforzando la idea de la parada obligada, nos quedamos a dormir aquí y mañana nos vamos de vuelta a Temax: el trayecto de este año refuerza la idea: William y su grupo salieron de Chetumal cuatro días antes para dirigirse al Santuario de la Virgen de Guadalupe en San Cristóbal, antes de volver a su lugar de origen. Wilberth Manuel, compañero de William, dice que ir de Mérida a Temax les tomará aproximadamente tres o cuatro horas más que han de recorrer el 12 de diciembre al amanecer. Le pregunto cuántas personas son y me dice que son diecisiete. No hace más cuentas. No va más allá. A Dios gracias y en compañía de la Virgen este año salió todo bien, dice Wilberth, pudimos cumplir la promesa que teníamos prevista, la de ir a Chetumal; estamos de vuelta y esperamos llegar de vuelta y con bien mañana en el pueblo. Junto a él, su caballo de hierro. ¿Llevan alguna medida de seguridad? Sí, un vehículo va con nosotros. Entre William y Wilberth suman más de diez recorridos: William ha salido en siete ocasiones a diferentes lugares de la península: Playa del Carmen, Felipe Carrillo Puerto, Ciudad del Carmen. Wilberth se sumó al grupo apenas hace cuatro años, aunque siempre han hecho trayectos largos. ¿Siempre en bicicleta? No, hemos ido corriendo también, dice William, con la experiencia atorada en la garganta. Yo no tomo ninguna preparación física, dice William al inicio, bueno, sí, o bueno, no: es que estoy acostumbrado a jugar fútbol y no se me hace taaaaan pesado, pero sí vamos a la iglesia, hacemos oración. Estamos parados detrás de la iglesia de San Cristóbal, entre un olor a meados y gente regada como gotas después de la lluvia. Alcanzamos a escuchar la cumbia que suena por un lado de la calle, y también los murmullos que salen por una de las puertas laterales de la iglesia. Una porra comienza a escucharse detrás de nosotros: otro grupo más de gente ha llegado a San Cristóbal. G toma unas fotos más allá y al final de doy las gracias a los dos y me reencuentro con G para seguir nuestro camino.

Dice Leonardo Da Jandra en La mexicanidad: fiesta y rito, que sin “rito no hay verdadera fiesta, y sin cuaresma no puede haber verdadero carnaval. Cuando el carnaval se desprende de su raigambre sagrada, la bestia humana emerge a plenitud y no solo perturba el ordenamiento cósmico que es el resultado del abrazo entre lo divino y lo natural, sino que, al pretender potenciar sin límite las transgresiones, quebranta la relación armoniosa entre el tiempo festivo y el tiempo productivo”. El barrio de San Cristóbal –el barrio entero– es una muestra de este orden de mundo y cómo la fiesta mantiene el orden natural: Se pasan de verga, me dice G mientras estamos parados en el atrio, justo frente al altar, separados tan solo por una marabunta de personas y unos cuarenta metros, no deberían estar tocando esta música ahora, dice para referirse al conjunto musical que toca cumbias de Junior Klan en un escenario a unos quince o veinte metros de la puerta principal de la iglesia. Frente a nosotros, se escucha al coro comenzar a cantar el Gloria y al padre secundando con su rasposa voz: la gente de afuera presta o no presta atención dependiendo de dónde están: algunos están más al pendiente de sus teléfonos y lo que puedan ver a través de ellos, otros más hablan entre ellos, otros más miran hacia el altar, otros más cantan el Gloria, otros más nos fijamos en lo que hace el resto de la gente, y otros más, como G, miran el color del altar y las flores que abundan por todos lados. Levanto un poco el cuello y miro hacia delante para encontrarme con gente que carga imágenes más grandes o más pequeñas de Guadalupe, camino a ser bendecidas. Nos quedamos unos minutos parados por ahí hasta que le pregunto a G si quiere que nos vayamos. Si quieres. Le digo que quiero ver más. Y así, sin más, nos salimos de la fila para adentrarnos en el mar de la cumbia que hace unos minutos nos llamaba.

—Pásele, pásele, a ver, mire.

G y yo nadamos entre el mar de gente, braceando y boqueando el frío de la noche. Se adelanta un poco y cuando escucho al hombre que nos habla me volteo y le pido a ella que se detenga. El hombre que nos habla está detrás de un triciclo en el que exhibe varias vírgenes de Guadalupe de diferentes tamaños, talladas en piedra:

—Mire, mira, ráyele con la uña, aquí tiene una llave.

El hombre toma una de las imágenes y le pasa una llave varias veces sobre la cara de la virgen:

—No se raspa jefe, es pura calidad, llévese una.

—¿Cómo se llama usted?—le pregunto, en vez de averiguar el precio.

—Yo me llamo Jorge—me dice el hombre desde su trinchera—y siempre he hecho esto, pero también hago más cosas: tallo madera, tallo piedra, hago tejidos de hilo, infinidades de cosas de madera. Las piezas dependen del tamaño: las pequeñas se hacen como en 20 minutos pero las más grandes me llevan como una hora.

Y es que la noche del 11 de diciembre también es una para comerciar de manera bastante amplia: en los alrededores de la iglesia, las imágenes de la Virgen van desde los 15 hasta los 400 pesos, dependiendo del tamaño y del material.

—Hoy, que representa el trabajo de dos semanas—me dice Jorge—es una buena noche, puedo llegar a ganar entre cinco y diez mil pesos. Ahorita traigo 130 piezas más las otras que no he contado en el otro triciclo. Es una chinga porque estoy aquí desde las siete de la noche y me quedo hasta el amanecer.

—¡Elotesquites!—grita un hombre junto a nosotros.

—Yo tengo un taller pero no hay dinero, no es lo único que hago pero me gustaría que el gobierno me ayudara porque me hacen falta algunas herramientas—dice con un tono de voz bastante extraño—, pero para eso estamos en el tianguis de San Roque todos los domingos.

Le digo que por ahí nos veremos alguna vez y luego corro para reinternarme en la marea de gente con G.

Hablar de las indicaciones cuando corríamos.

 

Jesús Koyoc Kú. 1992. Becario del Pecda Yucatán 2018. Segundo lugar del Concurso 48 de Punto de Partida en el área de crónica. Ganador del Premio al Periodismo Heineken 2018 en el mismo ámbito. Co fundador de la revista digital Efecto Antabus.

Ilustración: Galia Gálvez Álvarez (Tuxtla Gutiérrez, 1994) estudió Artes Visuales en la Universidad Autónoma de Yucatán, y el diplomado Psicoterapia y Arte en el centro Serendipity. Actualmente trabaja en ilustración y diseño gráfico.

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