Un hombre de fiar

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Por Ángel Emiliano.

Recuerdo a Carlos Montero no por el eterno traje de recepcionista y su desalineado modo de andar, sino porque fue el único hombre que conocí al que se le quebraba la voz cuando hablábamos de dinero. Muchas veces sucedió así. Con frecuencia en los bares del centro donde, al cabo de suministrarse algunos mezcales en el ánimo, solía discurrir en sus deudas y miserias con cierta podredumbre en los ojos, como si algo dentro de mi amigo se estuviera echando a perder.

Trabajaba en las oficinas del gobierno, pero nunca, a decir suyo (y de los hechos, por supuesto), se hizo acreedor de aquellos favores íntimos de la alta esfera, tan cercanos para las personas de apellido o sencillamente agradables; pero en fin, personalidad y distinciones con las que no contaba Carlos Montero: no era el tipo de hombre que uno agradecía encontrarse en la calle; a decir verdad, llegué a evitarlo muchas veces. Me parece que era difícil verlo sin sentir algo de su propia miseria.

Asistimos a la misma preparatoria y cuando sus intereses por la administración se hicieron patentes decidió trabajar exhaustivamente hasta poder ingresar a una universidad privada, de la que salió con honores infructíferos sólo para darse cuenta de que los títulos poco valen en los negocios de las amistades e intereses. Esto lo comprendió a la perfección y durante varios de nuestros encuentros culpó a la indolencia de sus ancestros, que nunca se preocuparon por erigir su imperio.

Se casó al poco tiempo de su titulación y de conocer a Ariana en un curso de mercadotécnica. El noviazgo duró menos que el verano y las nupcias se celebraron en una capilla modesta de jardines ocres que recuerdo con nostalgia. Muchos de sus más allegados, entre ellos yo, condenamos la relación de precoz y sin futuro, en parte por los hechos, en parte porque ésa había sido su estrella durante veinticinco años. Nos sentimos mal por pensar así de aquello, pero nos convencimos, no sin cierta fatuidad, de que nuestra certeza era correcta. Aun así le deseé lo mejor con toda la sinceridad posible.

Luego comenzó a ejercer en una pequeña empresa de textiles, muy al margen de los procederes de los que tendría que ocuparse alguien con su título. Todavía recuerdo la vez que lo visité a la oficina. Enclaustrado entre dos paneles y detrás de un reducido escritorio sobre el que descansaba una fotografía de Ariana, un portapapeles, un radio y una sólida taza de café («Feliz Aniversario») en la que había dispuesto algunos lápices y plumas. De uno de los paneles colgaba un calendario y del otro un collage de instantáneas de lo más insustancial que ocurre en la vida privada: en una abriendo el refrigerador; en otra, sentado en el sofá; una o dos recargado sobre el capó del viejo Caribe que había vendido para pagar la fiesta de bodas. Todo eso daba la impresión de que Carlos no pensaba moverse de allí durante un largo tiempo.

Y no lo hizo durante cinco años.

Muy probablemente hubiera continuado así —tan lastimosamente pleno y dueño de sí en aquel orbe que más me parecía a mí una trinchera—, pero las intervenciones de Ariana o, para ser precisos, de su padre –a quien pidió buscara un trabajo mejor remunerado para su yerno—, lograron sacarlo de aquella cómoda resignación en la que había instalado sus enseres y su propia vida.

Lo cierto es que me sorprendí cuando, al filo del mediodía, a la hora de mi descanso, mi amigo fue a buscarme a la oficina. Se veía animoso y reluciente. Incluso sopesé la idea de que se tratara de otra persona y no me llamara a mí sino a alguien que estuviera detrás de mí.

—¿Te parece muy temprano para ir por un trago? —preguntó, y me lo parecía, pero lo acepté porque nunca me había invitado uno.

Anduvimos una cuadra hasta llegar a un bar estrecho y vacío. Tomamos asiento en una mesa al fondo y el mesero nos acercó una carta.

—Yo quiero un vaso de tequila —dijo sin abrirla. Luego instó a que pidiera lo mío con un amable movimiento de cabeza.

—Yo una cerveza oscura.

Su carácter también era más enérgico e irradiaba una rara ligereza.

—Qué día asqueroso —dijo al fin y lo bebió de una sentada—, ¡otro igual, por favor!

—¿Te ha ido bien?

Buscó entre su chaqueta y pantalones.

—Supongo.

—Ariana debe de estar contenta.

Arqueó las cejas, dudando.

Es cierto que Ariana había cambiado mucho y que algunas veces llegué a desconocerla, algo dispersa y exhausta, distinta a la nerviosa mujer con que se había casado. En realidad, durante el tiempo en que fue su novia, en ningún momento me pareció el tipo de chica con la que alguien podría pasar el resto de sus días; ahora, sin embargo, a tantos años de todo eso, me pregunto si estoy equivocado y si fue Ariana bella alguna vez. Si fue algo antes de lo que es, quiero decir; y el único pasado remoto que se me ocurre es la belleza.

Ariana, en realidad, siempre me pareció una mujer tonta; algo sencilla de manipular y tener contenta. Atributos que muy probablemente tuvieron que ver con el hecho de que terminara como el cónyuge de Montero.

Meses atrás, sin embargo, la paciencia incauta de Ariana me pareció a punto de expirar. Lo preví desde que crucé el portal, en el ambiente tenso que se desbordó de la habitación del fondo como un torrente que crecía en cada paso que daba mi amigo. La estancia de su apartamento no era lo suficientemente grande como para que atrasara el fusilamiento de su destartalado espíritu, pero aun así hizo el esfuerzo de arrastrar los pies por la empolvada alfombra para posponer la inminente y, a juzgar por su cara, monótona sentencia. Rozó sin percatarse una mesita de centro en la que tembló un florero con rosas de plástico que cautivó mi atención.

Cerró la puerta.

La discreción me mantuvo al margen del bombardeo de reproches iniciado por Ariana, aunque no tanto como para que no me diera cuenta de que se trataba de dinero.

Me escabullí, sin hacer ruido, en la cocina. Sujetos al refrigerador con figuras imantadas de vegetales, había algunos recibos a los que eché un ojo.

Cuando entramos a mi auto un impulso compasivo me hizo ofrecer un préstamo a Carlos, que se mantuvo en silencio y con una expresión de ausencia en la mirada. Si bien mi situación no era del todo distinta a la de él, mis ingresos eran ligeramente mayores, y tomando en cuenta que nadie dependía de mí me pareció factible hacerle un cheque. Pensé que lo había ofendido y antes de que pudiera enmendar el agravio se echó a llorar, desconsolado.

—Se me cae la cara de vergüenza —dijo.

—El dinero va y viene.

—Dame algunos meses.

—No tengas cuidado.

Ahora contaba sobre la barra un fajo de billetes para verificar que la suma fuera correcta. Lo hizo una sola vez antes de entregármelo, sin la incapacidad nerviosa con que solía proceder en sus acciones. Me dio las gracias y desconocí la sonrisa impecable y la solidez de su voz. Supongo que entendió mi pasmo, pues se echó a reír cuando fruncí el entrecejo.

Su risa me apenó cuando comprendí que mi actitud —incrédula y desinhibida— quizá pudo agraviarlo.

—Sé lo que piensas —dijo.

—¿Sí?

—Que cómo conseguí el dinero, ¿eh?

—Tal vez.

Dio un trago profundo.

—A decir verdad, estoy en bancarrota. Me despidieron hace unos días.

—Carlos, lo siento mucho, no es necesario que…

—No, guárdalo, es tu dinero. Sólo te explico. ¿Quieres otra cerveza?

Me desentendí de su invitación.

—¿Ariana lo sabe?

Se sonrió con ligereza y terminó de súbito con una expresión de abstraído, como si su mirada excavara en el espacio vacío de la barra. Como si recordara.

Y recordó:

—Ariana ya no se preocupará por eso.

Sacó otro fajo de billetes y pidió la cuenta.

—Siempre fuiste un hombre de fiar —dije al fin.

—No sé a qué te refieres.

En la lejanía escuché las sirenas, que desquebrajaron el silencio deprimente de la calle y el desolado local. Carlos Montero me estrechó la mano y me sonrió una última vez, dejándome solo, con una cerveza a medias y una densa bruma en la cabeza que difuminaba la congruencia de los hechos.

Cuando los oficiales lo esposaron en la acera me precipité a marcar, torpe ante una conmoción repentina, el número de Ariana. Sin respuesta.

Luego entendí su serenidad: era un hombre libre.

 

Ángel Emiliano (Zacatecas, 1995). Recientemente egresado de la Unidad Académica de Letras. Ha colaborado para las revistas Abrapalabra, Barca de palabras y Efecto antabus; también en blogs literarios, suplementos culturales y fanzines dentro y fuera del estado.
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