Tres crónicas, de Carlos Hurtado.

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Chemito desde chiquito

 El Pichi, le apodan a Lalito los chemos que acostumbran reunirse en una esquina de la región 94. El chavo, a sus nueve años, atraído por la triste celebridad de los drogos, acostumbra ir a rondar la esquina.

—A ver, ese Pichi, dése un jalón de la achicalada pa’ que agarre la onda ¿no? –dice uno de los droguis pandilleros al chavito, que se atemoriza al tener cerca el toque encendido. No obstante, hace un esfuerzo por no demostrar debilidad, así que toma el churro entre sus dedos y fuma.

—Eso mi buen… me cai que esté sí va a ser bien machín.

El Pichi, después de su iniciación a la mota, con más felicidad va llegándole al cemento inhalando y otros apendejadores de moda, hasta que, sin darse cuenta, se convierte en un integrante más de la banda de drogos.

Doña Griselda, es una madre soltera que nunca está en casa, pues acostumbra parrandear con taxistas y policías, que, eventualmente, le ayudan a mal llevar los gastos de su casa.

 —¿Qué horas son estas de llegar? —reclama la madre del Pichi al sorprenderlo llegando bien cruzado después de la media noche—. ¿Y ora tú qué trais?… mira nomás cómo tienes los ojos…

El chavo no puede ni responder y, evadiendo a la mamá, se cuelga sobre su hamaca. El olor a solvente se penetra en la habitación única.

—Ay, amá, a poco no se había usté dado cuenta —dice Esther, la quinceañera hermana mayor del Pichi—, si todos los días llega hastalgorro…

—Ah chigado chamaco, pero me las vas a pagar —se enfurece doña Griselda, y de un jalón tira al Pichi de la hamaca, para dejarle caer una madrina a palazos, que dejan sangrando en el suelo a su atolondrado hijo.

—Ya no le pegue amá, lo que bia de hacer es cuidarlo, en vez de andar de loca con los viejos borrachos esos… el pobre chavo ai anda como perrito a media noche y ni quien lo extrañe, pus así cómo quiere usté que sea buen hijo… ni a la escuela va…

—A mí no me digas eso, yo me mato trabajando todo el día pa’ que tengan qué tragar… y así me pagan —dice dramatizando doña Griselda— no es justo… Tú queres la mayor, debías de vigilarlo.

—Pero si a mi ni caso me hace amá, cómo quiere que lo cuide…

—Pero toda la culpa la tiene el sinvergüenza de tu padre… desgraciado infeliz… pocombre…

La hermana nada más mueve la cabeza mientras ayuda al Pichi a regresar a la hamaca. Duérmete manito, ya mañana hablamos.

—Ya ni la chingan —reclama Esther a sus cuates de la esquina— por qué le andan dando sus cochinadas a mi carnal… mi jefa ya se dio cuenta de que llega bien pasado todos los días…

—Oh, ps que agarre la onda ¿no? —eructa uno de los chemísimos esquineros— ps él anda de cábula, nosotros qué…

—Simón, además yasta grandecito ¿no?… ni modo que nosotros le metamos el chemo a juergaz…

Los días pasan, y ni la hermana ni la madre prestan verdadera atención a los pasos del Pichi, que avanza rápidamente en su carrera de drogo.

—Ay, Santiago, ya no sé qué hacer con mijo Lalo… a cada rato me vienen a decir que está chemeando con los de la esquina, y hasta con que anda de ratero —se queja doña Griselada con su nuevo amante— yo no sé por qué Dios me castigó con un hijo así…

—Pus lo bias de correr de la casa pa’ que aprenda… y también a la vaquetona de la Esther, si ya está grandecita pastar de mantenida ¿no? —aconseja el infame Santiago.

Muy cerca del crucero, el Pichi camina tambaleante. Sentadas en una mesa afuera de una fonda, varias pujaronas bromean.

—Qué onda Esther, presta una feria ¿no? —dice el Pichi a su hermana.

—Chale hijo, ya ponte a trabajar ¿no? —responde la muchacha cruzando la pierna con estilacho arrabalero.

—Ohh, nomás un ventilador y ya —insiste el enchemado chavo.

—Pus tas sentada en ella hija —cotorrea una de las colegas de Esther, provocando las risotadas de todos.

—Órale manita, nomás que venda el autoestéreo te pago ¿no? —suplica el Pichi convenciendo a Esther que de una bolsita de plástico saca un billete de veinte.

Carlos Hurtado.png

La casta ósea

Como siempre, cuando se dan los cambios de cada trienio, desde temprano las oficinas de gobierno se encuentran pobladas de un buen número de los funcionarios y burrócratas en general, que ya son, aunque sea por el momento, y claro, no faltan los amigos del amigo del compadre o del hermano. Parecen regodearse abriendo y cerrando puertas de las diferentes oficinas, subiendo y bajando escaleras; descifrando, traduciendo señales que sólo ellos ven, entienden o inventan; parlando por los pasillos y llamando por su nombre de pila a directores y amarrados. Cuántos amigos se tienen de repente.

—Te juro que no le perdonaría nunca que me llamara —dice una mujer rechoncha con excesivo maquillaje ocultador de un mostachín casi masculino— Tú sabes cuántos favores le hizo mi difunto, nomás falta que ahora que él está bien, me salga con una babosada…

—Ay, tú no te preocupes, ya te dijo el otro día que en cuanto se halle bien instalado o vayas a ver —tranquiliza la amiga, que por seguir el paso apurado de la bigotona, se han zafado los tacones— No comas ansias —dice recargándose en el hombro para calzarse de nuevo— ya ni yo que tengo menos esperanzas.

—pues sí oye, pero da coraje que no te reciban, no que fuera una cualquier cosa —rezonga la mujer, secándose el sudor con un clinex que se pinta al contacto con el estuco agrietado de su rostro.

Algunos interrumpen la guardia para ir a tomarse un chesco. El trayecto al minisúper cercano, es un pasillo más, inundado de saludos y preguntas sobre probables o aseguradas reinstalaciones; de esperanzas ya muertas para excompañeros y conocidos.

—No pus ya lo hizo ¿no? — dice un güero mulix refiriéndose a algún cercano — me cai que ni él mismo se la ha de creer.

—Lo que pasa es que su hermana le pone con el bueno — asegura su cuate chaparro, derritiéndose de la envidia— pos así hasta yo… —agrega, mientras recorre su melena con su peine casposo.

Los chismes, las envidias, la esperanza, la frustración; el rencor, la mentira, la ilusión y la impotencia, se mezclan elevándose como un vapor invisible que enrarece el ambiente.

Mientras unos estrenan postura de suficiencia, otros asumen su nueva condición con humildad mal disimulada, evitando las miradas de los conocidos y familiares lejanos que quieren hueso pero no hay, evadiendo el tener que decir que no va a haber.

—Dame chance unos días Javiercito — dice diplomáticamente un tipo bien arreglado y con cara de yoyachingué — ya vez que quieren adelgazar la nómina… Pero yo te estoy tomando en cuentan, eh…

—Tú sabes que yo respondo —suplica el busca hueso sin creer para nada el argumento del cuate ya instalado— yo no te quedaría mal… tú me conoces…

—Aguántame —se zafa, forzando la despedida— estamos en contacto ¿oquey? — alcanza a decir mientras se aleja apresurado, alcanzando al grupo con el que venía antes de ser interceptado por el inoportuno amigo de la infancia.

El cuarto poder

El periodismo de vanguardia, donde la ortografía, la gramática, la sintaxis e incluso la información y el medio no tienen la mayor importancia. Éste es el que ejerce el ilustre Juan Mugricio Farsantuche Altarro, Presidente Nacional del afamado organismo periodístico Prensa Unida Internacional, orgullo del gremio.

Una personalidad impactante y su estilo macuarroide en el vestir, logra apantallar a doña Cruz, propietaria del tendejón Mi Lupita en la región 95. Ella, dada su ignorancia y sus pretensiones de vender cerveza a todas horas, no ha logrado conseguir la documentación requerida por las autoridades. Juan, con el olfato perruno para detectar chuecuras y causas oscuramente caprichosas, se ofrece amablemente a auxiliar a la pobre señora que ya no ve la suya de tanta mordida que tiene que aflojar a los inspectores de las diferentes dependencias gubernamentales.

—Pues sí, doña Cruz —dice don Mugricio frotándose el pescuezo para quitarse los bolillos de la mugre— yo le aseguro que moviendo mis múltiples influencias, no sólo en el Estado sino a nivel nacional e incluso internacional, con la mano en la cintura, lograremos que le autoricen el changarro.

—Ay, señor Farsantuche, deveras que usté es un santo — dice la mujer destapándole la cuarta chela de la mañana a don Mugricio, su protector y amigo, como el mismo se hace llamar.

El tipo sin mayor recato, descuelga una bolsita de charritos y mientras botanea, con aire de importancia, gorronea también cigarros y los cerillos, que la mujer considera como una inversión para lograr sus fines.

—Es más, señora, nomás porque me cai usté rebien, la boy a nombrar representante del CEN de PIU que se encuentra afiliada al APIRM con sede en el Distrito Federal, y ante la cual, autoridades municipales, estatales y federales le andan pelando los dientes, ¿qué le parece, eh? —propone el encumbrado periodista internacional.

—Ay oiga —duda la tendera clandestina— pero cómo le hago, si ni siqueira sé leer y cuantimenos escribir.

—Qué se preocupa doña Cruz, ai donde usté me ve, yo provengo de humilde cuna; allá en mi pueblo, yo le ayudaba a mi padrastro a arrear borregos, por lo cual me fue imposible cursar la educación primaria — comenta Farsantuche, antes de darle cran a la chela— pero luego, después de grandes esfuerzos, logré escalar peldaños y peldaños, hasta llegar a ser lo que soy. Así que con un poco de esfuerzo de su parte, llegará usté a ser una digna representante de la importante organización periodística que orgullosamente presido.

—bueno, pero pus cómo le hago… usté dígame.

—Es muy fácil —dice don Mugricio empinando la quinta cheve de gorra— el PIU me ha facultado para que yo expida credenciales a los diferentes personajes que coadyuvan con nuestra fantasmagórica unión, con el objeto de que la verdad y la justicia llegue a todos los niveles y jerarquías sociales, sin discriminación racial, mental o educativa. Por lo tanto —agrega Farsantuche removiéndose la cerilla con el meñiqu— usté contará con nuestro apoyo incondicional en cualquier asunto, además de la asesoría jurídica que usté pueda necesitar, es decir, con su charola, usté podrá ahuyentar a todo aquel funcionario público que la quiera perjudicar. ¿Qué le parece, doña Cruz?

—Híjole don Mugricio, usté deveras que sí la hace —reconoce apantallada la ruca de la tienda— ¿y de cómo va a ser la cosa?

Farsantuche se agarra con el último chorrito de la superior y cerrando un ojo, pide la sexta del día para acallar los reclamos corporales de la cruda.

—es una bicoca señito, mire: para poderle expedir su charola, sólo es necesario que usté pague una cuota de inscripción de cien varos, que en realidad no son nada si tomamos en cuenta las ventajas que usté disfrutará con sólo mostrarla. Ya después la cuota mensual será de veinte pesitos, por los cuales yo le daré recibo pa’ que no vaya usté a pensar que es pura farsa.

—¿Nompas eso?, pus ta a todo dar —se emociona la doña—. Bueno, y para lo de mi permiso, ¿qué vamos a hacer?

—Mire, para eso pienso que yo personalmente debo encargarme. Nomás es cosa de ir a ver al mero mero; es mi cuate y no creo que haya problema, sólo que para llegar a él, se necesita realizar varios trámites que como usté sabe, llevan tiempo y dinero… cualquier cosa, ai nomás para los chescos de la secrete y el ayudante. Con un docientón yo me empiezo a mover.

La señora hace cuentas y decide aflojar. De un paliacate surgido de entre su abundante pechuga, la tendera saca la lana que Farsantuche se embolsa con pereza. De un raído portafolios, extrae una credencial enorme en cuya esquina superior izquierda se puede observar una franja con el verdeblancoyrojo de la bandera, sobre la cual se puede leer con letra gótica: 4º Poder. La señora termina de apantallarse y se emociona más cuando el encumbrado Farsantuche le recita la leyenda: SE SUPLICA A LAS AUTORIDADES CIVILES, MILITARES Y TERCEROS, LAS FACILIDADES PARA EL DESEMPEÑO DE SU LABOR PERIODÍSTICA EN BENEFICIO DE…

—¿Cómo lo ve ai mi ñora? —dice Mugricio en medio de un eructo— nomás preste la foto y luego luego se la sellamos.

La señora de volada saca una foto borrosa de la trastienda y Farsantuche se dispone a firmar con estilacho la charola.

Carlos Hurtado: (Guadalajara, Jalisco, 1955 – Cancún, Quintana Roo, 2015) Hizo estudios de arquitectura en el Distrito Federal. Partició en cursos de literatura impartidos por la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). En 1989 recibió mención honorífica en el certamen internacional de cuento Juan Rulfo. En 1996 publicó su Crónicas urbanas, una selección de los textos de su columna del mismo nombre que aparecieron en el periódico Por Esto! de Quintana Roo. Con Cancún todo incluido, su primera novela, se colocó entre los creadores más destacados de la primera generación de escritores de Cancún. En 2009 publicó su segunda novela, Otra vez las margaritas, en la que aborda el tema del amor y el sexo en la era de internet.

Ilustración:
Galia Gálvez Álvarez (Tuxtla Gutiérrez, 1994) estudió Artes Visuales en la Universidad Autónoma de Yucatán, y el diplomado Psicoterapia y Arte en el centro Serendipity. Actualmente trabaja en ilustración y diseño gráfico.

Fotografía: Equipo Antabus.

 

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