Trasmutaciones corpóreas

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Para Ellie, por ayudarme a contar una historia sin saberlo….
Y para Mónica Gabriela, la tercera, la quinta… Todas.

 

¿A los cuántas Mónicas me di cuenta que el nombre me perseguía? Es una pregunta difícil de contestar, me dije a mi mismo, mientras tomaba del vaso de whisky en las rocas que me había preparado hacía 5 minutos.

¿Fue al a tercera?  ¿O a la quinta? Quizá fue desde la segunda. Espera… ¿A cuál de ellas le gustaba el cine? ¿Era a la octava o a la sexta? Habían sido tantas en la vida que a pesar que me esforzaba por recordar cada una de sus facciones, volúmenes de cuerpos o alguna característica en específico no podía. Le eché la culpa al alcohol. Después de todo bebía desde el mediodía y ya eran casi las 11 de la noche.

Mis pensamientos eran confusos, pero estaban hilados hacia una misma dirección; en mi vida uno de los nombres más recurrentes para enamorarme, caer en desgracia, celebrar de alegría o simplemente encontrarme en la calle era Mónica Gabriela, había otros como María Fernanda, pero a decir verdad fuera de dos mujeres, preciosas, no había sido nada significativo.

Cuando caminaba por la calle seguía con la mirada a las chicas que me parecían bonitas, no sé decir cómo pero siempre lograba identificar las que eran Mónicas Gabrielas de las que no. Era como un séptimo sentido que se había desarrollado después de encontrármelas al por mayor.  Estaban en todos lados bares, hospitales, iglesias, escuelas étc.

En alguna ocasión le había preguntado a un amigo que trabajaba en el registro civil si el nombre Mónica Gabriela era tan común o si había algún tipo de moda de principios de los 90 que hizo que las madres les pusieran a sus hijas Mónica Gabriela.  Era una duda impasible que me abordaba por ratos en las noches, y aunque no me atormentaba, solía ser el pensamiento recurrente antes de dormir al menos dos veces por semana.

Parecía que el más grande amor de mi vida se transmutaba de un cuerpo a otro con diferentes formas; a veces de cabellos castaños, otros de una melena azabache y unos ojos cafés oscuros. A veces delgada, esbelta y con poco pecho, otras veces un poco regordeta, con unos senos exuberantes y hoyuelos en los pómulos. A veces de pelo corto y rizado, otras con cabelleras onduladas y ojos claros; con pecas, sin ellas, de piel blanca, de piel morena, pelirrojas, altas o incluso bajitas.  De alguna manera me las encontraba frente a frente, intercambiábamos miradas y la magia ocurría.

Después de tantos encuentros e infortunios empecé a creer que la vida me jugaba una mala broma y muy a mi pesar, comencé a dar por sentado que era parte de aquella cosa que nos gusta llamar destino.

La última vez que me enamoré de una Mónica Gabriela fue a mis 25; al verla algo dentro de mí me decía a gritos que esta tenía que ser el fin de mis búsquedas con las Mónicas Gabrielas. No estuve equivocado. Hoy en día me es difícil saber cuánto quise de aquella Mónica Gabriela, a veces mi mente me dice que todavía lo estoy; ¿quién sabe?, puede que tenga razón o puede que sólo me harté de buscar entre las Mónica Gabrielas, que tal vez debí intentar con las María Fernandas o las María Josés. Quizá si tenía algo de suerte probar con un solo nombre, el de Paulina me parece muy bonito, aunque Sofía me gusta mucho más.

La luz de los faros de un auto, que entró por mi ventana, me hicieron salir del trance. Aparté mi vaso de whisky y me hice a un lado, mientras me tambaleaba por la habitación la puerta de la entrada se abrió, delante de mí una mujer esbelta, de cabello castaño, ojos cafés y de una sonrisa blanquecina me reprochó.

—¿Papá, otra vez despierto hasta tarde?

Mis pasos eran de dos en dos y mi cuerpo no me respondía, yo chocaba contra las paredes mientras le sonreía.

—Estoy bien, hija, ve a tu cuarto.

Logré articular con dificultad, mientras ella me miraba con una cara de risa, era la primera vez que me veía así de borracho.

—Ven, te ayudo.

Como pudo cruzo su brazo derecho por mi espalda y subimos lentamente hacia la habitación. Alejandra, mi mujer, había entrado a la cama desde temprano tras llegar del trabajo exhausta por lo que intentamos hacer el menor ruido posible.

—Aquí estoy bien.

Le dije cuando llegamos a la puerta de color chocolate mate, ella se aseguró que pudiera sostenerme en pie y deslizó con cuidado su brazo para dejarme libre. Me dedicó unas palmaditas en la espalda mientras decía.

—Buenas noches papá.

Volteé para despedirme y antes de que pudiera hablar, ella sonrió. Yo sonreí también y me despedí mientras caminaba hacia la cama.

—Buenas noches Mónica Gabriela.

Didier Aarón Ucán Canto (Mérida, Yucatán) 1991. Licenciado en Comunicación Social, consumidor habitual de historias en todos los formatos, cuando no escribe para Punto Medio escribe sobre la vida. Sus historias favoritas son la lucha libre y la vida cotidiana.

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