Así que esto es presentar al autor

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Texto leído durante la presentación del libro de discursos y ensayos Tema libre, en el marco de la Feria Internacional de la Lectura en Yucatán 2019.

 

Hace un par de años, mientras estudiaba y hacía lo que sea para sobrevivir, que como dijo alguien muy sabio, es lo que hacen los que estudian literatura, una amiga con quien solía intercambiar lecturas me recomendó que leyera Bonsái, una novela de un joven escritor chileno que parecía más un poemario pero que estaba escrita en prosa y que a su vez daba la sensación de ser un cuento.

En aquel entonces acababa de mudarme y en casa no tenía televisión (sigo sin tenerla) ni computadora (muestra de ello: escribí esto a mano) y la única forma de tener contacto con el mundo exterior, la única forma de poder salir de la tierra (parafraseando mal el título de ese gran libro de Alejandra Costamagna) era leyendo. Leer entonces era un acto de entretenimiento, leer era mi manera de ver televisión, de no tener internet.

Así fue como decidí enclaustrarme en la habitación de aquella casa oscura, con el ejemplar de Bonsái la primera novela de Alejandro Zambra, en la que Julio el personaje principal, se dedica a transcribir, a pasar en limpio los libros de Gazmuri, un autor chileno que regresa a Santiago después de un largo exilio.

Yo había pronosticado estar por lo menos dos semanas ininterrumpidas en el búnker. No salir hasta terminar por completo el texto. Sin embargo para mi sorpresa, la novela tenía apenas poco más de 70 páginas. Entonces lo que tuve que hacer fue leer y releer y releer hasta aprendérmela de memoria. Tiempo después al igual que Julio y Emilia me senté todas las noches a intentar terminar por lo menos uno de los tomos de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Y al igual que aquellos héroes fracasé. Pero descubrí algo más importante, que el amor era eso: un fracaso. Lo que sucede cuando dejas a la mitad una lectura.

Después las historias llegaron solas. Conseguí La vida privada de los árboles, una especie de spin off de Bonsái, en la que el mismo Julio le cuenta historias a una pequeña mientras esperan a que su madre regrese.

Después las historias llegaron solas. Encontré en la biblioteca de mi padre un ejemplar de Formas de volver a casa, una novela a la que he abrazado los últimos 5 años y a la que regreso siempre para tratar de entender, para darme ánimos, para aprender a escribir.

Después las historias llegaron solas. Fui el primero me atrevería a decir, en la península, en comprar Facsímil llamada novela punk, a la que leí con gusto en voz alta, acompañado de Víctor mientras nos reíamos de lo académicamente absurdo…y descubríamos eso a lo que llaman resistencia: escribir es un acto subversivo. Leer es resistir.

Abro paréntesis.

Recuerdo que cuando finalicé la lectura de Yo fumaba muy bien (un vaso comunicante en la obra de Alejandro he incluido en Mis documentos, su libro de relatos) en el que el protagonista es un escritor que quiere dejar el cigarro, no me contuve y le envié un mensaje vía twitter al autor, para pedirle que me recomendara bibliografía que me ayudara a dejar de fumar, a lo que él respondió con la resignación del vicio, que “eso no existía”, que si quería leer tendría que volver a fumar.

Fumar es una forma de leer ¿el aire?

Lo que quisiera decir; perdón: lo que trato de decir, es que he leído tantas veces la literatura de Alejandro Zambra, que a veces pienso que son sus libros los que me leen a mí. Admito que he comprado al menos cuatro veces más de uno de sus textos. Durante algún tiempo tuve la intención casi inquebrantable de escribir una tesis sobre Formas de volver a casa. Y creo que le he pedido a casi todos mis amigos cercanos como un favor, aunque sea por convivir, que chequen alguna de sus novelas.

Me gusta la banalidad, la falta de clímax, los personajes irremediablemente nostálgicos, cursis, humanos. A decir verdad, a veces me siento como ellos. Escucho a Simon y Garfunkel en las madrugadas. Bailo solo (bajo los efectos del ron) Alone again de Gilbert O´Sullivan. Y me repito, al igual que un mantra, que escribir es otra forma de mostrar la cara.

Creo que los lectores somos como Julio, ya que nos da más vergüenza no haber leído a Proust que aceptar nuestra adicción al cigarro y al pisco (aunque de ese sé muy poco).

Y debo reconocer que al final de cada página uno siempre termina extrañando. Extrañando con fuerza pero con método. Haciendo de nuestros más tristes sentimientos una ecuación de matemáticas, un laboratorio del recuerdo.

Hay una escena en Formas de volver a casa que confundo todo el tiempo con un pasaje de mi vida, en la que el narrador y su madre se encuentran a medianoche en el desayunador (tal vez no es así, pero me gusta imaginarlo de esa manera) y discuten sobre los hijos que abandonan a los padres. Pero principalmente acerca del amor y la soledad y del milagro de estar solos.

Hoy me toca presentar Tema libre, un libro que ya había leído de alguna forma antes de su publicación, y no porque tuviera la primicia del manuscrito original, sino porque muchos de los textos llegaron a mi gracias a su circulación en la red. En él Zambra recopila ficciones, ensayos, crónicas y discursos. De hecho, el discurso que da nombre al libro fue impartido en la cátedra Roberto Bolaño de la universidad Diego Portales, a propósito de la imposibilidad de escribir por encargo y de los años escolares y de los cuentos que causan vergüenza. También incluye un artículo titulado Así que esto es un terremoto, del que aprendí que la experiencia de vivir un temblor puede ser binacional. A la par, mientras leía estos textos, encontré en la librería una compilación de cuentos de la autora canadiense Rivka Galchen llamada Pequeñas labores que para mi sorpresa había sido traducido a cuatro manos por Jazmina Barrera y el propio Alejandro. Tema libre incluye también una bitácora sobre el arte de la traducción.

Y una novela autobiográfica.

Y los recuerdos de la infancia.

Y las malas letras de Fito Paez.

Y la confusión en canciones de Miguel Bosé.

Lo que quisiera decir, perdón, lo que trato de decir es que aprovecho que no tengo un libro suyo frente a los ojos: esto no es un homenaje, es mi forma de dar la cara.  

Vuelvo a la paráfrasis como quien vuelve a casa, porque es lo único que nos queda a los lectores después de enfrentarnos a una gran obra literaria: parafrasear. Parafrasear con alegría, con gusto, sin pudor. Parafrasear a nuestros grandes ídolos y traigo a colación una columna incluida en el libro No leer sobre la escritora italiana Natalia Ginzburg (y con esto cierro esta bochornosa exhibición de mis sentimientos). Me gusta pensar que en el futuro, cuando alguien me pregunte que ha sido de mi vida en los últimos años, responderé con alegría que he estado leyendo a Alejandro Zambra. Gracias.

Mérida, 2019

Joaquín Filio (1991. Mérida, Yucatán) Escribe cuentos. Autor de la columna Invenciones de bolsillo del periódico Novedades Yucatán.

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