Todos podemos crear un lenguaje: Hubert Martínez

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Por Mateo Peraza

Antes de consagrarse como poeta de la lengua mè´phàà, Hubert Martínez Calleja, Premio de literaturas indígenas de América 2017, era metalero. Bajo la luz fluorescente del bar en el que nos encontramos el 11 de septiembre de 2018, al filo de las siete de la noche, me enseña con orgullo las improntas de ese pasado: tres perforaciones y un rostro aguerrido que raya entre la locura, la sensibilidad y la violencia.

Nació en Malinaltepec, Guerrero, el 27 de septiembre de 1986. Con los seudónimos Hubert Matiúwaà y Hubert Malina publicó los poemarios Xtámbaa/Piel de tierra (Pluralia/Secretaría de Cultura, 2016), Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira (Pluralia/Secretaría de Cultura, 2017) y Las sombrereras de Tsísídiin (Instituto Nacional de Lenguas Indígenas/Universidad de Guadalajara, 2018). Además, ha sido becario del PECDA (2015-2016) y del Fonca (2016-2017).

Cualquiera creería que su filiación por la lengua indígena se gestó en él antes de su nacimiento, como una herencia inoculada por sus padres desde el segundo previo a la concepción, pero no:

—Todo fue por mi compa Lenin, con quien estudié en Guerrero. Él escribió un ensayo sobre la lengua mè´phàà y un maestro de nuestra universidad le dijo: “De eso no hables, que es de changos”. Yo lo agarré del hombro y le dije: “Lenin, no te agüites cabrón: yo soy indígena como tú y nos vamos a fundamentar hasta partirle su madre a ese güey”. Leímos día y noche. Leímos como enfermos. Se lo refutamos y fue nuestra victoria. Ahí me reconocí.

A Hubert lo motiva lo mismo que motivó a Lucio Cabañas y Genaro Vázquez: encauzar la rabia hacia un acto que cambie la vida de su pueblo, el  cual, de acuerdo a lo que dice en la mesa al compás de sus puños, ha sido reprimido por casi 700 años. Primero por los españoles y ahora por los narcos. Su poemario, Las sombrereras de Tsísídiin, acreedor del Premio de Literaturas Indígenas de América 2017—un galardón de 300 mil pesos que le entregaron en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara—, habla sobre la trata de mujeres en Guerrero porque para Hubert la literatura también puede ser una crítica social y  política; algo que definirá como “crear una consigna que por tan hermosa es imposible franquear o permitir que se la lleve el aire”; algo que  ejemplificará con Roque Dalton y los poetas de Nicaragua, país en el que vivió durante el año 2015. 

—Yo no sé si me consideran panfletario. Eso, al chile, me tiene sin cuidado.

Y son, quizá, muchos los asuntos que le importan poco a Hubert. No busca el reconocimiento ni la ovación, ni que su nombre aparezca como letrero luminoso en las revistas prestigiosas. Hoy llega solo al bar, huyendo, como acostumbra, de los juegos de máscaras, de los rituales cortesanos que imponen un modelo literario muy propio de las provincias. Me dice que ha negado viajes a Estados Unidos y Canadá para leer y seguir escribiendo. Lo hace—recalca— porque le importan cosas elementales: la preservación de su lengua y su cultura y no los oropeles que embotan a la mayoría de los escritores.

—Tan ocupado como me quieren tener, ¿a qué hora voy a tener chance de leer y escribir?—dice—¿A qué hora voy a vivir?

Hace unos meses publicó un mensaje en Facebook avisando que no participará físicamente en más eventos hasta el 2020. Sin embargo aceptó ser jurado de un concurso, publicar poemas en Tierra Adentro y mantener una columna en un periódico nacional. Viéndolo desde este punto de la mesa, envueltos en música norteña, con tres poemarios, un premio internacional y varios nacionales a cuestas, Hubert resulta un escritor completo. Pero, cinco años atrás, se encontraba a la deriva. Alejado de los grupos literarios de Guerrero y Ciudad de México (de lecturas donde un escritor connotado le dijo: “Qué bueno que viniste, pero tu poesía es una mierda”) trabajando solo, escribiendo sus poemas en mè´phàà y luego traduciéndolos al español, Hubert siempre creyó en sí mismo. El poeta que lo criticó hoy ruega que las puertas de la trascendencia se abran frente a él, esas puertas que Hubert cruzó sin notarlo y no lo cambiaron un ápice. 

Se acomoda los lentes, seca el sudor que le  escurre por la mejilla, bebe un trago de cerveza y dice:

—A mí me gusta la violencia. La violencia como un acto estético. Se escriben, así,  poemas bien vergas

En contraste con el gabán y el sombrero negro de ala ancha que usa en la mayoría de sus fotografías, viste una camisa roja, abierta hasta la mitad del pecho; pantalón de mezclilla, mocasines negros. Mueve las manos hacia los lados y, para remarcar los argumentos importantes, forma un puño que sella con fuerza en lugares específicos de la mesa.

Su idioma, el tlapaneco o mè´phàà, catalogado como una lengua otomangueana, cuenta con pocas investigaciones sobre su situación actual. Datos recabados en 1994 consignaron que hace 25 años tenía cerca de 100 mil hablantes repartidos entre la Chinameca, en el estado de Morelos, y al centro, norte y sur del estado de Guerrero, principalmente en las regiones conocidas como La Montaña y La Costa Chica de Guerrero.

Asimismo, durante el año 2010 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) registró 392 localidades donde el 5% o más de la población hablan tlapaneco.

Hubert, sin embargo, apunta que la pérdida de su idioma se debe fundamentalmente al desplazamiento, es decir, gente que huye de sus sitios de origen para evitar ser víctima de la violencia generalizada.

De acuerdo con la Comisión Mexicana en Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH), entre enero de 2016 y diciembre de 2018 el total de personas desplazadas por la fuerza ascendió a 338 mil 405. Tan solo en 2018 registraron que los estados más afectados fueron Guerrero, con 5 mil 56 personas desplazadas; Chiapas, con 5 mil 35; Sinaloa, con 836; Oaxaca, con 300 y Michoacán con 240. Remarcaron que los principales afectados son personas en situaciones de vulnerabilidad como “niñas, niños, adolescentes, adultos mayores, personas indígenas y periodistas”.

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—¿Es difícil traducir tus poemas al español?

— Por supuesto, porque durante muchos años la lengua indígena no se escribió. Era una situación que obedecía a un pensamiento hegemónico, que sentenciaba que sólo se debe escribir lo que tiene historia, y los pueblos originarios o indígenas fueron desplazados;

se les negó su historia. Eso ha sido complicado porque apenas en los años sesentas salen lingüistas de las comunidades y ellos comienzan a sistematizar una gramática. De cualquier modo la gente de las comunidades no sabe leer mè´phàà ni escribirlo. Para empezar ni siquiera saben hablar español.

—¿Qué tan atrás se fueron los lingüistas para generar esa gramática?¿Códices?

—Tienen un patrón derivado de los tomos universales. Ahí toman grafías, escuchan como suena y lo van armando. Podríamos crear un idioma si quisiéramos. La palabra está viva, pues. Y todos podemos crear un lenguaje. Lo complejo en este caso es escribirlo. Pero a la gente de mi pueblo particularmente no le interesa escribir. Sobre eso hay un punto que me gusta: yo soy el primer poeta en escribir un libro de poemas en mè´phàà, pero no soy el primero en hacer poesía. Tenemos una tradición de narradores orales súper chingones.

—Es sabido cómo son los escritores en lengua castellana, pero me pregunto: ¿cuáles son las condiciones que definen al escritor en lengua indígena?

—Estamos entre dos mundos: el mundo de la oralidad y el mundo de la escritura. En el primero eres un narrador, alguien que sabe una  historia y es bueno contándola. En el otro tienes que ponerte disciplinado, ajustarte a la lógica de la escritura, lo que  es una ventaja y una desventaja porque las lenguas minoritarias, los llamados indígenas, casi no tienen lenguas escritas; la ventaja es que cuando se logra escribir aumenta el conocimiento de los pueblos; y la desventaja es que, como son de tradición oral, a la hora de escribir una historia cambia porque la forma de narrar en el pueblo es distinta. Si yo te contara ahora una historia en el pueblo tendría que partir de los elementos con los que convivimos para meterlos en la narración, actualizarla de acuerdo al lugar y a quién la escucha. En cambio en un libro tienes que elegir una de esas cosas. En un libro no partes de esos elemento y  tú eliges el ambiente de tu narración, un ambiente que se petrifica en una página. En el pueblo, en cambio, cada quien reproduce la historia a su manera. Las narraciones en los pueblos son dinámicas, vivas; tienen otro sentido de ser. Te digo: nunca les interesó escribir pero son excelentes narradores orales. Con mirar el ambiente van agregando elementos nuevos.

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Hubert conduce una motocicleta y arriba hacia la montaña de Guerrero con el viento estrellándose contra su rostro, ese viento entre húmedo y cálido que impera en uno de los estados más violentos del país. La moto es un escarabajo metálico que, dice, está bien vergas, y le sirve para contemplar el abismo cuando atraviesa las curvas cerradas. En lo alto, donde los campesinos subsisten del cultivo de Amapola, Hubert vuelve a casa luego de meses de respirar smog: charlas, presentaciones, clases, el espectro total de la vida urbana.

—Yo soy el primer güey que sale de la comunidad y se enfrenta al mundo de la academia, de la literatura, los premios, los festivales. El hecho de que haya estado fuera franqueó un estatus de poder. La banda de mi pueblo ahora dice: verga, a huevo, yo también puedo estar en ese festival. Y eso me hace feliz.

El escarabajo se abre brecha haciendo estruendo y espanta  a las señoras recargadas en en los muros; a los niños que juegan maquinitas en la penumbra de los tendejones, que de súbito voltean y abren los ojos como cerillos encendidos en la oscuridad. Hubert atraviesa la tarde como pretende atravesar el olvido y reivindicar la lengua con la que los hombres y mujeres que ahora salen de la milpa hablan de la lluvia, del brocal roto;  la lengua con la que  fusionan la risa de los animales nocturnos con su propia risa o con sus vidas y movimientos. 

—Los pueblos más cabrones desaparecieron. Los inteligentes, los que supieron dialogar, jugar sus piezas ajedrez, hoy perduran. Nosotros tenemos 700 años de resistencia y de no ceder. Nunca fuimos diplomáticos. Por eso estamos aislados en la  montaña.

Sobre la preponderancia de la lengua indígena —por encima del español— durante el proceso de escritura, Hubert dice:

 —Escribo en mè´phàà porque, más allá del romanticismo, me parece un pedo político. Escribo por la rabia. Escribo en mè´phàà porque me lleva a emociones distintas y mundos mucho más extraños dentro mi memoria. Porque la lengua se mete y explora. Me atraviesa. En cambio, mi español es limitado: el español (incluso el que usamos ahora) es básico, un idioma que usamos solo para comunicarnos. Por eso no me alcanza el español para traducir el mè´phàà.

“Pienso que cada cultura va a entender la poesía en respuesta a una necesidad de su existencia. En mi lengua siempre se tiene que escribir para dejar constancia de un tiempo. Si no, ¿quién contaría la historia del pueblo? Sin historia no habría rituales, no sabrías por qué el conejo se unió a la rama de un chile, por qué el tlacuache tuvo fuego en la cola, por qué las serpientes formaron los cerros y trazaron los caminos hacia la montaña. Las historias marcan un tiempo de la existencia, y el que a nosotros nos tocó vivir como pueblos originarios ha sido un tiempo en el que nuestro pueblo ha sido excluido y ha sido sistemáticamente violentado. Ante esto, podríamos hablar de las estrellas, pero me parece una responsabilidad abordar la violencia que vivimos: de que llegan los narcos y nos desaparecen; de que las mineras se llevan nuestros recursos y acaban con el agua. Creo que ese es el tiempo que hay que marcar en la memoria; el tiempo que nos tocó vivir, que es un tiempo culero”.

En ese sentido, Hubert coincide con lo que plantea Francisco Javier Romero en su ensayo La literatura indígena mexicana en búsqueda de una identidad nacional (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2010), donde se argumenta que las literaturas indígenas buscan una identidad propia, ajena a las construcciones que el Estado ha hecho sobre sus culturas. En el tránsito de lo oral a lo escrito, sostiene Romero, en particular en la poesía, se ha dado un proceso de resistencia cultural, que, si bien antes se centró en contar la época posterior a la conquista, actualmente se enfoca en “su seno terrenal para manifestar su existencia y exigir con su literatura un lugar en la nación que los vio nacer”. Como poeta, Hubert ha colocado una lupa sobre la marginación, la violencia y el rezago institucional que afectan a los pueblos originarios de Guerrero. Para él, escribir en lengua mè´phàà es un acto de resistencia.

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Luego de impartir un taller de escritura en mè´phàà, Hubert notó que la gente de su comunidad comenzó a escribir sobre los problemas de los que él escribe: narco, violencia, represión política y pobreza. Comprendieron que esa realidad les pertenecía, que había que reflejarla.

—Reconocieron que se trata de un problema que, por encima de la poesía tradicionalista, tiene que ser evidenciado.

Por lo tanto, su caso dio una pauta creativa a los jóvenes escritores de la región, quienes, desde la lengua indígena, repararon en que ellos también pueden visibilizar los problemas de La Montaña, vivir de la escritura, viajar a los festivales, reproducir su realidad a través de la poesía y la prosa.

Con esto, Hubert se refiere a una suerte de “salto al exterior” que, como menciona Javier Romero, consiste en plasmar los sentimientos, la realidad y las exigencias desde la escritura indígena, pero con pleno conocimiento de la cultura nativa a la que pertenecen, así como de la cultura mestiza occidentalizada del mundo urbano latinoamericano.

—En mi caso he escrito sobre puros temas sociales— dice sobre este punto—. Mi primer libro habla sobre Ayotzinapa, en los siguientes he hablado sobre narcotráfico y los asesinatos. En mi tercer libro, el que ganó el premio, hablé sobre la trata de niñas. He intentado abandonar la idea romántica del indígena que ama la tierra, que solo escribe sobre ella. —Pone el puño sobre la mesa para remarcar una frase importante—. ¿Cómo voy a hablar de la tierra y el sol si vienen unos pinches sicarios y ejecutan niños en la montaña?

Argumenta que el establishment todavía no respeta sus costumbres. Dice que espera el momento en que puedan ser ellos mismos, con todo lo que implica culturalmente. No obstante, es realista y duda que suceda pronto.

—¿Cuánta banda armada perdió la vida en la lucha? Hemos luchado por años. Lo que nos falta es establecer alianzas. Las fronteras no sirven. A fin de cuentas, lo que todos buscamos es que los pueblos tengan autonomía en sus decisiones. Lo primero: su propio gobierno; lo segundo: una economía propia. Ambas cosas imposibles desde la visión occidental.

Finalmente habla sobre Nicaragua, donde vivió durante el año 2015 mientras realizaba una estancia de investigación.

—Cuando estuve en Nicaragua aprendí algo sobre los poetas: ellos hicieron la revolución sandinista. ¿Sabes quién mató a Somoza? Un poeta. Todos los poetas participaron en la revolución. Ahí quieren a los poetas, la gente sabe que dicen cosas que son ciertas, que van contra el poder, que hablan sobre las causas sociales. No son poetas acomodaticios y agachados, así como se entiende la poesía en algunas partes de México. Aquí el poder los institucionalizó. Los poetas se vendieron. Es una mafia que se ha perpetuado y que te dice “mejor no escriban sobre las condiciones sociales”. Sobre esto te digo: si vas a hablar de condiciones sociales, hazlo con estética, con reglas, con técnica, se trata, pues, de crear una consigna que por tan hermosa es imposible franquear o permitir que se la lleve el aire. Como los poetas de Nicaragua, como lo hizo el salvadoreño Roque Dalton.

 

Mateo Peraza Villamil: (Mérida, Yucatán, 1995). Ha publicado narrativa y textos periodísticos en medios impresos y digitales, como en Tierra Adentro, Memorias de Nómada, Efecto Antabus y Revista Marabunta. Becario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) de Yucatán en la categoría de Jóvenes Creadores para el periodo 2017-2018.

Ilustración: Galia Gálvez Álvarez (Tuxtla Gutiérrez, 1994) estudió Artes Visuales en la Universidad Autónoma de Yucatán, y el diplomado Psicoterapia y Arte en el centro Serendipity. Actualmente trabaja en ilustración y diseño gráfico.
Fotografía: Salvador Cisneros

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