Un banquete para el dolor. Los funerales de la Sierra Sur de Oaxaca

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Por Memo Bautista 

Don José Barriga tenía espíritu protector, por eso apadrinó a buena parte de los habitantes de San Pedro Mártir Quiechapa, su pueblo. A algunos los llevó a la iglesia para que el sacerdote rociara sus cabezas con agua y los bautizara. A las mujeres las acompañó del brazo al altar para que se casaran. Hoy sus ahijados, hijos, familiares, vecinos, medio pueblo se da cita en su casa a un año de su asesinato. Es costumbre en esta comunidad enclavada en la Sierra Sur de Oaxaca recordar al difunto con la velación y el levantamiento de la cruz. Se trata de un ritual que reconoce en la muerte el encuentro del difunto con la divinidad, pero en lugar de un féretro hay una cruz hecha de polvo de carbón, cal y diamantina. La tradición dicta que se debe dar de comer y beber a todo el que llegue a la velación. En los funerales de los pueblos oaxaqueños el dolor y el gozo se abrazan gracias a la muerte. Por eso la comida, la banda de música y el mezcal son parte de la pena.

Son las once de la mañana. Faltan muchas horas para que anochezca, sin embargo, ya hay personas por todos los rincones de la casa: unas rezan en la recámara donde estuvo tendido el cuerpo del difunto y que hoy alberga un altar con la cruz de cal, flores y su retrato; mujeres arman tamales en el patio o hacen las tortillas, tan grandes como un disco de 33 rpm; unas más preparan caldo de res, chocolate y frijoles en el palenque —la rústica fábrica de mezcal—, que hoy se convirtió en cocina. Los hombres encienden las fogatas que servirán de parrillas; también pican la carne cocida. Otros fríen frijoles y sazonan tripa de res con jitomate, cebolla y chile para botanear mientras trabajan. El resto platica sobre don José y el suceso donde encontró la muerte, el cual marcó al pueblo.

La vivienda está abierta, cualquiera puede pasar. “Buenos días, tía”, “buenos días, madrina”, “buenos días, Angélica”. Doña Angélica, la viuda, una mujer de rostro amable que rebasa los 60 años, recibe a la gente que llega constantemente. Nadie trae las manos vacías: cargan un paquete de refrescos, una sandía de la cosecha, un poco de pan, una veladora. Desde las cinco de la mañana la mujer está despierta; llevó el maíz nixtamalizado al molino y preparó el café para los hombres que tasajean la res y el cerdo que se ofrecerá en los guisos. No para: cocina, reza el rosario, recibe a otros dolientes, pregunta a todo el que ve si quiere un plato de comida y lo sirve.

“José era muy amable —me cuenta doña Angélica—. Me siento mejor después de un año pero el dolor sigue igual. Nada más que trata uno de ir pasándola”.

Estamos en la recámara donde montó desde hace un año el altar para su esposo. La cruz de cal en el piso y la foto donde el mezcalero aparece de sombrero negro y hacha en mano cortando las piñas de maguey, encabezan esta ofrenda mortuoria.

El día que terminaron de construir la alcoba, don José hizo una petición  a su esposa:

—Si yo muero primero, aquí quiero que me tiendan.

—¿Por qué me dices así? —preguntó su mujer consternada.

—Es que no tenemos la vida comprada.

—¡No me digas así! —exclamó con voz suplicante.

—Aquí quiero a la gente.

—Quedito, te digo. Vamos a hablar de otras cosas porque ya no voy a comer. ¿Por qué me dices así?

Cuando les entregaron el cadáver, el hijo mayor del matrimonio preguntó a su madre si lo llevarían a la antigua casa donde vivieron por muchos años. “No. Tu papá me dijo que aquí abajo”, mencionó la mujer. Don José fue velado por dos noches. A doña Angélica le sorprendió que el cuerpo no haya mostrado señas de descomposición durante ese tiempo.

El 22 de abril de 2017, habitantes de Quiechapa fueron atacados en la montaña por un grupo provisto con armas de alto calibre del poblado vecino, Santiago Lachivía, quienes invadieron sus terrenos. Un añejo conflicto agrario entre estas dos poblaciones enclavadas en la empobrecida Sierra Sur de Oaxaca desató el fuego aquel día. Además de José Barriga Ramírez, otros cuatro residentes fueron asesinados: Camilo Dasa Durán, Natanael Barriga Osorio y los menores de edad Adalberto Montes Aquino y Alexander Montes Aguilar. Ocho personas más resultaron lesionadas. De las dos personas detenidas por las autoridades de Oaxaca, solo una está presa. El otro quedó libre por falta de pruebas, a pesar de ser señalado e identificado por los testigos de aquella masacre.

II

La señora Rufa, la rezandera, ha dedicado 40 de sus 79 años a orar en los funerales de Quiechapa y de los pueblos cercanos. Ella continúa el oficio que le enseñó su mamá. Durante nueve días ha rezado el rosario para el aniversario luctuoso de don José. Pero hoy no solo va a dirigir las oraciones: ella elaborará la cruz de carbón y cal para la velación.

Un hombre y una mujer la auxilian. Primero hacen una oración frente al altar. Pareciera que así piden permiso para recoger la blanca cruz de cal. En un cajón de madera revuelven con arena el polvo blanco. En seguida ciernen el carbón en una coladera de cocina para que solo pase la ceniza. Días antes la señora Rufa visitó los hornos donde se elabora el pan para obtener el material. La cama negra queda plana, sin protuberancias, lista para el verdadero trabajo. Una mujer se acerca a la señora Rufa, le pide autorización para rezar. La anciana accede y continúa con su labor.

Los ayudantes de la señora Rufa cuelan cal en la coladera de plástico. Necesitan el polvo más fino. Un madero sirve como guía para trazar las líneas que formaran la cruz. Hay que centrarlo, medir con un flexómetro para que no quede chueca. La anciana utiliza la hoja de un árbol como cucharilla, con ella toma un poco de cal y la deposita poco a poco en el lienzo negro, siguiendo la línea que le marca el leño. Es un trabajo delicado. La cruz queda delineada tras varios minutos. La otra asistente saca de una revista, que sirve como carpeta, algunas platillas con diseños recortados: flores, líneas, ángeles, velas en candelabros, grecas y más donde aplican la técnica de esténcil con polvo brillante.

La señora Rufa coloca con cuidado el modelo perforado a un lado de las líneas de la cruz y rellena el hueco con diamantina verde. Luego vierte un poco de rojo y al final un punto plata. Quita con cuidado la plantilla y mira la flor que ha plasmado. Es la primera. Hay que llenar todo el cuadro. Dos horas después la obra está terminada. El rostro de la anciana brilla por la satisfacción y por la diamantina que embarró en él cada vez que pasaba la mano para secar diminutas gotas de sudor. La cruz está lista para ser velada. Doña Rufa vuelve a su oficio. “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Comienza a rezar el rosario.

III

Mientras Rufa y sus ayudantes hacen la cruz, tres mujeres adornan con flores las velas que iluminarán el altar. Perforan flores de gladiola con largas espinas de pitaya y luego las colocan en las candelas de 80 centímetros de cera virgen hasta formar una especie de raqueta. Irma, ahijada de don José, me cuenta que solo las mujeres de Quiechapa hacen este tipo de decorados. La razón es simple: en su pueblo abunda este tipo de flor, cualquiera que camine un poco por las calles de terracería la encontrará por todos lados. Ellas aprenden desde niñas, sin instrucción, solo observando a sus mamás. La encomienda es hacer cuatro, que irán a cada extremo del altar una vez que esté lista la cruz de carbón.

En otro espacio tres hombres adornan también una cruz de madera con hojas blancas que han tomado de un árbol que en la sierra conocen como “de cuchilla”. Son de color blanco, con el borde dentado como si tuviera pequeños cuchillos, de ahí su nombre. Debido a que son gruesas y largas, las tejen, como si se tratara de palma, para formar flores. Los adornos se colocan en la cruz junto a crisantemos blancos y rojos. El madero solo sirve como base para el decorado. Al final queda un gran arreglo del tamaño de una persona. También va a parar al altar.

 

IV

A partir de las siete de la noche no solo se velará la cruz de don José, también la de las otras cuatro personas asesinadas hace un año. Los pobladores pasaran a cada una de las casas a visitar a las familia y permanecer un rato como muestra de respeto al difunto. Los anfitriones, por su parte, ofrecerán como agradecimiento la comida que prepararon por la tarde y mezcal, mucho mezcal, hasta que la cruz sea llevada al panteón al siguiente día.

“El mezcal ayuda. Saca lo que uno trae dentro”, me dice uno de los hijos de don José mientras vemos a un sujeto que llora desconsolado frente al altar. Me ofrece un caballito y me sirve el destilado de una botella. Voy despacio con el licor. En la ciudad se dice que el mezcal se bebe a besos, pues es un aguardiente fuerte. Por un momento siento la mirada del hombre, se pregunta por qué bebo así. En cuanto termino se va para ofrecer el brebaje a otro doliente. Hasta entonces me doy cuenta que todos compartimos el mismo vasito y que el mezcal en este funeral no se bebe a traguitos: se toma en dos sorbos. No es para que la plática fluya; es para tragar el dolor y que la pena, de por sí etérea, adquiera mayor emoción a través de la borrachera.

Llega la banda de música. Tocan de pie por un rato y después se sientan a la mesa. Desde ahí arrojan ese sonido nostálgico que comparten con las bandas de los Balcanes, aunque la influencia de la música sinaloense también está presente. Se ve en sus instrumentos —tuba, saxofón alto, clarinete, tarola, platillos— y en su repertorio: “Atotonilco”, “Juan Charrasqueado” y otros corridos. Tocan. Hacen pausa por cinco o diez minutos y después vuelven a tocar canciones para el amigo José Barriga, como lo anuncia el cantante del grupo. Son resistentes, por momentos el cansancio los vence. Aún dormidos tocan y no pierden el ritmo. Así toda la noche y parte de la mañana, hasta que la cruz de carbón y la de flores son llevadas a la iglesia para que sean bendecidas.

A las ocho de la mañana las cruces de don José son llevadas a la iglesia del pueblo junto a las de las otras cuatro víctimas. Cohetes anuncian el suceso a las demás comunidades. La banda toca durante la procesión y la misa. Luego, todos parten hacia el panteón a revivir el entierro de hace un año, que todavía duele. El suceso detiene las actividades de Quiechapa. Hasta los niños de la primaria, así como los de secundaria y bachillerato, todos con sus uniformes muy limpios de lunes, están presentes y se paran en cada tumba, siguiendo al sacerdote de la comunidad, para rezar una oración. Aunque la banda toca para todos, ocupa un espacio cerca de la tumba de don José. Los cohetes no paran tampoco.

Después de una hora los deudos salen del terreno donde descansan los muertos. Cada familia va hacia su casa. Hay que dar de almorzar y beber los últimos caballitos de mezcal a las personas que acompañaron durante todo el ritual. Tras nueve días de rosarios que desembocaron en la velación de la cruz y su entierro, por fin los deudos descansaran un poco. No pueden decir lo mismo de sus muertos, a quienes la autoridad oaxaqueña no les ha hecho justicia.

 

Memo Bautista: Periodista, coordinador editorial del sitio cronicasdeasfalto.com y productor de radio. Escribe para diversos medios, entre ellos Chilango y Más por Más. Sus crónicas han sido traducidas al inglés, italiano y neerlandés y está incluido en el libro “La crónica como antídoto: narraciones desde Tlatelolco” (UNAM, 2015).

Twitter: @Memoman_ y @CronicasAsfalto

Ilustración:
Galia Gálvez Álvarez (Tuxtla Gutiérrez, 1994) estudió Artes Visuales en la Universidad Autónoma de Yucatán, y el diplomado Psicoterapia y Arte en el centro Serendipity. Actualmente trabaja en ilustración y diseño gráfico.

 

 

 

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