Marta Carnicero: «Cuando reescribes buscas el ritmo, el matiz, una palabra para lo que quieres decir y de la mejor manera posible».

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Por Josué Tello Torres

 

«Al principio no quise preguntar nada. Ya es bastante fuerte que te llame una hermana que no tenías para decirte que tu padre quiere verte antes de que sea demasiado tarde», narra Naïma al inicio en El cielo según Google, novela de Marta Carnicero (Barcelona, 1974). Esta obra relata las dificultades que deben pasar Júlia y Marcel para concebir, a través de la adopción, a Naïma; quien años más tarde, al enfrentarse a la maternidad, después presenciar el fracaso en la relación entre sus padres por la infidelidad, debe tomar una decisión: tener con su pareja, Eric, una hija biológica o adoptar, como hicieron con ella: «lo considera un deber moral, porque si a ella no la hubieran adoptado su vida sería distinta». Su relación con Eric caminó hasta el fracaso, pero la maternidad era, de alguna manera para Naïma, una necesidad.

Publicada en catalán hace tres años por la editorial La Magrama, El cielo según Google tiene una segunda vida en la editorial Acantilado, cuya traducción al castellano la hizo Pablo Martín Sánchez. A continuación les compartimos una charla con Marta Carnicero, quien nos habló sobre el proceso de escritura, la maternidad y adopción, la traducción y la literatura española.

Hace casi tres años publicaste en catalán El cielo según Google, ¿cómo te sientes que la obra ahora llegue al público en castellano, a través de una editorial importante como lo es Acantilado?

Siento que ha tenido una segunda vida, la novela salió en catalán y ese es un mercado reducido y aunque ahí tuvo una repercusión importante no es como la de ahora. Me ilusiona descubrir que hay gente desde la otra punta del mundo, literalmente, que lee mi novela y que también se dice algo sobre ella. Esta segunda vida para mi es algo que me da mucha satisfacción, sobre todo porque el propósito real del escritor es llegar a más lectores. Evidentemente uno escribe para uno mismo y cuando yo escribí la novela no esperaba publicarla, mucho menos que la publicaría.

La ambición no es hacerte rico porque con la escritura en inviable, además yo creo que se aleja de la idea romántica de los que queremos dedicarnos a escribir, pero en cambio la ambición de ser leído claro que existe y que es la que me impulsa a continuar.

¿Cómo nace y cuál fue el proceso de escritura de El cielo según Google?

Como te decía no esperaba publicarla, era un proyecto final de master en creación literaria, que cursé en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y tenía que entregar un texto final; no sabía muy bien qué era lo que podía hacer, no pensaba que el cuento fuera el género con el cual yo pudiera realmente tener éxito porque le tengo respeto, no sé si exagerado, porque exigen una perfección en la que si llegas es estupendo, pero sino lo logras se nota mucho; entonces el cuento lo aparté completamente y decidí por la novela.

Descartaste la poesía.

Aunque la poesía es un género que había escrito en ciertos momentos de mi vida, me parecía que no se adecuaba nada a un timing, porque en un año tienes que entregar el proyecto, y llegar a casa y decir: “ahora toca trabajar en este poema”, y pudieras estar trabajando en ese poema durante una semana pero la poesía sucede por impulsos, o como es mi caso; uno dice: “ahora tengo que escribir esto” o “me tengo que centrar en esto otro”, y la poesía no puede ir bajo demanda: “voy a escribir un poemario sobre tal cosa”, claro, no había forma de hacerlo; entonces decidí por la novela y sabía que tenía un año para terminarla.

Tampoco podía permitirme extenderme mucho, no podía hacer una novela muy extensa porque no hubiera tenido tiempo, como tú dices, de reescribirla. Yo buscaba un tema y tenía que ser uno potente que pudiera ser explotado en pocas páginas.

¿Cómo surge ese interés por abordar un tema fuerte como lo es la maternidad y la adopción?  

Tenía una compañera de trabajo que había adoptado a una niña y por suerte su historia se aleja muchísimo del argumento de la novela. Me contó que había sido un proceso largo y pesado como todas las adopciones, me temo. La pareja, evidentemente en su caso, funcionó y ahora son una familia de tres, que están felices porque después de 6 años la niña obtuvo el documento nacional de identidad que le permite salir del país.

Bueno, cuando ella me explicaba todo el proceso de adopción, yo veía que estaban siendo constantemente analizados para saber si iban a ser buenos padres, y tenían siempre encima a un asistente social que quería saber cómo vivían y dónde vivían, entre muchas otras cosas. Un día le pregunté: “Y bueno, ¿qué pasaría ahora si os divorciase?”. Y ella me respondió: “Marta, si eso pasara os quitarían a la niña”. Y yo no me lo podía creer, qué alucinante.

Por lo que vi e investigué me centré en una adopción nacional, que es muy poco común. En España, por lo general, cuando una pareja adopta niños lo hace en otros países. En el caso de mi compañera, fue a través de una acogida previa: se llevan a la niña y poco a poco iba viendo su idoneidad; de haberse separado le hubieran retirado a la criatura por ser una familia no idónea; y pensé: “Aquí tengo un filón para explotar”. Exprimí lo que yo tenía a contrarreloj en un año.

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¿Un año dedicado totalmente a la escritura?

Soy profesora y me dediqué todas las vacaciones a escribir, para ese tiempo ya tenía el libro muy avanzando. Empecé el libro en septiembre, octubre. Para trabajar en él lo que hacía era levantarme a las cinco de la mañana a escribir, pasarme los fines de semana escribiendo, las tardes que podía, escribiendo. Tengo fuerza de voluntad. En verano, justo dos meses antes de entregar, me levantaba a las 6 de la mañana y trabajada el libro hasta las 10 de la noche. Hubo días en los que no comía, y no hacía falta, aclaro, a mí me gusta mucho comer, eh, pero había días donde la escritura no podía dejarla. Los últimos dos meces fueron de escritura pura y dura. Reescribir es más agradecido que escribir, desde mi punto de vista. El hecho de enfrentarte a la página en blanco te plantea muchas más dudas, dependerá de cómo vas a plasmar esa situación, a mí me gusta pensar en detalles que sean significativos, que repercutan en la escena de la novela, que tenga alguna trascendencia. Cuando reescribes buscas el ritmo, el matiz, una palabra para lo que quieres decir y de la mejor manera posible. La estética me importa y el ritmo me importa muchísimo, por ello me agradó mucho la idea de que Pablo Martín Sánchez fuese quien se encargase de la traducción, porque es alguien a quien admiro muchísimo.

Al principio nos conocimos en un círculo literario, un día me escribió diciendo que había leído mi novela, que le había encantado tanto; le pregunté: “Eso que me estás contando, Pablo, ¿es verdad?”. En ese tiempo no éramos íntimos, ahora tampoco pero sí lo considero un amigo, y me dijo: “Sí, es verdad”. Y le pregunté: “Si alguna vez se tradujese al castellano, ¿estarías dispuesto a traducirlo?”. Y me dijo que sí. Cuando ya era momento de traducirlo le dije: “Ahora no vas a poder decirme que no”. Estoy muy contenta con lo que él ha hecho, ese esfuerzo de buscar adecuarse al ritmo de la historia y de la forma más justa posible, y eso es de agradecer.

Ahora que lo mencionas, pienso en lo que se ha dicho sobre la traducción, que se escribe un nuevo libro, ¿hasta dónde te involucraste para la traducción?

Sí estuve muy involucrada. Por una parte estaba consciente de que yo no quería hacer la traducción, y no es tan el hecho de traducir como de reescribir o como reinterpretar, porque las cosas no son las mismas. En mi caso, hablo en catalán y castellano; con mi hermana, madre, pareja e hijas en catalán y con mi padre en castellano. Mi padre y yo nunca vamos a hablar en catalán porque sería algo rarísimo. En teoría debería tener la destreza para poder escribir en un castellano digno, no es que no sepa castellano, pero aún así, me doy cuenta de que si tuviera que escribir el mismo texto en castellano la perspectiva, el enfoque, todo sería distinto y eso me dio miedo en la novela, porque pensé, como diría una escritora argentina y que no recuerdo el nombre: “Para qué voy a traducirme si tengo otro libro por escribir”. No, no iba a dedicar el tiempo a reinterpretarme cuando alguien puede hacerlo con distancia y perspectiva.

Entonces trabajé con Pablo Martín Sánchez, él me mandaba la traducción, casi íbamos por tercios; el primero me lo mandó cuando todavía estaba trabajando en la novela, yo miraba los avances y le escribía, le contestaba, llegamos a situaciones bastante divertidas, una vez le dije: “Mira, esta palabra no puedes cambiarla porque mi abuela decía esto”. Y él me contestó, y además tenía razón porque yo no tenía en ese momento el original en la mente, yo estaba en la oficina trabajando y no tenía mi libro adelante y estaba utilizando mi hora de descanso para contestarle, aquella media horita que tenía para descansar la ocupaba para contestar el mail de Pablo y la palabra que él proponía era más ajustada que la que yo proponía, me dijo: “Mi abuela utilizaba esta otra y te aguantas”. —Digresión: las risas fueron inevitables cuando Marta contó esta y otras anécdotas durante la entrevista—.

Al final legamos a un nivel de poder decirnos a la cara: “Mira, no me toques más las narices, Marta, la traducción es mía, está bien que participes y va ser un trabajo de ida y vuelta tantas veces como quieras, pero al final es mi traducción”, —dice Marta imitando alguna voz y ríe de nuevo, hace una pausa, continúa—. Me parece muy justo porque es su trabajo, y estoy muy a favor de que el nombre del traductor aparezca en la primera página como coautor, de cierta forma, de la novela.

Regresando un poco a la trama de tu novela, ¿qué tanto puede afectar a la relación, el hecho de que socialmente te obliguen a contraer matrimonio para poder adoptar? Ya que después de 7 años juntos, Júlia y Marcel, deben casarse para ser candidatos a la adopción.

Ese fue un ejemplo más para mostrar cómo una familia, las ansias de ellos de ser padres, lo llevan a eso. Socialmente no te obligan a comprometer los ideales, pero hay gente que termina cansándose para adoptar o por alguna otra razón, la que sea. Júlia y Marcel tienen mil dilemas, como la del gato… vaya no recuerdo si escribí esa parte, pero bueno, ellos dicen: “El gato lo dejamos con los vecinos porque no sabemos si la persona que nos evalúa le gustan los gatos”. O al contrario. La gran diferencia que hay entre la maternidad biológica y la adoptiva, es que en el primer caso no te piden ningún tipo de referencia, y en el segundo te los piden todos. Para ser padre bilógico no importa si te das a las drogas, que seas delincuente y demás.     

Con el paso del tiempo pareciera que Naïma sigue los patrones que su madre, ya que con Eric no la pasa muy bien, parece una relación también destinada al fracaso.

Lo que le pasa a Naima es que tiene mucho miedo, considera un deber moral adoptar, porque si a ella no la hubieran adoptado su vida sería distinta. Aunque sus padres se divorciaron, ella sabe que tuvo mucha suerte de haber parado en esa familia. Tiene miedo de adoptar conjuntamente con Eric porque se da cuenta que le puede pasar lo mismo que con su madre, quien está en una relación aparentemente idílica pero que se rompió; la de Naïma no tiene nada de idílica desde el punto de partida, ve que Eric es una persona que entra y sale de su vida y de quien no puede fiarse: “Tengo este deber moral de adoptar, pero debo encargarme yo sola”, dice, y es que tiene un miedo incluso más grande, miedo de descubrir que en caso de quedar embarazada y de tener una criatura —Marta interrumpe su idea y dice: “Criatura es muy catalán y creo que en castellano no suena muy bien”. “No para nada, igual aquí ocupamos esa palabra”, respondo—, el hecho de tener una criatura propia, que sea sangre de su sangre, le da un terror tremendo porque no quiere pensar qué puede pasar con esa atadura. Piensa que al ser sangre de su sangre no la querría de la misma manera, en comparación con una niña adoptada. Teme querer mucho a una hija biológica, sentir más amor que por una hija adoptada, porque en ese caso, significaría que ella, por el simple hecho de ser adoptada, ha sido menos querida por sus padres, es una tortura con la que no quiere lidiar.

 

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Fotografía cortesía de la escritora.

 

¿Qué opinas del panorama actual de la literatura en Barcelona?

Lo que estoy leyendo ahora es Permagel, y que ahora mismo ha salido en castellano (Permafrost, Penguin Random House, 2018), que es de Eva Baltasar. Pero la literatura en Barcelona es nutrida, leo a Pablo Martín Sánchez, cuya novela ha salido hace un par de años. Ahora tengo muchas ganas de leer el Dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández. Hay muchas novelas que tengo ganas de leer. Ahora me pillas, en este momento posoperatorio, leyendo Ordesa, de Manuel Vilas, y pienso: “Qué bien que estoy haciendo cama”, porque en los últimos meses me la he pasado escribiendo, ya que estoy terminando mi segunda novela; ahora me siento mal, porque pienso: “Debería estar escribiendo en lugar de estar leyendo”, que hasta cierto punto también está mal porque sabes que un escritor se forja leyendo. Continúan el tema, otra de los libros que he leído últimamente y que me encantó es Cara de pan, de Sara.

Tengo muchas ganas de leer, por cierto, al autor mexicano Jaime Hernán Martínez, tengo que hablar con él porque ahora en enero iba a mandarme su libro —días después de la entrevista, Marta me envió la foto mostrando que le llegó el libro de Jaime He, Melancolía De Los Pupitres (FETA, 2018)—, que al parecer obtuvo un reconocimiento nacional, no sé demasiado, es un compañero de master que he admirado. Ahora que lo mencionas, a nosotros también se nos dificulta que nos llegue material de este lado del charco, pero por vía de la amistad se pueden lograr ciertas cosas, de lo contrario quizás hubiera sido difícil de conseguir ese libro en España, estoy muy emocionada de que llegue a Barcelona porque tengo muchas ganas de leerlo, aunque lo leí cuando todavía estaba en marcha y seguro tiene algún cuento más.

¿Cuál es el género que más te apasiona leer?

Te mencioné que le tengo respeto, pero los cuentos me gustan mucho, los cuentos de Borges y Cortázar son las obras que me han atrapado desde el primer instante, desde que los empecé a leer desde más joven; igual a Bolaño con sus cuentos y novelas. Ahora me doy cuenta de que el cuento es algo que me ha atrapado muchísimo, pienso en Cheever, Carver, Alice Munro. La novela es un género que también me encanta, creo que en mi caso, lo del cuento, tiene que ver con un tipo de lectura, de ir arriba para abajo y llevar en la bolsa algo que pueda ser leído para rellenar agujeros en el tiempo, por decirlo así, que son agujeros muy placenteramente rellenados, esa manera de decir: “Cómo coloco la literatura en el día a día”, y creo que el cuento siempre ha sido un formado que ha permitido eso, compaginar cuando un estás estudiando, cuando viajas en el transporte público, el empezar una pieza y terminarla ese mismo día o al día siguiente te da una satisfacción distinta a la novela.

¿Cuál fue la obra que te hizo lectora?

Yo he leído desde pequeña, y creo que la novela que me hizo lectora es La historia interminable, de Ende, esa novela la leí cuando tenía nueve años máximo, y recuerdo que me la trajo mi tía porque su marido era muy lector y la tenía en su biblioteca. Después, cuando mis hijas crecieron, yo las veía leyendo La historia interminable.

Cuando fui mayor, mi madre me vio leyendo El nombre de la rosa, me levantaba temprano cuando mi padre se iba a trabajar y mi madre se metía al baño y me metía a la cama de ellos y, precisamente un poco como pasa el libro, donde el libro prohibido te lleva a la muerte, aunque no me llevó a la muerte, esa obra estaba prohibida en casa, mi madre me dijo: “Ese libro no es para ti”, y con el simple hecho de que el libro estaba prohibido más expectativa me generaba. No sé por qué mi madre decía que estaba prohibido, yo no lo consideraba así.

Siendo pequeña, tu sabrás lo que significa esto como lector, el leer las etiquetas de los shampoo, de la leche, la etiqueta del cereal, los prospectos de los medicamentos… porque lees lo que haya, cualquier panfleto, cualquier cosa que no sirve para nada, pero yo me la leía. Creo que eso es estar enfermo de la lectura.

¿Y escritora?

En el momento que tú ves que lo que lees te hubiera gustado escribirlo, es el momento en el que das el paso más allá, es el: “Tengo que escribirlo”, claro, ponerte a escribir cuando todo ya está dicho y muy bien dicho por otras personas… mira, ahora tengo delante de mí a Moby Dick, que es una de mis novelas preferidas, lo contiene todo: “Pero si Melville te lo ha contado para qué te vas a poner a escribir, Marta”, me dije; al final lo haces por ti mismo, lo haces porque es algo que te supera, no porque pretendas hacer algo perdurable porque sabes que lo han hecho los demás y son mejor que tú, pero esa pulsión de la escritura, temo, que no se cura fácilmente.

¿Es distinto el proceso de escritura en tu segunda novela?

Esta novela la dejé pasar, aunque no me hubiera gustado; tengo una amiga cuentista, que me dijo: “Marta, hasta que no salga El cielo según Google publicada, vas a dejar de decir que no puedes”, y es que no podía escribir, era una idea que incluso tenía desde antes de mi primera novela, y que descarté porque es demasiado ambiciosa, me iba a llevar demasiado tiempo como para entregarla en un año para el master. La idea fue madurando pero cuando quería escribir, no podía. Escribía pero tampoco con mucho ahínco, y lo que tuve fue suerte porque me dieron una beca para pasar un mes en Estados Unidos, es una residencia de escritura que se llama OMI, estuve un mes allí. Era un lugar maravilloso, en medio de la naturaleza y con una habitación para escribir, muy a lo Virginia Woolf.  Allí me levanta a las seis pero me ponía a escribir de las siete y pico  de la mañana hasta las siete de la tarde, paraba al medio día un rato y por la tarde nos reuníamos las diez personas de la residencia, éramos escritores-traductores y una editora; en lo que debería ser una cena literaria, al final se convertía en otras cosas, en lugar de hablar sobre: “Me he atorado aquí”, “la obra va por acá, pero no”, al final hablábamos de cosas como política, y estaba bien por una parte porque al final era una descompresión que permitía, al día siguiente, poder trabajar. Estuve un mes entero desconectada del mundo para escribir, y fue allí donde avancé con la segunda novela, tuve un empujón fuerte, donde empezó a germinar todo. Así que la próxima vez que no pueda escribir la decisión será marcharme un mes a algún sitio donde no conozca a nadie para dedicarme escribir, escribir, escribir…

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