Poemas de Arturo Loera

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Las llaves de Juan Pablo

 

No recuerdo la visita de Juan Pablo

pero la voz de mi madre me cuenta

que un diez de mayo, al principio

de la última década del siglo –por caridad-,

el Papa recorrió las calles

por las que ahora camino algo borracho,

por las que ayer asesinaron a dos hombres,

por los mismos baches que ahora

mi madre esquiva como Fittipaldi.

 

Y por si eso no bastara,

si no hubiera sido suficiente la estela

que el Papa dejó en la mierda de estas calles,

decidieron hacer una estatua

a un lado del estadio de baseball.

 

2007 fue el año y el día de las madres

otra vez

enmarcaba la fecha de la nueva fiesta.

 

Se convocó a la gente

para que donará sus llaves

inservibles

y ser parte, en llave y alma,

del absurdo monumento.

Mi madre, trabajadora de bienes

raíces,

contenta con la noticia,

donó un par de cajas con llaves

de casas que ahora no existen.

Feliz, sintiendo importante

su contribución, creyó

por un momento que era

la más grande donadora

de la ciudad. Ay, mamá

cómo decirte que la fe

es un negocio lucrativo y que tus llaves

son tan sólo la puntita del zapato

de ese Papa tan risueño y tan coqueto.

 

Y ahí permanece desde entonces

la estatua tan inútil como todas

a un lado del estadio de baseball.

Sin querer han convertido a nuestro equipo

en una muestra de la fe.

 

En el estadio los arcángeles orinan

como si quisieran deshacerse de la embriaguez,

como si quisieran olvidarse de la luz

a la que han sido destinados.

 

Ebrios, observan en la baja de la octava

un sacrificio y un doble play.

 

 

Sobre la impuntualidad

 

Salí una tarde de la casa

y recuerdo que era tarde

porque tarde es la palabra

que me ha acompañado

desde que mis ojos se atrevieron

a mirar el mundo:

 

tarde ha nacido este niño;

tarde el cielo que lo cubre

y tarde entenderá que el amor

no se esconde entre las piedras

de los templos ni de las plazas

ni en los riñones santos que acompaña

la vida de los abuelos.

 

Salí una tarde para no romper

todos los cristales de la casa,

pero tarde era el reflejo en la mirada

de los gatos desconcertados; tarde

la cera de las veladoras

desconectadas del mundo

y tarde era la sombra

de los clavos impacientes

en los que he colgado mi propia sombra.

 

Tarde es la palabra exacta del fracaso

y tarde es la memoria que puede salvarnos.

 

Fallé en todo, dijo alguien en alguna otra parte.

Salí de la casa para pagar mis errores.

Espero llegar tarde al funeral.

 

 

Herencia

 

De mi madre –único bastión-

no heredaré las grandes sumas,

ni un oficio concreto,

ni una casa eterna.

 

Heredaré, sin embargo, dos cosas:

la terca costumbre de vivir al día, quiero decir

el no saber ahorrar un centavo y nadar

en el río de la renta para siempre.

 

Además

he de heredar una nueva tristeza, una tumba nueva, 

tranquila, para mis ganas de llorar

y unas flores que también viven al día.

 

No te mueras, madre.

No me importa la herencia.

 

 

Roma

 

Aquí estoy por ahora,

en este cuarto de dos por uno ochenta,

donde la cama es casi todo el piso

y camino descalzo sobre las sábanas

para tomar de las repisas algo de ropa,

los cigarros, el dinero que me queda a fin de mes

y acomodo, muy despacio, algunos libros.

 

Estas paredes tan cercanas

me recuerdan dónde he estado,

espacios mayores nunca míos:

la casa de la abuela,

la casa de mi madre,

la casa de dios en el desierto,

la casa de los amigos y de Santa María,

y ahora aquí estoy, en la baja Roma,

dos por uno ochenta es mi imperio.

 

Y es aquí que imagino

mi próxima mudanza

a un recinto diminuto,

pues si algo nos ha enseñado la vida

es que sólo nos vamos reduciendo,

hasta habitar de espaldas una casa

ubicada en una calle muy tranquila,

donde los vecinos nunca tocan a la puerta

y es mejor así.

 

Pero aquí estoy por ahora,

pensando de manera torpe en la muerte.

 

Yo no me quiero morir.

 

 

Tortuga sobre tortuga

 

El mundo es una plataforma

sustentada por el caparazón

de una tortuga gigante sustentada

por el caparazón de una tortuga gigante

sustentada… le dijo una señora a Bertrand Russell.

 

Y tal vez eso sea la ciencia:

una cadena infinita de tortugas

que son eliminadas

átomo            por                  átomo

para que sólo quede el mundo,

flotando de nuevo en          alguna           certeza

y para seguir cuestionando esa certeza,

porque sabemos que otra persona vendrá

a decir que no eran tortugas después de todo,

sino elefantes los que cargan el planeta

y empezará de nuevo nuestra historia.

 

f1

Arturo Loera (Chihuahua, 1987) es autor de los libros El poema vacío (ICM/Conaculta, 2013), Cámara de Gesell (Premio de poesía Editorial Praxis, 2013), La retórica del llanto (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2014), Ídolos (Editorial Montea, 2017) y Nada notable (Cuadrivio, 2018). Premio Binacional de Poesía Pellicer – Frost 2017, por el conjunto de poemas titulado Un montón de piedras (Mantis Editores, 2017).

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