Manos fatales, de Dafne Fernández Narváez

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Te encuentras de pie leyendo este texto de letra pequeña que, por pura casualidad, te atrajo porque se encontraba doblado a la mitad sobre el escritorio de tu hija. Tú, quien tan sólo querías dejar su ropa limpia, te has encontrado con este papel. Entonces te percatas de que es verdad; te encuentras entre la incertidumbre y la curiosidad porque lo que lees te lo hace saber. Levemente temes seguir con esta lectura. Sin embargo, continúas; piensas “¿Yo? ¿Esto es para mí?”. Pasas tus pupilas por estas líneas puestas sobre el papel de una manera impresionante; tu curiosidad te impulsa a hacerlo así, a entender cada palabra en menos de un segundo. Luego te impacientas por saber quién lo escribió, qué es lo que contiene realmente y por qué se encontraba en la propiedad de tu hija. Una intuición te dice que tu hija te está tirando una mala broma porque sabía que entrarías a su habitación para revisar sus cosas. No obstante, otra idea se te viene a la mente con una vocecilla molesta. Ésta te dice que la hoja mantiene una verdad sobre tu hija, como un secreto, quizás algo malo. “¿Qué podría haber hecho ella que no quisiera decirme?”, piensas. En ese momento se te vienen a la mente tres cosas que podría ocultar una adolescente: consumir drogas, tener relaciones sexuales o reprobar sus materias.

Volteas la hoja buscando una respuesta, pero notas que al reverso está la página en blanco. Miras con extrañeza; continúas la lectura. Los pies se te han dormido un poco, así que prefieres tomar asiento sobre la cama de tu hija; mientras, piensas en la posible relación entre estas letras, pues pueden decir algo como: sexo, marihuana, alcohol, tabaco, cinco, yo. Haces una pausa para releer.

Encuentras leves relaciones entre los renglones, pero tu interpretación parece demasiado forzada dado que la distancia entre las letras es amplia e irregular. Al ver que no contiene algo de tu interés, decides dejar esta hoja en donde estaba porque te hace perder el tiempo.

Pero la retomas, pues te has dado cuenta que lo hiciste porque lo leíste. De nuevo, sospechas que la hoja tiene otra intención contigo. Ahora ya no tienes dos voces en tu cabeza, sino una, que es la que continúa esta lectura. Te sientes emocionada por saber qué más puede predecir; dejas que las palabras actúen sobre ti. Comienzas a inquietarte, pero esa sensación no puedes hacerla consciente. Aproximas tu rostro hacia la hoja aguardando lo inesperado, te emociona saber lo que puedes hacer en un pequeño futuro. Y en unos instantes, ¡Justo en un instante! Escucharás la voz de tu hija diciendo su clásico: “Ya llegué”. Un terror correrá por tu cuerpo, el cual te indicará que lo que haces está mal, por lo que deberías soltar esta hoja. Sin embargo, tu mano será incapaz de soltar el papel, es más, ni siquiera podrás moverla. Te asustarás, te sentirás temerosa porque una parte de tu cuerpo no responderá a tu voluntad… o lo que quedará de tu voluntad.

Ya no puedes sentirte tú, pues una fuerza ha tomado el control. Tus piernas se mueven mecánicamente para salir de ese cuarto y dirigirte a la cómoda de tu marido en busca de su revólver con el que hace justicia por su propia mano. Con la mano que tenías libre, tomas el arma y con la otra continúas la lectura, ¡siempre continúas la lectura! Vas hacia las escaleras para encontrarte con tu hija. Le apuntas con el revólver y en ese momento pronuncias: “Qué es lo que quieres”. Ella te preguntará con temor que por qué le apuntas mientras lees la hoja de su habitación, pero observas que su temor se debe a que ella, al haber escrito con sumo talento estas palabras y haberlas dejado a tu cuidado, sabe que retaba tu propio destino. Tú entiendes que todo eso ella te lo está ocultando. Repites la frase: “¿Por qué lo hiciste, por qué lo hiciste, por qué lo hiciste?”. Ella te ordena que la dejes subir y que ya no vuelvas a tomar sus cosas. Rápidamente se te acerca para quitarte su hoja, pero tú no lo permites, porque ya no son sus palabras sino las tuyas; intenta darte una bofetada, pero la esquivas ágil; trata de jalarte la blusa, pero lo que consigue es que la arrojes al suelo. Las palabras pueden construirte o destruirte, lástima que ya no depende de ti decidir entre alguna de estas opciones. De nuevo le preguntas: “¿Por qué lo hiciste, por qué lo hiciste, por qué lo hiciste?”. Ella se disculpa, te implora que le des la hoja, que está harta de ti, pero que cambiará. Para ti no dice más que mil balbuceos. Deberías dispararle al no responderte lo que le preguntas, pero no lo harás. Ahora tu hija cambia sus disculpas por asombro, pues es su voluntad la que te ordena sobre esta hoja y tú has caído en su simpática broma. Colocas el cañón sobre tu sien, la cual se empapa de adrenalina y temor, y ya que no puedes dejar de leer estas palabras… ¡Disparas!

Foto

Dafne Fernández Narváez (1997). Estudia Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Ha publicado en las revistas Metáforas al aire y Áspera. Actualmente se dedica a escribir cuentos y poemas para llevar a la práctica lo que ha aprendido y sigue aprendiendo.

Fotografía de Nakteve Photography @Flickr

 

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