Elegía a mí mismo o el canto del hijo del sepulturero, de Alberto Alejandro Alonso Guerrero.

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a Paul, Óscar y Diego, sin importar el orden

Yo no me celebro ni me canto a mí mismo, pues silénciame la tierra que me cubre; misma tierra que masco y negra sabe; oscuridad más certera la del puño que se abre, y de esas rosadas manos, como en las venas la sangre, viaja la tierra, mi tierra, para que yo me calle. Ahógame el gusano carroñero. Ahógame el lodo de mis lágrimas. Ahógame la conciencia de estar muerto. Quiero levantar mis cadavéricas palmas, las cuencas de mis descompuestos ojos, las pocas entrañas que aún me pesan; quiero alzarlo todo. Y que mi voz, que es el llanto de los que aquí estamos, violente cual trueno, el tímpano de los no muertos, esta exigencia macabra. Pero del hálito poco que queda de este que habla, osamenta, mis esquirlosas preguntas os muestra, ¿quién el tiempo nos quitó? ¿Quién olvidándonos está? Pues si fuiste tú, mi Dios, ¿a qué hora nos abres tu paso? Dinos dónde está el camino que no lo vamos andando.

Y otra vez, madera, que dejas que el sol no entre, sino la piedra  sino el llanto sino el grito; puesto que es lamento de muerte que nace en el pecho de madre el que se recuesta conmigo.

—Si yo pudiese —madre mira mi caja; padre lanza la tierra.

—Hijo, si yo pudiese —madre mira mi caja; padre lanza la tierra.

—Hijo, hijo de mi alma —madre se rasga los ojos, empuña la tierra, se ahoga en sus mocos.

—¡Qué se ha muerto! —sus manos tan vivas que guardan los muertos, recogen a madre, la paran del suelo y regresa al segundo a cubrirme con miedo. La tristeza no impide a aquel hombre ajado, con marca en el rostro de un puñal enemigo, seguir su tarea, continuar su martirio.

—Hijo, vuélvete tantito. Necesito tu espalda en el peral de la casa; quiero que tus manos abran la puerta; traite tu ojos, no olvides tus labios, respírate un poco… Respira respira, no aguanto —padre lanza la tierra.

Y su llanto me atraviesa el recuerdo de cómo las manos de padre medían los cuerpos. Pero conmigo no. Y ya después de medidos los arrojaban a las cajas. Pero conmigo no. Y ya luego de arrojados nomás tierra y no lágrimas. Pero conmigo no. Esas manos se sabían de memoria que no alcanzaba la pera más cercana. Y también se acordaron que yo no podía dormir bocarriba o bocabajo, sino de lado, y así me pusieron: agarraron mis piernas -madre cerrábame los ojos, acaricíabame el pelo- una a una fueron doblándolas y para que no se desenrollaran, enredaron mis brazos en ellas. Ya hecho un ovillo a la caja me llevaron, pero con los movimientos más lentos de su andar maltratado, porque la pierna derecha cojea su paso, arrastra dolorido un mal de hace años.

Como para no despertarme, poco a poco mi cuerpo esas manos me tendieron. Y así me quedé. Y así me quedo. Madre llenábame de besos, tantos besos, tantos.

—En verdad que no aguanto. Regrésate. Regrésate a nosotros — en tan pocos ojos  tantas lágrimas.

El sol ya no quema. El lugar ya no hiede. Es la tierra profunda. Es la tierra que expele. Un aroma que no es cieno, pues es fragancia de mil muertes.

El canto del ave se oye a lo lejos y la voz de una niña que ríe y no llora, todo se junta en un beso, beso que trae entre labios, madre, de tierra que me aprisiona.  Y rememoro los sonidos, pues aquí se hacen más fuertes, como el famoso “tan, tan” del martillo que a mi caja diole el cierre. Pues con sus manos, padre, con sus muescas y con sus todos, recalaba los calvos malditos, que tronchaban así seguiditos, uno a uno y no en montón, la madera que en silencio guarda a un hijo que quizá por decisión, Dios que todo lo sabe, les quitó. Pero Dios ignorándoles estuvo, ya que cuando padre alzaba martillo, madre miraba al cielo, implorando que su hijo del entierro, tocara la caja fuerte; pero el famoso “tan, tan”, de aquel martillo inquisidor, acalló todas la voces, incluso la de aquel Dios.  

—No le pegues tan fuerte a la caja.

—Pásame el otro.

—Antes que la cierres completa quiero verle su carita.

—Pásame el otro —padre no se negaba a que ella pudiera verme sino los clavos.

—Haz caso a lo que te ruego, por favor —el dolor de mi madre es demasiado que no cabe en esta tierra.

—Pásame el otro, mujer, te lo digo por el amor de Dios —padre con los ojos escandalosamente abierto e inyectándoselos de sangre y lágrimas; extendiendo su temblorosa, bestial y adversa mano replicó cual si no hubiese dicho nada, pero con la voz bañando en murmuro el suelo. —Pásame otro clavo.

A mí me apareció la tierra como a ellos la noche. Nada se veía salvo la cruz que marca mi presente. Padre se aleja jalando su pata e ignora a madre con su tristeza, pues él tiene demasiado con la suya. No voltea a verla, ¿para qué? Pues aunque se ponga como ella, hincada, su hijo, su único hijo no va a volver. El dolor no duele, arde o pesa. Madre, de hinojos, mira la cruz e implora; ya que grita de desesperación; ya que le carcome un dolor; y, otra vez, sus ojos levanta para ver si está su Dios.

—Por favor, Dios, que sea yo y no él.

Me abrasa el cuerpo de tanto odio; pues tu boca no sabe lo que dice. Trágate esas palabras y enmudece para siempre. Pártete los labios a pedradas. Come la tierra que estercolo ya que de tu voz se produce también mierda. No te sabes muerta. No. No te imaginas sin vida. Y otra vez los que habitamos aquí, si es que esto es habitar, te pedimos que te largues y nos dejes a los que conocemos del dolor. Ándate y llora en otra parte tus lágrimas que son vida, tus gritos que son vida, toda tú que lo eres. Porque tú no sabes qué se siente el silencio, cómo se escucha la oscuridad eterna. Tú no sabes nada, pero lo sabrás cuando mueras y has de morir un día, pues así está destinado. Cállate. Cállate de verás. Guárdate todo tu aliento para cuando bajes con nosotros, en canto acorde entones, nuestra canción de desprecio. Y aquí en el silencio murmures y te digas yo no me celebro ni me canto a mí mismo.

 

 

Alberto Alejandro Alonso Guerrero. Estudiante de octavo semestre de la carrera de Lengua y Literatura de Hispanoamérica (UABC). Tiene 26 años. Trabajó un año y media en Little Caesars y seis meses en Farmacias Similares. 

 

Foto de Cristina Jiménez Ledesma @Flickr

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