Los gatos salvajes

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Muy altos y muy poderosos,

excelentísimos príncipes

Hernán Cortés, Cartas de Relación

Ora luego no traigo tiempo, naditita de tiempo. Tenía, pero ya no lo encuentro, no sé dónde se metió, lo único que sé es que no me alcanzan las horas para pensar lo que traigo en la cabeza. Intento buscarlo antes del alba, al tiempo, no lo encuentro por ningún lado, pasa rapidito, en segundos, muy rápido o en cámara lenta, muy lenta, como el amor, pero no hay tiempo: de pronto estoy caminando en la calle, sin camisa, de pronto estoy con la banda, puro gato salvaje, no encuentro al tiempo, aunque tampoco lo busco mucho. Hasta aquí me trajo una sombra, un dolor, una angustia: una voz me decía: sube, en el techo están tus hermanos, será que desde pequeño te enseñan que en las alturas se miran mejor las estrellas, la noche ancha y quieta. Hasta las alturas me trajo un perro, no sé cómo subió el bendito animal, o la tristeza del amor, quizá: las estrellas curan el mal de amor dicen los poetas, las canciones que salen de la radio. ¿No escucha? Arriba el corazón late menos solito, aquí, junto a tantos desgraciados, frente a las estrellas.

Suba usted, un ratito nomás, no le digo que se ponga, no digo que se aplique, que al final de cuentas la dicha será la propia voluntad de cada quien, llega sola, como la necesidad, digo que nomás está la banda por cualquier cosa, por lo que pase, lo que se pueda ofrecer. En el techo de la central de abasto abre sus puertas la casa de los Gatos Salvajes.

Si le digo, el vicio es cabrón. Póngase. Aquí arriba tienen cabida los que sufren de aburrimiento, penas, los tristes: desde las alturas se mira la ciudad cordial, bien camarada: si hasta parece que allá abajo alguien te espera, alguien que te quiere, que te ofrece una tacita de té limón, zacate limón. ¿Lo ha usted probado? No digo la negra, digo del zacate limón. Un tecito en la madrugada, cuando el cuerpo más lo necesita. Un sorbito así, que llegue gasta el fondo del alma, tibiecito, que componga lo roto, lo quebrado, que junte los pedacitos y los pegue, un trago que llegue hasta adentro, reparador.

___ Ora pinche Poeta, muévete.

Cuando lo miré asomarse pensé que era el Charly, el atolero que sube y nos llama para dejarnos algo de producto. Sube y chifla, sube y no sube ni chifla, uno tiene que bajar para conseguir lo suyo. Así es el Charly, enigmático y pendejo, a las puras vueltas cuando a uno más le urge la madre que trae clavada en el triciclo. Puras chingaderas. Si le digo que el perro vicio corre adentro, con sus ojitos de araña patas largas, desconfiada, que asoman y escupen fuego, como como ojos de plata que te miran desde lo oscuro. Así nomás, quietecito, te agarra en la pura madrugada, el pinche vicio, la hora cabrona; y digo que quien lo sufre sueña al Charly y a su triciclo amarillo, con ollas de atole, pura mierda. Si le digo, no le digo, para qué le cuento.

La otra noche estaba Luisito Chilango y Margarita, traían una amiga, venían puestos, pinches come solos. Así estaba la banda de los Muertos de Miedo, puro pelado, cuando subió Charly con su atole tibiecito así, y a ponerle, si, o algo así. Nadie sabe, hasta aquí no sube la gente. Puro aplicado llega a la azotea de los desesperados, verdadera antesala de la muerte.

Neeee, puro coto.

De aquí derechito, así como se mira allá lejos, al panteón, imagino que así lo mandarán a uno a buscar petróleo, derechito hasta cavar hondo, para que nunca regrese.

___Poeta.

De eso no hay que hablar, para qué llamar a la mala suerte, la desgracia. 

Si le digo, no le digo. Miedo, espanto, tengo miedo, pero no traigo naditita de tiempo. Suben las estrellas allá, por el rumbo de Monte Albán. Marte rojo, encendido, la pura guerra. ¿Ya sabe que la luna roja anuncia el calor? Luna roja, así decía abuela. No sé nada, a la hora en que miro el cielo las estrellas ya están allá, por el cerro de Monte Albán, no sé nada.

No hay tiempo, nadita de tiempo, ya está por llegar el Charly con su triciclo del atole. ¿Serán las tres? Entran las estrellas, ¿en el cielo entran o salen las estrellas? A mí se me figura que ya estaban colgadas allá, como ahorcados cuando entra la noche. Al cielo no entra ni sale nadie, se lo digo yo que ya pasé tantas noches en vela. No sé nada, pareciera que las estrellas de tan cerquitas tocan el rostro de quien las mira, las estrellas. Las estrellas pues. Parece nada, no hay tiempo, nadita de tiempo. Desde el techo de la de abasto se miran las calles claritas, las casas.

Las luces crecen, allá abajo, se levantan como las olas y avanzan, amenazantes.

Se antoja un atolito, ¿por qué no llega el Charly?

Desde el techo de la central se mira el puente Valerio, las luces encendidas junto al río como si fuera un puente de Praga, ¿usted conoce Praga?, así, la luz amarilla empuja la niebla que sale a esa hora desde el fondo del río, como una voz o un alma de la tierra o una fotografía de mi abuela. Allá se van los que sienten el final, puros huesos, bajo el puente Valerio se juntan con la niebla como si pasaran la frontera de otro país, se acuestan en el muro, abren los ojos y miran la niebla que avanza hasta atraparlos. Puro finado, costal de huesos apenas, muertos de hambre y dicha, miedo y frío.

¿Son las cuatro? Apenas van a ser las tres.

Mire para San Felipe, allá se ponen las nubes, el agua, mi chica adoraba la lluvia, la ponía bien contenta, ¿para qué hablo de eso? Puras desgracias.

Así se abre el firmamento, rumbo a Monte Albán nuestros muertos; para san Felipe la lluvia, el aguacero.

No hay naditita de nada, ¿no trae usted algo? Agarre usted un limón, no lo suelte, pasará el miedo. El limón en la mano cambia el aire, el olor. ¿Ya vio los limones que están acá arriba? Quién sabe cómo o por qué llegaron los limones, alguien los trajo, hay mucho desesperado. Los que atraviesan el desierto dicen que una piedrita en la lengua se espanta la sed, el miedo. Un limón será bueno para espantar la angustia en la madrugada, apriete usted el limón, con el zumo que suelta, ese aceitito oloroso, úntelo en su cara, es bueno para combatir las patas de gallo, las arrugas, será usted siempre joven. Ande, haga la prueba, haga lo que le digo: yo le digo lo que digo no por delirio sino porque ya lo hice.

Agarre usted su limón, no será nunca viejo.

 Llegará pronto la luz del día, ¿trae mezcal?, dicen que con el mezcal se hinchan las patas. No lo sé, yo no me hice del lado del mezcal, yo tenía trabajo, ni fumaba, de un de repente cuando ella se fue de tanto imaginar su cara en el cuarto jalé para el picadero, para ya no verla, para no cargarla en la cabeza. Si a veces la dicha espanta.

El limón en la sien, juntito a los párpados combate las patas de gallo, y a las ideas que vuelven para atormentarte.

¿Qué hora serán?, no llega el Charly.

Ora que vino, qué bueno que vino, aquí está la banda de los gatitos que miran las estrellas, parecen gente buena.

¿Qué le digo? El techado se extiende como una playa que se mira desde el asiento del avión, ¿ya viajó usted en avión? Si puro gato triste con esta banda, gatito dañero que llora desde la ventana. No se asuste, nomás no se asuste, esta es la hermandad de los Sin Juicio, los sin ropa, sin hogar, sin familia. Gatos tristes pues. Puro lamento y dolor, recuerdos, ¿quién le habló de aquí? Sería el Charly que nomás anda pensando en el negocio, pinche Charly.

La playa del río poblada de huellas antiguas, ¿escucha el agua?, ora con la lluvia crece el agua, lava las piedras, se mira todo como una peli, a ella le gustaba fumar al salir del cine, fuma pues yo le decía, hasta le llevaba los cigarros, se miraba tan bonita con el tabaco encendido, sus cabellos, sus ojos grandes, como una estrella de cine.

Cuando escuche que le hablan no haga caso, será el viento que habla borracho, su voz sube desde allá abajo.

Si le digo, no le digo. ¿Qué hora serán? Si hasta me dan ganas de jalar para el Valerio, en el puente algún finadito traerá algo en la bolsa, un poquito, si no quiero mucho, nomás para controlar la picazón de los párpados.

Desde aquí arriba puede usted mirar Nueva York, nomás fíjese bien, no camine. Luisito Chilango se cayó un día, Luisito pendejo.

Un día Luisito subió con chavitas bien chavitas, si le digo, la pinche mierda no tiene edad, agarra parejo.

El aire frío será bueno para los nervios, súbase, acomódese, el aire frío pone los nervios de acero.

Al techo de la central no sube la policía.

Todos los puntos de la tierra quedan en el puño, nomás ponga atención. Una brazada, estire el brazo don, estamos como a medio mar, pura negrura dentro del mar, ¿le gusta el mar? Yo miré el mar de niño, chavito me llevó mi padre al mar, cuando lo escuché me dio miedo, el mar canta, no encuentra paz su corazón y canta, como animal perseguido.

¿Qué hora serán?

Desde aquí se mira San Juanito, ¿ya vio usted esas luces? Enfrente está primero el fraccionamiento de los electricistas, yo pasé por ahí, soy de la Colosio, atravesé la Fundición, puras casas bien bonitas, de San Juanito me dijeron de la central, hasta aquí llegué preguntando, no hay lugar sobre la tierra al que no se llegue con preguntas. Cargaba poquito baro, no mucho, nomás para entrar y ya lo de salir pues está al final, primero lo primero, ¿de qué se ocupará uno cuando llega a preguntar por la salida? Para salir no se pregunta.

La salida está bien cabrón.

¿Dónde está Charly?

Un traguito de té limón, zacate limón. A veces ella me quería, ora me acuerdo, puras pendejadas. Ella nunca me quiso, si a la chamba estaba por llegar, terminé en San Juanito. ¿Qué fui a buscar allá? Sabrá Dios, olvidarla o volverla a ver, el mal no se busca, nomás se carga como si ya lo tuvieras escrito en tu destino. Porque es el destino, ella era la tercera mujer que me dejaba, todo está escrito, de puro pendejo uno se hace preguntas y quiere saber. ¿Qué vas a saber? Nada, no hay nadita de tiempo para enterarse.

Mejor jalamos pal Valerio.

A veces pega el arrepentimiento, un poquito de té limón, para que pase rápido la noche, piche Charly que no llega.

Mejor aquí nos quedamos, aquí está bien, ¿para qué vamos hasta el Valerio?

En la noche hablo con las ratas, los murciélagos salen del río y avanzan hasta la fruta, las ardillas voladoras. Los animales enloquecen con el olor de la fruta. ¿Creerá usted? Yo he visto las ardillas voladoras allá sobre la copa de los árboles, por el rumbo de las bodegas donde se pone el tianguis los sábados, martes y sábados, allá por las frutas, los viernes. Le pongo nombre a las ardillas cuando las miro en la noche, tan bonitas como mujeres de ojos grandes, una se llama Tachita, como la abuela, otra Luisa, como mi madre y el cabrón barraco que se las coge se llama Toño, tiene nombre de tigre, Tigre Toño.

Las ardillas allá abajo, junto al basurero.

Las ratas en los muros, alcantarillas.

De los murciélagos no le cuento, buscan agua, nadan bajito ¿dónde encontrarán el agua por estos rumbos?

No llega el Charly, chingada madre no llega el Charly. ¿Y si jalamos al Valerio? ¿Usted me acompaña? No sé nada, sólo tengo comezón en los párpados, ¿cómo dijo que se llamaba? ¿de dónde viene? Si le digo, allá abajo las calles, con sus lucecitas tibias, como si fueran luciérnagas que uno quisiera agarrar con las manos, ¿usted me acompaña? Chance y topamos al Charly.

Pinches lucecitas, me traen pendejo.

Si a veces se habla de tanto miedo, hay tanto silencio. ¿Usted le tiene miedo al silencio?

El miedo se vuelve necesidad, entra bien aplicado, corre por la sangre lento y satisfecho, rueda como un osito de peluche, como la sonrisa de las bellas. A ella yo le regalaba ositos de peluche, cuando se fue sentí que todos los ositos se levantaban de la cama para ahorcarme. El miedo es cabrón.

La gente espera que el techo de la central de noche no traiga esta vida, nadie mira a nadie, somos los invisibles, si escuchan ruido los vigilantes o los compas de la ronda, los policías, piensan que son las ratas, los gatos, las lechuzas. Y sí, y no. Hay gente. Aplicados que se sientan a mirar las estrellas, el cielo es de todos, ¿no le parece? todos cargamos derecho de contemplar las estrellas en santa paz, hasta los finados.

Se escucha el agua, ¿de dónde sale el ruido del agua? ¿ya pasamos el Valerio?

Pinche comezón, de tanto miedo que cargaba ya se me quitó el miedo. ¿No traerá por ahí un veinte? Con un veinte la hacemos.

___ Poeta, ¡muévete Poeta!  

 

César Rito Salinas (Tehuantepec, Oaxaca, 1964) Es ganador del Primer Concurso del Festival Poesía en Voz Alta, Casa del Lago, UNAM, y participó en el Festival Internacional de Poesía. En 2016 publicó el libro Atzompa, (Editorial Pinos Salados, Mexicali, Baja California). Vive en Oaxaca.

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