¿De verdad importa quién es el nuevo rey?

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Hace unas semanas leí unos tuits del escritor cholulteca, Jaime Mesa, en donde se preguntaba si en Golden State había 2 o más jugadores igual de buenos o mejores que Lebron James. Los tuits aparecieron la misma noche que los Warriors ganaron su tercer título en cuatro años (hegemonía interrumpida, ¿saben por quién?, sí, por Lebron James y ese equipo que viene cargando desde antes de estar en la NBA). En el mismo hilo de Twitter, alguien mencionó que esa era la gran diferencia entre Lebron James y Michael Jordan: que el segundo hacía jugar a sus compañeros y que más bien James es como alguien que en el barrio se conoce como un (sic) lángana. O como se dice por aquí: un cremoso: alguien que resulta ser un lastre para el equipo porque lo quiere hacer todo –y muchas veces lo hace por el simple hecho de que puede o quiere o puede y quiere y nadie se pregunta porqué tiene que hacerlo: sobre todo viniendo de un hombre como Lebron James, que no tiene ya nada que probar: que ha demostrado, a sus 33 años la liga sigue siendo suya: esta temporada, la número quince para el chico de Akron, fue el primero en minutos jugados, promediando 27.5 puntos por partido, 8.6 rebotes y 9.1 asistencias. Y, además, de no ser por las oportunidades desperdiciadas de su equipo (aquí entre nos, habría que contar cuántos tiros abiertos tuvieron a pase de Lebron, cuántos de esos anotaron y cuántos no), James podría haber promediado fácilmente un triple-doble estas finales.

A James no se le perdona nada: en la rueda de prensa posterior al fatídico juego 4 que completó la barrida de Golden State, Lebron apareció usando un vendaje en la mano derecha, y dijo que había jugado con una lesión a partir del juego 2, ya que, frustrado, golpeó un pizarrón después de la derrota de Cleveland en el primero de la serie (hay que recordar lo que ocurrió esa noche: con menos de cinco segundos para acabar el partido, George Hill fue enviado a la línea de libres. Cavs abajo por uno: dos tiros para el base armador: encesta el primero: marcador empatado: el silencio en el Oracle Arena: será posible que estos Cavaliers se roben el juego uno: Hill se prepara, lanza el tiro libre: se estrella contra el aro y baja inmediatamente al suelo: 4.7 segundos y contando: Kevin Durant, quien a la larga resultaría Jugador Más Valioso de la serie, estaba tan seguro de que ese tiro entraría por lo que no hizo el cerco reboteador: J. R. Smith se encuentra con el balón y lo toma: frente al aro no hay nada ni nadie, más que el espacio que debe ser recorrido para anotar el doble y dejar a Golden State prácticamente en la lona: Smith toma el balón y corre hacia afuera de la pintura: el reloj está en el sprint final: Lebron, apenas sobre la línea de 3, le pide la pelota desesperadamente a Smith: Swish no se da cuenta de nada: suelta un pase desesperado a la esquina: Lebron no deja de gritar: alguien bloquea el intento de tiro de George Hill: el reloj se acaba: la cámara muestra a Lebron James gritándole a Smith, que, incrédulo dice I though we were up, aunque unos minutos después afirmó que conocía perfectamente el marcador): hace unos días se cumplieron 30 años del conocido como The flu game, en el que Michael Jordan jugó enfermo de gripe para ganarle a Utah en las finales de 1997, después de anotar 38 puntos, bajar 7 tablas y repartir 5 asistencias: de no haber ganado ese juego, esa serie, ¿recordaríamos de igual manera a Jordan?, ¿lo veríamos como un gigante por haber estado en la banca, convaleciente, o lo veríamos como alguien que se escudó detrás de la gripe para no haber ganado ese juego?, ¿o lo juzgaríamos como a James?: es algo que, afortunadamente nunca sabremos: a partir del juego 2, es decir, con la mano casi fracturada, James promedió 44 minutos por partido, además de 28.3 puntos, 8.6 rebotes, 10.6 asistencias, y un 50% de efectividad de campo. Eso sin contar lo que hizo en el primer partido, en el que jugó prácticamente todo el tiempo, además de que anotó 51 puntos para marcar un nuevo récord personal en playoffs (con lo que se convirtió en el primer jugador en anotar +50 puntos en las finales y perder el encuentro); igualmente se convirtió en uno de seis basquetbolistas en toda la historia en anotar al menos 50 unidades en las finales de la NBA. En ese partido, James registró 59.4% de tiros de campo, con 3 de 7 de triples y 10 de 11 desde la línea de los suspiros. A estos números hay que añadirle ocho rebotes y ocho asistencias (liderando a Cleveland en este último aspecto), así como un robo y un bloqueo. A pesar de sus pérdidas de balón, las cuales fueron cuantiosas, es innegable lo que James le da al equipo: un ejemplo de esto es que mientras Lebron estuvo conectado, el juego de Cleveland fue otro. El momento en el que se rompió todo quedó registrado en un video que se filtró días después de la derrota en ese juego 1: en él, aparece James rodeado de otros jugadores de Cleveland: están en la banca, a la espera del tiempo extra: Ty Lue, el coach, se acerca, y se puede leer en los labios de Lebron: ¿No teníamos tiempos fuera?, pregunta El rey en inglés, Lue, quien no escucha o no quiere escuchar, pide que se repita la pregunta: ¿No teníamos tiempos fuera? Un movimiento de cabeza destroza el corazón de James: Lue asiente, señalando que quedaba un tiempo fuera que nadie utilizó: Lebron se deja caer: está al borde de las lágrimas: se avienta la toalla encima y se talla los ojos: se cubre la cara pensando en quiénsabequé: era, quizá el momentum de la serie: ganar el primero en Oakland: robarse la localía: el juego uno tal vez hubiera cambiado todo, aunque eso, afortunadamente, tampoco lo vamos a saber.

Por cierto: de Michael Jordan hablamos como si durante quince años hubiera jugado solo finales, pero no es así: cuando no había un equipo que lo respaldara, Jumpman fue eliminado en primera ronda en tres ocasiones consecutivas, todas por barrida; aunque este año parecía ser, en una difícil serie contra Indiana, Lebron James nunca ha sido eliminado en primera ronda: en cambio, sí lleva siete finales de manera consecutiva, instancia en donde ha perdido por barrida dos veces: la primera, hace once años, cuando los Spurs de San Antonio derrotaron a Cleveland en las finales por 4 a 0. En aquella ocasión, Tim Duncan le dijo a Lebron que no se preocupara, que pronto dominaría la liga (algo que sí, aunque cueste entenderlo, sigue haciendo). La segunda ocasión, hace unos días, cuando Golden State le pasó la escoba en casa: es decir, ambas ocasiones han sido en las finales de la NBA. Se critica mucho a James por su aparatoso récord perdedor en estas instancias, pero hay que tomar en cuenta que eso ha ocurrido en Cleveland: cuando Lebron jugó en Miami, con un equipo que lo respaldaba, con Dwayne Wade y Chris Bosh, disputaron tres finales, de las cuáles ganaron dos: en cambio, con Cavs, (un equipo en el que, en un partido de la primera ronda de esta postemporada, los titulares que no eran James apenas encestaron ocho de veintidós tiros de campo), el récord es de cuatro a uno: no digo que Lebron James esté rodeado de una pandilla de jugadores incompetentes (salvo J. R. Smith, que lo mismo te anota veinte tiros de campo seguidos que regala el juego), sino que simplemente no lo han sabido respaldar: para prueba, están las finales de 2013, en las que James pasó más que desapercibido, y Wade, Bosh y compañía entraron al quite para darle el título al Heat. Otro dato más: cuando Jordan dejó a los Bulls en 1993-94, con Scottie Pippen ya en el equipo, Chicago obtuvo un récord de 55-27, además de que alcanzaron la segunda ronda de playoffs, en donde fueron eliminados por los Knicks de Nueva York. Cuando James dejó Cleveland en 2010, los Cavs apenas pudieron lograr 19 victorias por 63 reveses, encadenando una racha de 23 partidos sin conocer la victoria. Este récord fue el peor desde la temporada 2002-2003, año en el que obtuvieron el pick número uno del Draft, cuando ficharon a, ¿saben quién?: El Chico de Akron, Lebron James.

Otra más: por ahí dicen que Lebron James no hace jugar a su equipo, pero si pasa el balón, es juzgado: y si no pasa el balón, es juzgado también: antes de que Hill fuese enviado a la línea en el juego número uno, con esos menos de cinco segundos, James manejaba el balón fuera del área de tiros triples: Hill, en el ala, discretamente cortó hacia el aro: dejó atrás a Klay Thompson, de Golden State, quien no tuvo más remedio que jalar del brazo a Hill y cometer la falta que a la larga terminaría en la fatídica jugada de J. R. Smith. Ante esta jugada, algún periodista estadunidense, quizá Skip Bayles, quizá Chuck Taylor, quizá Colin Cowherd, escribió que “claro, eso era lo que queríamos: George Hill definiendo el juego uno”, lo que lleva a pensar lo siguiente: si Lebron pasa, está mal: si Lebron se queda con el balón, también está mal.

¿Por qué uso los números para hablar de James? Porque es lo que se puede comprobar: es lo tangible: dicen que no hay que tomarlos como si fueran oro: pero es eso: los números no mienten, y si no, le preguntamos a los seis títulos de Jordan y todos los récords que batió en su momento. Lo demás no es algo que se pueda probar: la actitud de jugar cada partido al máximo nivel, de devolverle la competividad al Juego de Estrellas (¿quién más sino él, James, que se tomó en serio un partido de exhibición, y gracias a él lo hicieron todos sus colegas?): Lebron James, el jugador que puso a Golden State al límite de sus capacidades: el mismo James que no tiene a nadie que lo respalde de manera constante: con esto, me refiero a lo que hacía Kyrie Irving en momentos críticos, como el cuarto período del juego siete de las finales de 2016, cuando derrotaron a Golden State: poner un hombro junto al de Lebron James, bajo esa gran cruz que es la ciudad de Cleveland y que está representada en los Cavaliers.

Comparar a James y Jordan es un ejercicio muy interesante, pero nada más. Sobre todo porque las dinámicas del juego han cambiado en sobremanera: pensemos en un jugador con la complexión de, digamos, Shaquille O’Neal y preguntémonos si tendría cabida en la liga ahora. O cómo ha cambiado el contragolpe, a placer de los Warriors: antes, los puntos en fastbreak terminaban con una volcada o con un alley-up: ahora, lo efectivo es el triple, tal como vimos hacer a Curry y compañía en más de una ocasión esta serie final. Los números de James podrían examinarse más detenidamente, juego por juego, ya sea de temporada regular o postemporada, y no nos encontraríamos con muchas sorpresas: siempre rindiendo al máximo, incluso con una mano lesionada, jugando con el corazón en la mano para el equipo que lo ha desperdiciado durante tanto tiempo: esta temporada, después de derrotar a Nueva Orleans, Lebron superó a Jordan en partidos anotando al menos diez puntos, encadenando 867. Espero que, en un futuro, cuando de la clase del Draft 2025, por decir algo, salga el próximo súper estrella, pueda disfrutar de su juego y no preocuparme sobre si será o no mejor que Michael Jordan… o que Lebron James. Por cierto, en Golden State sí hay al menos un jugador al nivel de James, y se llama Kevin Durant: los otros están muy cerca, un peldaño abajo: Steph Curry, Klay Thompson: y, claro, el baloncesto, antes que nada, es un deporte de conjunto.

 

Jesús Koyoc Kú. 1992. Halachó, Yucatán. Aficionado de los Boston Celtics. Segundo lugar en el concurso 48 de Punto de Partida en el rubro de crónica. Becario del PECDA Yucatán, ha publicado en medios físicos y digitales. Co-fundador de Efecto Antabus.

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