Magma

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Lunario del Auditorio Nacional, 7.42 p.m.

-¡Gabriel!

-¡Hey!

-¿Una foto?

-Hola, sí, claro.

El obturador del teléfono no hizo ningún sonido. Una, dos fotos.

-Muchas gracias.

-Gracias a ti.

-¡Hey, Eduardo!, ¿una foto?

-Hola, no puedo, porque no te conozco. ¿Cómo te llamas? Mucho gusto, K. Yo soy Eduardo. Ahora sí, ¿una foto? ¿Ah sí? ¿Y qué escribes, bato? ¿Una crónica? ¿Y qué dice? Oh. Bien. Gracias por la foto. Gracias por venir, nos vemos adentro.

Bardo Martínez está más allá, en chanclas, hablando con una chica que le enseña un dibujo suyo. La chica tartamudea, no sabe nada de sí misma. Piya Malik, de la banda 79.5 apura a los miembros de Chicano Batman:

-Hey guys, it’s almost eight o’clock, we gotta get in, let’s go.

Y los chicos la siguen, aunque se dan tiempo para una foto más. Una más. Sí, ya. La última. Es la última, tenemos que entrar, dice Bardo. Y entran los tres, junto con Piya, quien se toma el tiempo para sacar una última foto de Martínez junto con otras dos personas. El único que no ha salido es Carlos Arévalo, el guitarrista principal de la banda. La fila que espera en El Lunario del Auditorio Nacional vuelve a rehacerse. A los pocos minutos parece que abrirán los accesos, pero no: la fila solo se acerca un poco más a la puerta para la ansiosa revisión de rutina antes de dejar entrar al público.

Lunario, 8.15 p.m.

-Corre, correeeeee.

-No, espérate, somos de los primeros, ¿vamos a comprar las playeras de una vez?

-No, a la salida.

La pareja que viene justo atrás de mí discute un poco más. La chica ha decidido caminar: nadie corre, nadie grita, nadie empuja –aún. El espacio se va ocupando de a poco. Unos cuantos nos acercamos tanto como podemos al escenario: nuestros cuerpos se van acoplando, uno junto a otro, detrás de algunos más, delante, quizá, solo el escenario. Los encargados del sonido preparan los instrumentos. Sobre el escenario hay dos baterías. La más pequeña es también la más cercana al público.

-Decía que a las ocho, ¿no?

-Sí, pero en el Instagram, el boleto dice que a las nueve.

-Ah, ¿a esa hora salen ellos?

-No, según iban a traer a…ah, sí, mira, ya encontré, se llama Salvador y el Unicornio. Es el telonero.

Cuando la espera se acerca a su fin, pueden pasar dos cosas: o los minutos se alargan de manera que parece que no se puede ver el final del túnel, o bien, la espera es la gota de agua en el desierto. En este caso ocurre lo primero. Las pantallas de El Lunario anuncian la cartelera por venir: Radaid, Los folcloristas, El Pee Wee. De pronto, se cortan estas imágenes y aparece lo que pretende ser una especie de aviso legal en el que Yo, mayor de edad, autorizo a bla y bla y bla a usar mi imagen para usos comerciales a beneficio de bla y bla y bla:

-Mira mamá, voy a salir en el internet, jaja.

Lunario, 9.41 p.m.

-A continuación, tengo que decir que soy gran admirador de Chicano Batman. Es un honor estar aquí, ser su telonero. Soy gran admirador. Por favor, tenemos que hacer que se sientan en casa, hay que recibirlos como si esta fuera su casa. A continuación, ¡Chicano Batman!-dice Salvador, de Salvador y el unicornio, y toca una última pieza con sus dos invitados –los invitados del invitado.

-¡Gracias, muchas gracias!-dice cuando acaba-:¡Chicano Batman, a continuación!

El Lunario palpita en un solo movimiento, las gargantas se vuelven una sola y aclaman a la banda formada en Los Ángeles, California. Sin embargo, hay que esperar. Las luces se encienden, marcando la pausa. Los técnicos de sonido y el staff suben a toda velocidad al escenario mientras Salvador y el unicornio salen. Hay que enrollar cables, cuidar que no se hagan bolas. Recoger los setlists que se han dejado cerca de la ubicación de los artistas, poner los nuevos setlists que usará Chicano Batman. Sacar la batería más cercana al prosenio. Quitar más cables, de nueva cuenta, verificando que no se enreden. Sacar los equipos y reemplazarlos por los de la banda angelina. Afinar detalles.

-¡CHICANOCHICANOCHICANOCHICANO!

-¡CHICANOBATMAAAAAAAAAAAN!

La gente aplaude, se desgarra la garganta en un solo grito de guerra: si la banda da todo lo que tiene, ¿por qué el público no? Los técnicos siguen corriendo entre las sombras del escenario que no se alumbra: el equipo de Chicano Batman afina los equipos y los deja en su lugar. Alguien corre con la cámara 360 grados y la pone justo abajo del escenario, haciendo las respectivas pruebas. A los pocos minutos la quita y la regresa a su lugar. El aviso de privacidad continúa saliendo en las pantallas que de pronto se apagan. Ya no hay nadie sobre el escenario.

De pronto, todo es un profundo blackout.

Lunario, 9.54 p.m.

Bardo se mueve en el escenario como si fuera una flecha al sol. Detrás vienen Eduardo Arenas, que se queda a la mitad del camino, Carlos Arévalo, que se acomoda la guitarra y está listo, Gabriel Villa, que sube a su lugar detrás de la batería. Los acompañan Piya Malik y Kate Matisson, de la banda 79.5, así como los han hecho toda la gira a partir del lanzamiento de Freedom is free. Toman su lugar junto a El drumero, Matisson se viste con sintetizador rojo, Malik junto a ella. La prensa acreditada ya está ahí, en primera fila, cuando Bardo se acerca al micrófono:

-¡BUENAS NOCHES MÉXICO! ¡SOMOS CHICANO BATMAN!

Luego levanta las manos y hace silencio –o tanto silencio como se puede hacer mientras los decibeles sacuden el cabello alborotado de Eduardo Arenas, mientras los gritos manchan las botas blancas de Piya Malik, mientras la tromba ocasionada por la única voz multifacética del Lunario acomoda y prepara a la banda. Vienen caracterizados como siempre: el traje azul de tres piezas, las corbatas de moño –y no es hasta que uno se fija en el calzado de Arenas o de Martínez cuando entiende la esencia de la banda: la mezcla de géneros, la multiculturalidad. Yo me cago de la risa con la prensa mala-dice Eduardo Arenas en una reciente entrevista para Meta, Cultura Pop en 60 minutos-me cago, me río, porque dicen que nosotros tocamos salsa o tal o cual. En esa misma entrevista, Arenas expone la dificultad para sobrevivir en un entorno como el de la ciudad de Los Ángeles: hay que saber manejar la imagen, venderse, pero, sobre todo, si no tienes buena música, no sobrevives. Eso de buena música, contempla, según su propia óptica –y quizá la de la banda, en general– el conocer los hilos que unen a LAX: ¿cómo conjuntar en un proyecto musical las propuestas de Caetano Veloso, Los Ángeles Negros, Leo Dan, Café Tacuba, y Kendrick Lammar? Porque, claro está, eso es lo que un latino o afrolatino escucha durante su infancia en Los Ángeles: eso, y más: Leo Dan, Chico Ché, Cuco Sánchez, Los Freddys, Rigo Tovar, Chicken y sus Comandos. Y luego, cuando crece o a la par, escucha a Caifanes, quizá sigue con un poco menos de entusiasmo a Jaguares, a Soda Stereo, a Los Heroes del Silencio, a Pedro y las Tortugas, a Los Amantes de Lola. Pero que también escucha a Os Novos Baianos, o a Johnny Guitar Watson, o a Metallica, o a una compilación llamada Boogy Breakdown: South African Synth disco 1980-1984. Hay que tener una gran capacidad de síntesis –incluso síntesis musical– para poder conjuntar estos proyectos.

            Las cabezas terminan de estallar cuando suenan las primera notas de Angel Child, canción de Freedom is free, el disco más reciente de la banda. Los ritmos funk se combinan con otros más, se pierden por sobre las cabezas de la gente, entran en los oídos los coros de Matisson y Malik y las agudas notas de voz de Bardo Martínez. Arenas, como siempre, salta con el bajo como eje de su mundo. Gabriel Villa gesticula mientras toca la batería, abriendo y cerrando la boca. Carlos Arévalo, a quien tengo más cerca, es un poco más elocuente: se limita a mover la cabeza y a mirar sus manos acariciando la guitarra mientras la canción pasa, mientras la canción abrasa a quienes estamos ahí. Pero no todo es como la seda: Martínez toca el sintetizador que tiene frente a él, pero las notas no le salen, no se escuchan. El show continúa: Bardo baila, mueve el cuerpo violentamente, sacando la furia que le ocasiona el cable defectuoso. Cuando tiene que cantar, lo hace. Pero sigue molesto, tiene el semblante contraído por aquel maldito cable que lo obligó a darse la vuelta y dejar el sintetizador en su lugar. Rápidamente, alguien del staff se acerca a sostener el cable, pero es demasiado tarde –siempre es demasiado tarde: la canción ha terminado. Arévalo se voltea hacia el módulo de sonido y pide más volumen para la guitarra y la voz de Bardo, quien, recientemente, dio a la Rolling Stone sus planteamientos estéticos acerca de la canción como objeto: en una maravillosa síntesis: la canción es una caja fuerte que guarda momentos en una sola pieza, un arte que se ha perdido con la música moderna.

Lunario, 10.19 p.m.

-¡Carlos! ¡Eres un papacito, te amo, hazme un hijo! ¡Wuuuuuuuoooo!

Chicano Batman ha tocado ya Cycles of existential rhyme, que le dio título al homónimo publicado en 2014, además de Passed you by, igualmente de Freedom is free.

-¡¡¡¡ITOTIANIIIIIIIIIIIIII!!!!

-¡¡¡BLACK LIPSTICK!!!!

Cuando escuchan los acordes de la siguiente canción, se hace el silencio: Eduardo Arenas es por apenas unos segundos el centro del universo: la fuerza del bajo le da entrada al sintetizador de Martínez, que va acompañado de la batería y los arreglos en la guitarra, cortesía de Arévalo: ‘lotrodíalaviiiiiielapartamento, ‘lotrodíalaviiiiii, mepusemenso: La samoana, del primer álbum, de 2009. La banda coincide con que han alcanzado cierto nivel de madurez, que se expresa en el nuevo disco que los ha traído a la ciudad de México, y esa madurez se alcanza a apreciar en La samoana: la fuerza está ahí, contenida, coordinada de una manera más armónica, haciéndola, vaya, más fuerte: impactando de una mejor manera. El corazón también está ahí, en la voz de Bardo, en cada nota del bajo, en cada acorde de la guitarra o del sintetizador que, carajo, vuelve a fallar, los técnicos vuelven a correr, vuelven a sujetar el cable, vuelven a hacer que falsee, vuelven a enojar a Martínez, que vuelve a poner más fuerza, sacudiendo su voz tanto como le es posible bajo el esquema de la canción, que continúa saltando junto con los asistentes al Lunario: y ‘lotrodíalehablé, la-invitéasaliiir, ynolaaapensomuuuchoymedijoquesí. La marea se mueve bajo el ritmo de la música; la oscuridad es la norma, salpicada por esas luciérnagas tecnológicas que transmiten en vivo y que de pronto inundan el coso de Paseo de la Reforma: librecomolmar.

Lunario, 10.33 p.m.

Bardo ha perdido el saco del traje. En uno de sus arranques musicales de furia, se lo quitó y luego lo aventó al público. El vocalista de la banda ha saltado como siempre, como nunca: cada concierto pareciera el último. Cada concierto pareciera el primero: se ha enredado con los cables, los ha jaloneado, los ha aventado: les ha caído encima, los ha pisoteado con la fuerza de un atlante de Tula. Los ritmos funk se vuelven a apropiar del Lunario cuando el bajo de Arenas comienza a tocar Freedom is free, canción que le da título al disco.

-La sociedad es la que normaliza todo. Estamos regidos por sus reglas, pero cada uno de nosotros funciona de diferente manera. Cuando uno se sale de estas normas, se le tilda de enfermo mental, o cosas así. Pero la libertad va más allá de eso. La libertad es algo innato en cada quién-apunta Bardo en una entrevista para The Zoo.

Y es que este, el tercer disco de la banda, es quizá el que tiene una postura política bien delimitada. En un contexto actual, en donde a ambos lados de la frontera los niños son separados de sus familias, o con la relevancia que están recobrando los grupos de ultraderecha en Europa, o  en Brasil, en donde se han señalado los nexos que el actual presidente, Michel Temer, mantenía como informante con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, o la violencia en México, en donde, por decir algo, en este sexenio han sido asesinados 41 periodistas, la voz de Bardo nos recuerda que

-LA LIBERTAD ES LIBRE, ¡GENTE MEXICANA, CANTEN!

El Lunario sube las revoluciones de nueva cuenta, guiados por la música de Chicano Batman, que continúa saltando, moviéndose al ritmo del funk.

Lunario, 10.54 p.m.

-¡UN SALUDO PARA MI FAMILIA QUE VINO DESDE MICHOACÁN PARA VERME TOCAR!-grita Arenas en el micrófono e inicia el quiebre que da paso a La Manzanita, una suerte de cumbia angelina mezclada con algunos ritmos sicodélicos –no tan diferente a la chicha peruana, pero tampoco tan cercana –más bien: chicha chicano.

            Arenas es nieto del hombre que decidió dejar las tierras arrasadas de Michoacán para vivir del otro lado. En este momento, ese abuelo sería parte de la estadística que señala a Michoacán como uno de los que tienen mayor índice de migración, situado muy por encima de la media nacional. Este diáspora es el inicio de los sacrificios que dice Arenas que hay que hacer: renunciar a la familia, renunciar a las vacaciones, renunciar a la vida personal, renunciar a no renunciar: si tienes unas vacaciones –o una vida planeada– hay que dejarla para estar en el lugar indicado en el momento indicado, aunque eso implique estar en la carretera todo el tiempo, aunque eso implique ser un cruzafreeways: ser la carretera.

            La Manzanita puede ser uno de los motivos para ser encasillados como uno u otro género: más allá, Bardo señala que es algo difícil ser señalado y quedar marcado o etiquetado por tal o cual motivo. Soul music is everywhere, dice cada vez que puede. Al Lunario no le importa nada de eso. El Lunario mueve los pies mueve las manos mueve las caderas al ritmo de los recuerdos que salen de la guitarra de Arenas, de la nostalgia enredada en el bajeo que recuerda las fiestas en el yard con la música de los Pasteles Verdes o de Juan Gabriel o Los Freddys o Caetano Veloso: La Manzanita es, quizá, la muestra por excelencia de la banda: en una entrevista durante Coachella, Bardo pareció encontrar la definición adecuada: Chicano Batman, es más ni menos, una capiroteada.

Lunario, 11.28 p.m.

Las últimas notas de la batería de Gabriel Villa suenan en el Lunario mientras Magma se apaga y se lleva las luces mientras la banda se escurre entre las sombras para deslizarse suavemente hasta fuera del escenario en donde seguramente se escuchan los gritos desesperados de la gente que grita donde cada uno pide déjenme llorar mientras recuerda la canción de Los Freddys que la banda ha tocado antes de Magma y los gritos también recuerdan que soul music is everywhere en las notas del bajo que barrieron con Right off the back y Run que fueron tocadas antes de Déjenme llorar y que aún se relamen con Flecha al sol y Soniátl que trajo al recinto de Reforma la influencia de la música de los sesentas y la sicodelia esparciéndose como el rayo de la linterna que alumbra el camino de los técnicos que desconectan el sintetizador de Bardo ese que ha estado fallando toda la noche y se lo llevan lejos como quien se lleva un cuerpo al matadero en la tremenda oscuridad listo para deshacerse de él y traen el otro sintetizador  que estaba atrás ocupado por Kate Matisson mientras hacía los coros y ese instrumento es el que ahora acomodan como pueden en el atril que usa Bardo que le queda bastante grande pero algo servirá peor es nada para contener al público que insiste gritando CHICANO CHICANO CHICANO CHICANO CHICANO BATMAAAAAAAAN o gritando nombres de canciones o coreando fragmentos que se pierden en la marea que va a estrellarse ante el aparentemente inmutable escenario ahogando incluso a los modernos Prometeos que se llevan el fuego delante suyo contenido en la ridícula boca de la linterna que se pierde se apaga o simplemente se esfuma para ser castigada por los dioses que prefieren centrar su atención en la penumbra total por donde una voz que no se escucha señala el camino a los ángeles y a los angelinos y a los residentes de Los Ángeles que vuelven a deslizarse hasta sus puestos haciendo que el temblor bajo sus pies incremente mientras Bardo se detiene tras el nuevo sintetizador esperando que ahora sí sea el bueno que no falle más por favor y detrás suyo se asienta Arenas colgándose el Gibson SG que lo acompaña y junto a él unos metros más allá Arévalo frena en seco adecuándose la prótesis musical que lo hace vibrar junto a los otros tres que están más allá Gabriel Villa que toma su puesto tras la batería con todos los kilómetros andados y vigila a la banda desde ahí atrás junto a Matisson y Malik

Lunario, 11.33 p.m.

La Jura es una balada, dice Arenas en la entrevista para Meta, una muy tranquila, con una letra bastante trágica: solo guitarras hasta el abrupto break del sintetizador que marca la mitad de la canción: la idea es suya, aunque Martínez le ayudó con la composición de la melodía y de la letra. La jura, si pudiese musicalizarse aquel gran ente, probablemente no sería una balada: sería casi cualquier cosa antes que una balada: sería un slam arrasador: sería la mitad de un concierto de algún género muy oscuro. La Jura es, pues, una balada que narra la historia del asesinato de un chico por la policía. La jura es el último golpe antes de desaparecer por varias horas o días o semanas o meses o años o definitivamente, en las fauces de la ilegalidad: es la eterna duda, La Eterna Espera. En La Jura, el chico que es asesinado no la debe ni la teme: La Jura es ese límite en donde los derechos humanos se difuminan, se borran hasta perderse bajo el típico tehuacanazo o los puñetazos en las costillas o las botas en el cuello o las patadas en la cara o las esposas buscando volverse unas solas con tus muñecas. La Jura habla sobre una noche muy terrible, una noche en la que balacearon a un amigo en la calle cerca de aquí: en los espacios cotidianos. La Jura se apropia de ellos: convierte en extraños a aquellos “que no pertenecen” y busca eliminarlos bajo casi cualquier parámetro. La Jura llega, mata, y se acaba. La jura desaparece, extorsiona, discrimina, golpea, allana moradas y pregunta después de golpear e intimidar -si es que alguna vez lo hacen: la culpa es de quien ellos mandan. El chico de La Jura era un niño feliz que, ¡ay Dios! Ya no respirará jamás. La Jura dice que no es así: que estaba metido con los mañosos, que vendía droga, que era un halcón, que traía armas y asaltaba a la gente, que era un lacra, que se están matando entre ellos. En La Jura, la voz lírica asegura que no entiendo porqué los que deben proteger hacen lo opuesto: matan inocentes. La Jura persigue, detiene, acusa: se olvidan de los derechos humanos y esas pendejadas. La Jura y La Jura son un final altanero, un final arbitrario que abrasa los cinco sentidos hasta extinguirlos. La Jura y La Jura golpean con todas sus letras: el Lunario, que presiente el final cercano, pide otra canción más.

Lunario, 11.47 p.m.

-¡En la guitarra, Carlos Arévalo!

Hay que estar en el lugar correcto, con la gente correcta, dice Guitarlitos en una entrevista durante su participación en Coachella: tenemos que ser persistentes; pasamos de tocar shows para 25 o 30 personas a hacerlo aquí –y se suelta a hablar sobre su relación con Jack White, de los White Stripes, quien invitó a la banda al prestigioso festival californiano. Las notas que salen de su guitarra muerden los oídos: se para tan cerca del público como le permite el escenario y se avienta un último solo.

-¡Eduardo Arenas en el bajo!

El Gibson SG, aprovechado al máximo, revienta el recinto con sus cuatro cuerdas, manejadas con maestría por Arenas, quien coincide con el resto de la banda en la influencia que Leon Michaels ha dejado sobre la banda: él, su estudio –en el que fue grabado Freedom is free–, la estética y el equipo que calzaron con la propuesta de la banda desde el inicio.

-¡Gabriel Villa en la batería!

El drumero toca reflejando todos los paisajes vistos, su viaje a Europa y su posterior aterrizaje en la costa oeste de Estados Unidos, en donde conoció a Martínez y a Arenas, quienes lo invitaron a tocar con ellos.

-¡Bardo Martínez, en la voz y los sintetizadores!

Bardo toca: lo hace como si no hubiera una próxima vez, aporreando las teclas del instrumento, llevándolo al extremo –incluso físico: mientras la pasión se apodera de su cuerpo, está a punto de tirar el sintetizador, aunque recompone en dos ocasiones, se levanta como dice que hay que hacer siempre, a pesar de los momentos políticos, del dolor que ocasionen. Sigue tocando, saltando, ajustándose el pantalón que se le cae: se baja del escenario una última vez y se acerca al público que está separado por la valla de seguridad: abraza, se deja abrazar, se deja tomar fotografías. A los pocos segundos sube de nueva cuenta para un último rush musical que se acaba,

-¡MUCHASGRACIASMÉXICO!

se acaba como el setlist y la improvisación y se encienden las luces cuando la banda ha bajado,

-¡¡CHICANO BATMAAAAAAAAAN!!

llevándose tras de sí la primera presentación de Chicano Batman en la Ciudad de México.

 

Jesus M. Koyoc Kú. Halachó, Yucatán, 1992. Becario del PECDA Yucatán. Ganador del segundo lugar del concurso Punto de Partida No. 48 en la categoría de Crónica. Finalista del I concurso de crónica “Al cielo por asalto”, en 2017. Co-fundador de Efecto Antabus, ha publicado en diversos medios impresos y físicos.

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