Marea muerta, de Brenda Morales Muñoz

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Hoy estás de suerte. Sonríes al ver los bordes de esa bolsa blanca y brillosa con restos de comida. Te preguntas qué podrá ser. La abres y descubres un contenedor de unicel con un platillo chino. No reparas en su olor, lo devoras. Hace días que no comes bien y esto es un banquete.

No sabes cuánto tiempo llevas viviendo así, en la calle. Antes tratabas de recordar pero dejaste de hacerlo. Te dices que no tiene caso. Perdiste tu nombre y a tu familia, no tienes ningún recuerdo, como si tu cerebro se hubiera borrado. Te convences de que estás mejor desde que no intentas pensar en el pasado. Por lo menos ya no te haces daño.

Eres ligero, no llevas nada encima. Te basta una mochila y lo que vas encontrando. Tampoco te importa la gente. Te volviste inmune a sus malas caras, a sus prejuicios, a sus acusaciones y, en el mejor escenario, a su lástima.

Las personas del barrio donde te mueves suelen ser amables, te regalan un taco de vez en cuando. Incluso te han dado un suéter o una cobija vieja en temporada de frío. Pero cuando te alejas y tus pies te llevan más allá del puente que divide la colonia, todo cambia: la hostilidad y las agresiones incrementan. Saberlo te hace sentir superior, tienes un poder que nadie más posee. La experiencia te ha llevado a conocer perfectamente la geografía de la ciudad y ser un buen observador te ha ayudado a intuir a dónde entrar o qué lugares evitar.

Sobrellevas los días, sin embargo, todavía hay cosas que no dejan de afectarte. Te sorprende escuchar tu voz, estás tan acostumbrado a no hablar que cuando debes hacerlo no sientes que ese sonido que sale de tu boca sea producido por ti. El efecto es más profundo cuando ves tu reflejo. Ese cabello, esa barba, ese rostro, esa expresión y, sobre todo, esos ojos te parecen demasiado extraños, te cuesta creer que eres su dueño. Por eso mejor evitas los vidrios y los espejos. No quieres que se te aparezca esa imagen.

Ahora siempre estás solo. Durante algunos años tuviste un perro. Bueno, se tenían el uno al otro. En un mercado se te acercó y comenzó a seguirte para que lo acariciaras. Eran un buen equipo hasta que un microbusero lo arrolló. Estabas seguro de que lo había visto, aceleró con toda la intención de matarlo. Cuando reclamaste no te hicieron el menor caso, como si no existieras.

Eso te dejó claro que aunque no sabes quién fuiste estás seguro de quién eres ahora. Aprendiste que los demás piensan que eres como un fantasma, que se cambian de acera cuando te ven, que no creen que tú valgas lo mismo que ellos. Pero también aprendiste a no tener miedo porque no tienes gran cosa que perder. Sobrevives. Te dejas llevar por el ritmo de la ciudad como una marea muerta. Encuentras un pequeño triunfo cada día, hoy fue esa bolsa de comida. Esperas a ver cuál será el de mañana.

Brenda Morales Muñoz (Ciudad de México, 1980) es doctora en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Se especializa en narrativa latinoamericana contemporánea. Escribe cuentos y formas breves, algunos de ellos han sido publicados en revistas literarias electrónicas.

 

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