Minificciones de José Gamboa Pech

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Los Flotantes

Quiero hacerte el amor sin gravedad, flotar como globos de helio por el cuarto, rebotar por las paredes y el techo. En una de esas la ventana se abre y salimos sin percatarnos. Así, en cueros, nos alejamos del suelo sin preocuparnos, sin divisar que el viento nos arrastra sobre un sepelio, mientras nos besamos con los párpados apretados y los ojos mirando adentro. Al pasar por aquello los del duelo dejan de llorar y el cura se pone colorado. Sé que nos envidian aunque quieran ignorarnos, porque pronto tres parejas comienzan a elevarse, pero inmediatamente caen. Caen por que no conocen la fórmula del beso para volar, esa que te aplico y solo en ti se cumple.

La máquina de pensar en Ana

Apenas levantas la tapa de la caja y se suelta una avalancha de papelitos, trozos que uno arma como rompecabezas para leer el instructivo. La compré así porque de tener el pergamino en forma habría perdido dos desayunos y como soy de aquellos que ahorran robando papel de baño en el Mcdonalds, también la compré usada. La máquina de pensar en Ana es bastante grande, hace un ruido como pedo de elefante. Los vecinos han venido ayer para decirme que la domestique, tuve que señalar que el aparato es muy antiguo, y como todo el mundo sabe las máquinas viejas de pensar en Ana son cosa seria: comen 7 veces, sacan humo rojo y se escapan por las noches. Cuando la conecto se va la luz pero pensar en Ana es mejor que toda una vida sin sol. Entonces recuerdo su espalda con tatuajes de Hawai, me cubro de aislante todo el pellejo y subo al poste de luz. Luego de saludar a la flaca, desde las ventanas se escucha el ronronear de la carcacha. Dejo los cables en su sitio y cuando me tumbo por su efecto Ana abre la puerta y grita: ¡Coño! te dije que solo iba a salir unos días.

Somos visores boreales

En la cima no más alta del Himalaya vive un puñado de ciegos simpáticos; uno pensaría que la barba les llega a las rodillas, que portan túnicas largas de colores y lo único que hacen es sentarse a meditar, pero no, más bien son una manada de sonrisas de todas las edades. Les llaman los visores boreales. Todos tienen el ADN repleto de rareza pues cuando menos se lo esperan tienden a desmayarse y dejar de ver hasta un mes. Les sucede a cualquier edad, algunos cuando apenas comienzan a hablar, la cosa es que manifiestan deseos intensos de ver sin los ojos. Es así que cuando el viento los hace oír la melodía que cargan en la mente, se vendan los ojos por una década, antes, claro está que se alejan de la vida tal y como la conocemos, se internan en la inmensidad de la soledad para ser tocados por el espíritu que los guía hasta la montaña no más alta del Himalaya, allí se quitan la venda, al cumplir las diez vueltas al sol, para ver sólo por un instante las luces de la aurora boreal, después no vuelven a observar nada más el resto de su vidas, se dedican a vagar por el mundo, sonriéndole a quien se les atraviesa, y sacándole la lengua a la policía. Pero lo más interesante de estos locos divinos es que al verlos justo en medio de donde ellos tenían la vista, uno puede ver todas las vidas que podría tener, ya sea por aceptar ese trabajo, por rechazar esa relación o por pestañear dos veces en lugar de solo una.

Un monstruo de porcelana

Vive en mi espejo un monstruo borracho y notablemente amable. No entra a facebook por que las selfies le provocan una terrible picazón. Le gusta subir al techo para tomar los rayos recién paridos del sol, pero si lo ves como a eso de las tres de la tarde, ya tendrá una montañita de trapos encima de la cabeza,  si no lo hace, se condena a tener la cara roja e hinchada como el culo de un camarón. Él vive en la ciudad del perpetuo sudor donde sólo existe el verano y un invierno de pacotilla. Todas las noches me lo encuentro en el baño, con esa sonrisa chueca de gente anti ortodoncia. Le gusta ver películas raras hasta para los mismos monstruos y a veces se desgasta el día desmenuzando una película cuantas veces sea necesario. En esos casos tiene que programar la alarma porque si no se le olvida parpadear, y con los innumerables trasplantes de ojos que le han hecho, ya toma esas medidas. Lee mucho pero lo único que recuerda es respirar, quizá porque no duerme, por que según dice, así uno se la pasa soñando todo el tiempo.

 

Ilustración de Changos Perros

 

José Manuel Gamboa Pech. Ha presentado revistas en la Feria Internacional de la Lectura Yucatán. También ha presentado textos de creación literaria y ensayos en diversos congresos nacionales. Ha sido organizador general del Congreso Interuniversitario de Estudios Literarios y Lingüísticos de la UADY. Recientemente, el Ayuntamiento de Mérida la otorgó el Fondo Municipal de las Artes Visuales.

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