Crónica de un 3 de diciembre

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Parecía un domingo normal, de esos en los que los asalariados eligen para quedarse en casa y pasar el día comiendo helado frente al televisor. O por el contrario se atavían en la ropa más casual que tengan para disfrutar de un momento en familia. Los más afortunados harán ambos y se sentirán recargados para empezar la semana y la genérica rutina habitual.

La noche anterior me había ido a dormir inusualmente temprano, así que por primera vez en varios meses había dormido más de ocho horas. Me bañé y me vestí, nada ostentoso, una playera gris y unos jeans a los que acompañé con unos tenis también grises. Siempre me ha gustado ser puntual en mis compromisos; el de hoy era uno especial.

Estuve listo a las 8:45 am, pese a que el compromiso era pasado el mediodía, chequé mi bandeja de entrada. Quería saber si había noticias de alguno de mis textos. Salvo la notica de la semana pasada, no había nada destacado que remarcar, sólo unas ofertas de computadoras y de compañías oficiales que querían que gastase dinero en sus productos, siempre me he preguntado si funciona con alguien.

En mi pequeña sala de estar con muebles verdes y una televisión en el frente todo era silencio. Lo único que podía escucharse eran los clicks de mi dedo índice sobre el ratón, y las violentas acometidas de mis dedos de la mano izquierda. En la pantalla de la computadora estaba talando árboles, picando piedra y construyendo mi base en una isla desconocida; mientras alrededor de mí se apostaban animales salvajes dispuestos alimentarse de mi indefenso cuerpo desnudo, no habría tanto problema de no ser porque medían al menos 2 metros más que yo, de piel verde, algunos marrones y otros azules, reptiles de dientes filosos, feroces luchadores y que la gente pensaba extintos hace millones de años.

Un sonido familiar me trajo de vuelta de aquella inmersión bien lograda, en la pantalla de 5.2 pulgadas del celular anunciaba su nombre. El mensaje decía algo así… “Todo me está saliendo mal”. La frase no era ajena a mí, en sinfín de ocasiones había leído cosas similares, pero esta vez era distinto. Pregunté por qué; me contó una historia que involucraba improvistos por todos lados, una cancelación repentina, unos familiares que no contestaban ante la emergencia y un objetivo que peligraba: comprar suvenires. Supe entonces que era una forma extraña de pedir ayuda, siempre había sido así…

Quedamos en vernos casi inmediatamente después. 40 minutos más tarde se disculpaba por mensaje, “Lo siento, llegaré tarde”.

-Genial, más improvistos- dije irónicamente, era habitual que ella llegase tarde a todos lados, la última vez que la había visto llegar a temprano a un compromiso fue hace unas semanas, con unos 15 minutos de retraso. Ahí sentado frente a una banca en el zócalo de la ciudad, cuando decidí que ella sería mi primera anécdota en mi libro de historias personales. Saqué mi libreta, que de portada tenía a mis cuenta-cuentos favoritos; los luchadores. Puse entre mis dedos el bolígrafo negro con el que empezaría. Pasé más de 2 minutos pensando en cómo comenzar. Pensé en un principio en contar la historia desde el inicio, pero sería demasiado larga y poco comercial.

Anoté con disimulo las primeras ideas que tuve, no sabía si acaso publicaría esta historia. El calor era sorprendentemente soportable. Escuchaba Spotify en modo aleatorio y mientras escribía saltó a una canción que desconocía, siempre me ha sorprendido la habilidad que tiene Spotify para poner la música que no estás buscando en el momento adecuado y aun así acertarle a lo que pasa.

“Quisiera evitar haberme permitido quererte para perderte”. Nunca fueron más exactas las palabras, eso parecía hasta entonces. Inmediatamente después ella llamó al celular. Contesté con apremio, en la bocina del smartphone avisaba que había llegado después de estacionar su auto y que me esperaba dónde habíamos acordado. Caminé con el teléfono en la oreja mientras ella decía que me había visto. Por fin la divisé debajo de aquel arco, que en ese momento me pareció una postal bonita. El pelo se le movía producto del aire. Aún tenía esas pecas en la cara que siempre me gustaron, pero nunca me atreví a decirle. Nos saludamos y nos dimos a la tarea de comprar los suvenires.

Paseamos entre juguetes, joyas y recuerdos. Artesanías genéricas de pirámides mayas y calendarios aztecas hechos para turistas incautos que seguramente no notarían la diferencia. Los trompos coloridos y los baleros de madera hacían juego con la sonrisa de los turistas extranjeros que lo encontraban interesante. Aparecieron marionetas y también calaveras con flores, en esa estética tan lograda y tan mexicana. Mientras buscábamos con esmero aquellos obsequios, veía a la gente mirarla, de algún modo se las arreglaba para llamar la atención. Y debo reconocer que en más de una ocasión me sentí honrado, porque, aunque no lo decían con las palabras, bastaba una mirada de ellos para saber que me envidiaban por estar con ella.

Miramos el reloj y nos dimos cuenta que llegaríamos tarde para el compromiso, era ya el medio día y habíamos quedado con algunos amigos de reunirnos en casa de alguien para comer y jugar unos juegos de mesa. Sin embargo, todavía quedaba un pendiente más: dulces. Recorrimos lo más rápido que pudimos cuatro o cinco dulcerías. Mientras lo hacíamos pensaba en que esta podría ser la última vez de muchas cosas: la última vez que la oiría cantar, o la última vez que compartiríamos comida juntos, la última vez que la escucharía quejarse de los problemas de la vida. El último día de invierno tropical que pasaríamos juntos, la última muestra de afecto y hasta el último regalo que le haría.

Unos minutos después y ya en el auto; nos encaminamos hacia casa de mi mejor amigo, ahí ya nos esperaba un grupo de gente. Después de un inicio estropeado parecía el día iba a mejorar; mientras ella conducía, yo la miraba de reojo. Intentaba que no se diera cuenta; me vio sacar la libreta y comenzar a anotar más ideas que no quería que se me escaparan de la mente. Preguntó qué era lo que escribía, no tuve el valor para decirle que escribía de nosotros… o mejor dicho de ella. Pese a lo que la gente común pueda creer, la palabra oral no es mi campo de acción. Nunca he sido elocuente, ni he encontrado las palabras adecuadas en momentos cruciales. En cambio, sólo le dije una mentira o mejor dicho una media verdad, le dije que anotaba ideas para un próximo escrito.

El mes anterior a la reunión había estado pensando en qué obsequiarle, para ser sinceros nunca la entendí del todo. Unas veces parecía que sí y otras veces, ameritaba un esfuerzo descomunal entender siquiera qué era lo que esperaba de las personas.

Lo que aconteció después fue lo de un típico domingo en un día cotidiano, una reunión de adultos jóvenes con comida casera y juegos de mesa. Risas, bromas estúpidas, pero siempre en buena lid. Recorrido de personas que disfrutaban de la compañía de otros por el simple hecho de estar. Dieron las 4 pm y ella dijo que tenía un compromiso extra agendado, pero que sería rápido y que si continuábamos en la reunión volvería. Temí que esa fuera la última vez que la vería.

Para cuando regreso a las 6:30 seguíamos enfrascados en un duelo de tratos poco claros, dinero a raudales y pagos de rentas, nuestro Rolls Royce (mío y de mi mejor amigo) había ido de mal en peor, de dominar medio tablero de Monopolio, habíamos pasado a perderlo todo, estábamos casi en la banca rota. El destino final fue quedar en último lugar. La gente se había ido marchando, después de unas cuantas fotos fallidas por fin tuvimos una espontánea, que surgió así… Sin planearla, justo como lo ameritaba el día. Se nos fue una amiga y entonces quedamos cuatro. Sugirió que fuéramos a cenar; ni yo ni mi amigo teníamos dinero, pero aceptamos acompañarla para platicar mientras comía. Ella se negó así que terminamos comprando una pizza y jugando Scrabble. Nos hicimos con un par de juegos más y luego miramos vídeos de Youtube.

Eran las 11:30 de la noche. Cada palabra parecía que la última que escucharía salir de ella, y pensaba entonces en que no quería que dejara de hablar, no importa de qué platicara, si fuera del espacio o si fuera sobre lo que había visto la noche de ayer en Twitter. Yo solo la miraba y ella como siempre no se daba cuenta. El tiempo se acababa; y el miedo me invadía, aunque intentaba disimularlo… Y la miraba.

El obsequio que tenía en el bolsillo empezaba a preguntarse si se quedaría en sus manos o si regresaría de dónde salió. Recogimos lo que pudimos en la mesa, antes de salir a la fachada de la casa la abracé durante unos segundos, no sé cuántos fueron, pero fue uno de los abrazos más sinceros que me dio. Le dije al oído:

-Te quiero-. Ella solo me dijo que no me pusiera mal.

Le contesté que no lo estaba. Salimos y platicamos un rato más. Después nos despedimos. Antes de que nos fuéramos le dije a mi mejor amigo y otra amiga que los alcanzaría en el coche. La acompañé hasta su auto mientras me decía que no tenía por qué. Subió al vehículo, estaba dispuesta a cerrar la portezuela. Al fondo mi amigo había olvidado sus llaves o algo así, mi amiga se acercaba hacia nosotros, yo genuinamente le dije a ella.

-Creo que quiere decirte algo. –

Dejó la pequeña puerta abierta y mientras mi amiga se acercaba saqué aquel collar, no pudo verlo porque lo tenía dentro de mi puño; en la mano izquierda. Atentamente le pedí

-Préstame tu mano.

Estábamos a 19 grados, para mí un paseo por el campo, para ella un frío indescriptible. Ella intuyó que me preocupaba por que no tuviera frío.

-No está tan fría- me dijo. Puse el collar en la palma de su mano. Ella pareció sorprendida y me reprochó.

– ¿Qué es esto?

– Un regalo – dije.

– Sabes que no me gustan los regalos. – dijo con una voz de reclamo que fue acallada por el contexto.

– Es tuyo… No tienes que usarlo sino quieres- Dije forzando, lo mejor que pude, una sonrisa.

– Está bien- respondió. Cediendo ante el detalle.

Cerró la puerta del automóvil, nos dedicó unas palabras más. Si hubiera sido una de esas películas que suceden en la televisión, ese era el momento en el que entraba al auto y le decía las cosas que nunca quise decirle, en cambio era la vida real. Y siempre creí que sería mejor que fuera una despedida común, teniendo esa esperanza de volverla a ver en cualquier miércoles de 2×1 yendo al cine. O mientras no decidíamos dónde comer y terminar yendo al mismo restaurante de sushi de siempre. La pequeña mancha blanca se perdió en el horizonte, yo me dirigí hacia el auto de mi amigo, rumbo a casa.

Cinco días después, un avión se alzaba por encima del alba, las nubes se arremolinaban entre sí, el cielo azul se entremezclaba con los colores naranja que se iban disipando con las primeras horas de la mañana. Sentado en el balcón de mi casa, bebía el chocolate sin azúcar que me había preparado. En mi regazo, traía un libro. Lo toqué y con un marcador azul comencé a subrayar las palabras que me parecieron importantes. Me perdí un poco intentando comparar memorias y notas. En la sala de mi casa todo era tranquilidad. Mi perro demandaba atención, abrí mi bandeja de correo. Elegí la opción de enviar un nuevo correo. El cursor se quedó inmóvil parpadeando en aquella casilla que decías “Asunto”… Dudé por un instante pero al fin tecleé con sobriedad en la casilla que marcaba “Asunto”: Colaboración.

Didier Aarón Ucán Canto (Mérida, Yucatán) 1991. Licenciado en Comunicación Social, Organizador del primer Congreso Interuniversitario de Estudios Literarios y Lingüísticos (CIELL) de la Universidad Autónoma de Yucatán, Asistente de dirección del cortometraje ganador de Mórbido Mérida 2013. Fanático de la lucha libre y escritor desde 2010.

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