Mandani

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Esto que voy a contar sucedió en Tzakap’u, cuna del imperio Purépecha, significa “lugar de piedras preciosas”, que es un pequeño pueblo asentado alrededor de una laguna. Por uno de los costados del pueblo se alzan unos cerros comunes. Lo que no es común, es que entre el verde vivo tan propio de los paisajes michoacanos, se vea un cerro árido. De entre los que se levantan a un lado del pueblo, uno sobresale por su carencia de árboles. Este cerro es llamado por los lugareños “La pedrera”.

            Llegué a visitar el pueblo uno de esos días de agosto, cuando el sol aún no ha menguado su fuerza para dar paso al clima más fresco de fin de año. La idea principal era conocer la laguna, pero no pensaba privarme de los otros tantos lugares que ofrece la región. En una de sus orillas se alza “La pedrera”, el camino que conduce del pueblo hasta ahí es llamado, por los purépechas, Uarhini, que significa muerte o morir. Pensaba ir inmediatamente después de conocer los manantiales que hay hacia la parte que llaman “La zarcita”.

            El agua de ese lugar invitaba a pensar que si los mosquitos fueran más pesados quebrarían el frágil cristal que yacía debajo de ellos. El agua era tan clara y limpia que la gente solía tomar un poco al pasar por ahí. La laguna era, más bien, agua estancada aun así me pareció un hermoso lugar. Más tarde me dirigía por el empolvado camino de Uarhini, igual de asombroso era ver árboles de casi veinte metros a los lados del empolvado trayecto. Caminé cerca de quince minutos en aquel paisaje para llegar a las faldas del cerro; ese que parecía estar ahí por equivocación. Subí lento, a diferencia de los purépechas, yo no tenía la habilidad para andar en ese accidentado terreno. Ya arriba, me di cuenta que las piedras parecían haber caído del cielo, como si sobre ese cerro hubieran llegado nubes cargadas de piedras para dejarlas caer en ese lugar. Unas encima de otras, en cualquier dirección a la que se mirara. Había rocas de muchos tamaños, unas tan grandes como yo, pero las que más sobresalían, por su cantidad, eran las pequeñas. Pensé que, por su abundancia, era posible que hubiera una para cada habitante del pueblo y sobraran todavía para dar una a cada purépecha vivo.

            El sol pegaba sin recelo. Un aire espeso inundaba aquel desolado terreno. Sólo piedras a donde miraba, recogí una. Al tocarla sentí como si se vaciara en mí el conocimiento de los muchos años vividos. Como si en la piedra estuviera contenida la experiencia de una vida. Dejé la piedra en su lugar, inmediatamente deje de sentir aquello. Levanté la mirada. Un niño me observaba a no más de dos metros. Sus ojos curiosos parecían querer leerme. Su piel era del mismo color de la tierra y por su forma de vestir supuse que era purépecha. –Nari-, dijo el pequeño. –Hola-, respondí, como si de alguna forma nos entendiéramos aun hablando distintas lenguas. El niño sonrió y caminó hasta detrás de una roca que superaba por poco mi tamaño. Lo seguí. Se inclinó frente a un montoncito de piedras. Las veía con tanto detenimiento que parecía buscar algo en ellas. Es posible que el niño tuviera ahí ya un buen rato, por eso no lo vi al subir. -¿Buscas alguna piedra en especial?-, pregunté aun suponiendo que podíamos entendernos. Volvió la mirada hacia mí, sonrió y dijo –mandani- mientras señalaba las piedras. No entendí, así que lo señalé mientras repetía esa desconocida palabra, haciéndole entender si ese era su nombre. Movió la cabeza en señal de negación y dijo -Tamap’u- mientras se apuntaba él mismo y -mandani- señalando a las piedras. Comprendí que ese era su nombre y que llamaba mandani a los objetos del montón. Según lo poco que sabía de la lengua purépecha, ellos usaban p’u para referirse a ellas, pero decidí no prestar atención a eso.

            Tamap’u me ignoraba, parecía más interesado en el montoncito de piedras. Agarraba una y la hacía a un lado, agarraba otra y repetía el proceso. Pensé que tal vez podía ayudar. Levanté la piedra más cercana a mí. Sentí una profunda tristeza en cuanto la toqué, como si la soledad me inundara. A diferencia de la primera, parecía que en ésta estuviera contenida la experiencia de una vida amarga, cuyas horas consumidas no hubieran sido más que tiempo perdido en el gris tedio de la falta de compañía. Esa sensación me hizo soltarla inmediatamente. El niño seguía ignorándome.

Después de un rato observando que movía una piedra tras otra, giró hacía mí. Sus ojos, claros como el sol, estaban nublados con pequeñas gotas saladas. Tenía una piedrita en las manos. -Jámani sesku-, dijo mientras me mostraba la pequeña roca que aprisionaba entre sus dedos con cariño, supe después que significaba algo como “irse a tiempo”. La piedra se veía vieja, enmohecida por el incesante cambio de estaciones a lo largo de, al parecer, muchos años. Una de sus lágrimas cayó en la piedrita y ésta, como si fuera una frágil hoja, se partió. Inmediatamente pude sentir como el aire espeso que flotaba en aquel lugar bajaba al pueblo y al regresar parecía traer consigo más peso, como si cargara a alguien. Él, cubrió con ambas manitas los pedazos de aquella roca y se fue caminando con dirección de Uarhini, el denso aire parecía moverse con él. Bajé casi detrás pero ya no pude verlo.

            Se hacía un poco tarde. El sol comenzaba a ocultarse detrás de aquellos cerros. Caminé con dirección al pueblo. Mi autobús salía esa misma noche. Antes de abordar pasé a una de esas fondas que hay en el mercado. Cené y pregunté a la Uarhe, que significa señora, si conocía por casualidad a un niño llamado Tamap’u. Respondió que no, y que además nadie en sus cabales pondría así a su hijo. Que era de esa forma como llamaban al Antiguo, el que siempre llegaba a tiempo, la mismísima Muerte.

La Uarhe, me platicó y trató de tal manera que pensé su alma sería preciosa si pudiera verla. Me dijo que esa misma tarde la Muerte había pasado a recoger el alma de Don Juan, un hombre muy viejo que ya sólo vivía esperando el momento de que ésta se lo llevara. Mandaniri auanda, dijo, que en purépecha significa: su alma está en el cielo. -De allá caen las almas-, continuó. -Caen del cielo y al caer se hacen como la tierra pero siempre viene Tamap’u a recoger algunas para regresarlas a la eterna morada, allá donde Tatajareita y Nanacutzi, el Sol y la Luna, gobiernan. Me despedí, tomé el autobús sin contar a nadie sobre mi encuentro con aquel niño. Al salir del lugar sólo pude mirar con nostalgia aquel pueblo lleno de piedras preciosas.

Froylán H. Alfaro. Estudiante de la licenciatura en filosofía, se ha destacado en su participación en las olimpiadas de lógica, en el 2016 obtuvo el octavo lugar en su fase internacional a nivel licenciatura. Ha sido activo en el área de divulgación científica colaborando con algunos centros dedicados a ello, así como colaboraciones esporádicas en Radio Zacatecas, en el programa “Con Ciencia”. En 2017 se tomó en cuenta uno de sus ensayos sobre filosofía de la matemática en el compendio anual de “Contribuciones a la ciencia en México” que fue publicado el mismo año. Se le publicó un cuento en el blog literario El Guardatextos y actualmente forma parte del grupo de escritores jóvenes “Los hijos de Alicia”.

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