Cómo aprender a fumar, de Joselo G. Ramos

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Lo ve. Desde un abrigo negro hasta los zapatos, porque a una mujer como ella no se le puede ir desapercibida la vestimenta. Enfoca a las manos por si la sortija y no encuentra más que un cigarro entre los dedos, no tarda mucho en concluir que no le molestaría llegar a casa con la ropa y el cabello apestando a tabaco. Pareciera no tener compañía, está recargado en la barra, intercambiando algunas palabras con el mesero y volteando de vez en cuando a la televisión que encierra a dos hombres dándose puñetazos. Ve los dedos llevando el filtro hacia sus labios, ella envidia el final naranja de los tubitos; su boca desea ser la boquilla que él lleva a la suya al menos ocho veces en un minuto. Olvida las nimiedades que charlan sus acompañantes, pierde el oído, olfato y tacto para sobrecargarse en la visión, pues la necesita porque podría ser la única vez que se deleite con esa fisionomía tosca, pero hipnotizante.

            La noche aumenta junto al frío, llega más gente buscando calor y exhalando humo para contrariar el clima. Pronto se hace una cascada gris e inversa que parece salir del suelo y termina empujando el techo. A nadie le incomoda vivir entre esa neblina sofocante, quienes no lo hacen se unen, igual a aquellos que una vez lo dejaron, la tarea es que las palabras salgan con forma, color y olor, no sólo un ruido pausado y fácil de ignorar. Ella es la única que se molesta, la catarata se interpone con lo observado, tanto así que se difumina hasta ser una silueta. Busca un mejor ángulo, pide a una de sus compañeras cambiar de lugar porque le molesta el humo, en su nueva posición resta uno de los cinco metros que la separan de él. Tal acercamiento la excita, se decide, le tiene que dirigir la palabra, no será difícil para una mujer como ella acecharlo, pero el prejuicio, la confundiría con una prostituta o mínimo con una sensatez alcoholizada. Sólo le queda esperar a su mejor trampa, el contacto visual, aunque sea entre un enfoque vaporizado.

            De la pupila, a la espesura y luego a él, que a veces es silueta y a veces imagen nítida. Solitario, llevando filtros o el borde de un tarro a donde ella quiere ir. Tiene que apresurarse por si termina de hacer lo que sea que esté haciendo, porque pareciera no esperar a nadie, al menos eso cree hasta que la distrae un vestido contoneado acercándose a él. Toma asiento a su lado, él la voltea a ver como la observadora quisiera que la mirara, la del vestido extiende su mano que pareciera ir al pecho del hombre para asirlo del abrigo y llevarlo a su boca, sustituyendo el tabaco y el alcohol. El instante se vuelve tenso, la observadora cae en celos, le empieza a arder la mirada hasta que la mano de la otra termina en el cenicero, lo arrastra hacia ella, enciende un cigarro y se distrae, también, con el televisor. No hay mucho tiempo, esa fue la primera advertencia de que en cualquier momento puede marcharse, o mucho peor, que llegue cualquier otra envalentonada y le arrebate lo observado que se volvió deseado. Reconoce que en estos casos no cuenta el Yo lo vi primero, hay que actuar.

            No lo piensa demasiado, deja su lugar, las acompañantes creen que se dirige al baño y no le toman importancia, ella avanza combatiendo la masa ruidosa de la música y palabrería con el punteo de sus tacones. Llega inclinándose, colocando los codos y parte del busto sobre la barra, en voz alta pide una cerveza. Voltea sigilosamente, él está concentrado en sus uñas, como si tuviera una íntima conversación con la punta de sus dedos. Sabe que una mujer como ella nunca pasa desapercibida, Tiene que voltear, piensa. En cambio, no pasa nada, la indiferencia parece a propósito, quizás sea el humo, pero ese disminuyó hace unos minutos, los pulmones pidieron tregua, no habría por qué pasar desapercibida. Recibe su bebida, da un sorbo mientras ve de reojo a quien la ignora, no hay respuesta y regresa a su sitio.

            De entre todas las opciones que tiene para acercársele, elige la que le haría quedar en ridículo. Ella que alguna vez juró nunca probar el cigarro, ahora tiene que hacerlo para no irse con las manos vacías. Con excusa de buscar labial, saca, cuidadosamente, uno del bolso de una de sus compañeras, una vez más se pone de pie y avanza. Conforme da un paso la densidad del humo aumenta. Está a un paso, a un tocarle el hombro para que volteé y vea el cigarrillo entre sus labios, la señal para que le acerque el fuego. Lo demás ocurrirá con naturalidad una vez que ella comience a toser, y él se dé cuenta que tal vez nunca había fumando y su intención era hablarle. Pero la intercepta un chisteo constante que se convirtió en una llama temblorosa frente a su nariz. Otro sujeto de sonrisa estúpida le impedía el paso, acercando el encendedor al cigarro sostenido por una mueca de cólera. Como ya lo tenía pensado, comenzó a toser mientras que el tipo del fuego no perdió la ocasión para tomarla de la espalda y preguntarle si estaba bien.

            En cuanto se recupera, ignora al del fuego, voltea al sitio de su observado para encontrar un cigarro a medio consumir sobre el cenicero. Se alarma, voltea con paranoia a sus alrededores, la espesura del ambiente le impide encontrarlo. Está sorprendida por tal desaparición, el sujeto del encendedor continúa terco a un lado de ella. Comenzó a hablarle, ¿Vienes sola? Un amigo mío hace lo mismo, dice que, si llegas solo a un bar, sales con una mujer. Justo ahora lo acabo de ver salir junto con una muy guapa, pero no tanto como tú. Ella cierra los puños, ignora la palabrería y toma asiento donde estaba su observado, parece sometida a un futuro llanto. No le queda de otra más que sacar del cenicero el cigarro que seguro era del observado, da una fallida calada, luego, preparándose otra oportunidad, ¡Ah sí! ¿Y cómo se llama ese amigo tuyo? No lo vi, es fácil notar a un solitario. El sujeto del encendedor sonríe ante la respuesta, toma asiento a un lado de ella. Cree que es su día de suerte, cree que a partir de ese momento dejará de ser el conducto que muchas mujeres usan para conocer a aquel hombre tan observado.

Joselo G. Ramos (Zacatecas, 1990). Estudia la Licenciatura en Letras en la UAZ. Ha publicado cuentos y artículos en diferentes blogs nacionales. Ha participado en distintos congresos de literatura. Es miembro del Taller Literario Alicia en la capital zacatecana. Es autor del libro de cuentos Más inquietante (2017).

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