¡Por favor, dígame que no hay muertos!*

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—Nunca en mi perra vida había escuchado balazos pero al oír la ráfaga me tiré al suelo, era un ataque y no quería morir en el lugar, —me dice el hombre que entrevisto y que señala con el dedo dónde se encontraba cuando sucedió el ataque a las instalaciones de la Vicefiscalía General de Quintana Roo y de la Secretaría Municipal de Seguridad Pública y Tránsito, en Cancún. —Creo que es el inicio del caos, muchacho, Cancún ya… Disparos interrumpen nuestro diálogo; el señor se tira de nuevo al piso y otras personas se resguardan en los puestos comerciales.

Sirenas de ambulancias y patrullas son el ruido de fondo de los gritos de policías que ordenan a la gente que se aleje de la zona. Me uno al grupo de reporteros y camarógrafos que hacían entrevistas a testigos, tomaban fotos o grababan video. La mayoría seguimos el sonido de los disparos.

¡Eeey! ¡Por ahí, por ahí! ¡Los balazos vienen de ese lado! Grita un elemento de la Marina ante nuevas detonaciones. Corren. Sólo alcanzo a ver como se movilizan en fila india. Distingo las diferentes formaciones de los Marinos a las que se unen agentes ministeriales y policías. Todos apuntan con sus armas hacia una de las entradas al estacionamiento del estadio de fútbol Andrés Quintana Roo. ¡Están adentro del C4! ¡No, acaban de salir! ¡Civiles, civiles, esos son civiles! ¡¿Grabaste eso?! ¡Cúbrete detrás del auto! ¡Agáchense, cabrones! ¡Aléjense de la camioneta! ¡Tiene tanques de gas! El ambiente se torna confuso y me pongo detrás de Moisés, mi compañero, nos erguimos y lo agarro de la espalda mientras él continúa grabando la escena.

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Más balazos. Más gritos.

Crujen los cristales que piso en el pavimento. Son del vehículo de una empresa de gas que dejaron abandonado a media calle. Tiene impactos de bala.

Calma.

No distingo de lejos los sucesos por problemas que tengo en la vista, pero dicen que hay dos sujetos en el piso y boca abajo. —¿Están muertos?, —le susurra un reportero a su fotógrafo. La pregunta rompe el silencio que trajo consigo la calma. —No, bueno, no sé, deja le tiro con el telefoto —le responde y cambia de lente. La situación da pie para que varios periodistas traten de recrear los hechos:

—¿Qué se sabe? —alguien suelta la pregunta.

—Que unos locos que viajaban en carros entraron a tirar plomazos a la Fiscalía.

—¿Carros?, ¿Qué no era en motos? —cuestiona otro colega mientras se acerca al grupo.

—Hay gente que dice que iban en dos carros, otros aseguran que en diez motocicletas… otros que eran como treinta atacantes… —le responden.

—Carros, motos, como sea, se tronaron a la policía.

—Ya me habló Cuarto Oscuro y AP, quieren las imágenes para ayer, como si estuviéramos en condiciones de enviar las fotos ahorita —interviene una fotógrafa.

—Tengo información de un contacto de primera línea que está adentro, dice que hay varios muertos y heridos. —afirma un colega que no quita la mirada de la pantalla del celular.

—¿Viste como me trato de intimidar el poli? Amagó con sacar su arma… —dice un periodista conocido como el Botargas.

—¡Carajo, apenas ayer fue lo del Blue Parrot!-—¡Ey, ¿oyeron eso?!

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En la radio de la policía escucho claves que no comprendo, piden refuerzos en la avenida la Luna con Nichupté. Una granada estalló cerca de un centro comercial. Siento escalofrío. Algunos de mis compañeros se cubren la boca con las manos, es una sensación entre asombro y miedo.

¡¿Qué demonios está pasando en la ciudad?! Se oye de una mujer. La pregunta se pierde en el ruido.

Policías caminan en la azotea del C4. Para saber qué pasa al interior del edificio, subo a las gradas de un campo amateur de futbol. Desde las alturas se ven vehículos mal estacionados con impactos de bala. Policías recorren erguidos los pasillos con sus armas empuñadas. También se ven civiles dentro, son aquellos que se encontraban haciendo tramites en la Secretaría cuando sucedió todo; algunos se asoman al exterior de los salones, otros se mantienen en el piso.

Ya han pasado más de cuarenta minutos desde que se reportaron los disparos en la Fiscalía. Las sirenas no dejan de sonar. Elementos del Ejército, Marina, Gendarmería, policía municipal, estatal y ministeriales mantienen acordonado el área y algunos se encuentran adentro de las instalaciones de la Fiscalía y el C4 para evacuar a las personas. Paso cerca de camiones, combis y taxis, que circulan sobre la avenida Kabah y se estacionan para subir a la gente. ¡Tomen este carril! ¡Vayan lejos del primer cuadro de la ciudad! ¡¿Los dejamos y volvemos?! ¡Sí! ¡No! Son las frases que intercambian oficiales de tránsito y conductores.

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Camino junto a hombres y mujeres que hacen transmisiones en vivo para redes sociales. Graban hasta donde permiten los cintas de precaución. En el camino también oigo llamadas telefónicas: ¡Estoy bien, mamá… tranquila, estoy bien! ¡¿Bueno, Melisa?, pásame rápido a tu papá!  ¡Mira, aquí está mi tío, él sabe cómo está la cosa! En contraste, paramédicos están asistiendo a personas con crisis nerviosas que se encuentran en las aceras, carretera, gasolinera y a las afueras del supermercado. Veo que varios reporteros abordan a alguien, me acerco para también grabar la declaración. —Todas las ambulancias de la ciudad están aquí, —Es Amílcar Galaviz, director general de la Cruz Roja delegación Cancún. —No, no sabemos si hay muertos… tenemos el dato de 3 heridos… No, aún no son cifras oficiales… en diez minutos les tengo información. —Fueron las últimas palabras que dijo antes de dirigirse hacia las ambulancias.

¡A ver cómo nos saca de esto el Gober! ¡Este ataque es por Doña Lety! ¡Seguro está relacionado con lo del BPM! También escucho de ataques a la Zona Hotelera y de ráfagas en el Ayuntamiento, lanzamiento de granadas en el crucero y centros comerciales… No encuentro a ninguna autoridad que pueda confirmar, o no, si es lo que en verdad está pasando. Le pregunto a algunas personas que de dónde las sacan la información y todos me dicen que de Facebook.

 Hasta ahora, nunca había estado en una situación similar; las ráfagas de balas que había escuchado en mi vida era a través de reportajes en la televisión o videos en internet que circulaban sobre los ataques de grupos armados en Monterrey, Torreón o alguna otra ciudad del norte de México. Son situaciones que aún me cuestan comprender. Pero no es el sonido de los disparos los que se quedaron en mi cabeza, sino una imagen que me pone la piel chinita cada que la recuerdo: una mujer como de cuarenta y tantos años que desesperada corre hacía mí y grita:

—¡Ayuda, ayuda! ¡Mi hija estaba poniendo una denuncia cuando atacaron! ¡Por favor, dígame que no hay muertos!

 

*Texto publicado originalmente en la revista Clarimonda.

 

Josué Tello Torres (1992, Cancún).

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