Las milf y unas noches. Cuatro poemas de Ezequiel Carlos Campos

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 Canto a las putas

 

(des)Canonicen a las putas.

Jaime Sabines.

 

 

Hay que olvidar a las putas.

Nuestro placer nunca ha sido su placer.

Ya no nos satisfacen sus sucias vaginas donde nos hemos escondido por miedo a la tristeza.

Sus senos con formas surrealistas dejarán de moldear los sentimientos de los que, noche tras noche, absorbemos nuestras caras buscando la laguna que quitará la sed.

Recordemos que el dinero es lo que quieren.

No es el amor.

No es el amor.

¿Quién puede seguir enamorado de una puta?

¿De alguien que es de todos, que nunca ha sido nuestra?

Ya no podemos hacerlo.

Nuestro amor ya no les corresponde.

Ya no les pagaremos a las que juegan a ser nuestras amantes, a las que hacen que nos arrodillemos y pidamos matrimonio con un anillo falso para después desvirgarlas por milésima vez.

¡Ya no más burla hacia nosotros!

Ya no más putas.

Ya no más enamoramientos de mentiras.

 

Oiremos a los que, después de las copas, van en busca de una puta.

Oiremos a los que piden su privado y lloran porque lo que toca es algo ajeno y nada duradero.

Oiremos a todos aquellos que gastan su dinero en una: dejar que vaya a su casa para que se sienta la pareja del desdichado, luego llevarse su dinero y dejarlo tendido en la cama con el placer más efímero del mundo.

Oiremos a los jóvenes que quieren experimentar su primera vez yendo al santuario de las putas y sentirse Zeus, cuando en verdad no pueden durar ni dos segundos.

Oiremos a los que están en las barras, tomando, y de súbito una voz de sirena lo llama, llevándolo a los bajos mares y perdiéndolo a la deriva.

Oiremos a todos y cada uno.

A ti.

A mí.

A los desafortunados.

 

¿Y nosotros?

¿Y los solitarios?

¿Y los tristes?

¿Los que no tenemos amor?

¿Los que buscamos el amor verdadero?

¿Los que vamos con ellas para acabar la necesidad?

¿Y los que se enamoran?

¿Y a los que dejan olvidados con no, mi rey, no puedo enamorarme de ti?

¿Por qué ellas serán tan crueles?

 

Ya no más putas.

Ya no más.

No queda más que seguir sufriendo como se sufre sin ellas y con ellas y después de ellas.

Dejemos el amor falso.

Olvidemos sus caricias.

Descanonicemos a las putas, ya que ellas no piensan en nosotros, sino en ellas y el dinero.

¡Sigamos amando como lo hemos hechos por los siglos de los siglos!

Encontremos otra cosa en la cual amar, ya que ellas, por muy buenas señoras, no comprenden a los solitarios.

Señoras putas, déjenos libres.

 

Las milf y unas noches. Memorias de un desahuciado

Noche primera

El Infierno es sumamente importante. Cada hombre que va descubre la magia que puede hacerse al momento de sentirse condenado. Todos logran cumplir sus sueños: sentirse amado por unos minutos, ser el tubo de una dama extravagante y que le bailen hasta el último centavo pagado. Sin olvidar que los grupos de hombres se forman al mismo instante de pisar el calor del Infierno. Los meseros preguntan De qué tiene ganas hoy, cuando la respuesta se ve en mi semblante, De las señoras. Quizá otros digan que de las niñas, de los guapos disfrazados. Yo ese día no. El Infierno es grandísimo y las señoras están en la sala del centro, el centro donde las quincenas se rompen.

 

Noche segunda

La Jacinta, la Jacinta mía, amor querido, que tus cuarenta y cinco años nunca dejen de bailar, que tu cuerpo de Diana siga refrescándose de la brisa del Infierno, que continúe convirtiendo en ciervos a los que te miran, que tus manos prestidigitadoras desaparezcan los billetes guardados en nuestros bolsillos. Tú sigue moviendo las caderas, toca el tubo cual verga de un desahuciado, sigue queriéndonos como a tus hijos, a tus nietos, Jacinta, estoy en el mismo lugar desde que me volteaste a ver la primera noche, desde que a causa del destino llegué a tu zona (sin pensar las palabras que le dije al guardia); esa noche estaba triste. Llegaste imantada y era lo que necesitaba: palabras bonitas, un abrazo de madre. Recuerdo que lloré en tu senos y tocaste mi verga, me diste un beso, nos fuimos a las puertas con luces moradas para terminar bien la noche con un baile de esos que jamás se olvidan. Prometí volver si tus bailes serían la misma medicina.

 

Noche tercera

Al parecer el Infierno no tiene demonios, el fuego que existe sólo está en el umbral de la entrada, no hay círculos infernales sino zonas preparadas para el negocio económico, para los que buscan diversión en lo más alejado de la ciudad, los que desean los movimientos de alguien ajena y las habladurías bonitas cuando se pone un billete en la delgada tela que interfiere la tanga de las expertas del arte sincrético de la sensualidad y el cachondeo. Quizá por eso Jacinta y su grupo de amigas son de las más queridas por algunos de nosotros: con ellas es distinto el Infierno, nos hacen elevarnos al éter.

 

Cuarta noche

El espectáculo comienza. Jacinta sale en tanga rosa, ningún sostén, sus senos son grandes, cuyos pezones muestran la madurez de la dama. Empieza en el tubo, se mueve, su trasero, lo más sensual de dicho cuerpo, zigzaguea. Ella es la culpable de los movimientos inferiores de los hombres. Felicidad es ver a Jacinta sin pestañear, sentir sus movimientos aunque el escenario nos divida. El querer que la tanga, en una de esas, se rompa y aparezca la línea divisoria de la tranquilidad y la locura. No es hasta que termina el espectáculo cuando baja, saluda a los clientes. No me he ido de aquí sin antes saludarla.

 

Noche quinta

Ya no hay más que escribir. Jacinta esta noche me llevó de nuevo a las luces moradas y me mamó la verga, cuando el letrero lo prohíbe. Esta noche fue la suerte del cliente empedernido. Jacinta ha sido todo en estas cinco noches. Es cumplidora. Prometió llevarme esa noche a su casa cuando el Infierno apagara las llamas, y así fue. Tocamos las estrellas y al final, abrazados, juramos nunca volvernos a ver, Alguien como yo no debe enamorarse de alguien como tú. Desde entonces no la he vuelto a ver. Jamás olvidaré las noches de espectáculo y la figura de Jacinta incitando a los de la zona central del Infierno. Jamás olvidaré aquella última noche, cuando me dijo Hijo en vez de mi nombre.

 

 

El hombre de mi vida

Quisiera encontrar al hombre de mi vida,

que me saque de este tugurio

y me lleve a una mansión lujosa

donde nunca falten las caricias,

los lujos y el sexo.

 

Quisiera encontrar al hombre de mi vida,

y no tener que trabajar cinco horas por mil pesos,

que el dinero me sea puesto

en la mesita para ir a pagar las colegiaturas

de mis hijos, de los cinco que deseo:

los mismos que mis hermanos

para ponerles sus mismos nombres.

 

Quisiera encontrar al hombre de mi vida

y viajar a los lugares más visitados

porque estoy harta de esconderme

cada vez que salgo por miedo de que me reconozcan

y me apunten con el dedo cual animal exótico.

 

Quisiera encontrar al hombre de mi vida,

estar con él todas las noches,

jamás sentirme sola,

que las noches se vuelvan horas

infinitas donde el amor impregne

los cuerpos y las caricias sean

la almohada hacia el sueño.

 

Quisiera encontrarlo porque estoy harta

de salir al escenario y me vean con caras vulgares

donde el simple hecho de encuerarme

me desciende cada vez más al Infierno.

Quisiera,

quisiera al hombre de mi vida.

Lo quiero ahora.

Ahora mismo.

 

Una buena mujer

Y también una mujer desvelada,

una hermosa, delgada mujer en la noche

que quisiera decir una palabra buena.

Aurelio Arturo.

 

La gente danza una misma cosa:

llegar a casa y cerrar las chapas,

prender las televisiones o chismear en sus teléfonos.

Hoy, yo no.

Mi meta es otra: deseo moverme por las calles oscuras

para creer que es bueno pasar las horas

y no contarlas, pausarlas.

 

Pero más encontrar a aquella mujer,

la que me pidió limosna la víspera

y me ofreció su cuerpo

para que ella y su hijo pudieran comer.

Si te decides, me dijo,

estaré en el mismo lugar

a la misma hora.

 

La veo.

La misma gente camina a su lado,

miran a la mujer de soslayo

como si no existiera.

Me mira.

Le doy un billete de los grandes

abre los ojos como faros

la beso en la mejilla y me voy…

no quiero ver su cara otra vez

ni sentir el roce de su piel.

No quise escuchar lo que me dijo,

aunque ahora lo pienso

¿qué pudo haberme dicho?

Quizá una cosa buena.

Ezequiel Carlos Campos (Fresnillo, Zacatecas, 1994) estudia la Licenciatura en Letras en la UAZ. Es poeta y narrador. Ha publicado en E-bocARTE, Barca de Palabras, Efecto Antabús, Abrapalabra, Cuestionarte MagazineLetras Raras, Asteroide ErranteMonolitoLa otra vozAeroletrasPoemínima EditorialLa SoldaderaCríticaAgenda Cultural (IZC), Fragmento Celeste y Papeles de la mancuspia; como en las antologías de cuento Todos juntos hacia un mismo sinfín (IZC, 2014) y Fabulaciones (IZC, 2014). Escribe la columna semanal “El pequeño guardatextos” en El diario NTR. Becario del Festival Interfaz-ISSSTE: Desdibujando límites, Monterrey, 2017. Dirige el fanzine y blog literario El Guardatextos. Es autor del libro de cuentos Aquello que no se cuenta (2017).

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