Dos cuentos de Vianney Carrera

No hay comentarios

Verde oscuro

Cuando conocí a Iván nos encontrábamos en el receso del ensayo orquestal. Él se presentó hacía mí como un simple estudiante que tenía anhelos de seguir en los ámbitos musicales. Mostrándose como una persona sencilla y un tanto burlona, la primera vez que conversamos me preguntó con una sonrisa pícara:

—¿Sabías que tengo los ojos color verde oscuro?

Obviamente era mentira. El iris de sus ojos era de un café tan intenso que parecían negros. Creo que notó que no le creí, entonces me dijo:

—Si quieres compruébalos tú misma.

Me acerqué a verlos, si le decía que era mentira, lo más seguro era que me siguiera insistiendo hasta que le diera la razón, por lo tanto, me convencí por unos momentos de que eran verde oscuro. Iván sonrió, supuse que creyó que había caído en su trampa.

Pasado el tiempo supe la verdad. Me confesó que no sólo sus ojos en verdad eran cafés oscuros, sino que también quedó cautivado de mi ingenuidad, puesto que nadie le había seguido el juego y mucho menos creído. Sonreí. Comprobé que yo no era la tonta.

 

Carmen

Tal vez fue la primera vez que vi por fin resplandecer la luz del sol, o tal vez, un ángel me llamó para que te hiciera compañía. No recuerdo nuestro primer encuentro, mi mente sólo guarda la memoria de tus ojos oscuros, tu cabello largo y castaño, y tu piel trigueña. Eres exquisita, ¿lo sabes? Nunca en mi vida me había encontrado con tal hermosura de mujer, que con tan sólo verla, hacía que perdiera la cordura por completo. Mi mundo se volvía sólo la belleza de tus ojos y de tu persona. Aunque no tenemos mucho en común, creo que cuando por primera vez intercambiamos miradas, me di cuenta que lo teníamos todo y a la vez nada.

Yo sé, nuestro amor no puede consumirse en la llamas de la pasión, debido a que no soy lo que tú quieres, yo lo sé perfectamente. En el salón de clases me trataba de concentrar en lo que explicaban los profesores, pero me era imposible, ya que tan sólo una pizca de tu rostro en mi mente, hacía que lo olvidara por completo. Cada vez que te veía salir del salón, en ese momento la vida se me hacía eterna porque no podía contemplarte, me era difícil sobrevivir. ¿Qué extraño no? Jamás en mi vida había sentido cierta atracción hacia algún ser, pero era maravilloso, no lo puedo expresar en su totalidad, en sí, era una sensación que era inexplicable.

Recuerdo que cada vez que llegaba a casa y terminaba de comer, me dirigía a mi habitación para poder escribir un poema con tu nombre. Después de que lo terminaba, lo olía con desespero y lo rompía en pedazos. Prefería sufrir en silencio que saber escuchar de tu boca un rotundo “no” si decidiera pedirte que fueras mi novia.
Un día, después de mucho tiempo, decidí crear una nueva cuenta en una de las redes sociales para acercarme a ti. Yo tenía una, y te había enviado una solicitud de amistad, pero nunca me aceptaste. No puse una foto mía de perfil, tampoco mis verdaderos gustos, sino lo que tú querías de un hombre. Te gustan los chicos malos, lo misteriosos y a la vez sentimentales. Esos que te hacen sentir como la mujer delicada que eres, y que a pesar de su rudo aspecto, son sensibles. Yo no era uno de ellos, no podía mostrarme tal cual era, me considero una persona débil pero a pesar de ello, creo que fui demasiado valiente para crear esa cuenta falsa aparentando ser lo que tú querías, enviarte una solicitud y que al final, cayeras redondita en mi poder.

Pasaron dos días, hasta que me atreví a chatear contigo; fue el día más glorioso de mi existencia. Dejé de ser yo para ser Emiliano Molina, hombre ideal, con porte y con nombre elegante. Me di cuenta que no éramos tan diferentes. Haríamos una linda pareja, pues tú también te sentías incomprendida por la sociedad. Con tus amigas no pasabas las horas maravillosas que decías pasar, ni siquiera esa hermosa sonrisa que cada día se dibujaba en tu rostro era sincera, sólo era una pobre máscara para ocultar lo que realmente sentías.

Y así, mi vida se convirtió el ordenador. Cada día, justamente a las 4:30 p.m., te mandaba un mensaje. Era una nueva manera de conocernos, nunca nos aburríamos o incluso, no había un solo instante en el que la conversación se tornara tediosa. Eso me enamoraba, tu creatividad al peguntarme sobre mi vida, hablábamos de cualquier tipo de tema.

Yo era una nueva persona, era más feliz.

Un día, me pediste que me dejara ver, ya que era el hombre que deseabas tener a tu lado. Al leerlo, el tiempo se me vino encima, mi corazón dejó de latir y me brotaron lágrimas. Lo siento si te hice esperar, no sabía que responderte. Me armé de valor y te pedí que nos viéramos mañana en la plaza municipal. Aceptaste. En mí, se empezó a desatar un gran caos, no sabía qué hacer, pero si me pediste que te viera, lo haría, pues en algún momento de la historia tendrías que ver mi rostro. Esa noche, me arrepentí de haberte dicho eso, pero ya era tarde, ya no habías más esperanzas, aunque en mi corazón tal vez las había, ya no valían la pena.

Al día siguiente, amanecí con ojeras y mis ojos estaban rojos de tanto llorar, lloré hasta perder el sueño, y todo gracias a ti. Las horas en el instituto pasaron y al fin sonó el timbre de la hora de salida y me dispuse a ir a la plaza, no sin antes de ir al baño y refrescarme la cara, pues así mis ideas fluirían mejor. Salí del edificio con mis útiles y me dirigí al lugar que habíamos acordado, los nervios me consumían, me era difícil pensar en qué decirte.

La plaza no era muy grande, pero sí hermosa: verde y llena de gente. Te busqué unos minutos dando vueltas alrededor de ella y te vi a lo lejos en el kiosko. Subí las escaleras, tenía mucho miedo y decidí no hablarte hasta que voltearas a verme. Lo hiciste, tu rostro no mostró aspecto alguno, sólo pensaste que estaba ahí por mera coincidencia. Me acerqué lentamente, y te hablé. Aún seguías indiferente y sólo me explicaste que esperabas a un chico. Mis labios se secaron, en mi garganta sentí un nudo y vomité las palabras:

—Yo soy Emiliano Molina.

Vi tu cara asustada, te alejaste unos pasos y te fuiste sin decirme adiós. No pude evitar el llanto en ese momento, ya nada valía la pena, en definitiva, nunca podré estar contigo, ni siquiera podremos ser amigos, ya no tenía caso. Bajé del kiosko con un sentimiento de derrota y caminé sin rumbo fijo mientras las lágrimas corrían por mi rostro. Fui una tonta creer que pudiera estar a tu lado.

 

Vianney de Lourdes Carrera Martínez (Torreón, Coahuila, 1996). Ganadora del primer lugar en el concurso estatal en Durango Imagina, crea y cuéntanos cuentos sobre el agua en 2010, la cual publican su obra “Memorias del futuro” en una antología. Ha participado en diversos talleres literarios a cargo de maestros como Sergio Blanco, Gabriel Castillo, Marco Antonio Jiménez, Javier Báez, entre otros. Su cuento “El círculo” está en espera de publicación bajo la Universidad Autónoma de Coahuila (U.A. de C.). En la misma institución, colaboró en Radio universidad en el programa de radio Taller literario como locutora. Actualmente cursa el quinto semestre de la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ); publica en la revista Barca de Palabras y es colaboradora y asistente de redacción en la revista Siglo Nuevo del periódico El Siglo de Torreón.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s