La última flecha

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Se hablaba bastante sobre el doctor Augusto. Decían que estaba loco, rumoraban que desde hacía más de medio siglo entablaba duelo contra un ser inexistente que, a palabras del doctor, andaba por doquier maldiciendo vidas. Sin embargo, sólo Augusto lo figuraba como tal. Para el mundo era un querubín con arco; para su mente retorcida –si es que le podemos llamar así a su voluptuosa percepción de las cosas– una criatura abominable, real, que nada tenía que ver con las explicaciones de la fábula.

Durante sesenta y dos años investigó, exploró posibilidades y dedujo métodos. Veintitrés veces consecutivas enfrentó al monstruo saliendo ileso. Ya para entonces tenía la oscura y soberbia certeza de ser el único capaz de terminar con él. Y esperó el día, en la segunda semana del segundo mes, en una noche nublada que guarecía a la luna hasta desaparecerla, escondido en su casona, limpiando su revólver de forma minuciosa, excitando las llamaradas incandescentes de su fogata con cartas sentimentales de antaño que ardían al instante, quizá, por la pasión oculta guardada en cada línea.

Con sumo sosiego continuó arrojándolas a la lumbre, como si el tiempo estuviese de sobra, estancado.

–Pues hoy yo creo que sí, estuve esperando la carnada todo el año –masculló.

Entonces tocaron el timbre. Se trataba de Regina, una joven estudiante a la que casi le triplicaba la edad. Había precavido durante doce meses que no se enamorara de él antes de tiempo. Augusto marcó una línea que separaba las reticencias de la amistad de los excesos del amor, aunque sin eliminar la idea en ella de que, en algún momento, ambos podrían cruzarla. Fue un ejercicio frívolo e inmoral –él lo sabía–, pero determinar el instante que precedía al enamoramiento exigía ciertos rigores inhumanos.

Caminó hasta la puerta con júbilo, la dejó entrar, luego miró los alrededores de manera furtiva, como presagiando un torrente de muerte. Así fue. En seguida de que Regina entrara por el vino prometido, un viento pomposo invadió la casona, y el silencio, exuberante, cayó en reposo.

–Ha comenzado –susurró para sí con un hilo de voz.

Hizo que tomara asiento frente a la chimenea y le dijo que lo esperara mientras iba por el vino. Augusto, calmado, apagó la luz del corredor, luego cruzó por el umbral, aluzándose con una vela.

–Pobrecilla –dijo mientras cargaba el arma, ocultándola.

Regresó con la botella y dos copas. Brindaron, charlaron, el doctor la acarició y, haciendo uso de sus dotes de elocuencia, terminó por que Regina soltera un te amo que, aún en su fortuita naturaleza, parecía poner los engranes en movimiento. En el umbral, un híbrido, casi hombre pero escamoso, de ojos amarillentos cuyo brillo siniestro esbozaba tortura, de uñas corroías y el impetuoso semblante de un niño, quizás el único acierto de las personas que defendían su apariencia de querubín. Entre las grietas de sus labios se asomaban mariposas trituradas. Ése era Cupido, suspendido en el aire con alas casi desplumadas que de forma increíble resistían su figura tremenda, y rascaba la garganta con respiraciones que profundizaban en su exaltación y frenesí. Sacó del polvoriento carjac una flecha antigua marcada con la sangre de quién sabe cuántos enamorados, listo para vincularlos en una maldición soslayada como la consumación de la vida; después tensó la cuerda del arco y los escudriñó con la instantaneidad con que se presenta lo fatal.

Augusto, que había esperado más de medio siglo atraparlo en su propia casona, fue contra los deslices de la edad y, con una agilidad no propia de sí, desenvainó el revólver con la ilusión de que su desgastada vista fuera guiada por el objetivo de toda su vida.

Ángel Soto (Zacatecas, 1995). Escritor de vocación y estudiante de Letras en la UAZ. Ha incursionado en diversos géneros literarios (desde el cuento a la novela) y publicado en revistas y suplementos culturales. Actualmente no trabaja en nada (o eso dice).

 

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