Nonato y anónimo

No hay comentarios

¡Ha nacido el mesías! Salió gritando la partera, corriendo por una calle estrecha donde los ecos se esparcían con facilidad. Como llegaba el anuncio se abrían las ventanas en cada vivienda, ha nacido el mesías y todo el pueblo tiene que enterarse. En cuanto la noticia toca a las escuelas se abren los portones y sale un cúmulo de uniformados ruidosos. Los campanarios resuenan, los pocos automóviles que hay hacen el mayor escándalo posible. Estallan los fuegos artificiales, la música, las lágrimas de devotos en la capilla. Desde un altavoz colocado en lo alto de la casa municipal anuncia una voz aguda la noticia, la repite cuatro veces, luego inicia una sirena y termina recomenzando. Todo mundo se dirige al hogar donde se dio a luz, el grupo de personas que tomó la delantera compite para llegar a pedir la placenta, confiados de que la ingesta del órgano curará la enfermedad terminal de sus familiares o amigos. Al final se acerca una peregrinación sobresaliente en rezos y cánticos, los ganaderos y agricultores se apresuran a preparar sus productos para ofrecerlos a los padres del recién nacido; arrancan el trigo y el maíz, los corrales se hacen un repentino matadero. Ha reinado la conmoción, la gente está incontrolable; cantos, explosiones y gritos son la unísona voz del pueblo.

            La madre está exhausta, el recién nacido también necesita descansar, únicamente es el padre quien mira sigiloso por la ventana, sorprendido por el recibimiento de la gente. De entre la mezcla de voces que llegan a sus oídos, lo más distinguible es la petición de salida, la presentación del salvador. El pequeño no debe salir así, apenas puede abrir los ojos, ahora sólo tiene ánimos de llevarse el pecho a la boca para luego dormir. Pero la gente no entiende que el mesías necesita descanso y el mesías no sabe que la gente está de fiesta, mucho menos que él mismo es la causa de tal. Alguien tiene que detener el escándalo, mandar a todos a sus respectivos lugares porque la euforia no hará más que generar molestias. Es cuando aparece, de entre el tumulto, un hombre de autoridad alzando su voz ronca para exigir calma. ¡Todo mundo tiene que irse, recordemos que nuestro Dios aún es un pequeño, yo no sé de las urgencias de cada uno, pero al igual que ustedes he estado esperando este momento, él ha llegado, nada nos cuesta esperar un poco más! Así fue como poco a poco disminuyó el alboroto hasta un murmullo constante en cada domicilio. De vez en cuando algún desesperado llega a tocar la puerta pidiendo conocer al hijo de dios, y es la partera quien se encarga, con pocos modales, de ahuyentarlos. Nadie, ni el gobernador de la comunidad, ni los poderosos traficantes de opio y alcohol, tienen todavía el derecho a verlo. Como ya se ha dicho, habrá que esperar hasta que los padres den luz verde.

            Mario ve con entusiasmo el dormitar de su hijo, aún sin nombre, y de Josa, su mujer. La partera, como un perro, se encuentra sentada frente a la puerta, aguardando el intento de algún impaciente, para salir a ladrar el discurso que ya hasta tenía en la memoria por tanto repetirlo. ¡La impaciencia es pecado, lárguense de aquí o les juro que serán los últimos en conocer a nuestro salvador! Los intranquilos pedían perdón o se iban en completo silencio, hasta que hubo uno que pidió algo preciso. ¡Al menos díganos cómo se va a llamar, necesitamos de su nombre para encomendarnos a él cada día y noche! Por primera vez en bastantes horas la partera dejó su posición para ir con los padres. ¿Cómo se llamará este niño milagroso?, pues hasta ella necesita saberlo porque decir Jesús en cada canto y rezo podría ser una herejía en caso de que el nombre resulte ser otro. Mario y Josa se encuentran en un dilema, un problema demasiado grande para ellos. ¿Será prudente conservar el nombre de Jesús o deberán hacer un cambio?

            Se trata de una nueva era, después de la pandemia no quedó más que un censo de cuatrocientos noventa mil en una pequeña comunidad Latinoamericana. La fortuna de que los sobrevivientes eran en su mayoría adultos funcionales hizo sustentable la producción de alimentos e impidió una pausa en la educación y sistemas del orden social. A pesar del sentimiento decadente en cada individuo y del desahucio acrecentándose cada amanecer, la promesa tallada sobre un árbol gigante del cual se desconocía su existencia elevó el optimismo. Esta profecía informaba la fecha y hora exactas, incluso estaban las iniciales de quienes serían los padres, M y J. Pudo resultar difícil que entre tantos hombres y mujeres con un nombre iniciado por las consonantes mencionadas se encontraran a los elegidos, pero fue más fácil de lo que esperaban. De los casi cinco mil habitantes sólo había unos setecientos matrimonios formales, y de esos, Mario y Josa eran los únicos sospechosos. Cuando Josa anunció estar en cinta, la partera, que era la persona más obsesionada con la promesa divina, hizo los cálculos necesarios para concluir que el parto tenía grandes probabilidades de ocurrir en la fecha señalada. Y así fue, el vástago salió del vientre y soltó el primer llanto justo a las once y treinta de la mañana, la hora y el día exactos.

            Fue suficiente con un cartel clavado en la puerta que mencionaba lo siguiente: «Lucio es el nombre del mesías. Haga sus oraciones y dé las gracias con este nombre. P.D. Pronto lo mostraremos a toda la gente y se permitirán visitas.» Se satisfizo la petición del nombre, pero los fieles seguían pidiendo más, ahora requerían de una imagen. Mario pidió a Josa que ya mostraran al primogénito, pero ella se negaba diciendo que aún no era tiempo, necesitaba de unos meses para sentirse segura, pues creía que le podrían arrebatar a su hijo. Mario creyó prudente la postura de Josa y no le quedó más que responder a los exigentes. ¡Josa teme por la seguridad de nuestro hijo, por favor sean comprensibles y denos más tiempo, por ahora tienen el nombre, Lucio, y respecto a un símbolo o una imagen, creo que podremos seguir adorando la cruz! No hubo oposición, al fin de todo eran palabras del padre biológico, tal vez influenciado por consejos celestiales. El pueblo reaccionó inusualmente en respuesta a la inseguridad que tenían los padres sobre el niño salvador. En menos de una semana un ambiente de paz se había provocado por los habitantes; la amabilidad, cortesía y hermandad imperaban como nunca había sucedido. Cada persona tenía en la cabeza la idea de que, si había llegado un dios, debía estar en un sitio digno, un paraíso apto para Lucio.

            Una utopía, el resultado de los actos premeditados en los hombres con la finalidad de ofrecerle un mundo amable al salvador. No lo crucificarán, en cambio, estarán al tanto de que Lucio permanezca vivo la mayor cantidad de años posible. Ése era el único pensamiento dentro de la gente, no querían cometer los mismos errores que los judíos cuando el hijo de dios se había encarnado en otras tierras y en otra época. Todo era optimismo y armonía, se creía un resultado de la llegada del salvador; a pesar de los fallidos cultivos, la flaqueza en el ganado, el pésimo clima que andaba entre días secos y otros lluviosos. Si bien, algunos factores no ayudaban mucho en la construcción del mundo cuasi-divino, el pensamiento colectivo sostenía el optimismo extremo. Mario y Josa no tardaron en notar el comportamiento del pueblo, todo encausado a la presentación pública de Lucio y al futuro bienestar de la humanidad. Fue cuando Mario decidió llevar un mensaje a la casa municipal y haciendo uso del altavoz, pronunció las palabras que todos ansiaban. ¡Mañana, cuatro de la tarde, desde el palco de la casa municipal, será presentado el hijo de Dios! Otra vez estalló el furor.

            Al frente los más ancianos y los enfermos, los niños atrás de ellos, le seguían los más devotos y al final el pueblo llano. No hubo disturbios como aquel día del alumbramiento, sólo los cánticos de alabanza con el “Lucio” incrustado a fuerzas donde había un “Jesucristo”. Cada persona, inclinada como las ovejas de porcelana que suelen usarse en la representación del primer nacimiento en fechas decembrinas, alzaba la cabeza hacia el palco donde, en pocos minutos, saldrá el aclamado niño dios. Hubo una pausa en respiraciones y cierta agitación del público cuando una silueta se asomó tras las cortinas del palco, hasta que la figura se esclareció y sólo era la partera, saliendo lentamente y postrándose tímida ante la multitud. ¡Ha ocurrido un milagro, como saben, nuestro mesías apenas tiene unos meses de edad, pero ya puede hablar, hace un momento dijo: “Mamá, papá, quiero salir a verlos.” Pronto lo conocerán! Renació el escándalo y los desmayos se presentaron antes de que saliera Lucio, porque nadie deseaba que la inconsciencia les privara el placer de conocer a dios. El mundo, literalmente, coreaba las dos sílabas del pequeño, ya daban las cuatro quince de la tarde y ahora se formaban, en las cortinas, las inconfundibles formas de Mario y Josa cargando un bebé.

            Aplausos, gritos, canciones y llantos, hacían un coctel auditivo que daba la sensación de haber salido del infierno. La grotesca escena se complementaba con los gestos en cada individuo, formando una masa basta en ojos y bocas. Los padres observaban con asco a una sola forma de carne, se sentían encima de un infierno encarnado que buscaba devorarlos. Josa, horrorizada y casi cayendo en la locura, dio un paso atrás, pretendiendo salir a esconderse con su hijo en brazos. Mario vio de reojo el reflejo de su esposa y pensó en lo mismo, huir. Pero una risilla de Lucio desistió las intenciones en sus padres, quienes instantáneamente se relajaron. Mario cargó a su hijo y lo alzó como si levantara un trofeo. Otra vez la lengua desconocida de aquella voz unísona tuvo que ser aplastada por la voz ronca del hombre de autoridad. ¡Basta, yo haré las preguntas, si alguien quiere dirigirle la palabra, viene y me lo susurra al oído, entonces se lo haré saber con esta garganta mía, recordemos que nuestro mesías es un pequeñito! Mario alzó más a su hijo, un gesto amable que indicaba la entrega de dios al pueblo, entonces todos en silencio.

            ―No preguntaremos ahora, Lucio. Que tus primeras palabras sean todas tu voluntad.

            ―Tengo hambre y sed.

            ―Mesías, Dios nuestro, redentor, pronto saciaremos tus necesidades humanas, sólo dinos unas palabras de esperanza que tanto necesitamos.

            ―Yo tengo una pregunta ―dijo Lucio con una sonrisa desdentada.

            ―Lo que usted pida, señor.

            ―¿Por qué me llaman Dios y por qué tanto escándalo?

            ―Porque usted es nuestro salvador, es nuestro mesías, el hijo de Dios.

            ―Se están equivocando, ése es el otro, mi hermano, de hecho venía conmigo. Yo soy el contrario.

            Volvió el escándalo como un bostezo enorme, Josa y Mario que cargaba al niño también reaccionaron con espanto. El hombre de la voz ronca hizo la única y última pregunta, pero esta vez su garganta, en vez de sonar imperiosa y estridente, fue un eco desahuciado, el ruido de un caer de cenizas.

            ―Si usted no es el mesías y dice que lo acompañaba, ¿dónde quedó? ¿Por qué no nació junto con usted?

            Antes de responder, Lucio dio una breve carcajada, hizo una ligera pausa y sonrió, otra vez mostrando la ausencia de dientes.

            ―Me lo comí. Ya saben, en el vientre no hay mucho espacio y a él le daba por moverse y estirarse mucho.

            No hay palabras exactas para explicar el terror que se desató tras escuchar las declaraciones de Lucio. El pueblo se fue contra el mal hermano, Josa y Mario, a pesar de conocer la gravedad del asunto, optaron por protegerlo, al fin y al cabo, se trataba de su hijo. Finalmente fueron desterrados, pasaron el resto de sus vidas en el pueblo menos destruido. Reinados por un horror en procrear a un nuevo anticristo, Mario y Josa jamás volvieron a tocarse. Lucio fue el único que vivió sonriendo hasta el día de su muerte. Mientras tanto, el pueblo se quedó esperando su extinción en medio de toda clase de desgracias. Al menos, para su consuelo, pudieron obtener un nuevo símbolo, la de su dios nonato y sin nombre. Así fue cómo la humanidad desapareció, mientras adoraba la imagen de un feto devorando desde la cabeza a otro embrión.

 

Joselo G. Ramos (Zacatecas, 1990). Estudia la Licenciatura en Letras en la UAZ. Ha publicado cuentos y artículos en diferentes blogs nacionales. Ha participado en distintos congresos de literatura. Es miembro del Taller Literario Alicia en la capital zacatecana. Es autor del libro de cuentos Más inquietante (2017).

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s