Territorio de hormigas, de David Márquez

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Era una sola diminuta hormiga caminando por la sala, deslizándose por  la baldosa de mi casa. Yo que me rompí la espalda trabajando  por cada bisagra y toma corriente que  adornaba la vivienda, que me maté y desperdicié mis mejores años laborando en la  armamentística  de destrucción masiva; para comprar las patas de la mesa del comedor donde jugaba la hexápoda; tan graciosa la hormiguita, quién se imaginaría que destruiría el cableado interno cuando ni  picaba.

No sé qué hice para merecer tal castigo, cuando en los años arduos ensamblando ojivas y misiles jamás tuve el coraje de agredir a nadie. En la cocina creí verla hirviéndose  en el sancocho como ruñendo los huesos de la res, ¡pero no! Estaba acechando en la almohada, esperando el momento oportuno para martirizarme, hasta ese entonces nunca había picado a nadie en la residencia.

Esa noche sentí cuando se me metió por un oído, creo que primero se quedó atrapada en los pelos del cerumen, cerca de la glándula ceruminosa, incómoda por la cerca  de vellos, decidió picarme por primera vez; y al rascarme con el meñique, la empuje  al conducto auditivo interno. Luego no se detuvo, la  muy desgraciada me picaba veinticuatro, siete, diez mil noventa, seiscientos cuatro mil ochocientas veces por segundo. Harto de la comezón, después de padecer la litografía por haz de electrones (proceso lacerante de nanotecnología que examina cada molécula miles de veces hasta degenerar los órganos), tras las múltiples e  infructuosas técnicas implementadas  para  extirpar el bicho escurridizo,    me eché unas gotas recetadas por un grupo de  doctores resignados ante mi padecimiento, me inundé el oído medio ante la insoportable piquiña, casi hasta el martillo y nada, no se ahogaba la desquiciada, por el contrario,   picaba más duro. Al cabo de unos pocos días, largas sendas  de himenópteros  atravesaban la casa, bifurcándose de un extremo al otro, una detrás de otra, dispuestas a morir por el territorio.

Para ese entonces, los de fumigación ni se atrevían a visitar el inmueble, porque la diminuta plaga se les colaba entre los trajes especiales, atormentándolos con un sarpullido insanable; así que en la revisión reportaron el inmueble como un caso perdido e intratable.  Legiones   implacables de himenópteros usurpaban  el domicilio completo, comandados por el repique del eco de  la hormiga en mi oreja (la cual le  servía de megáfono para comunicarse con las demás), que se movían cual  sinfonía de constelaciones en el techo  y yo vaciándome  frascos de gotas en el oído, con unas ganas de arrancármelo   que da miedo, porque se me estaba estancando el desinfectante  en el cerebro y me lo estaba pudriendo. Se me salían los mocos con sangre por la nariz. Además,  las hormigas adoran los flujos, sobre todo los  vaginales y seminales por estar enriquecidos con vitaminas primigenias, se deleitaban coladas entre las sabanas donde hacía el amor con mi novia, y por más que las sacudíamos, las intrusas seguían picándonos. Ella harta del hormiguero,  al corroborar que terminábamos íngrimos ella y yo, de últimos en la morada   a la merced de la hormiguela,   decidió unirse a los demás en el éxodo y  abandonar la casa.

Primero se fue mi padre,  su carácter rebelde no aguantó ni a la  hormiguita expedicionista, apenas la vio, empacó sus maletas dejando en claro que él no había nacido para lidiar con arrieras;  su lema era: “Dios no salve a la reina.” Él pertenecía a una estirpe alejada de las colonias inclementes. Luego mi tía decidió partir   porque con eso del aseo, se asemejaba a  la reina obrera y ella no se iba a disputar su corona, ni sus alas,  con una pinche hormiguita que en coraje ni le picaría  los talones. Después mi madre se mudó porque las invasoras se le estaban metiendo en las pinturas, en las cerámicas  y en los lienzos. Ella prefirió irse a vivir a un mundo de colores sin hormigueros para evitar fatigas innecesarias. Y así sucesivamente, los tíos abuelos y  los primos segundos migraron buscando lugares a la  oportunidad de hacerse a un espacio, sin las molestias que ocasionan las  mandíbulas de esos pequeños insectos calibrando la epidermis.

Mi tío, el más terco de nosotros, se la pasó alegando con las formícidas  hasta el último día que estuvo en la casa, les recriminaba   sin cansancio, vociferando  los improperios más desvergonzados, las amonestaba arrancándoles la cabeza, de una en una, con  paciencia asombrosa, disfrutaba viendo a las futuras desempleadas, desorientadas del camino de las obreras. En  el proceso tortuoso, las continuaba  insultando con infatigable desidia,  por sacarle esas horripilantes ronchas rojas, asquerosas  protuberancias en la piel, donde parecían incubarse los huevos de las hembras con sus larvas. Se marchó reprochándoles algo que  jamás les perdonó, por ser  lo peor que hicieron las vergajas, al ir ocupando  de a poco las alcobas más íntimas, una  vez comenzaron a devorarse a los bebés que habitaban la casa, a los nietos del abuelito,  picándoles por debajo de las uñas; y los párvulos  lloraban de una manera tan espeluznante que ni mi comezón en el oído se le igualaba, una ardentía  que  me martillaba con su estribillo en los conductos semicirculares, dejándome sordo.

Cuando me quedé en completa soledad contra el trillón  de  hormiguitas, la expedicionista me taladraba los nervios auditivos, con su grito de batalla: ¡Al que madruga Dios lo ayuda, al que madruga Dios lo ayuda y el que no duerme madruga dos veces! ¡Tenemos un problema ni el triple hijueputa, se me ha extraviado una hormiguita de mi ejército! La condenada me estaba reventando el utrículo, el vestíbulo, el sáculo, triturándome el caracol en el oído interno, mientras sus legiones  demolían mi casa, poblándola de  un clamor por la tierra desaparecida, ausente también como su compañera, que les infundía el aliento para no rendirse.

El complejo sistema de socialización de los insectos  me impresionó, al observar  como las castas de guerreras variaban de manera increíble e infinita, provenían  de los últimos rincones, de las faunas  más inhóspitas, esmerado en clasificarlas. Eran acróbatas y asesinas,  la hormiga faraona resistía  hasta el fuego y había de todos los colores; negras, amarillas y rojas.  Terminé perdiendo la cuenta ante tantas especies que se hacinaban en la casa.

Comencé por depilarme todo el cuerpo,  calvo, sin cejas, ni un solo pelo para que no se escabulleran entre  los filamentos. Me arranqué  las uñas y dejé de bañarme,  me sacudía las hormigas con un cepillo de lavar la ropa todas las madrugadas antes de salir, me hubiera metido en la lavadora pero allí también estaban las bellacas, algunas eran inmunes hasta el  agua y resistían diez días sumergidas sin alimentarse, ni respirar. Desplazado de mi hogar, con  mis familiares dispersos y acorralados, entre los  callejones solitarios de las despampanantes megalópolis que invadían; el planeta con sus industrias atómicas. Culminé hacinado entre los paneles de control y los reactores subatómicos en mi cubículo de la fábrica, acompañado por las máquinas nucleares  que también se asemejaban a los bichos incansables. No odiaba a las saprófagas por  la infamia que habían cometido en mi contra, ellas eran las inocentes de los intereses acumulados  por  la deuda en los bancos,  que me desangraban de forma más sanguinaria y cruel que las mismas arrieras  al devastar  la morada, sobre todo con sus antenitas tratando de atrapar las coordenadas   en la atmósfera y devorar lo que hallaran a su paso.

A veces remembraba sus besos en la madrugada, queriéndome morder la lengua para sacarme el  néctar de las papilas calciformes bajo  la lengua. El tamborileo inclaudicable de la hormiguita en mi oído, detonando todo el tiempo en mi trompa de Eustaquio con su grito picante de batalla: ¡Tenemos un problema ni el triple hijueputa, se me ha extraviado una hormiguita de mi ejército! Estribillo que me  ahuyentó del hogar junto con mis familiares, no me dejaba ni dormir; me inducía en unos trances incompresibles donde  el gemido solo  atinaba a estrellarme  contra los muros, los teclados y los botones. Un  lamento continuo y  desolado,  me descarriaba aturdido, divagando sin descanso por los subterráneos   de la industria de armas.

 Agosto 6 de 2016

David José Márquez Bolaños. Cali, Colombia. Ha publicado en diversos medios impresos y digitales. Maneja varios blogs en la red social Tumblr, tales como Cantos Naturales y Hojas al vacío; antologado en Pueblerinos; participante del 1er Coloquio Nacional Palafoxiano, en la ciudad de Puebla, en 2015, así como del Congreso Interuniversitario de Estudios Lingüísticos y Literarios, en Mérida, Yucatán, en 2016. Ha publicado los libros El odio de las garrapatasSueños de una super estrella de rock, entre otros.

 

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