A la sombra del nogal, de Ángel Figón

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Las ramas del árbol se mecían al son del cálido aire revuelto por los ventarrones de febrero. La vida era sencilla en esos momentos e ir a la sombra de ese nogal se había hecho una costumbre: luego de laborar en la siembra, la madre se las arreglaba todas las tardes para tener a sus dos hijos en el regazo, mirando al atardecer, mascando nueces y deseando profundamente que esos momentos duraran para siempre, y -la madre- que nunca crecieran los dos niños.

Recostados n el tronco del gran árbol, los dos niños jugaban y se molestaban tomándose los pies desnudos, viéndose la deformación en el meñique que los identificaba como hermanos. Se lanzaban las nueces podridas que había en el suelo y corrían alrededor de su madre. Ella los regañaba, pero luego reía.

Casi un año después, la revolución había llevado al patrón a huir del país y las parcelas quedaron abandonadas; no había quien pagara y el repartimiento de tierras estaba congelado en el eterno verano de México. Pero la incertidumbre del futuro fue ocultada a los niños, como otras cosas, por la madre en el nogal.

La revolución había pasado de unos chismes lejanos a algo real y el mayor de los dos hermanos, bajo el dolor y las protestas de la madre, fue obligado a unirse al ejército federal para luchar contra los rebeldes que se alzaban otra vez en el sur. El otro, el menor, se quedó con la madre; era un deficiente mental y estaba absuelto de cualquier servicio militar. Así fue como el hijo mayor dejó las tierras donde nació y de las que nunca había salido, marchando con la tropa con el pesado fusil recargado en el hombro.

La madre lo despidió junto con los besos llenos de saliva de su hermano menor un día antes, pero él debía despedirse de su pueblo, de su vida pasada: de su infancia. Giró rápidamente la cabeza y vio, con un nudo en la garganta y en una imagen que nunca olvidaría, el nogal de todas las tardes, y al fondo, las casas de adobe bajo el ardor del sol.

Las luchas y correrías que harían después, lo convertirían en un hombre; uno de esos días, estando en Oaxaca, había sido seleccionado por primera vez para pertenecer a un pelotón de fusilamiento.

Los maderistas se alinearon enfrente de ellos, contra el muro lleno de agujeros por los cientos de fusilamientos. Los fusiles se levantaron a la voz del teniente, los soldados acercaron los ojos a la mira, cuidando que el círculo de metal coincidiera con su objetivo, él apuntó a la cara del que tenía delante, y al momento que escuchó la orden de fuego, cerró los ojos y apretó el gatillo. Los ocho fusiles sonaron ligeramente desfasados y los cuerpos de los hombres se desplomaron, uno después del otro, casi al mismo tiempo.

— Felicidades soldado González. −Dijo el teniente con su voz sarcástica− Ya es un hombre.

— Gracias, teniente.

González se acercó al muro y vio el cuerpo del que tenía enfrente con un agujero en el centro de la frente, con los ojos todavía abiertos.

— Tiene buena puntería. −río el Teniente− ¡Miren como lo dejó!

Y no pudo dejar de pensar en esos ojos cafés abiertos.

Las derrotas, un año y medio después, los hicieron volver hacia el norte, sobre sus pasos, bajo las constantes escaramuzas y emboscadas de los rebeldes. La casualidad lo llevó de nuevo de camino a su pueblo.

El teniente iba en dirección contraria, prestando atención en las caras llenas de polvo que caminaban en la maltrecha caravana, estirando el cuello hasta que vio al soldado González.

— ¡González!, usted es de aquí ¿verdad?

— Sí, mi teniente.

— Necesito a alguien para la avanzadilla que conozca el lugar.

Fueron a caballo. Él les dijo que evitaran el camino empedrado e irregular, pues era difícil para los caballos, y tomaron en su lugar, aunque fuera más largo, uno plano. Tiempo después las primeras señales de su pueblo estarían por verse.

Su corazón latió con fuerza y las imágenes de los atardeceres acumulados y las sombras estiradas le hicieron sentir en un mundo que ya no existía. Lo primero que vieron fue el humo que se elevaba y se perdía en el cielo. Avanzaron y finalmente vieron el nogal a la entrada del pueblo. De él colgaban tres hombres descalzos con los miembros hinchados y tostados por el sol.

Detrás, el humo de las casas pintadas de negro por el fuego, soldados federales acostados en la sombra de las paredes, perros desperdigados y al fondo, casi escondida, una pila de cadáveres, terminaban de pintar el paisaje empezado por el nogal.

— ¿Pues qué chingados pasó aquí? −Soltó uno de la avanzadilla.

Era lo que todos se preguntaban.

Él veía el nogal, ahora totalmente seco, evitando las caras de los ahorcados; brincó del caballo, sorprendiendo a sus compañeros, para correr hacia al árbol, y con lágrimas en los ojos, miró hacia arriba mientras tomaba el pie con el último dedo chueco. Una parte de él murió en ese momento.

Un hombre a caballo se acercó con un revoltijo de polvo tras él, llevaba un fusil a un costado, que colgaba y daba brincos.

— ¡Compañeros! No se imaginan la que se armó −Dijo la cara sudada bajo el sombrero.

Él escuchó la voz, el polvo se impregnó en las lágrimas, y gritó:

— ¿Qué pasó aquí?

El jinete lo miró sorprendido por el tono.

— Pues nada muchacho, alguien escondía a uno que perseguíamos y pues la cosa se puso fea y nos chingamos a todo el pueblo −Puso sus dos manos en las piernas y cambió de tono− Pero hasta donde ustedes saben, fueron los contrarios.

Nuevo León, México. 26/02/17

Ángel Gamaliel Figón Minor (Nuevo León, 1999) Estudiante de Letras Hispánicas en la UANL. En realidad, no ha hecho mucho en su vida.

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