Al fin tengo una columna

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Soy un escritor incipiente, que sufre mucho. En realidad todos los escritores que conozco (principalmente los escritores de mi generación) son escritores incipientes que sufren mucho. ¿En qué se basa su sufrimiento? Hay muchas respuestas, muchas vertientes, algunas más recalcitrantes que otras. Unos, por ejemplo, sufren por las relaciones emocionales. Y para escribir, pregúntele a cualquiera, es imposible vivir en el desequilibrio emocional. Ese desequilibrio te quita tiempo; impide que te sientes todos los días, te arañes las rodillas y estrelles tu rostro contra el monitor. Otros sufren por la crisis de la hoja en blanco (síndrome común en las frustraciones literarias). Otros porque no los publican (actualmente no pertenezco a esta categoría, pero en su momento fui su representante más miserable). Recuerdo que mis primeros cuentos los mandé a una revista de alto nivel, y recuerdo que me respondieron fraternalmente (te mandamos, estimado Mateo, un caluroso abrazo) y me dieron un margen de seis meses para dictaminar la calidad de los textos. Durante ese lapso tuve una crisis existencial, tras la cual deduje que los editores me habían leído (por supuesto que me habían leído los hijos de puta) y tomaron la decisión de rechazarme. Entonces, una madrugada en la que me caía de borracho,   mandé otro cuento, y otro, y otro,   hasta que ya no despacharon abrazos calurosos y los cuentos fueron rechazados en un periodo de dos años. Por aquel tiempo mis coetáneos obtuvieron premios y menciones en concursos nacionales, así como publicaciones en grandes y prestigiosas revistas. ¿Por qué esto sólo me pasa a mí?, grité, inmerso en un sueño donde encontré a Roberto Bolaño bebiendo té de manzanilla, y él me explicó que la única alternativa para no perecer en el camino del arte era bajar mis estándares. Aléjate, pues, del establishment, me dijo, y cuando intenté abrazarlo se desvaneció.

Mandé cuentos a una revista de bajo prestigio, con pocos seguidores y cuyos contenidos eran menos que buenos. La revista no me respondió durante la primera semana y les envié un mensaje ridículo por redes sociales. ¿Para qué ponen un correo de contacto si no leen a los colaboradores?, escribí, y adjunté a una carita muy triste. Con gusto te leeremos Mateo, contestaron. Sin embargo la respuesta nunca llegó,   y repetí el mecanismo: mandé cuentos hasta que me marcaron como Spam. Tengo certeza de ello porque ahora soy amigo de sus editores. Nuestra amistad, por su puesto, se fundó en el cinismo y el resentimiento.

¿No me leen o no me quieren?, me pregunté en aquel tiempo ¿Será porque no riman mis apellidos? ¿Será porque mis cuento sólo hablan de travestis y adictos a las drogas?

Un amigo vinculado con escritores que (aunque suene increíble) eran más marginales que yo, me reveló la fórmula para ser aceptado: “formato y epígrafe”. Dijo: Buscas un epígrafe mamalón y dejas bonito el texto, con interlineado doble, con tipografía Times New Roman. ¿Crees que eso funcione?, dije ¿No importa, acaso, la calidad de lo que escribo? Y en respuesta él me soltó un repertorio de revistas y plataformas digitales que lo habían publicado. Carajo, dije, tienes toda la razón. Además, me dijo, les escribes un mensaje bien meloso, como si la revista poseyera pija y estuviera atorada en tu garganta.

Lo hice amigos. Y mírenme: ahora hasta tengo una columna.

 

Mateo Peraza Villamil. (Mérida, Yucatán, 1995). Periodista y escritor. Ha  publicado artículos y cuentos en medios digitales. Actualmente trabaja en el portal de noticias Homozapping. Becario del PECDA en la categoría de Jóvenes Creadores.

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