El día que mi padre me hizo bailar, de Nahum Rodríguez

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Sé, con toda seguridad, que nadie beberá agua o café en el funeral. No lo beberán porque contienen veneno. Porque sé, con más seguridad, que las cosas que hay en una funeraria están plagadas de esa verdad que es la muerte. La gente va a un funeral y saluda, abraza y algunos, que se sientan en sillones lejanos del muerto, se ríen, lejos para no molestar a los que sí lloran; pero también estoy seguro que si mi madre sale del salón donde está el cajón que contiene lo que queda de mi padre, las gentes felices del funeral se callarán y esbozarán una mueca de compasión y comprensión, arqueando el lado izquierdo de su labio y haciendo más voluptuosos esos labios. Mi madre no los verá bien y ella irá por más café, porque ella quiere probar la muerte, porque ella qué sabe de la vida sin mi padre.

Yo tampoco sé mucho de la vida sin un padre porque lo tuve muy cerca. Demasiado presente. Conozco uno de los resultados de su muerte, tendré que acercarme a mi hermana y secarle una de las tantas lagrimas que sacarán sus ojitos cuando vea el cuerpo seco y blanco por el cuadrito que dejan amablemente los fabricantes de ataúdes. Ella me dirá que no, pero la abrazaré fuerte y la obligaré a que me deje secarle sus ojos. Iré por más papel para dejarlo en su mano y ella lo haga por sí misma y aprenda a secarse los ojitos; ese es el primer paso para su independencia y sepa que nuestro padre no era el único que tenía las manos listas para soportarnos y secarnos las lágrimas que provocan la vida y la muerte, de otros, claro es. Saldré a fumarme un cigarro y me toparé con mis tíos, que me abrazarán creyendo que necesito un abrazo y sólo haré con la cabeza un movimiento que se figure a un “sí” y me alejaré poco a poco, poco a poco para darles a entender que lo único que necesito es no estar.

Parece que conozco todo a la perfección, pero no es así, he ido a pocos funerales en mi vida y ninguno se diferencia mucho de otro. La seguridad me ahoga sabiendo que tendré que hacer yo los trámites con el gerente de la funeraria, lugar donde los vivos van a cerciorarse de que están vivos, de que no son los que están en el cajón; cuando ven al muerto lloran o suspiran, los dos son de gusto y tranquilidad, respectivamente, por no estar pálidos y acostados para siempre; porque uno se imagina que cuando se muera habrá algo más allá, o se imagina la gente llorando alrededor del cajón, se imagina lo que sufrirán los demás; también se llega a fantasear con la idea de que si uno muere en un accidente, cómo será la reacción de la familia justo en el momento en que le avisen que uno murió de forma pronta y que por obvias razones, no se pudo despedir ni quedar en paz. Habrá muchas oraciones para que mi padre vaya derecho a dios y no lo paren en el purgatorio, pero fue buen hombre, así que si hay un más allá, y teniendo en cuenta las horas que lleva de muerto, supongo que debe estar allá, aunque por mi ignorancia en cuestiones de tierra y cielo y su distancia, no sé realmente cuanto se haga de aquí para allá, pero faltan cinco horas para que lleven el cuerpo y su envoltura a donde la gente no beberá café.

Otro cigarro más antes de salir del hotel donde me hospedé y al que llegué sin reservación gracias a la repentina muerte que tocó en casa de mis padres y preguntó específicamente por mi padre. Se lo llevó y no me dio tiempo, porque a casa de mis padres ni loco que llego, digo, para mí es como regresar a momentos felices y tristes que hay que dejar ahí, que no se deben volver a vivir y que es imposible repetir, entonces, ¿para qué regresar?, para qué quedarme ahí los dos o tres días que durará todo esto, porque no estoy tan demente para quedarme dos semanas escuchando llantos de mi madre y de mi hermana, volver a ver álbumes familiares, ver vacío el sitio donde mi padre se sentaba a leer el periódico cada puta mañana; no quiero ver la silla del comedor vacía y que mi madre, todavía negando, se atreva a servir un plato más y colocarlo ahí aunque él ya no esté; yo me levantaré y quitaré ese palto, afirmándole egoístamente a mi madre que ya no está, ella gritará y llorará, la tendré que abrazar, mi hermana se levantará llorando y se irá a su cuarto, minutos más tarde le gritaré que traiga alcohol para reanimar a mi mamá que casi se desmaya, que se desvanece y se borra, que parece que se va, que los ojos miran el techo y antes de ponerle algodón con alcohol cerca de la nariz, ella retira mi mano y voltea al lugar de la silla donde estaría mi padre sentado, comiendo, sonriendo y hablando de las noticias absurdas del periódico; ella lo verá, sonreirá y con mis gritos la traeré de vuelta a donde estamos, a la casa, silla y sillón vacíos. Mi madre volverá a la cama sin él.

Enfermo suena todo eso. Así fue cuando mis padres nos avisaron a mi hermana y a mí que se divorciarían, yo 19 y ella 13. Papá se fue y quise irme con él pero no pude, no me dejó, me dijo que yo no tenía que hacer nada, que las cosas cambiarían pero que yo, en poco tiempo, tendría que enfrentarme a cosas peores que la vida nos propone. No le entendía, a los 19 uno cree que las peores cosas son no traer cincuenta pesos en la bolsa para unos cigarros. Cuando me fui de casa a otro estado, a vivir esas maldades que mi padre decía que la vida me impondría, las viví, pero lo hice porque mi padre me lo había dicho. Un cuarto en una casa de asistencia, un trabajo dando mi opinión sobre libros en un periódico, comida hecha y vendida en la planta baja. Las vicisitudes de las que habló mi padre no eran referente al hambre o la falta de dinero, ni tampoco a mojarte con la lluvia y resfriarte al día siguiente; de lo que hablaba mi padre era de la soledad, de esa inmunda amiga de la muerte que te acaricia y no quieres soltarla; parece una mujer que te toca para encenderte, te besa, te acaricia la pantorrilla, te acaricia detrás de la rodillas, te muerde el muslo y sus uñas, despacio, llegan a tu ingle, ya no puedes decirle que no, ya no puede detenerte porque su boca se ha puesto en tu boca. Hacer el amor con la soledad es bonito, y la única forma de salir de ahí es encontrar a alguien real, porque esa imagen de la soledad, como todo, enfada, se necesita otra cosa. Eso le pasó a mi padre, regresó a casa un año después del supuesto divorcio. Mi madre lo aceptó porque sus soledades eran las mismas. Era un destino en común, vivir sin el otro para darse cuenta que la boca de la soledad te da más sed de otra boca.

Yo beberé café porque me gusta; beberé té en caso de que no haya café, pero como mi padre era un excelente previsor y su funeral lo arregló hace mucho tiempo, estoy seguro de que habrá café. El día de hoy me ahorca la seguridad. Compré tres cervezas en el bar del hotel, me tomo la tercera mientras escucho hablar a una mujer por celular, está enojada y me aturde, su voz es chillona, tiene cabello negro y un lunar en la mejilla izquierda, que es la parte de su cara que veo; extraño es ver esa mitad, esperar a que volteé y mientras espero, estar en la incertidumbre de no saber cómo es la otra mitad, no saber si hay otro lunar, una cicatriz, tal vez esté tuerta, tal vez tenga una deformidad de nacimiento o una quemada; tal vez tenga veintinueve años, veintinueve y medio, veintinueve tres cuartos, veintinueve y un cuarto, y agradezco a dios haberme mandado a ese hotel porque tengo un cuarto y la mujer se ha ido a coger conmigo. En esa habitación donde mis ganas han mandado mucho a la chingada la cama y la he penetrado en la taza del baño, en la regadera, en la alfombra y justo detrás de la puerta de entrada. Un cigarro después de hacer el amor, para tranquilizarme y confirmar que no hay deformidad en la otra mitad de la cara que se esconde por vergüenza de haber besado, y algo más, a un desconocido conocido en un bar de un hotel justo a las tres de la tarde. Me pregunta que cómo me llamo, le respondo que en dos horas me voy al funeral de mi padre, sonríe. Haber hecho el amor antes me ayudará a soportar a la puta gente. No fue hoy la soledad la que mordió mi ingle.

Se ha ido, me dijo adiós y le respondí adiós. Me tendré que bañar de nuevo porque no puedo oler a sexo en el funeral de mi padre. Qué bueno que no llegué a casa de mis padres, de mi madre…cómo peleabas, papá, que esa era tu casa y que ahí se respetaría hasta el más mínimo pedazo de regla que tú mismo rompías, como eran tus reglas tenías el derecho de romperlas, de hacerlas trizas cuando se te ocurría, de romperlas en nuestras caras con tu mano abierta en las mejillas de mi hermana y las mías, cuando vociferabas que era tu casa. Ya no es tuya, es de mi mamá y aún tengo mi habitación, mis cosas y ropa, está tu cara por todas partes, está mi hermana corriendo por las escaleras, está mi trompeta y hay muchos libros que no me lleve, ¿ya ves?, hoy es más mía que tuya, a menos que mi madre considere lo contrario por el desazón (o molestia) que ha dejado tu muerte. Esos festejos funerarios hacen que me duela la cabeza, y en el taxi ya me empieza a doler; las cuatro, cinco, seis o siete cervezas empiezan a bajar, por eso tomaré café. Después de los treinta ya nada es igual. Después de ver a mamá abrazada a tu cajón nada es igual. Viejo cabrón, ni muerto te suelta y ni muerto la dejas de hacer llorar.

El café está frío, sabe a veneno y mi hermana me ha manchado la camisa cuando me abraza repentinamente llorando y ¡chingado!…no traigo el pañuelo con el que le secaría las lágrimas. Mi madre no ha notado mi llegada. Voy al baño por pañuelo y me topo conmigo en el espejo, me veo y veo a mi padre, reflejado sobre mí; miro mis ojos, sus ojos, no lo soporto; miro la frente gastada y las canas en mi barba, veo sus arrugas y mis labios resecos. Estamos en silencio. Me realizo en sus ojos. Me siento vivo porque no soy yo el que está en el cajón. Un cigarro en el baño. Pongo mi mano derecha extendida debajo de nuestro ombligo y mi brazo izquierdo se alza con la mano abierta… un dos, un dos, un dos, cierro los ojos para no verme… un dos, un dos, adelante y atrás, adelante y atrás, un dos, bailo y bailo. El tiempo no me importa porque bailo.

Nahum Rodríguez. Nací en Guadalajara en el 89. Vivo con una mujer y dos mascotas que lamen las manos. Escribo desde hace poco y no tengo ningún premio, tampoco publicación. Estudié psicología y me gusta el psicoanálisis.

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