Tres textos de Mateo Peraza

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Tengo un lunar en medio de los ojos

Tengo un lunar en medio de los ojos. Lo he intentado arrancar pero no cede, como mi novia Juana, como mi carrera de poeta, el lunar no cede ante la insistencia de mis uñas por hacerlo sangrar. He intentado con todo. Cuchillos, fuego. De hecho ahora está circundado por piel quemada, costras que se han vuelto imborrables, cicatrices, y de cualquier modo recupera su color, su firmeza, y cuando lo arranco (dos o tres días después) aparece como si nada. Cuando le digo a Juana que todos mis esfuerzos por eliminarlo de mi vida son inútiles,   ella ríe, come papas fritas y cambia los canales de la televisión. Finge que no me escucha aunque en realidad pone atención a todo lo que hago. Si me siento a escribir y muestro concentración, sube el volumen y mastica con la boca abierta. Crash, crash. Subió de peso, se dejó crecer los vellos de las axilas y las piernas y, después de que le dije que no quería tener hijos, compró un perro que mantiene todo el tiempo dentro de la habitación y que, cuando intento penetrarla por la noche, me muerde el culo con todas sus fuerzas. Es más: hoy en la mañana he tenido que mirarme las heridas en el espejo. Las heridas que rodean el lunar y las heridas de mis nalgas están a carne viva como si alguien las hubiera rebanado con un cuchillo hirviendo. La poesía, por lo demás, simplemente no funciona. Dejar la carrera de administración para lanzarme al “camino del arte” fue una estupidez. Justificándome, diciéndome que “es parte del proceso creativo”, paso el día fumando mariguana e iniciando versos libres que son peores, uno tras otro son peores. Estoy condenado al fracaso , pienso, y Juana lo ratifica: Eres una mierda, me dice, mientras mira en la televisión un programa de travestis que compiten por ser el mejor travesti. Un American Idol de travestis. Mi madre, además, vive con nosotros en la casa que rento con las reminiscencias de una beca que saqué a principios del año pasado. Sentada en la sala todo el día, ve programas de detectives, fuma y se queja largamente de Juana, con quien estoy vinculado desde que salí de la preparatoria. Esa mujer, me susurra, es cruel y además está quedando muy gorda. Deberías salir de nuevo, hijo. Buscarte a alguien que te entienda, que lea lo que escribes. Mi madre está enferma y por eso la soporto. En realidad soporto a todos porque no hay otra forma posible de vivir. Juana se esfuerza por no moverse. Cuando el control cae a un lado de la cama me grita que lo recoja. Aunque esté en la planta baja haciendo algo trascendente como un poema sobre cualquier cosa, exige que suba y ponga el control sobre sus manos. A veces ni siquiera prende la luz de la habitación. Entro y lo único que la ilumina es el resplandor de la pantalla. Su estómago, matizado de gris, sube y baja al ritmo de su respiración pesada.

Polvo

Pon tu cara más marginal, dice mi compa Francis. Así parecerás el más bukowskiano de la antología. Así hasta te confunden con Bolaño. Lo digo porque traes la greña larga y esos lentes cuadrados y pesados.   Hasta parece que estuviste dos días en la dictadura. Es más, jala esa chela   vacía y la pones a un lado, haz como que la tomas de golpe. A huevo, agárrate la jeta, a huevo. Te ves bien cabrón. Autodestructivo, insondable, poético. Que se vea mi perfil, le pido, porque de frente mi cara se ve muy ancha. Simón, dice Francis parado en el umbral de la cocina. Oye, y   qué cuentos metiste. Metí tres. ¿Cuáles? Pues el de los viejos que hacen un cuarteto con otra pareja que es una versión de ellos mismos pero más jóvenes. El del hombre que se hace amigo de un perro, pero el perro muere y el hombre se queda solo y se mata. Ese de un bato que camina por una calle bañado en sangre pero nunca se sabe si la sangre es suya o de alguien más. ¿Quién los aprobó? Me parece que el Teacher. No mames, ¿ el Teacher? Sí, lo fui a ver ayer; de hecho entré a su casa y llegué a la biblioteca. El bato comenzó a acariciarme la pierna pero le dije que no mamara, que ya habíamos quedado en algo. ¿Y es cierto que vive con un chingo de gatos que se mean por todos lados? Sí, tal cual. ¿Y qué te dijo cuando le dijiste que no mamara? Pues que tenía razón , pero que de cualquier modo él veía el aura de mi talento. Luego fue hacia un estante lleno de polvo, agarró dos caballitos llenos de polvo, los puso en una mesa llena de polvo y sirvió un tequila que, te lo juro, sabía a polvo. Dijo: ¿acaso traes un toque? Me dio risa porque fue una forma, como decirlo, pues rebuscada de pedirlo. Pero yo siempre traigo un toque, así que lo saqué y dije: solo porque usted es mi Teacher favorito y porque me prometió un lugar en la antología. Pero en eso llegó su mamá a la casa, imagínate,   la mamá del Teacher, que es una de esas señoras   hechas de cemento que perdieron sus emociones en algún punto indefinido de la adolescencia, y el Teacher pregunta: ¿Te quedas a comer?, como si fuéramos amigos de la secundaria. No mames, ¿y qué dijiste? Pues que sí, pero que   la verdad me gusta comer después de fumar mota ,   y que ese es un ritual que no he roto en algún tiempo y que no estaba dispuesto a romperlo en ese momento. Además el Teacher estaba ansioso porque me quedara. Cuando acepté el caballito de tequila con probabilidad pensó: “A este morro ahora sí me lo cojo”, tal como le hizo al Parce. No mames, ¿se cogió al Parce? Sí cabrón, ¿no lo sabías? No, ¿cómo fue? Pues una vez al terminar el taller, me quedé yo, Parce, y la morra esa que escribe cuentos infantiles, una que está con nosotros en la clase de Literatura Comparada, ¿la ubicas? Sí, sí. Bueno, pues me puse sobres con esa morra y el Teacher lo vio. Para eso,   no había conocido su biblioteca y nos limitamos a ir a de la sala a la cocina por más tragos o al baño para dar unos jales de mota y escupir el humo por la ventana que da hacia la batea. La morra ya andaba cediendo y el Teacher le dijo al Parce: oye colombianito, mejor le damos espacio a los muchachos, ¿qué no? Pero güey, el Parce ya andaba hasta el culo, hasta la verga. Hablaba pero sus ojos se iban hacia atrás como si buscara un recuerdo en su cerebro, y el Teacher en calidad de trapo lo levantó y lo llevó arriba, donde se supone está su despacho y donde se supone le iba a mostrar unos textos de un escritor nuevo llamado Juan Sebastián Cárdenas, un colombiano que según el teacher ejecuta un pedo que es ficción autobiográfica y a la vez ciencia ficción. Algo así. El punto es que lo sube. La morra finalmente cede, tal vez por presión deja que le agarre una teta y luego le meto la lengua hasta el fondo, le pellizco los pezones mientras arriba, enseguida lo noté, comenzaron a sonar ruidos fuertes, como truenos en el interior de la casa, algo que no quise tomar en cuenta porque andaba clavadísimo tocándole las tetas a la morra. Le desabroché los botones de la blusa oaxaqueña que traía y se las saqué. ¿Así nada más? Sí güey, así de huevos se las saqué y me las metí intercaladamente en la boca. Bajé una mano, la metí en su falda y sentí que la morra, verga, ¿cómo se llamaba? Creo que Jessica güey. Sí, a huevo, sentí que Jessica no traía calzón. Y enseguida topé con un matojo de pelo.   Comencé a escarbar, a besarle los pezones como si fuera un bebé alimentándose, un pinche bebe muerto de hambre. Ya luego dije: Acuéstate mejor. Pero ella estaba en un plan de que ya casi me cogiste pero me hago a la difícil. ¿Sí sabes a qué me refiero? Sí güey, entonces qué. Pues me dije: A esta vieja le gusta que haya fuerza. Así que le di un empujón y cayó de espaldas contra el sofá y alzó las piernas altísimo, como si no hubiera querido hacerlo pero demostrando: bato, aquí está la entrada. Aplícate. Y sin dudar metí la lengua en el matojo y me tomó un rato encontrar la abertura pero cuando la encontré estaba totalmente mojada. Chupé, no sé, algo así como quince minutos, cuando arriba los ruidos se hicieron más intensos. Te digo: como una tormenta eléctrica o como si la casa recordara el movimiento sísmico del 85. Y me dice la morra: No quieres ir a ver si el Parce anda bien. Y yo le respondo: No, tranquila. Ese bato creció en la calle de Colombia. Si alguien se la puede fletar es él. Es que oye, me dijo, antes de que sigas, ¿te gusta lo que escribo? Claro, le respondí mientras enterraba más mi cara en el matojo y los pelos se me metían entre los dientes.   Al final ella me dio una chupada muy rápida, que apenas sentí, y cogimos de misionero hasta que me corrí en su estómago . Ella   se quedó dormida porque esa vez, fácil, acabamos como dos botellas. Cuando se durmió a mí me dieron curiosidad los ruidos de arriba, o sea, si el Teacher sólo le iba mostrar los textos de Sebastián Cárdenas al Parce, ¿por qué razón tendrían que haber ruidos como si alguien estuviera siendo asesinado?   Por eso subí , abrí la puerta,   y encontré al Teacher de cuclillas dándole una mamada al Parce. Pero una mamada, Francis, de otro puto mundo. El teacher tenía la cara roja. Había ruidos de película porno. Esos gorjeos, ¿ya sabes? Sí güey, ya sé. Y el Parce en el acto me vió y dijo: Cabrón, Parce, coño, cierre la puerta, voltee hacia otro lado, coño. Pero yo no pude voltear. El Parce tenía unos huevos de toro morados que contrastaban enfermizamente con su piel pálida y que a mí, sabes lo morboso que soy, me generaron mucha intriga. Entonces nos los dejé de ver hasta el Teacher se levantó para cerrar la puerta. Sacado de pedo, bajé las escaleras en silencio. El sonido continuaba, una tormenta silenciosa que solamente yo percibía. Por eso me dijo que sí a lo de la antología y el día que comimos con su mamá me reitero lo de los textos. Lo primero es que consiga una foto decente. ¿La que acabas de tomar como quedó? Bastante bien, dice Francis, se ve la mandala que tienes tatuada en el brazo.

Nací en 1990

Nací en 1990. Me criaron mi madre y hermana. Ingresé al CERESO por robo. Me hice adicto a la piedra. Formé un grupo de rap con dos pandilleros que entraron por asesinato. Conocí sicarios, jefes de plaza. Vi cómo un adolescente fue forzado a mamarle la verga a cuatro reos entre los cuales yo me encontraba. Durante un evento para recaudar fondos, un funcionario de gobierno nos escuchó cantar rap y nos regaló una beca musical que al salir   gasté en piedra y en recuperar las cosas que empeñaba para fumar piedra. Volví a la cárcel. Dejé de cantar rap. Cogí con un travesti tabasqueño a la que apodaban Dientes. Dientes venía a mi celda cuatro veces por semana. Cuando lo penetraba me pedía que le besara la boca. En una ocasión lo hice. En otra ocasión lloré en sus brazos. En otra ocasión dejé que me penetrara a cambio de piedra. Estaba drogado y no sentí nada. Dientes fue liberado poco después y tuve que conformarme con masturbarme en medio de una oscuridad cargada de peste y ronquidos, sintiendo el frío perforar   mi   médula porque dormía   con el cuerpo pegado al cemento,   bajo la cama de un reo que entre sueños hablaba sobre su esposa y su hijo muerto. Las cucarachas bailaban sobre mi vientre. Las aplastaba con mi mano desnuda.   Me hice amigo de un dealer que al salir me conectó con sus hermanos, con quienes trabajé de repartidor de droga cuando estaba por llegar el año 2017. Me compré una moto que sonaba como una nave espacial. Me compré un celular touch, unos audífonos gordos que ponía bajo el casco.   En las noches, al terminar los repartos, fumaba piedra y corría la moto en la carretera hasta rebasar los 200 kilómetros y sentir temblores en la boca del estómago.   Me mantenía firme: aceleraba hasta que el aire que entraba por mi nariz ardía y la luna y los coches se volvían un revoltijo de imágenes absurdas. Una madrugada empeñé la moto por 600 pesos de piedra. Los fumé encerrado en una bodega que le pertenecía a uno de los contactos del dealer con el que trabajaba. En la bodega había objetos robados. Una cuna manchada de sangre. Una mancha grande y centralizada que abarcaba todo el rostro de una una caricatura como si el líquido proviniera de sus venas dibujadas. También vi un disfraz de Santa Claus, un bote blanco con el símbolo de la Cruz Roja. Varias motos. Los drogadictos tienen afinidad por las motos. La bodega no tenía ventilador ni ventanas, solamente un hueco del tamaño   de una moneda por donde observaba el movimiento de la calle, por donde veía   aparecer la noche creyendo que en cualquier momento alguien entraría a matarme o mandarme de vuelta al encierro. A veces el dealer enchufaba un pequeño televisor y fumábamos piedra mientras veíamos novelas en Televisa. En una ocasión su pequeña hija se bañaba desnuda en una piscina de plástico. Tenía menos de once años.   Me acerqué para mirarla y sin pensarlo le embarré mi verga   en la mejilla. Se fue corriendo. Olvidé lo que hacía frente a la piscina. Me acerqué a la bodega, quebré el candado y comencé a sacar   cosas. Una tele. Un microondas. Una caja llena de relojes de oro.   Pensé en ahogar a la niña para que no dijera nada. Compré mucha piedra y me hice un tatuaje de la Santa Muerte. Debajo le inserté un pedazo de hueso que le pertenecía a un perro que asfixié con una cadena. Recuerdo despertar en una banqueta con la bota de un policía sobre la cara. La tarde que regresé al CERESO fumé mucha piedra e intenté cortarme las venas con una lata de Coca-Cola. Me vi manejando la moto por calles vacías que se alargaban hacia un horizonte oscuro.   Vi la cara de mi madre saludándome a la salida de la escuela. Tenía otro rostro, otra altura, pero yo sabía que era mi madre. Cuando llegué con el médico de la prisión, estaba muy drogado y no podían darme pastillas. La sangre salía disparada. Hicieron las suturas sin anestesia. El sujeto que me arrastró a la enfermería estuvo ahí cuando desperté. Todo se lo debes a Jesús, me dijo, tocando mi frente con ternura. Le creí, leí pasajes de la biblia. Extraje el hueso de perro de mi espalda.   Pasé seis meses sin consumir piedra. Un día mi hermana me visitó y   dijo que mi madre había muerto sola. Que entre convulsiones clamó mi nombre. Intenté matarme de nuevo. Compré más piedra. Recordé cuando me lanzaba con la moto sobre la carretera y las imágenes transcurrían tan rápido que nada tenía importancia. Una noche me concentré en lo que susurraban las cucarachas. Hablaban sobre poesía. Decían que el encierro se vuelve relativo con las dimensiones del espacio. Era dos y al terminar sus declamaciones se revolcaban sobre mi vientre. Cerraba los ojos y sin embargo sentía sus patas frías frotarse contra los vellos de mi pecho.

 

Mateo Peraza Villamil. (Mérida, Yucatán, 1995). Periodista y escritor. Ha  publicado artículos y cuentos en medios digitales. Actualmente trabaja en el portal de noticias Homozapping.

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