¿Q. H. J.?

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Maldito calor es insoportable, esta ciudad sólo tiene una estación. Siempre estamos en pinche verano. Todos los días parecen los mismos a las 12:00 pm; el sol le tiene un odio especial a este lugar. Yo, con una estupidez mayor a la habitual, decido venir al centro para terminar algunas diligencias, error más grande es no tener la gasolina suficiente para encender el aire acondicionado.

No solo tendré que soportar el calor del mediodía, si no también los gases de los camiones, la gente gritándose por cosas sin importancia y todos lo olores de lugares asquerosos, que no podré evitar.

Conducía entre las calles, hasta que logré salir a la plaza grande o zócalo, como he escuchado que la llaman algunos amigos de fuera, y aquí me encuentro enfrente de la catedral, porque el semáforo decidió cambiar de color justo cuando me detuve delante de él. La observo por unos cuantos segundos, un momento de vida que regalo a su admiración y recuerdo este dato, fue la primera catedral en construirse en América pero que nunca fue terminada, no me acuerdo si lo leí o alguien me lo dijo, tampoco sé si es  cierto, nunca me di a la tarea de investigarlo. No importa, en estos instantes es completamente inútil, el dato. Mejor dirijo mi vista al frente, el semáforo puede cambiar en cualquier respiro.

¿Qué estoy viendo? En la esquina que se encuentra a mi izquierda veo a un joven, un  muchacho no mayor que yo, lo que realmente llama mi atención es que tiene la cara pintada de payasito, en el centro hay muchos minusválidos, pero nunca había visto a uno caracterizado como payasito. Mimoso, como lo acabo de bautizar debido a que desde muy huerco ese conjunto de letras hacen aparecer la imagen de un payaso en mi mente, se dispone a cruzar la calle, una acción que ambos sabíamos, tardaría más que la luz roja, debido a la distrofia muscular portada en brazos, una pierna, parte del cuello y seguramente en la dificultad del habla, lo único libre: su pierna derecha.

¿A quién le intenta jugar esa broma? ¿A mí? ¿A los otros automovilistas? ¿Al semáforo o a la vida? Bueno, creo que la vida ya le jugó suficientes malas bromas. Los conductores que se encuentran detrás de mi comenzarán a perder la paciencia, no tengo duda alguna sobre si la tengan o les quede, días tan calurosos como hoy hacen perder la cabeza. No cuestiono que hay quien intente pasar, al transformarse en verde lo que ya es rojo, aunque Mimoso se encuentre a la mitad de su destino; lo pienso y decido no moverme hasta que él cruce por completo. Es lo mejor que puedo hacer. Seguro en cualquier momento comenzarán los cláxones a sonar, mentadas de madre, amenazas y demás, pero no me moveré. Veo cómo arrastra sus llantas en el asfalto caliente con su única extremidad sana para poder llegar al otro lado. Ya no importa el semáforo, ahora él es la luz roja y será la verde hasta que atraviese la calle. No siento que lo estoy ayudando. Salgo del carro, no por completo, mantengo un pie dentro, le pregunto si quiere ayuda y él me contesta: “o e reoueg eoy en uia ajias”, creo que me dijo que no me preocupe; me meto al carro de nuevo, me impacta su determinación, su fortaleza de querer hacerlo solo, dejándome ver que puede llegar a ser tan obstinado como cualquiera. Siento que estoy haciendo nada por él. Tomo mi cartera y saco un papel con valor sin ver cual, vuelvo a bajar del auto sin que me importe dejarlo encendido en medio de la calle, me acerco a Mimoso y noto que a la izquierda tiene un canasto adherido a la silla de ruedas, ahí deposito el papel, el voltea  escupiendo algunos balbuceos, cree que son palabras: “ajias e io o endia”. Estando más cerca de él puedo notar más la distrofia, cómo obliga que sus manos se peguen a su pecho como el metal a un imán poderoso, si tuviera las manos más juntas parecería que reza, una ironía por donde nos encontramos, la enfermedad le hacía dar brincos a su cabeza para atrás, a sus piernas las ataco con mas compasión dejando una medio funcional, está peor de lo que pensé. Noto que es uno más de los mendigos que habitan en el centro, a los que yo, ya les había perdido la fe, por que muchos mienten, son falsos, simples inútiles a quienes se les hace fácil fingirse los enfermos o inválidos, pero a diferencia de todos, Mimoso podría ser el único honesto que queda, no solo el mendigo honesto sino el humano más sincero que he conocido. Regreso a mi coche, me siento a la espera de que termine de pasar.

Ya se encuentra delante de mi defensa. Siento que no he hecho nada, entonces vuelvo a bajar; me coloco delante de mi defensa al lado de Mimoso, a un paso de él, lo miro por un tiempo tan corto como la luz al llegar al ojo, me mira directo, por lo menos el tiempo que Distrofia le permite, sabe que voy a hacer algo por su persona aunque él no lo quiera, así que lo acepta y me parece ver que sonríe, levanto mi pie, apenas lo separo del piso, como si estuviera dando un paso que se quedó a la mitad, lo miro por un pestañeo, elevo lentamente mi rodilla hasta que quede a la altura de mi ombligo, nos pestañamos por una mirada, decido soltar mi patada hacia el reposabrazos de su silla. El impacto de su cuerpo dañado al piso es en seco y Mimoso sólo vomitaba gemidos de palabras atrofiadas: “Ño, ño o aaa oraor ñoñoño”. En asfalto caliente se encuentra intentando alcanzar los metales y papeles que de su canasto cayeron al impactar, pero sus miembros jodidos  no se lo permiten. Se arrastra hasta donde su pobre pierna lo permite.

Regreso a mi coche, dentro vuelvo a sentir que no he hecho nada, solo lo capto en el piso revolcándose como un pescado, necesito hacer más, reviso entre mis cosas del asiento trasero, esto era lo que buscaba.

Bajo nuevamente del carro con el bate negro de aluminio en mi mano, me postro delante del payasito, levantando la mano donde sostengo mi herramienta, la dejo en alto. Ahora esto es tu Dios. “Jois jios ñoño”. Se lo dejo caer, el primer impacto es en la cara, antes del segundo lo tomo con las dos manos, un golpe tras otro, me encanta el sonido del aluminio cuando choca contra carne, sangre y huesos. Solo chilla por el dolor, nadie hace nada para cerrarle la boca, solo me miran en este enfermo espectáculo. ¿Sin aplausos? Sigo golpeando intentando separarle los brazos del pecho, pero yo, sigo sin hacer nada, tengo que poner mi atención en algo más y lo hago, me dedico a masacrar su pierna derecha, con la que intentó defenderse por ser lo único que le servía. No dejo de hacerlo hasta que siento que golpeo el suelo, en definitiva le desprendí la extremidad, me encuentro de nuevo en mi auto, siento que aun me falta algo por realizar.

El semáforo cambia a verde, no estoy seguro, pero, desde que Mimoso apareció me parece que cambió más de una vez. Acelero hasta sentirlo bajo mis llantas, me sorprende que aún tuviera huesos sin romper, eso es todo lo que pude hacer.

Otra vez, semáforo en rojo, a una calle del que me mantuvo varado por un tiempo.

Edgar Tirado. Mazatlan, Sinaloa. 1990.

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