Quisiera decir un poco más sobre esto

No hay comentarios

Celsius de vacaciones

Para Marina dejar la casa en llamas resulta indispensable. Diversas ocasiones he intentado, mientras le tallo la espalda con la esponja botánica, persuadirla de apagar el fuego, decirle que puede entregarme su entera confianza. Como es de suponerse, no me atrevo siquiera a sugerir un extinguidor pequeño. Acaso rociar con la manguera las piras de los rincones, sería cometer una imprudencia. Y luego su humor tan volátil, tan informe… Hubo días en que no le dedicaba pensamientos al incendio. Prefería ignorar el calor insoportable, y perderme entre las piernas chamuscadas de Marina, entre sus pecas imposibles. Marina vestida de volcanes; Marina dueña de la luz. Y aunque los vecinos nos temieran durante las madrugadas, ella era la única estrella de las calles nocturnas. Todo el tiempo a punto de apagarse, desistiendo siempre a contraer matrimonio conmigo. Yo por mi parte, trato de mantener a flote la relación, aguantándome las ganas de salir corriendo y encontrar algún especialista, o peor aún, a mis padres. Pero no… todo sea por este lento, incandescente, efímero amor de veinteañero.

 

Escrito a las tres de la mañana

A Persia, todo mi corazón

Algún día enterraré a nuestros gatos, lo sé. Sobre todo cuando se encierran en sus más obstinados pensamientos a la hora de la comida y uno se queda callado, intentando descifrar el idioma de su respiración meticulosa que se confunde con un agradecimiento de a poquito. Me fascinan los gatos siameses que caminan a través de sombras, esculturales, tremendos, porque en sus pasos de vidrio no queda sitio para las dudas y en el espejo de la noche se reconocen, beben siluetas, maúllan un blues. Me encantan los gatos pardos, genéticamente imposibles, arrojados casi siempre hacia los rincones de una ciudad sonámbula. Adoro a los gatos moribundos, escasos de argumentos sobre la vida. Estoy seguro de que fueron sobornados por la noche. A veces, cuando escucho sus pasos insomnes, dejo un plato lleno de aves y peces, si es que acaso la oportunidad lo amerita. Me conmueven los gatos que regresan de la muerte felices, esos que dan a luz a la mitad de un basurero y les regalan a sus crías el consejo más hermoso: la orfandad. Me gusta la cicatriz que permanece en los muebles de las salas, en los edredones o en los zapatos, anticipo siempre unas garritas que se despiden. Admiro a los que se durmieron para siempre debajo de unas llantas, los gatos anestésicos de veneno, o los que sucumbieron por la mediocre tarea de velar a la luna, ya que encima de sus cadáveres construiremos casas y tal vez uno o dos cementerios. Estoy felinamente convencido, esta madrugada dejaré la ventana abierta.

 

¿Para qué los argumentos?

De saber que la puerta del bar se franquearía por la silueta delgada y propicia de ella, él, silencio de tumba, nunca se hubiera arrellanado en el asiento. Ella se detiene. Él se percata. Dos vasos sucios delimitan una distancia sana entre ambos. Pero para hablar de distancias, él, tendría que recurrir a una lista interminable de separaciones, bucear en el archivo inútil de su memoria. Un hombre, personaje secundario, ofrece una bebida. Los ofrecimientos han llegado a ella como buitres hambrientos y la sed que sobrelleva no se resuelve a causa de las “buenas intenciones”, incluso, puede afirmarse, que la única compañía de la que ella se jacta es la de su cigarrillo, que ahora mismo acerca al fuego. Ella fuma. Él espía. Una estela de humo camina hasta detenerse frente a sus ojos. La espesura del aire le obliga parpadear, lo hace dos o tres veces y cuando resulta imposible evitar llevarse la manga de la camisa para tallarse el rostro, ella se disculpa. Sonrisa igual que una puerta. Escalones que ascienden al laberinto café de sus ojos. Pausa. Él ha olvidado algo, no logra identificar qué, pero una ausencia en sus palabras lo confirma. Ella saluda, habla. Da la impresión de colgar una o dos palabras sobre el aire. Decir hola no deshace el nudo que ambos sostienen con la boca de sus estómago. Salir juntos del lugar, después de construir una escena artificiosa, es la mejor de las opciones. No existen trámites para que la suave indiferencia de ella se vuelque sobre la tristeza anónima de él. El tiempo es una acotación mal escrita que pronto, muy pronto, les regresará al punto de partida.

 

El baterista

A Whiplash

Se encuentra a pocos segundos de iniciar el solo. Tiene vendajes en las manos y llagas entre los dedos. El hotdog frío de la mañana no ayudó mucho a que mitigara el hambre; si tan sólo una sopita de fideos caliente o un par de cigarrillos… De quedarle tiempo para adivinar, diría que hay dos mil o tres mil personas agitando los brazos, dejando caer el peso de sus cabezas sobre el aire oscuro de la ciudad, apretándose con uñas y dientes escenario adentro. Es una lástima, no lo tiene. El tiempo. ¿Trabajo? Puta madre, huevón de mierda, que te mantenga otro pendejo. Su padrastro desde el umbral de la puerta. Su padrastro afuera de la delegación de policías. Su padrastro de frente al director, el día que fue expulsado de la preparatoria. Y ahora es momento: el baterista, quien se encuentra suspendido en un close up, muerto a la mitad del redoble, ansioso por dejarse llevar hacia el beat que lo acompañará los próximos cinco minutos, decide que sí. Éste será el solo más espectacular ejecutado en toda la historia de la música de occidente. Adiós a Sir John Bonham, padre del rock contemporáneo y su Ludwig de primera; hasta nunca a los platillos voladores de Keith Moon desde Glastonbury. Más de setenta y cinco años de historia serán reivindicados al fin, a huevo. Los críticos sacarán a Buddy Richard, momia del jazz cool, de su sarcófago. La gente comenzará a reconocer éste sui generis estilo, porque soy un chingón. Basta ya de ensayos pordioseros en la casa del primo; basta de la policía tocando a la puerta y los vecinos molestos por el escándalo; basta de la lista infinita de adjetivos que ha utilizado su madre para clasificar, su ya casi obsoleta, inutilidad. Pero no te distraigas, no pierdas la concentración. Es como una ráfaga de violencia, una ventana que se rompe, un tenis viejo colgando de los cables.

 

 Joaquín Filio (Mérida, Yucatán) Estudiante de la licenciatura en literatura latinoamericana en la UADY. Algunos textos suyos han sido publicados en revistas digitales como Tierra Adentro, Digo.Palabra.Txt y Punto de partida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s