El juego perfecto

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Nueve entradas sin hit ni carrera. El reconocimiento es de todas, de acuerdo, pero yo soy la lanzadora, así que esa pelota es mía, les insistí.

Con mucho esfuerzo logré evadir la celebración que planeaban. Acomodé la pelota -autografiada con los nombres del equipo contrario- y el guante en la canasta de la bicicleta y salí del estadio entre la rechifla de las compañeras.

Remonté la acera en varias ocasiones, me volé una luz roja y estuve a centímetros de hacer contar pájaros a una anciana. Un juego perfecto, quizá el único de mi vida.

Arrojé la bici en el césped del jardín, la pelota rodó. La recogí. Yo estaba feliz.

Anhelé hallar a Gerónimo en la cocina-el único lugar donde él y yo nunca lo hemos hecho-complicándose la vida con un sándwich o frente al micro a la espera de las palomitas.

Tenía que sorprenderle, así que aflojé el velcro de mis spikes y los dejé, para no sonar como un animal con pezuñas dentro de su casa, en la entrada. Metí la mano por el cristal que le hace falta a la puerta y jalé el pasador.

No le encontré en la cocina, así que subí a su habitación. Llegué desnuda, bueno, casi, solo permanecí con la gorrita de baseball, como le gusta.

Giré la perilla con suavidad.

A ella nunca la había visto y quizá no tenía la culpa, pero Gerónimo hacía un mes que prometió, al igual que yo, no hacerlo con otra persona.

El pendejo no tuvo tiempo de meter las manos y le estampé en el rostro la pelota impregnada de nombres. Yo pretendía lo mismo para ella, pero solo tenía una pelota, no obstante, la equidad de géneros que tanto divulgan en la liga vino a mi cabeza, así que mientras ella intentó contener con la sábana la sangre que manaba de la nariz de Gerónimo a ella la golpeé con la lamparilla de noche y no me detuve hasta que del cable colgó únicamente el socket.

Bajé corriendo y presurosa monté la bici. Miré hacia la puerta y descubrí a mis queridos spikes, parecían un par de cachorros bajo la lluvia. Mi aspecto no era el adecuado para recorrer las calles. No me importó e inicie el pedaleo, inmediatamente pensé en lo incomodo que debe resultar esta situación para los hombres.

 

Carlos Chuc. Nació un día después de que ocurrió la avería en el reactor número cuatro de la planta nuclear de Chernóbil, lo que le brindó desde sus inicios un aura apocalíptica. Estudió en la escuela de escritores de Yucatán. Estudió literatura pero reparó a tiempo en su inutilidad. Ha trabajado en publicidad. Es un lector de cuentos y seguidor del Atlante FC. Textos suyos fueron publicados en “Si lo breve bueno, cuentos de Hipogeo” , publicado en el verano del 2015. Hizo periodismo cuando tuvo hambre. Hasta la fecha se pregunta el sentido de la trascendencia estética. Pulque, un gato en situación de calle que rescató y adoptó, es transgénero…Y comparten una casa en el barrio de San Sebastián en la ciudad de Mérida, Yucatán.

 

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