Imitación de la lluvia

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I

Mi abuela guardaba su sonrisa bajo una piedra. No hay lugar más fresco y fértil que la tierra, la oía decir. Mis pasos de cinco años hacían crujir los corazones de la hierba, mientras el sol cantaba el paso de las horas.

La mañana, decía, acaricia las mejillas de los árboles, y sus frutos abren los brazos al viaje único de la caída. Cuando somos pequeños y no sabemos andar en bicicleta, también somos naranjas y ciruelas.

Ojalá nuestros padres hubieran sabido que debemos ser como la fruta o la lluvia. Que caemos en la infancia para hacer fuertes las rodillas y caemos en la juventud como un fruto que espera desintegrar su cuerpo para hacer fuerte la tierra.

Que caer es más que una ley inevitable, que ni la noche ni  la luna se salvan de los tropezones y mordidas de las aves. Que el sueño se ramifica y teje una hamaca para las luces, que también cayeron dormidas.

II

El cielo se quiebra como quebré la piedra donde estaba la sonrisa de mi abuela. La lluvia danza alrededor del sitio exacto donde ella decidió enterrarse. Quizá vino a parar a este patio por algún ave que trajo su semilla recién germinada, y decidió dejarla.

Y mi abuela era una fruta que abría sus brazos al arte de la caída. Y cayó en los brazos de sus padres, en los brazos de sus amores, en el llanto de mi madre-semilla, que continúa cayendo en las trampas de la cotidianeidad.

Yo no recuerdo la primera caída. Quizá porque el dolor y la sangre también aprenden a caerse al suelo, y a levantar los pedacitos de piel que dejamos en el pavimento. A tomar la bicicleta y poco a poco temerle menos al piso.

III

Mis caídas se parecen más a la lluvia. Aun así, algo llevo de la tierra en mi cuerpo. Algo tengo de semilla y de fruta. Mis brazos son tímidos al abrirse al viaje único de la caída.

Todavía observo con detalle los trayectos de las gotas en la ventana. Panteras inesperadas y traslúcidas, como el arañazo tímido de las luces matutinas.

Imagino que mi cuerpo se desliza con torpeza en algún parabrisas y que las otras gotas danzan alrededor del sitio exacto en donde he decidido caer, imitar el baile que realizan como antesala al precipicio.

Los raspones en mis piernas traen de vuelta a la infancia llena de flores y tierra humedecida, donde mi abuela se ha enterrado para beber la sangre que brota de mis rodillas lastimadas, de mi cuerpo que alimentará la nota roja de mañana.

Irma Torregrosa. Cursó estudios de Creación Literaria en el Centro Estatal de Bellas Artes y la licenciatura en Comunicación Social por la Universidad Autónoma de Yucatán. Premio Regional de Poesía José Díaz Bolio en 2012 y becaria de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2011, 2012 y 2015. Sus poemas han sido publicados en revistas como Círculo de poesía, Enter Magazine, La tribu de Frida y Carruaje de pájaros, así como en las antologías Astronave. Panorámica de poesía mexicana (1985-1993) (UNAM-UANL, 2013) y Los reyes subterráneos. Veinte poetas jóvenes de México (La Bella Varsovia, 2015).
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