La memoria es una nube arrastrada por los vientos

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—Aquí lo perdí, aquí lo voy recuperar —piensa el anciano sentado en la silla, mientras su mirada baja y la plática se estanca en espera de que logre retomar el hilo de la conversación. Había perdido la idea que estaba expresando, así, sin más, su mente enmudeció, o cambió de enfoque, pues aun pensaba, sobre todo en el hecho de que no podía recordar lo que estaba diciendo y la preocupación vergonzosa cada vez más creciente de la situación.

Al final de cuentas el tema era interesante, todos le habían puesto atención, los oídos ávidos y curiosos no dejaban escapar ninguna de sus palabras, ninguna modulación de su voz. Ante todo porque hablaba en maya y había que ponerle demasiada atención, ya que su lengua era un tanto ajena a los jóvenes que lo rodeaban.

¿Hablaba del monte? ¿Hablaba de su juventud? ¿Contaba acaso alguna anécdota picarona de su juventud de donjuán? No, el creía que no. Hablaba de algún tema presente, algo que interesaba a esas miradas juveniles. ¿Pero qué?

El anciano rememora su juventud. Hace muchos años era cazador, uno bueno, de buenos pies y buen aire, podía recorrer el cerro en acenso veloz, cargando el rifle, la cantimplora hecha de calabazo, su morral con el pozole, la jícara, la navaja y la coa, y llegar a la cúspide antes que todos. Se recuerda en la cima, destapando la cantimplora y vertiendo el agua sabrosa para recuperarse de la carrera de casi doscientos metros en ascenso: apoyaba el pie derecho sobre una roca, levantaba los brazos y recibía la bendición y su sombra se proyectaba imponente. Ahora no puede dar ni diez pasos sin bastón y sin pausas para recuperar el aire.

Cuando era joven tenía buen aire. Lo recuerda, ve de manera nítida la barda de piedras sobre la que se movía como un gato, ágil y traidor, esperando el momento adecuado para visitar a su querida. Apenas se apagaba el quinqué y las demás velas, la luz de la luna era la alfombra plateada que lo llevaba al aposento traicionero. Retozaba en la hamaca con la mujer, en silencio, se movía con furia y presteza, para luego huir. Y había noches que hacia hasta dos visitas. En una de esas, alguien lo atrapó y cargó la escopeta, él no era tan veloz como las balas, pero pudo huir de ellas.

Ahora ni siquiera puede manejar su escopeta. Los cazadores jóvenes vienen y se la piden prestada. Él sin pensarlo mucho la deja ir, le da la bendición y la escopeta va, ella aún tiene buen aire, pues más de una vez los jóvenes cazadores han regresado con motín, y a él, en pago por su escopeta, le ha tocado buena recompensa, un brazo de yuk, una pierna cutz, sabrosos manjares que no puede perseguir a voluntad, sino por la astucia y buen tino de las nuevas generaciones.

A su mujer nunca le gustó la escopeta, siempre le recriminaba la presencia satánica del arma. Le decía que ese demonio en cualquier momento lo iba a traicionar. Pero que bien cocinaba ella los pipianes, los k’oles y demás caldos cuando él llegaba con pedazos suculentos de algún animal de monte. Nada saben las mujeres de cazar, pensaba el viejo, nada saben las mujeres de derramar sangre para sobrevivir. Y escucha una voz que le hace levantar la vista. En la mesa uno de los jóvenes le pregunta algo en español. No lo entiende. ¿Qué la pasa? Por supuesto que entiende español. Pero no comprende lo que le dicen hasta que el joven que intenta, malamente, repetir su pregunta en maya. ¿Qué dice de la mujer, sangre y vivir, anciano? ¿Habla de la costumbre de mujer?

No, no hablaba, pensaba. Seguro algo se le escapó. No hablaba de la costumbre de mujer. No recuerda de qué hablaba. No hablaba de nada, dice en voz alta y clara, en un maya firme, diáfano y musical. Ok, alguno le dice. ¿Qué chingados es eso de “ok”? Pero los jóvenes sonríen. El anciano se enoja porque piensa que se ríen de él.

Las risas de los jóvenes son ruidosas e incesantes. El anciano siente una mano que se posa en su hombro. Voltea, es una mujer hermosa, de verdad hermosa, un rostro que lo estremece por dentro, y no, no allí abajo, más arriba, en el corazón, en el pecho, siente calor y otra cosa, nada fúrico como el deseo de la carne, sino algo inmarcesible. Papá, le dice la mujer. Sí, es mi hija, piensa el anciano, carne de mi carne. Entonces estos malandrines, que me miran con curiosidad morbosa y me dicen ok y no hablan mi maya, son mis nietos. Pena, no por ser viejo sino por tenerlos como nietos, no salieron como esta hija. ¿Tengo más hijos?

—Papá, ¿quieres comer o vas a dormir?

Comer, dice el anciano. Pero su cabeza cansada lo hace cambiar de opinión. Mejor dormir, tantea su bastón y la mano fuerte de la mujer lo sostiene y dirige al cuarto. Los jóvenes se ríen de nuevo. El abuelo no sabe lo que quiere, dicen. Entonces el anciano pregunta que era lo que él les estaba contando hace un rato. No, abuelo, fue hace casi una hora, dice uno de esos majaderos. De cómo enamoraste a mi mamá, dice la mujer que lo sostiene del brazo y lo lleva a su hamaca.

Cierto, piensa el viejo, como enamoré a mi mujer. En la hamaca siente como todo pierde su peso. Quizá sea bueno que ya muriera, se siente como uno de esos globos que ruedan en las fiestas de los candidatos que se hacen ahora, abandonados y desinflándose. O como una de esas nubes que desfilan y se desvanecen en el cielo. Al final su hija lo deja pero él alcanza preguntar de cuál de sus mujeres hablaba. De mi mamá, le responde. Y él no logra recordar ni el nombre ni el rostro. Quizá mañana, quizá después de despertar. Y su mirada se fija en el techo e imagina el desfile de las nubes. Pues ¿qué es mirar arriba si no un desfile de nubes que de desvanecen?

 

Antonio Tec, Sacalum, Yuc. 1986. Licenciado en literatura latinoamericana. Ha participado en talleres de creación literaria, ha impartido talleres de fomento a la lectura y coordinado y participado en ponencias académicas. Ha publicado narrativa en revistas electrónicas como Delatripa. Narrativa y algo más, Revista Ícaro Revista la otra voz, además de reseñas literarias en la Revista la otra voz y la Revista de la Universidad de México. 

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